Abrir un libro
En la novela Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster, encuentro tres postales-fotografías de mi viaje a Humberstone: una mujer con sombrero (sin Chagall ni Silvio), los hombres del salitre, las maquinarias. Ah, me digo, ahí estaban. Y las vuelvo a dejar en la página 162, por el puro placer de encontrarlas en un futuro que ya es remoto e incierto.
En cambio, en la Antología de antologías. Los mejores cuentos de Bolivia, y ante el delirio de mis ojos, aflora la tarjeta de llegada, con su correspondiente timbre, del viaje a La Paz. No llevé pasaporte, por lo tanto ese cuadrado de papel era indispensable para volver. Casi no lo hago. Tuve que pagar varias multas y rogar, mientras oía mi nombre en los altoparlantes del Aeropuerto Internacional El Alto (claro, está a 4.061 metros de altura) . El viaje fue el 2007. Abrí la Antología varios meses después.
Nat hojea un libraco sobre Gustav Klimt. Descubre parte de una carta de Fernando; es la página 2 de 1, sin fecha, escrita a máquina. Nat me la da. Yo busco la otra mitad. En los dorados de Klimt no está. Puede que Dánae la haya trasladado al gran libro del unicornio, llamado con sobriedad El Unicornio. Ahí sólo lo encuentro a él y a su cuerno, en un espiral imposible, con Plinio el Viejo describiéndolo: capite cervo, pedibus elephanto, cauda apro, mugitu gravi, uno cornu nigro media fronte cubitorum duum eminente.
Abro el Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares. No hay nada, salvo las miles de palabras impresas en tinta negra. Miles. Y no hay nada, porque en el fondo de la solapa se desliza otra carta que yo escribí y no envié. Está plegada en cuatro. Origami de nostalgia. Me da vergüenza leerme y llegar a la conclusión de que sigo sintiendo lo mismo. Otra. Hay más, estoy segura, en libros menos pesados.
Dejo que el azar me revele los secretos. Abrir el ‘Kayser’ y contemplar la hoja de plátano oriental seca y en perfectas condiciones. Recordar el Instituto Pedagógico del año 1980. Juventud, divino tesoro. Teoría literaria I. Militancias. Miedos. L. con vestido azul y bolso artesanal recoge hojas cerca del Pabellón J. Conversa con Rodrigo Lira de herbarios y de plantas. La hoja del árbol, que debe seguir allí, en la calle Macul, está conmigo. Ahora, veintinueve años después. Rodrigo me mira desde la nervadura, en silencio.
Hay buganvillas que han conservado su color en la blancura de la Antología del cuento fantástico hispanoamericano, selección de Óscar Hahn. Las dos flores están tan delgadas y traslúcidas que cualquier brusquedad las llevaría irremediablemnte al polvo. Viven junto a “Juan Darién”, de Horacio Quiroga. El tigre las cuida y no permite que el libro sea prestado a nadie.
Pelos. También los hay. Y manchas de grasa, de café, migas de pan, una pestaña que cayó cuando me quedaba dormida. Un sueño atrapado.
Desconfío de los libros-museo, intocables, sin escrituras de ningún tipo. Adoro el libro usado, manoseado, subrayado con tinta verde o lápiz a carbón.
En Mimesis, de Auerbach, en inglés, el lector occidental podrá disfrutar de algunas síntesis traducidas al español, con la letra ínfima de L., ordenadita, preciosa, casi una caligrafía medieval. La L. que no puede descifrar su letra actual se ríe de las anotaciones. Y encierra al señor Erich Auerbach en su corral de papel, quizás para siempre.
Este verano compro Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, primera edición de Nascimento, en la Plaza de Llolleo. La vieja vende mayormente ediciones pirateadas y otras porquerías con sabor a fotocopia. Hijo de ladrón brilla como una estrella de lomo roto. Comienzo a hojearlo, a leer algunos párrafos. Estoy tan concentrada que no siento cuando una mano pequeña hurga en mi cartera. Es un niño de siete u ocho años, que me mira desde abajo. No saqué nada, tartamudea, se lo juro. Corre a perderse. Cuando llego a casa, descubro que el niño se ha llevado mi miniatura de Hamlet, donde, por supuesto, puse un botón de nácar que, como todos los botones, tiene una historia, larga de contar aquí.
En el libro de Rojas no he guardado ningún objeto. Para qué.
17 de abril del 2009.









2 Comentarios:
Queridísima L., certera y feliz esta puñalada que me impulsa a reabrir libros y cartas. Siempre manoseados, anotados, subrayados; llenos de fragmentos de vida, siempre.
Y yo que pensé que no podía quererte más. Y sí puedo.
Un besoso triste de ausencias.
tu Canariza
Lilian, no hay puñalada mas feliz que la que acecha al abrir los libros queridos, manoseados, repirados, vomitados, repasados y encontrase con la huella de una lectura con todo su tiempo contenido.
Yo que estoy en varios lugares y que todos mis libros siguen en México, tengo un vacio que me consume.
Un abrazo desarmado.
Sergio Astorga
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