Sansona

Él me agarró por la espalda, las manos tensas en mi pecho. Me gustó, no puedo negarlo. Sabía que mi codo guardaba toda la fuerza del mundo. Y así fue. Un golpe certero. Luego, el puño izquierdo voló hacia su ceja. Mis nudillos amaron esa valiente sangre. Tambaleó un poco, uppercut, mentón triturado. Tenía la navaja lista. La hubiera hundido en su yugular, pero preferí cortar mi larga trenza y lanzársela al hombrón que se revolcaba en el suelo.
Marimacho -gritó, con baba entre los dientes, cogiendo la trenza y devorándola.
En aquellos días de lluvia, me lavaba el pelo con cicuta, para no andar aleonada.





 

4 Comentarios:

Dédalus sábado, enero 03, 2009  

Entenderá que, tras haber leído su relato, le trate de usted y haga por mantener cierta distancia. Me preguntaba cómo podría uno caer en sus brazos, sin hacerlo en sus manos. Pero, vaya, aún con el pelo corto, Samsona, prefiero ponerme un guante blanco, hacerle una reverencia y cuatro florituras con la mano, como en el XVIII... y salir de su estancia con un ojo coyunturalmente implantado en la nuca.

No me diga hoy que me ama, pues le temo.

siempreconhistorias domingo, enero 04, 2009  

Genuflexiones varias, ante tu relato, maestra y ante el delicado comentario de Dédalus.
Me encierro a aprender.
Canariza

Abol domingo, enero 04, 2009  

No hay nada que aprender, Canariza, es cosa de intuición....
Dédalus, no me tema, todo esto es ficción pura. Hagamos el amor y no la guerra. ¿Te interesa?

sergio astorga domingo, enero 04, 2009  

Soberbios todos.
Lo digo sin pelos en la lengua.
Abrazos descoyuntados.
Sergio Astorga

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