Nuestra América

Por Lilian Elphick


En 1845, el argentino Domingo Faustino Sarmiento publica Facundo, civilización y barbarie. Latinoamérica es, según su visión decimonónica ‘romántica liberal’, “un gran continente abandonado a los salvajes incapaces de progreso". En 1884 esta proclama racista da una vuelta de tuerca:

“Puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes, conquistar pueblos que están en posesión de un terreno privilegiado; pero gracias a esta injusticia, la América, en lugar de permanecer abandonada a los salvajes, incapaces de progreso, está ocupada hoy por la raza caucásica, la más perfecta, la más inteligente, la más bella y la más progresiva de las que pueblan la tierra; merced a estas injusticias, la Oceanía se llena de pueblos civilizados, el Asia empieza a moverse bajo el impulso europeo, el África ve renacer en sus costas los tiempos de Cartago y los días gloriosos de Egipto. Así pues, la población del mundo está sujeta a revoluciones que reconocen leyes inmutables; las razas fuertes exterminan a las débiles, los pueblos civilizados suplantan en la posesión de la tierra a los salvajes". (Conflicto y armonías de las razas en América, 1884).


El ideario diametralmente opuesto es el de José Martí que en 1891 publica el ensayo Nuestra América (La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891. El Partido Liberal, 30 de enero de 1891):

“Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio”. (Fragmento).

Martí no sólo percibe el advenimiento de la modernidad, sino que fue uno de los primeros intelectuales en darse cuenta de las dimensiones del peligro imperialista de Estados Unidos y de la probabilidad de la miseria en ese mundo moderno. Dicho de otro modo, prevé una modernidad capitalista al mismo tiempo que Karl Marx elaboraba su trabajo.
Para Martí es indispensable estar con los ‘nuestros’; el único modo de resolver los problemas de Latino América es crear lo propio: “La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra”.
En 2008, los ahora llamados ‘sudacas’, en su mayoría descendientes de indios (que no provienen de la India) y españoles, abandonan sus países para emigrar a Europa o Estados Unidos en busca ‘mejores oportunidades’. Oleadas de sudacas, al decir de Roberto Fernández Retamar, que van de sus países subdesarrollados hacia países subdesarrollantes (término acuñado por el autor cubano para referirse a los países que se desarrollan a costa de otros).
Así está nuestra América, que de nuestra ya no tiene nada, salvo la división atroz, la herida abierta, donde los pobres siguen siendo más pobres y los ricos son más ricos; donde nos preguntamos día a día ¿quiénes somos?, ¿adónde iremos?, ¿cuál es nuestro futuro?
Nuestra América encuentra refugio en el recalcitrante concepto de “la otredad”. Ya no somos y Martí está tan lejos. Después de haber sido conquistados y liberados mil veces, una entidad que no somos nosotros nos piensa, nos construye, nos conceptualiza, y así nos da algo parecido a la vida.
Estamos solos en una tierra inmensa.
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