¿Por qué no nos conocimos antes?, te preguntaste, al tomar el bus de vuelta a casa

De todas maneras era una frase trillada, como extraída de las fotonovelas que encontraste arrumbadas en la tina del baño sin uso, cuando te cambiaste porque qué ibas a hacer en ese caserón, si todos ya se habían muerto, y esas revistas que eran de la Hilda, mire señora Tere, bótelas no más, y tú las leíste todas, a escondidas, mirándolas de cerca, hasta llegar al cuadriculado blanco y negro, para descubrir de una buena vez cómo se besaba, de qué forma él le tomaba la mano para decirle que la amaba a pesar de todo, del amor clandestino, de los encuentros a escondidas en un café de mala clase y por qué no se habían conocido antes, la pregunta que enlodaba los mejores atardeceres, con sol rojo y árboles teñidos. Frase trillada, pero cierta, ¿no es verdad, Teresa?, y te preguntas de dónde él pudo haber aparecido y por qué; tu vida era un domingo permanente, tranquilo y de horas lentas; tu vida, Teresa, era mirar por ventanas sucias y soñar que los días siempre serían lindos y que tu irías a caminar por el parque y más de algún joven audaz te diría algo, en esos susurros que no se entienden y qué importa da lo mismo, algo dijo. Mal que mal, aún eras joven y como decía Tía Gloria, eras engañadora, nadie adivinará nunca tu edad te decía, y tú te tocabas el rostro en un concentrado suspiro, el cuello estirado a costa de ejercicios extravagantes, frente al espejo y las muecas comenzaban, la boca diciendo "Oooo", la boca diciendo "Síííí", los ojos muy abiertos en un horror exagerado, luego lánguidos y sanpaku, eso ayudaba a lucir una córnea sana y transparente; unas pequeñas cachetadas para reactivar la piel y limpiar las células muertas de las mejillas. De hecho, Teresa, eras una muñeca de porcelana, el cabello en orden, nada de risas estridentes ni llantos que provocaran el ritual de mocos y pañuelos. Tu vida se te fue en esa actitud de estatua y cuando quisiste recorrer un cuerpo joven y con bríos ya te habías resquebrajado. Cuánto te llueves, cuánto moho hay en tu mirada, mientras lees con fruición a Harold Robins y a otros de la misma calaña. Claro, todo sucedió cuando lo conociste y el corazón te volvió a latir. Por aquellos años te dedicabas a escribir la columna "Secretos femeninos" de la revista Tú. Nunca me explicaré con qué criterio y moral dabas consejos sentimentales a esas pobres mujeres que te leían con avidez, tú, precisamente tú, la fría Teresa, la que rechazó a diez pretendientes por temor al plan infalible de caricias detrás de los plátanos orientales del Forestal y la que, finalmente, renunció al matrimonio porque quién va a cuidar a mi mamá; tú, pues Teresa, te respondieron todos, estás hecha para el martirio y el sacrificio. Por supuesto, dijiste sin titubear, con esa seguridad de virgencita de yeso, y te quedaste haciendo dietas de ave, vaciando bacinicas hediondas y tejiendo mañanitas con lana de guagua para que no le picara al esperpento en miniatura de tu mamá, que te gritoneaba todo el día y te llamaba en sus pesadillas por las noches, ¡ Teresa, Teresa, ven!, qué estás haciendo, sucia, con quién estás, a ver, déjame oler tus calzones, perdida, y la enagua, asquerosa, llena de pelos de quien sabe qué borracho que quiere aprovecharse de ti, tontorrona ingenua, y llenarte de babas y pecados, Teresa, Teresaaa..., y su voz se apagaba  hasta volver a los ronquidos y los gargajos, y tú, estática en la puerta, ya se durmió de nuevo, es la edad me dijo el médico, tus pies helados y la oscuridad casi total del pasillo, ni una luz prendida después de las ocho en invierno te reclamó la vieja, acaso tú cancelabas la cuenta, te había preguntado, y bajabas la cabeza como un cordero, sí, mamá, no se preocupe, sabiendo que si la contrariabas ella se ponía malita y después no había caso, la leche nevada al desagüe y las fricandelas a la basura. Lo que ella no supo es que escribías la columna en tu propia pieza y al compás de una vela, tiritando y con el lumbago torcido, pero con la predisposición de una tibetana, ya que aconsejabas por intuición y no por propia experiencia, debiendo analizar cada frase y clasificar los problemas del amor con un método inventado por ti, según lo que dictaba el sentido común y también el decoro. Con el tiempo, incluso comenzaste a corregir la ortografía de las 20 cartas semanales que te llegaban.
Estimada Piscis: Si desea que él se fije en usted, envíele un poema endecasílabo con rima ab ab cde, que exalte no sólo el amor físico, sino también el amor espiritual-tan necesario en estos tiempos descalabrados-. Recuerde que cuando el adjetivo no da vida, mata, y que la palabra "quiero" se escribe así, con una "u" entre la "q" y la "i". No se le vaya a ocurrir escribir "deseo" con "z", sería nefasto.  Etc, etc, etc.  En fin, fue una pena que te hayan suspendido, debo reconocer que había originalidad en tus respuestas. Luego, vino Don Leonidas Vechioponti a reemplazarte, o simplemente el Profesor Sibelius, al cual conociste a la salida de la revista, cuando supiste la noticia de tu despido y no pudiste reprimir un sollozo, el único de tu vida, Teresa, un sollozo tan largo que el Profesor pensó que te ahogabas y acudió solícito, señora, qué le pasa, tiene algún problema, y tú, oh, no es nada, mientras le mirabas el bigotito y te acordabas que en su corcel cuando sale la luna aparece el bravo Zorro, y sus ojos sinceros de miel reposada y sus manos bien mantenidas, sin lunares, mientras fingías un ligero malestar, una baja de presión seguramente, y como estabas en la calle, te angustiaste y..., mire, señora, debería consultar un médico, para mí, por ejemplo, las empanadas fritas del Nacional son una delicia, una tentación, pero siempre me han pateado el hígado, ya no grito ¡tres de queso!, sino que sólo pido el caldo de gallo, claro que a veces le echo sus gotitas de ají, me calienta hasta el alma ,fíjese... Tu mirada reprobatoria, un rápido disculpe, en realidad no tiene nada que ver con su problema, es nostalgia; sus ojos acuosos buscando el infinito, hasta que le preguntaste si trabajaba en la revista y él, me acaban de ofrecer una columnita, nada especial, pero, bueno, como están las cosas y la necesidad tiene cara... Sí, dijiste recobrando fuerzas, es cierto, la vida está muy cara, todos los meses sube la parafina y los remedios, no me va a creer, pero el propranolol para mi mamá está en cinco mil y tantos, cómo entonces, dijiste, a la vez que el Profesor te invitaba un café, ahí en la esquina no más, y tú, ciega ya, sin preocuparte de nada, sino del bigotito, el corazón bombeando nuevamente, con una alegría chica, pero alegría al fin y al cabo, contestaste que no era mala idea, dejándote llevar por el aroma de su bufanda color marengo, pensando que era viudo, que tenía sus ahorros y que la soledad era el puente que los unía. Te olvidaste de la frustración y del frío, y cuando te despedías, prometiendo otro café el día martes a las cuatro, él amenazando:  si no la veo más le escribo unas líneas, ya imaginabas una carta al Profesor Sibelius, la carta más interesante que él pudiera recibir, que lo hiciera pensar y hasta sorprenderse por la indudable poesía de sus palabras y por la correcta e inequívoca descripción del problema, ya te veías sentada en el comedor, eligiendo el mejor papel previamente perfumado con esencia de bergamota, el sobre elegante, sin aviones ni banderines, la mejor pluma fuente, y la estampilla que debía recordar el natalicio de algún insigne escritor. Todo debía ser perfecto, por eso te fuiste directo a la librería Atenas a pedir los materiales que tú, Teresa, bautizaste "del amor", sin acordarte que hace horas habías salido de tu casa, que la Hilda tenía día libre, y que el esperpento enano estaría revolcándose de rabia y de hambre, escudriñando por la ventana ojo de buey, estirándose los huesos de la mano helada, murmurando puta, puta, en qué hotelucho andará metida, cuántos hombres no la habrán sometido a esas aberraciones, Dios mío, perdónala, nació tonta y más encima de nalgas, qué se puede pedir. Ni siquiera te sentiste culpable cuando la encontraste en el suelo, con la cabeza hecha pedazos por no haberse afirmado correctamente del pasamanos de la escalera y haber caído como una pelota en un sólo y certero rebote. Justo ahora, fue lo primero que se te ocurrió decir, anticipando todos esos días perdidos en velatorio, misa y funeral, pensando con impotencia que ya no podrías escribir la carta debido a tu condición de luto, el Profesor Sibelius se enteraría del lamentable deceso y sin dudas expresaría sus condolencias personalmente, como un caballero, el Profesor Sibelius vendría, Teresa, se inclinaría ante ti, te daría la mano, y tú la sentirías cálida y sincera, eso fue lo que pensaste, pero él no vino, a pesar del obituario que publicaste en el diario y los llamados telepáticos. Los días pasaron, las semanas fueron un ir y venir de la salita al teléfono y viceversa, los meses se transformaron en baúles repletos de abrigos, echarpes y sombreros que donaste a los Traperos de Emaus; y el Profesor Sibelius se hacía cada vez más famoso, su columna se había agrandado a una página entera, con ilustraciones y letra gótica, y tú te despertabas con la sensación inconmensurable de que eras una imbécil, que basta de orgullos y del sueño de toda señora madura y decente que no toma la iniciativa amorosa, sino que espera que su galán la corteje primero, ¿no es cierto, Teresa?, ¿no es verdad que cuando fuiste al espejo y miraste tu cuerpo y tus manos incapaces de escribir, ahí, ahí recién comprendiste que Galileo tenía razón cuando dijo que eppur si muove? Pero tú no te inquietaste ante tal descubrimiento, y fue así como nació tu primer vestido estampado rojo italiano, esmalte en las uñas de los pies y depilación del labio superior. Tu entrada triunfal a la revista dejó a todos boquiabiertos, nadie se acordó de la señora Teresa Ríos, preguntaste por el Profesor y cuando te dijeron es allá, al fondo a la izquierda, adelante no más, tus pasos se sintieron seguros en la discreción del flexit, la puerta estaba abierta...La puerta del café rechinó como aquel día, te sentaste con la carta tibia entre tus dedos, sofocada por la naftalina del abrigo de piel, el perfume y los aros que masacraban tus lóbulos, pediste algo que no recuerdas, la imagen de aquel muchachón con cara de degenerado girando en tu cerebro, el nuevo Profesor Sibelius; el viejito se fue, pero déme su nombre, dejó muchas cartas, te dijo, y no derramaste ni una sola lágrima, porque el café estaba lleno de estudiantes revoltosos, fuiste al toilette de damas y con tranquilidad rompiste el sobre sin abrir, pagaste la cuenta, y antes de tomar el bus de vuelta a casa te hiciste la maldita pregunta de siempre.
***

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En Urgentes y rabiosos. Cuentos ganadores Concurso de cuentos "Manuel Rojas". Editorial Mosquito, Santiago de Chile, 1991. 
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3 Comentarios:

krin domingo, febrero 01, 2009  

Tenemos un blog donde publicamos cuentos. Si quieres entrar...

http://100cuentos.blogspot.com

Jordim lunes, febrero 02, 2009  

gran blog, seguiré psando por aqui..

Mega viernes, febrero 06, 2009  

¡Qué buena manera de unir el tempus fugit con el carpe diem!
Un abrazo

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