Objetivos del silencio

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Est-ce posible que tu aies oublié déjà?
Vladimir en En attendant Godot
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La culpa de que ella escriba la tiene Clarice Lispector. Escribe y calla. Come y calla. Lee la primera novela, “el romance”, de la brasileña nacida en Ucrania, y se silencia. El dolor es insoportable porque es salvaje.  Quisiera entender y no hace más que cantar viejas canciones, con esa voz que ha ido fortaleciéndose con los años. Voz grave. Oído universal. Silbidos magníficos. Ella silba los temas más difíciles de John Coltrane. Lo cual es mucho. Silba. Chifla. Maúlla. Y llora desvergonzadamente en las esquinas bulliciosas de la ciudad. La miran, es cierto. Y los ciudadanos siguen su camino.
Todo comenzó en el verano: una vida llena de agujeros, y el viento colándose por la criba ansiosa.
Recibió una carta. Y amó de inmediato. A qué esperar las siguientes palabras que fueron colmando su silencio. Era tan fácil amar y agradecer que al otro lado del mundo hubiera un fantasma que, poco a poco, adquiría una corporalidad parecida a la miel.
Él era dulce, y es mejor no exagerar las descripciones que luego vendrán. Pero él era dulce y perverso: aleación ideal.
Y luego otra carta, y otra, y otra. Las palabras se deslizaban por su piel, mientras el verano destruía lo poco que quedaba de ella: él se agigantaba, y ella empequeñecía. Luego, fue al revés. El deseo conquistaba y destruía. El amor se fortificaba con las bajas en el campo de batalla.
Las palabras se acabaron durante un periodo que a ella le pareció infinito. Sólo fueron veinte días. Esa es la verdad. Veinte días entre paréntesis.
El silencio fue lo que más le gustó; a ella, se entiende. Gélido, navaja, gris, el silencio manifestó sus intenciones seductoras. Besó su cara, acarició su pelo, y le pareció el mejor de los regalos.
Calló y miró el mar: las nubes gordas cargadas de humedad. La algarabía veraniega llegaba a su clímax. Azul. A veces, risas.
La carta llegó cuando ella se preparaba para marchar a cualquier lugar. Y sus pasos cesaron. La leyó y comprendió que aún existía una luz, débil, pero luz al fin y al cabo. Había tanta lejanía en sus pocas palabras.
Comenzó a escribir a mano. Años que no lo hacía. La dureza de su dedo del medio volvió a surgir. Escribió cuatro cartas en papel normal, vulgar. En las cuatro, ella confesaba su amor por él. Amor que no cabía en su cuerpo. Amor desesperado, fuera de la espera. Fue al patio y quemó las cuatro versiones. Le fascinó contemplar la llama azul y el papel crispándose. El silencio cayó del cielo, ominoso, duro. Una piedra en la mano, lista para ser lanzada.
Escribió la quinta carta y no habló del amor, sino de la muerte. Y todo era lo mismo. Todo se repetía en ecos, en lágrimas saladas que tuvo que expulsar de su rostro con un movimiento feroz.
Adentro del sobre había otro sobre. Ahí, en ese ínfimo espacio, colocó tres caracolas muy pequeñas. Antes de sellar, pasó sus labios por las caracolas, por el papel escrito, condenada a cumplir con el ritual del deseo. Y fue al edificio de correos y pidió estampillas y no timbres. Y volvió a pasar la lengua por el pegamento dulzón de cada sello. El ritual no terminaba nunca. Hubiera querido prolongarlo hasta la saciedad, pero la funcionaria la miró con pena, con un poco de lástima, y ella bajó la cabeza y le entregó todo su amor, porque era amor lo que estaba enviando.
Después quiso vivir. Y escribió una carta en donde negaba sus propios sentimientos. “Nada de esto existe”, escribió. No hubo respuesta. Los caballos ya no tenían riendas, corrían libres por las praderas amarillas. Corren. Siguen corriendo.
Nada de esto existe. ¿Qué es “esto”?
Sólo literatura.
Mentira.
Buenas intenciones.
El lugar perfecto para soñar.
Pero ella desclasifica. Vuelve a destruir lo que está destruido. Hace añicos los pedazos ya rotos del amor que se fuga.
Intenta comprender, y calla. Observa su propio cuerpo. Late. Vive. Su cuerpo está con ella, fiel al tiempo y al azar.
No puede perder lo que nunca ha perdido.
Entonces, olvida.
“Te he olvidado”, piensa. No escribe.
A él, que vive y recuerda.
“Y por este acto inútil...”
Termino de escribir; mi mano tiembla, el callo se disuelve. Dudo. El lápiz, la pluma, la lapicera, el bolígrafo, desaparece.
¿Es posible que tú hayas olvidado? Espero ese momento. Porque cuando uno olvida, las historias nacen, quiebran su cáscara y se abren como puertas mágicas. Historias que hablan de una historia: los relatos enmarcados que se agarran la cola, al modo de los elefantes. O historias que no dicen nada de tan clásicas que son: Ella fue al edificio de correos a dejarle una carta. Ella escupió tinta. Ella creyó que… O historias donde la venganza se traduce en otros relatos, de otras personas, donde suceden hechos similares. O historias de la espera donde uno de los dos se entrega amordazado al misterio de nunca saber.
Sea lo que sea, las historias llevan al silencio. En algún momento, alguien calla o se detiene. Debe hacerlo. Antes de insinuar un odio o un aburrimiento, ese alguien debe retroceder y juntar agua en el cuenco de la mano. Para beberla, para sanarse, para respirar. Para no morir. Y al cerrar los ojos, todo habrá pasado. La boca reposa sobre sus labios; el cuerpo se hunde en su cuerpo, tibio, relajado, cómodo; los párpados detienen su carrera de caballos chúcaros; las praderas se esfuman, el amarillo es un espejismo.
Lentamente, el vacío ingresa a repletar el corazón salvaje. Y otra historia vendrá; otras cartas, todos los amores que no se completaron; todas las palabras renacerán.
Estos son los objetivos del silencio. De tu silencio, y del mío.
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***
Foto: Rick Chapman. 
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1 Comentarios:

siempreconhistorias viernes, octubre 17, 2008  

Lispector y ese conocido callo a modo de pasión. Maravilloso. Millones de gracias.
Un abrazo,
Izaskun

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