Diálogo de tigres
Al que camina las madrugadas en busca de su sombra.
En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.
Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre.
El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.
Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho.
Tengo hambre -dice uno.
Yo también -responde el otro.
Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.









3 Comentarios:
Qué fuerte eres, qué tremendo, querido, abismo este del reconocimiento que entra por las narices. Qué terrible conocimiento.
Magnífico.
Un beso con las orejas crispadas.
Canariza
Hay un tigre en la casa, carnicero, altivo solitario, también camino por tu texto lleno de hambre y te dejo mi recuerdo hecho rayas.
Conoces bien las madrugadas.
Tus Abismos habituales: impecables.
Un abrazo que te asecha.
Sergio Astorga
"Pero se encuentran", y ya luego "se matan". Lo uno trajo lo otro consigo. Conocían los espejismos.
Me gustó mucho, Lilian.
Un beso
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