La que muere


Cubierta de mi propia escritura, soy la que muere.

El proceso es lento: a la historia le cuesta deshacerse de su materia.

Caminé por palabras muy angostas, sólo para amar los vacíos de mi especie. Esos abismos que nadie ha visto con ojos épicos.

Sollocé en los puentes de mi memoria, y me despedí de mí misma, deseando que un perro mordiera mi tobillo y me empujara nuevamente al inicio del espejo.

Seguí a todos mis engaños, acosé a mis mentiras, enfrenté a mis creaciones.

Sólo obtuve el regalo de una muda que decía llamarse igual que yo.

Y volví para fumarme el cigarrillo en la noche del alma.

Luego, me emborraché en un bar, y recité de memoria La balada de Kubla Khan, de S.T. Coleridge. Todos aplaudieron.

A la mañana siguiente, tenía dolor de cabeza y fui por unos Alka Seltzer. La farmacia estaba cerrada.

Me recosté en el escaño de un parque demasiado verde y mis vómitos me encandilaron.

A lo lejos, vi a la muda venir. Me contenté. Ella podría ayudarme.

Se extrañó cuando le hablé. Dijo que nunca me había visto.

La muda continuó su camino hasta desaparecer.

Me cubrí con un periódico abandonado.

Comenzaba a hacer frío.

***

Foto: Elena & Vitaly Vasilieva.


1 Comentarios:

siempreconhistorias miércoles, agosto 20, 2008  

Esto, Abol de infinitu cultura, es perfecto en todos los espejos.
Beso con admirado respeto.

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