Un lápiz de pasta marca "BIC"

Por Martín Faunes Amigo   

Dedicado a José Bordás «Coño Molina»

El irregular evita el enfrentamiento
para golpear en la hondonada más conocida,
en el monte más perfecto.
Lo propio hace el urbano en la esquina precisa,
en el callejón más seguro.
«Guerra irregular y prolongada»

Yo no tuve como otros la oportunidad de escribir con lapiceros de los buenos. Durante los primeros años de colegio usé los típicos lápices negros «B2» de reglamento, pero cuando se nos autorizó a usar tinta y yo soñaba con una Parker o una Sheaffer, mi madre apareció con un tipo de pluma hasta entonces desconocida que no usaba tinta sino pasta y cuando su pasta se agotaba había que comprar una nueva. No era el lapicero esperado pero era el que podían comprarme, así me lo dijo mi madre en su mirada y así lo entendí yo también, por eso nada mencioné al respecto. No me quedó sino trabajar con ellos y aprender a quererlos. Fue con esos lápices que cultivé el gusto por echar al papel acciones e imágenes, un vicio que cuando se adquiere no hay manera de abandonarlo.

Muchos años después, poco antes del golpe, mi compañera me regaló un lapicero Parker como el que yo quería por los once o por los doce, e hizo que me lo entregara nuestro hijo mayor, el único que teníamos entonces. Fue verdaderamente lindo, era mi cumpleaños. Cambié así mis lápices BIC por el Parker y escribí páginas y páginas, acrecentándoseme esta necesidad de crear historias, donde mi lapicero pasó a ser cómplice, acompañándome además a las reuniones, a los contactos; ésa fue una de las cosas que me perdió. Es que a mí me pudieron cambiar el cabello liso por crespo, el rostro con barba por otro lampiño, me pusieron terno y corbata; sin embargo el vicio de escribir no pudieron quitármelo. Para entonces escribía en el momento que fuera, en los parques, en las micros; escribía incluso caminando. No es broma, mucha gente lo hace. En mi caso había ingeniado un tablero donde me apoyaba y mantenía firmes las hojas con un sujetador de resortes para así caminar mientras le sacaba trote al lapicero. Quizá los únicos momentos en que no escribía era mientras jugaba al pool, mi otro vicio adquirido por los quince cuando tuve necesidad de sentirme importante. Sin embargo, aún entonces, pensaba en historias mientras intentaba echar bolas o sacarme pillos. Eran ésas oportunidades en que escribía pensando, pero así no se notaba, de hecho hacía muchas cosas mientras pensaba en cuentos y en poemas, y nadie se percataba tampoco; no obstante cuando escribía caminando me hacía evidente. Y caminando iba, sumido entre líneas de ficciones, por eso no alcancé a darme cuenta de que cuando alguien gritó «¡es el escribiente!», ese alguien lo decía por mí.

Se me ocurre que los que ya no pudieron aguantar más los golpes y no les quedó sino entregarme, lo hicieron con esta característica mía, la única que no era posible cambiar. Pero son cuentas que sólo ahora viéndolas de lejos logro sacarlas. Para entonces alcancé apenas a sujetar firme la pluma mientras un trueno me quemaba bajo el brazo. No sentí nada más, desperté sin mi legajo de cuentos y sin mi lapicero. Alguno de esos perros que me atraparon debió quedarse con él. En cuanto a mis hojas se esparcieron por el viento mientras yo mismo me perdía una y otra vez entre las propias líneas de mis ficciones.

Iba a ser todo para este escritor caído y jugador de billares, porque a los que hacían el trabajo que nosotros hacíamos no se les perdonaba: iban a obligarme a entregar la red y después me asesinarían, y si no lograban quebrarme, me asesinarían aunque fuera por gusto. Ese era el derrotero lógico y esperable para mí, considerando también que el intento por quebrarme pasaría por la detención de mi compañera que estaba embarazada y de nuestro hijo, si podían encontrarlos. Intentarían hacerme revelar sus casas de seguridad, por allí empezarían, y querrían detener también a mi madre y a mis hermanos; aunque ellos nada supieran y nada pudieran decirles. Lo de mi mujer sí que era complicado porque muchas veces había trabajado como mi enlace, además una mujer embarazada me parecía más vulnerable. Eran en todo caso elucubraciones vacías porque hablara yo, o no hablara, o hablara ella, o no hablara, en definitiva me asesinarían. Hasta allí llegaban mis sueños, además ya ni siquiera tenía mi lapicero Parker para gozar escribiendo. Puede sonar raro que lo diga pero en las circunstancias en que estaba, con los ojos vendados y con unos tipos que ya me habían quebrado las costillas, aunque no sea fácil creerlo, se vienen a la cabeza cosas estúpidas como un lapicero Parker robado. Pero no sólo cosas estúpidas; en mi caso me daban vueltas también, confusas y lejanas, instrucciones del Coño Molina, entre otras la de llevar al enemigo a lugares conocidos donde se pudiera combatir con ventaja. Recordé aquella remota clase suya –todo me parecía remoto- después de la cual todo el MIR realizó situaciones operativas sobre zonas y lugares conocidos donde cada uno pudiera obtener esas anheladas ventajas. Bonito en teoría, pero en la práctica, cómo.

Un pasado remoto y un futuro en tinieblas. Mi situación operativa ideal la había realizado en el propio barrio de mi niñez, la Villa Olímpica, y volvía a verla en la mente en mis planos hechos como un informe de laboratorio para mi escuela. Aparecían así la textura del papel diamante con sus bordes que cortaban, el olor a tinta china, los diferentes tipos de letras del alfabeto DIN, la línea de cota, la delinatoria de veredas y esquinas; también el tiralíneas de acero y la pluma «R» filosa ocupada para trazar esa tinta china que ahora se me presentaba nebulosa con su olor. Una pluma filosa como ésa era quizá lo que ahora me hacía falta, una pluma “R” filosa o el tiralíneas de punta doble; sin embargo mi lapicero perdido era el que me surgía junto al preguntarme una y otra vez si mi compañera y mi hijo y mi futuro hijo estarían de verdad a resguardo. Eran reiterados también los cuatrocientos golpes que a cada cierto tiempo recibía entre nubes de patadas.

Pero ya estaba decidido. Si mis conclusiones eran correctas y si yo era de verdad un hombre muerto, qué más daba jugármela; es más: tenía que jugármela. Me declaré entonces quebrado y les pedí suplicando que ya no se ensañaran. Les inventé a modo de confesión que a la mañana siguiente tendría un punto con mi contacto del comité. «¿Quién es?» me preguntaron media docena de voces, y mientras algunas de esas voces gritaban hacia afuera que «el escribiente iba a hablar», otra voz me sacó la venda de un tirón para que lo indicara en un pizarra donde tenían un organigrama de nosotros mismos. Indiqué donde había un hueco sin foto, eso los forzaría a llevarme para que se los indicara al llegar. Cosas como ésas es capaz de maquinar uno a pesar del dolor y del espanto, y cuando quisieron saber el lugar donde nos encontraríamos con ese supuesto contacto, entre lamentos mencioné la Villa Olímpica cerca de la Piscina Mund. Cambió el trato para mí. Un médico se preocupó de tratarme y me vendó la herida bajo el brazo, además me dieron de comer y, aunque permanecí con los ojos cubiertos, las cosas mejoraron bastante. Mejoraron, cierto, aunque uno de los perros muy borracho, que llamaban «el Troglo», molesto por perder la oportunidad de continuar pateándome, me lanzó un último golpe mascullando «creí que valías un poco más, cobarde…»

No puedo decir que dormí bien esa noche. Según el Coño, parte de la preparación para un combate pasaba por dormir bien y descansar. Por mi parte dormí lo que pude y lo mejor que se puede dormir encogido en una perrera húmeda y mal oliente. A la mañana temprano me sacaron a puntapiés e hicieron que me pusiera ropa mejor para que el compañero del contacto no sospechara al verme, me pusieron inclusive una chaqueta; por la misma razón, imagino, hicieron que el médico del día anterior me sacara casi todas las vendas y disimulara mis heridas. Acto seguido me subieron a la parte de atrás de un FIAT 125, lo sé porque aunque no podía ver, reconocía las formas del asiento como reconocía también los ruidos del motor y el del paso de los cambios. Es que eran los mismos que hacían los autos que manejábamos para Allende. Era un «FIAT 125 Special» entonces, si eso era cierto yo sabía abrir desde adentro las puertas de ese auto a pesar de que llevaran seguro. Un punto a mi favor, aunque por decirlo en coa de billares, «tenía unos cincuenta pillos en contra»; entre otras cosas, porque no sabía cuántos vehículos, además del que nos llevaba, participarían en la acción, ni tampoco cuántos hombres llevaría cada uno.

Surgió un segundo punto a mi favor cuando el oficial al volante me cortó las amarras de las manos y me arrancó la venda para que pudiera ver a mi compañero cuando apareciera. Supe entonces que sí iba en un FIAT 125, quizá en uno de los mismos que habían sido nuestros. Además, pude constatar que en el auto ibamos sólo tres personas: el oficial al volante, y en el asiento trasero el mismo Troglo, mi torturador principal, y yo mismo, el prisionero. Cabe señalar que el Troglo, nada menos, además de llevarme firmemente tomado del brazo, llevaba mi propio tablero con hojas sujetas al borde, posiblemente para tomar notas de lo que le pidiera su oficial. «Si sabría escribir» me preguntaba, mientras entendía que el botín menor había sido para el de menor poder. Si eso era así, quizá el oficial era ahora el dueño de mi lapicero. Pero qué importaba eso ya, lo que necesitaba saber era cuánta gente vendría en los vehículos de acompañamiento que no sabía tampoco cuáles eran, aunque una camioneta roja con tres personajes se me empezó a repetir. Más puntos a mi favor entonces, demasiados. De todas maneras las apuestas seguían por mucho en mi contra, ya que estaba tan golpeado que me iba a costar siquiera desplazarme hasta «mi contacto» cuando ello fuera requerido, por eso me daban así graciosamente ventajas que no podría aprovechar, no después de la tortura, no después de las patadas. Todas sus providencias se orientaban a atrapar a mi contacto. Su idea era que yo acudiera libremente al encuentro de él, el oficial tocaría entonces la bocina como señal para que la gente de los otros vehículos lo atrapara. Se habían puesto de acuerdo en esto incluso delante mio sin importarles que yo pudiera escucharlos. Pero yo los iba a sorprender, ya verían; aunque la ocasión para intentarlo llegó más bien por un error que ellos mismos cometieron: la esquina de Avenida Grecia con Salvador estaba demasiado cerca de la casa de José Domingo Cañas, el lugar donde me tenían prisionero, y llegaron por eso a mi supuesto punto de contacto con unos diez minutos de adelanto, cuestión que pude constatar en el reloj del FIAT. El llegar adelantados los obligó a permanecer bastante tiempo detenidos frente a la panadería de la esquina de Grecia y eso los hizo relajarse, tanto que el Troglo se atrevió a pedirle permiso al oficial para comprar un kilo de pan cuyo olor castigaba los sentidos, y el oficial lo autorizó, por lo tanto cuando descendió del auto quedamos uno contra uno. Uno desarmado y mal herido, el otro fuerte y armado, cierto, pero de igual manera éramos uno contra uno, además estábamos en mi territorio, en el barrio de mi niñez, en el lugar donde los muchachos conocíamos todos los recovecos. Pero si quería ganarle tendría que realizar una jugada rápida y maestra.

Ocurrió todo en un segundo: el Troglo al bajar dejó sobre su asiento vacío mi tablita de apuntes con un lápiz BIC tomado de un elástico, y yo no lo pensé dos veces; en realidad no alcancé siquiera a darme cuenta de qué verdaderamente estaba pensando. Vi la jugada desde afuera como asistente a una proyección de mí mismo: inclinado sobre una mesa de pool. Pero mi taco de maple sería ese lápiz BIC similar al que me regalara mi madre, me apoderé de él y antes de que el oficial pudiera darse cuenta lo tenía clavado en el ojo derecho. El pobre tipo no atinó más que a tratar de sacárselo y a emitir el rugido de sufrimiento de los tigres de Kuala-Lumpur, yo mientras tanto le daba a la puerta el golpe seco con la parte de afuera de la rodilla con que abríamos los autos de Allende. Y salí, pero a medias, porque el oficial en un acto insensato, en vez de preocuparse por perder el ojo que se sujetaba con una mano, con la otra alcanzó a sujetarme de la chaqueta, y forcejeó para que no me escapara. Se produjo entonces una situación confusa que veo también desde el aire en tercera persona, y así, en tercera persona asisto nítido a cómo lo ataco con todo, inclusive a mordiscos, y él continúa, a pesar de todo, sin soltar la chaqueta que me sacó y se queda en su mano. Se quedó con la chaqueta y su dolor mientras yo me iba de bruces al pavimento, pero conseguía erguirme para escapar. Pasé por detrás de la camioneta roja con sus ocupantes distraídos, crucé Avenida Grecia, nadie me perseguía. Salté la muralla baja de la Piscina Mund que daba hacia la vereda sur como lo hacíamos de muchachos para bañarnos sin pagarles, casi caigo a la pileta de saltos ornamentales. Escuché a lo lejos los bocinazos del FIAT, pero a mí ya no me paraba nadie. Llegué hasta el fondo de las instalaciones de la piscina y seguí la situación operativa que había realizado pedida por el Coño: me devolví escondiéndome sin carreras locas, atravesé el salón de pool donde jugábamos en los veranos. Disimulé ante los empleados con que alcancé a toparme. La idea era que los perseguidores supusieran que seguiría escapando hacia atrás de la piscina por la Villa Olímpica, pero no, yo me devolvería sin estruendos y subiría por la escala normal hasta la azotea del edificio de departamentos rojo de la vereda norte de Salvador con Grecia, ahí mismo desde donde cinco minutos antes me había escapado. Y eso hice, me devolví y tenía razón: cuando salté de vuelta el muro de la piscina a la vereda sur de Grecia nadie había, ninguna camioneta, ningún bestia, la jauría fracasada me estaría persiguiendo acaso hacia al sur, hacia Guillermo Mann o hacia las bodegas de la Estación San Eugenio. Pero yo, en vez de esa ruta de escape lógica, crucé de vuelta Avenida Grecia hasta el edificio rojo de mi niñez, pasé frente a la panadería de nuevo. Ahí sí había gente: un par de muchachas en la puerta que se quedaron mirándome y tal vez pensando en si no sería yo el que había provocado tamaño alboroto. Quise pedirles ayuda porque me caía a pedazos, quise pedirles ayuda o pedirles al menos que no me denunciaran, pero no me salieron palabras; sólo pasé junto a ellas y seguí para subir lastimosamente hasta la azotea y después por la escalera de fierro de la segunda copa de agua, aquella que por problemas de estructura jamás funcionó como tal. Ahí estaba otra vez, vacía aún, igual como lo había estado desde hacía doce o más años, tal como yo lo había considerado en mi situación operativa aprobada por el propio Coño Molina y realizada en papel diamante y tinta china trazada con pluma “R” filosa, aunque con el filo del lápiz BIC del troglodita había sido más que suficiente.

Me deslicé al interior de la copa como cuando subíamos y nos escondíamos ahí con otros muchachos y después con muchachas. Me ayudó para conseguirlo mi baja estatura y mi absoluto conocimiento del terreno; el Coño tenía toda la razón, podía reconocer su genialidad. Apenas entré a la mole de cemento caí en un sopor que se transformó rápidamente en un manto negro que me obligó a soñar una y otra vez que todo empezaba de nuevo y que ahí iba yo otra vez, lapicero en ristre, revisando cuentos que no podía terminar porque me destrozaban los brazos. Eran sueños de espanto que no obstante me permitieron permanecer silencioso y a resguardo e inclusive descansar ahí en esa copa seca que nosotros solamente, los que vivíamos en esos edificios, sabíamos que lo estaba y que siempre lo había estado. Bueno, nosotros y los del agua potable seguramente, pero ellos no, las bestias no; razón para que la operación rastrillo que montaron no se preocupara de la primera copa con agua ni tampoco de la segunda, «de haberse escondido ahí, el fugitivo se habría ahogado», supusieron. No sé cuánto tiempo permanecí ahí dormido en la copa número dos sin agua, pero después, despierto, seguí escondido hasta la noche del día siguiente en que salí muerto de sed y volándome de fiebre; aún así logré llegar a la casa de seguridad donde mi compañera todavía me estaba esperando. Supe entonces que mi madre y mis hermanos permanecían ocultos todavía, habría que pensar en sacarlos del país. En cuanto a mí, no me quedaba sino abrazarme de mi compañera y abrazarme también de mi hijo y del otro, el que aún no nacía pero que sin duda se daba muy bien cuenta de lo felices que estábamos.

Hoy que después de tantos años recorro con mi nieto la esquina de Grecia con Salvador, me encuentro con que en el terreno inmenso donde estaba la piscina Mund, construyeron edificios, y que además Grecia es una avenida que difícilmente podría cruzarse sin esperar a que el semáforo lo permita. Está, eso sí todavía, el edificio rojo, hogar de mi niñez, y se alcanzan a ver las dos copas de agua en su azotea. La número dos aún debe estar vacía. Reconozco también el aroma a pan fresco en el ambiente y no puedo evitar ir hacia él e ingresamos por eso a la panadería. Pido un kilo que una muchacha me pasa humeante. Pago y saco uno de la bolsa para dárselo al niño que lo toma con sus manitos cubiertas con las mangas alargadas para evitar quemarse. Es cuando veo junto a la caja un frasco con lápices BIC cuya venta anuncian a ciento veinte pesos. Me quedo observando por unos instantes esos instrumentos de escritura que sirven también para otras cosas, mientras la muchacha me devuelve al planeta Tierra y a la esquina de mi escapada preguntándome qué más deseo. Le respondo sin intención real de responderle, más bien, al contestarle que alguna vez dejé por aquí un lápiz de pasta como éstos, lo hago como pensando en voz alta y dejándola así entrar en mis pensamientos. No ayuda sin embargo, porque la muchacha empieza a decir como una letanía, quizá para escucharla sólo ella misma, que ninguno de estos lápices puede ser el que yo olvidé, porque éstos acaban de llegarle, y agrega también otras razones y disculpas que en realidad no me tiene por qué dar y que de todos modos, devuelto otra vez al pasado, no le escucho ni le entiendo. En mis pensamientos surge entonces la incredulidad de verme otra vez por acá en el rincón donde me escapara, al cual no pensé jamás que volvería, mucho menos de la mano de mi nieto; y deseo contarle al niño la historia de mi escapada a partir de aquello de los lápices «B2» de reglamento, aunque acepto que él con sus poco más de tres años no podría entenderlo. Salimos de vuelta a la vereda y un sol que nos atrapa deslumbrante me obliga a entre cerrar los ojos y a volver por un momento más a ese día y a esa hora, y a dudar otra vez de que pueda estar vivo aún, y de vuelta. La muchacha de la panadería se acerca sin embargo y, como prueba palpable de que sí estoy aquí, y de he venido de la mano de mi nieto, pone un lápiz BIC en la mano del chiquillo y nos dice «tomen, les regalo éste para ustedes».

***

Este testimonio fue escrito tras ser recordado en un activo de memoria histórica organizado en Santiago, en diciembre de 2001. Su protagonista, uno de los pocos militantes que logró escapar de las garras de la DINA, y que vive todavía fuera de Chile, tuvo un feliz encuentro con «Las historias que podemos contar» pocos días antes de que este libro fuera impreso y lanzado.

José Francisco Bordás Paz, nacido en julio de 1943, era Ingeniero y miembro del Comité Central del MIR, organización revolucionaria del cual era además su jefe militar. José Bordaz, de nombre supuesto «Coño Molina», fue ejecutado en el AGA, después de prolongadas sesiones de tortura y tras haber sido atrapado gracias a la delación del traidor que llamaban «el Barba».

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