La pieza vacía


..."aquellos que nos comprenden
esclavizan algo en nosotros".
Gibran Jalil Gibran
.
Un paso, otro paso, casi me deslizo sobre el piso encerado, un paso, las pantuflas no hacen ruido, son suaves y mis pies están tibios, otro paso, subo y llego. Me cuesta visualizar sin marearme, lo voy intentando de a poco hasta lograr la imagen perfecta: él está de espaldas, de pie; ella está recostada en la cama, los ojos cerrados, desnuda, por primera vez la veo desnuda y él se acerca a ella hasta besarla. Yo no respiro cuando ellos gimen, no me muevo cuando ellos hacen crujir la cama y ella le dice que más despacio, que pueden oír de allá afuera, pero él resopla como un caballo y no la oye, la toca con tanta fuerza, sus manos corren por sus pechos, van y vienen y ya no son manos, es un delirio de carne y saliva, es el goce real cuando ella, la enfermera Laura, se pone en cuatro patas y él la embiste por detrás, una y otra vez, no le vaya a doler, una y otra vez la busca, ciego, para clavárselo bien adentro, así le pide ella, y no le duele, le gusta porque sus caderas bailan y él se encabrita, las sujeta con ambas manos, manos grandes, le muerde la espalda, roncando, hasta que yo debo cerrar los ojos, debo sentir cómo se desliza el sudor por mi cuello, lentamente, cómo ellos, lentamente, van terminando el juego para caer exhaustos y desparramados.
Yo no respiro.
Vuelvo a la cama y sé que no voy a dormir, que miraré el techo toda la noche, techo alto con miles de nidos de arañas, con esos embudos de lana que nacen entre las rendijas de la madera. No dormiré, soñaré despierta con la enfermera Laura y su acompañante, revisaré las sábanas con cuidado en busca de pulgas, chinches, larvas de polilla, excremento de ratón, con cuidado hasta darme cuenta que no hay nada, que sólo es la sábana blanca amarillenta, un poco dura, más fea aún al contacto con las frazadas grises y el cubrecamas de cretona chillona, florones que se repiten hasta el cansancio, esas borlas plásticas que cuelgan...
Roberto dijo que iría a un lugar bien bonito, un hospital que no es hospital, que me tratarían muy bien y con cariño, que no me preocupara de nada. Estúpido Roberto, cree que soy una imbécil. Es un pensionado, dijo, un sanatorio elegante. Y yo río a gritos, me retuerzo de risa en esta cama hedionda. Esto es un manicomio donde los locos lloran por las noches y gritan y aúllan, donde la enfermera Laura tira como mala de la cabeza con ese retardado, el auxiliar Juanito.
Bien bonito este lugar. Precioso. Cada ventana con barrotes pintados de verde, cada pasillo pintado de verde. Todo es verde. Para que los loquitos se tranquilicen y no piensen tonteritas. Cada rincón fumigado con tanax, ese olor maldito que no deja vivir, que se cuela por mis poros, que no deja respirar.
Miro el techo.
-¿Cómo amaneció?
La cara de la enfermera Laura está a un centímetro mío. Huelo su perfume, veo sus labios tan bien pintados, la sombra celeste de sus ojos, el delineador de trazo perfecto. Se ríe y sus dientes son parejos. Perfume Flores D’Amor.
-Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro, ¡huifayayai!
La enfermera Laura no se sorprende.
- Que amaneció chistosa, de buen ánimo. Le informaré al doctor.
- No estoy de buen ánimo. No dormí.
- Bah, qué raro, y eso que le aumenté la dosis.
No digo nada. Me pregunto si aún tendrá el semen del auxiliar Juanito en la entrepierna, zozobrando. O el sostén que ahora es pura hilacha, porque anoche él lo hizo tiras con los dientes. ¿Se habrá cambiado el sostén? No digo nada y es cierto que acaba de comenzar otro día y tendré que levantarme para ir a desayunar con los locos y después caminar por el jardín recolectando hojas secas de liquidambar y de ciruelo para hacer cuadritos en el taller de artes manuales.
-¿Puedo hacer una llamada?
- No .
- Entonces no me levanto.
- Usted sabe que el doctor le suprimió las llamadas a su casa porque pelea cada vez que habla con su marido. ¿No se acuerda?
- Quiero que Roberto me saque de aquí.
- Tiene que pasar por la cura de desintoxicación primero y después, tiempo después veremos.
La enfermera Laura muestra su mejor sonrisa comprensiva, mientras me ofrece la mano. A medida que me incorporo miro sus pechos redondos, perfectamente armados en sus delantal blanco, con botones pequeñitos. Dan ganas de dormir acurrucada en ellos, porque yo los conozco y sé que son hermosos, de pezones morenos y grandes, pezones ya paridos, un poco agrietados y vueltos a cicatrizar a costa de cremas y de la saliva del auxiliar Juanito, tan importante y amoroso, el que se olvidó totalmente de su pasado de cabrito de los mandados de la Posta de Litueche, el que se corría la paja en el baño de hombres, al lado de los urinarios pestilentes, chorreados de sarro. Ganas, ganas de tocarlos, pero yo ni respiro, dejo que la enfermera Laura ordene el cuellito bordado de mi camisa de dormir y me coloque la bata de género de toalla.
-¿Estuvo llorando?
- Sí – miento .
-¿Cuándo?
- Toda la noche.
- No puede estar así, voy a tener que inyectarla de nuevo.
Me lleva de la mano como a una hija y fuéramos al parque a comer helados y a jugar con globos, me lleva por el pasillo verde hasta el comedor y me instala bien derechita para tomar el té con leche en polvo y marraqueta con margarina y mermelada Watt’s de durazno. Después ella se pierde entre tanto catatónico que anda ronroneando o babeando y desaparece, simplemente se pierde de mi vista.
Roberto no vendrá este fin de semana. Me porté mal hace dos noches, grité mucho, me arañé la cara y los brazos. También le di una patada a la enfermera Laura que quería inyectarme no sé qué otra porquería. Además, me quitaron los zapatos, por eso esto de las pantuflas y de andar con camisa de dormir todo el día, para que no se nos vaya a arrancar, me dijeron. Arrancar, ¿adónde iría? ¿Adónde?
Bebo el té con calma y está malísimo. Hurgueteo el pan para no encontrar un clavo, como el de la semana pasada. Frente a mí está Julia. Se ha intentado suicidar cuatro veces y yo puedo divisar desde aquí las cicatrices de sus muñecas, una especie de cordones morados nada de feos. Julia no habla y tiene ojeras, duerme a tres piezas de la mía con otra suicida. Los suicidas con los suicidas, los esquizofrénicos con los esquizofrénicos. A dos sillas está Francisco, loco no más, vive jugando ping-pong. A veces he jugado con él, pero hace trampa. Tira la pelota con efecto, hace zapallo y su "net, net, net" me pone nerviosa. Los demás están siempre adormilados, ahuevonados con tanto calmante, son una triste caricatura de Frankestein, caminando con los brazos rígidos y la mirada perdida en cualquier lugar.
Sinceramente soy la más linda de todas y, cuando haya elección de reina, me elegirán a mí. Uso colonia. ¿Habrá elección de reina en los siquiátricos? Debe haber, estoy segura. Si el auxiliar Juanito me tocara como toca a la enfermera Laura, me pondría más bonita. Rosada como una manzana, viva como una mariposa; los ojos me brillarían por mucho tiempo. Ahora están vidriosos, de pescado muerto y colgado de un gancho curvo, en cualquier pescadería, en cualquier muelle maloliente. Cómo invocar a Juanito, el auxiliar, el que debe auxiliarme. Hace tanto tiempo que nadie me acaricia. Roberto dejó de hacerlo hace años, de puro asco, de verme así, tirada en el suelo, con la botella a un lado, vomitada entera, con la pintura corrida y el pucho quemando la alfombra y, de paso, la casa. Roberto nunca más pasó la mano por mi pelo ni dijo "te quiero" y esas cosas. No eligió mi boca para besarla, no fue infiel a su rechazo. La alcohólica de mierda se acostumbró a la soledad de su aliento.
Entonces, Juanito debe rescatarme la piel nuevamente, que él sea el que me libre de este silencio espantoso. El retardado. El problema es que no sé cuál es el camino más corto para la insinuación . Yo ni respiro. Cómo se va a fijar en una ahogada.
Es de noche. Estoy cansada. Caminé toda la tarde de aquí para allá, de la cancha de baby hasta la piscina vacía, de azulejos verdosos y sucios. Me acerqué a la reja para ver cómo arreglaban la calle y los buses pasaban bien cerca mío. Un niño me sacó la lengua. Vi a Juanito con unas bolsas llenas de apio y lechuga, lo vi acarreando cajas con remedios, lo vi conversando con la enfermera Laura, coquetos los dos, concertando otra cita en la pieza vacía, una cita para esta noche y de nuevo voy a mirar todo, voy a estudiar cada movimiento, cada beso, cada camino de saliva, voy a imitar los quejidos y cómo la enfermera Laura estira los labios para que el otro se los muerda. Voy a escuchar los cuentos del auxiliar, de sus tardes de pelota en Litueche, siempre en Litueche, pudriéndose de aburrimiento, hasta que un doctor alto y fornido lo recomendó a la capital. Quiero aprender y mojarme entera. Quiero sentirme mojada entre las piernas, que el auxiliar Juanito vaya hasta allí abajo y conozca lo que debe conocer.
Espero que lleguen, estoy en cama esperando el momento en que la puerta se abra bien despacio y entren los dos cuchicheando y riéndose. Ni respiro, los ojos bien abiertos para no quedarme dormida, me muerdo los labios para evitar la pesadez de los párpados y es imposible, voy cayendo en un sueño de pozo oscuro y no puedo volver a ser la de siempre: la que espera en silencio, con la respiración tan leve que ni las sábanas se mueven, la que quiere mirar porque no tiene nada más que hacer, salvo mirar y mirar hasta el hastío, hasta que tiriten las piernas y se entumezcan los brazos, hasta que el corazón bombee tan fuerte adentro mío, tan fuerte que todos los demás lo sientan... bom, bom, bom. Salvo mirar con los dientes apretados y las uñas comidas y sangrantes.
Los oigo llegar y no puedo moverme de esta cama. La enfermera Laura me puso una dosis extra para que no llorara, dijo despacito, para que no llorara nunca más, porque las lloronas son feas y nadie, nadie en el mundo se fija en una de ojos hinchados y rojos, nadie las quiere. Cómo quisiera levantarme, subir arriba de la mesa y acercar mi cara al tragaluz que divide las dos piezas: la pieza vacía y mi pieza, la que tiene el cuadrito de esos perros horribles jugando al poker . No puedo, ya estoy dormida, el sueño me hace ver a la enfermera Laura y al auxiliar Juanito, esta vez en un rincón, besándose, mientras él desliza su mano por las piernas de panties blancas y ella se deja, totalmente sensual e inerme, los brazos arriba, pegados a la pared, una pierna apoyada en la pierna del auxiliar. El le besa el cuello, desabotonándola, ella lo ayuda impaciente y de labios húmedos, ella lo ayuda hasta que brotan esos pechos enormes, tan morenos, de areolas como soles, él se inclina un poco y lame, ella cierra los ojos tirándole el pelo, atrayéndolo hacia ella para que lama más, para que chupe más cada pezón. Yo los miro sin respirar y mi piel se intranquiliza cada vez que él le mete la mano en el calzón y ella se ríe, cada centímetro de mi piel se moja con los jugos de la enfermera Laura, que abre las piernas para que él la penetre de pie, despacio ahora, enervantemente despacio, como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si nada importara, sobre todo que ahora ella lo trepa para estar más cómoda y sentirlo más, siempre más.
El mejor instante, sin duda, es cuando ella mira hacia arriba y me ve. Sonríe, me guiña un ojo, después continúa su tarea.
-¿Cómo amaneció?
Tengo los ojos cubiertos de legañas y la boca seca, no quiero abrirlos para comprobar que sí, que una nueva mañana comienza y hay que correr al patio a recoger hojas secas. Respondo con los ojos cerrados, ocultándome entre las sábanas.
- Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro, ¡huifayayai!
- Y dale con la cueca. ¿Dónde aprende tanta cochinadita?
Quisiera decirle que de ella misma, que de puro picada porque yo quedo en el patio de atrás, a mí no me toca ni el último rastrojo de la torta. En cambio, le cuento una historia de niñez en el campo, de un capataz que me la cantaba al oído, con sus bigotes filudos rozándome la cara, agarrándome las caderas con sus manos curtidas y de uñas sucias. Mentiras, por supuesto, invenciones de una mujer criada a la orilla del Matadero, en calle Buzeta, donde ahora venden repuestos de autos y aceite por litros.
Se sorprende la enfermera Laura preguntándome si alguna vez acusé al capataz degenerado, si lo acusé a mi papá, el patrón. Y le contesto que no, que en el fondo el capataz me gustaba, que a los doce años ya me gustaba que deslizara sus dedos callosos por mis pechuguitas.
- Me voy a levantar para ir a buscar hojas - le digo con un entusiasmo que desconozco.
- Hoy no - responde -. Hoy viene la sicóloga para hacerle un test.
-¿Qué sicóloga, para qué?
- Parte del tratamiento – agrega , limándose las uñas con una lima de cartón que acaba de sacar de su bolsillo.
Por primera vez me siento más sola que nunca, abandonada como una perra preñada en algún basural. Miro el tragaluz empañado, me gustaría irme a la pieza vacía y no pensar en nada.
-¡No quiero ver a esa sicóloga de mierda. Qué mierda me van a hacer! ¡No! –grito.
- Cálmese –la enfermera Laura se pone tensa y me toma del brazo, apretándolo un poco. Mira hacia la puerta de entrada.
- Cálmate - repite, murmurando algo más entre dientes, algún garabato que no alcanzo a oír.
Comienzo a odiar a la enfermera Laura. Me gustaría matarla aquí mismo, destazarla, faenarla, despostarla.
- Le voy a decir al doctor que usted tira con el auxiliar en la pieza vacía. Le voy a decir todo y la van a echar cagando, yegua de mierda.
- ¡ Shhht ! No grite, no tiene para qué gritar - se desespera, mirando a todos lados.
- Présteme al auxiliar y yo no digo nada.
-¿De qué habla? Son puras imaginaciones suyas.
- Usted sabe que no - indico el tragaluz.
Ella se queda callada, sin saber qué decir ni qué hacer. El silencio me molesta. Mira al suelo, indecisa, hasta que de repente alza la vista.
- Se lo vamos a consultar.
Después de la reunión con la sicóloga, que me mostró unas manchas de ardilla aplastada, paso la mañana en el patio, caminando. Tengo miedo, miedo de que el auxiliar Juanito venga por la noche, junto con la enfermera Laura y entre los dos me toquen, me investiguen. ¿Qué hallarían? Sólo retazos de pena, un sexo antiguo de película muda. He contado mil veces cuántos pastelones hay desde aquí hasta la gran reja de fierro. Mi cuerpo no está preparado para una caricia, así lo siento. A lo lejos, veo a Julia tomando el sol junto a una enfermera nueva, que aún no le sé el nombre. Julia y sus cicatrices asoleadas. Va a comenzar el verano y estoy aquí. Me contaron que pronto van a llenar la piscina...para que los locos se ahoguen.
El auxiliar Juanito se acerca a mí. No puedo soportar mirarlo, mis manos transpiran. Su sonrisa me obliga a verle los ojos.
- Era una broma - le digo, avergonzada.
- Hoy , en la pieza vacía. A las doce.
Se va, las manos en los bolsillos. Silba algo que reconozco, una canción que alguna vez yo canté cuando chica.
El tiempo pasa lento desde el anuncio del auxiliar. El tiene los ojos negros como boca de lobo, negros como una laguna pantanosa, negros como las guindas que él comía en Litueche. Esos mismos ojos atravesarán mi cuerpo esta noche. Y el miedo me comerá de a poco.
Yo no respiro cuando debo volver para la hora de almuerzo. No respiro hasta que Francisco me da de comer y me pregunta si he visto la pelota de ping-pong .
Estoy en cama, esperando. La enfermera Laura no me inyectó esta noche.
- Para que lo sienta todo - dijo.
Y es verdad que estoy bien. Lúcida, los ojos bien abiertos.
Cuando son las doce me levanto, tanteo hasta dar con las pantuflas. Quisiera estar vestida con los atuendos del sexo: portaligas, encajes, algo así. Aprieto hacia atrás la camisa de dormir y mi cuerpo se vislumbra en la oscuridad. Salgo. Camino dos pasos y entro a la pieza vacía. Juanito y la enfermera Laura están sentados en la cama, a oscuras.
- Ella va a mirar - dice el auxiliar.
- Me da vergüenza - respondo, intentando irme.
- Usted haga lo que tiene que hacer - interviene la enfermera Laura sonriendo, después me secretea: -¿Se cambió de calchuncho?
- Estoy sin - le digo, riéndome también.
La enfermera Laura va a un rincón y se sienta en el suelo, arropada con una frazada. Saca un tejido.
- Ven - dice el auxiliar, desde la cama. Yo obedezco.
- Vas a cerrar los ojos y vas a dejar que te toque, ¿me entiendes? - la voz del auxiliar es un susurro, como la hoja de un árbol cayendo.
Hago lo que él dice.
-Ponte de rodillas y levanta los brazos.
Mi camisa se desliza hacia arriba, la respiración del auxiliar calienta mi espalda. Me abraza por detrás, muy cerca mío, pegado a mí, sus manos grandes ahora son mías, su lengua va por mi cuello, me levanta el pelo para lamer mis hombros. Siento que se desnuda, siento pasos.
- Viene alguien.
- Shhht... - dice el auxiliar, inclinándome la cintura hasta quedar con la cabeza en la almohada.
- Viene alguien.
-Shhht... - su voz me eriza entera, sus labios ya han llegado a mis nalgas. Me inclino más y más hasta que siento su lengua caliente. Su respiración se hace cada vez más rápida. Oigo a la enfermera Laura muy cerca mío, huelo sus Flores d’Amor. Abro los ojos.
- Usted es preciosa – dice , mientras acaricia al auxiliar, que ahora me da la espalda para besarla.
Miro cómo ellos ruedan por la cama, ágiles, en un apuro que no comprendo. La enfermera se va despojando de su ropa, el auxiliar la ayuda, nervioso, desesperado con esos pechos, con el vientre blanco y el pelo de las axilas. Desesperado y erecto.
Les hago hueco, encogiéndome, pero ella me invita a unirme y no sé el momento en que estamos los tres enlazados hasta la misma muerte.
Cuando el auxiliar me penetra, yo sé qué sabor tienen los pechos de la enfermera Laura.
-¿Cómo amaneció?
- Esta es la triste historia del Fundo de Oro, donde todos culean menos el toro...
- ¡ Huifayayai ! - canta la enfermera Laura.
Estoy feliz. Me tomaría una botella de pisco.
- Gracias .
-¿Y por qué?
- Por lo de anoche.
-¿Anoche?
- En la pieza vacía...
- Anoche no tuve turno y me fui temprano - responde arreglando el cubrecamas.
Prefiero no insistir. Debe tener un poco de tristeza. No conozco muy bien sus sentimientos. Si nos encontráramos en la calle hablaríamos de plantas o de hierbas medicinales. Me contaría de su marido y de sus hijos o de cómo preparar unas buenas pantrucas. Por su sonrisa sé que ella es mi cómplice y es mejor que no tenga memoria de este hecho, que deje sus recuerdos en borrador.
Siento ruidos al lado, alguien que entra y que abre la ventana, una conversación en voz baja. Miro a la enfermera Laura para que me de la respuesta.
- Llegó una nueva paciente - dice sin inmutarse.
-¿No hay otra pieza disponible?
- No . La pieza vacía es la única que queda.
- Tan cargada que está esa pieza. Capaz que la paciente lo note.
Finge no oírme. Se mira un rasguño en su brazo. Apenas ella se va yo subo y miro por el tragaluz. Es tan distinta la pieza iluminada de sol, es casi infantil con su cortina de nubes azules y su cama que ha sido cambiada de lugar y que, ahora, mira hacia la ventana. Una mujer joven recorre el lugar, pasa la mano por las paredes, observa hacia la calle con aceptación total. Después va hacia la maleta y saca un retrato que coloca sobre la mesita. Aún no le veo la cara porque la enfermera le conversa y la ayuda a ponerse una camisola liviana. Cuando la mujer queda sola se recuesta en la cama y llora. Desde aquí yo también lloro. No por ella ni por su amante encarcelado en la foto, sino porque antes, hace unos minutos, ella ha recogido del suelo mi pulsera, se la ha puesto y la ha mirado con ternura y con la certeza de que nunca más se la sacará. Ella es la dueña de la pieza y de mi pulsera. El auxiliar quizás vendrá por las noches a consolarla, quizás le hará el amor, le dirá que sueña con ella a plena luz de día y que algunas veces llora porque no la ve como quisiera verla. No. Yo podría matar al auxiliar si esto sucediera, él jamás alcanzaría a poner un pie en la pieza vacía para seducir a la nueva. Y si lo hiciera, si alcanzara a cruzar el umbral, desde el tragaluz vería el brillo metálico de mi cuchillo, oscilando en la noche. La advertencia silenciosa.
Por un momento me detengo. Es estúpida esta reacción de celos. Pienso en la enfermera Laura y ella sí es parte del auxiliar. Los dos, los siameses, han desatado el deseo que no es más que algo crepuscular que atraviesa mi vida. Algo que no tiene nada de luminoso, al contrario, es como un ciego paseando por un despeñadero.
Y este deseo no tiene futuro. El auxiliar nunca me echará de menos. Dirá: ¨ Yo no echo a nadie de menos ¨.
Siento una pena infinita porque todo carece de sentido. No puedo hacer nada salvo bajar de mi trono de mirona e ir descalza a caminar por el patio recién regado, meter los pies entre los helechos hasta mojarlos y ensuciarlos con barro, resbalar y caer y correr, correr, correr por el pasto verde, verde, resbalar y caer y rodar, pinchar mis manos con las espinas de las rosas, comer flores de buganvilia y hacer sangrar mis rodillas con el cemento trizado de la piscina.
Me recoge el auxiliar Juanito. Lo miro desde abajo y sé que su sonrisa es sincera. Cuando se arrodilla a mi lado y me saca una maleza de la boca le digo que cuando salga de aquí no volveré a casa, que tendré que irme muy lejos, donde nadie sepa mi nombre.
- Váyase a Litueche - aconseja el auxiliar.
-¿Es bonito?
- Sí.
-¿Qué hay?
- Nada.
-¿Me iría a ver?
El no contesta. Ofrece el brazo para que yo me pare. No hablo a medida que caminamos hacia adentro. Pienso que en Litueche las piezas vacías sobran. Imagino que allá podría comer guindas y llorar a la vez o enamorarme de algún doctor alto y fornido que esté solo.
- Lléveme al baño, límpieme... - mi voz casi no se oye.
Y él obedece. Echa a correr el agua de la tina y lava mis pies con una esponja que ha encontrado en el suelo. Después me lava las piernas, las manos y la cara, silbando la misma canción de siempre. No me mira mientras levanta la camisa de dormir y su dedo índice acaricia cada vértebra de mi columna.
- Perrita choca - dice .
Giro hasta que nuestros labios se encuentran y se tocan. Pero no me besa, retira la cara con lentitud y ya sé que todo esto es una despedida, que él no volverá nunca más a la pieza vacía. Quedo sola en el baño. Voy al espejo y miro: el auxiliar y yo hacemos el amor sin pudor alguno.
Durante la noche le ruego a la enfermera Laura que me cante para dormir hasta el día de la partida.
- No sé cantar - dice ella, disculpándose.
Un miedo muy profundo comienza a acecharme, miro el cuadro de los perros y sé que no me iré tan luego como pensaba, que de alguna u otra manera me he contagiado de la locura de Julia y Francisco, de la nueva que mira mi pulsera con devoción exasperante . Por primera vez siento tan fuertemente que este lugar es horrible y que yo no lo soporto, que todos los lugares son insoportables.
- Entonces máteme. Haga algo - le digo, descontrolada.
- Va a tener que vivir no más – sentencia .
-¿No hay nada que hacer? - le pregunto.
Y se encoge de hombros.
.

 ***
"La pieza vacía" pertenece al volumen de cuentos El otro afuera (Cuarto Propio, 2002). 
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.

2 Comentarios:

Bruno R.Ramos domingo, febrero 22, 2009  

Muy bielo su textos y trabajos

Saluto
Bruno Resende Ramos
Proyeto de Inclusión Literaria
http://www.novacoletanea.blogspot.com

Érica domingo, febrero 22, 2009  

Me encantó el texto. Felicitaciones por este blog!

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