Que nadie duerma

La ciudad no es una boca de lobo. La brisa es tibia, el ruido del tráfico cede con lentitud parsimoniosa, y una que otra estrella nace del espejo del cielo. La ciudad está iluminada. Hay faroles, focos, neones de colores, hay millones de televisores encendidos. Y reflejos. En las ventanas de las casas y edificios de departamentos se proyecta luz y sombra, un juego chinesco que dura horas. La representación tiene un final. El cuchillo es abandonado sobre alguna superficie lisa, la sangre termina por coagularse, el cuerpo de la mujer, que alguna vez fue deseado y amado, yace como un simulacro más de la vida nocturna: se apaga.

En un futuro cercano ese mismo cuerpo será etiquetado en el Instituto Médico Legal, sección Tanatología, de la metrópolis, que posee un intrincado sistema de tubos fluorescentes y generador eléctrico propio. El facultativo contará treinta y nueve puñaladas a lo largo y ancho del cuerpo femenino, incluyendo los ojos. Gracias a la luz-día podrá también detectar otras agresiones en la carne tumefacta. Signos de aborto involuntario, patadas y golpes de puño, acciones típicas de una persona celosa y, con seguridad, borracha. O con personalidad psicopática. La mujer presenta un embarazo de unos cuatro meses aproximadamente. El feto está muerto. Después de disectar, examinar y vaciar órganos, el médico guarda los restos en una funda de polietileno azul balcánico y los traslada a la freda stanza, como él llama a la cámara frigorífica. El párpado derecho le tirita con insistencia. Terminará el informe en casa, después de la cena familiar y de acostar a cada uno de sus tres hijos. Su mujer lavará los platos y remendará un disfraz de conejo para el menor de sus criaturas, que participará en una obra teatral del colegio. Con la aguja y el hilo suspendidos en el aire, la esposa mirará por el gran ventanal del living y dirá: Qué noche más linda. El tanatólogo responderá: Sí. Y deberá escribir el informe, a pesar de los labios azules susurrando algo que no entendió, o un silbido, la última exhalación, normal en un cadáver de no más de veinticuatro horas. Normal también el temblor de la mano izquierda, intentando recogerse, asustada. Ella era su princesa y la amaba hasta que todo se complicó con la gestación. La princesa lo había traicionado y el odio se le hizo inevitable, surgió como una flor carnívora. Las náuseas, su alegría, el desinterés total por el juego de los nombres, el mareo. Hoy no, siempre no, pero te quiero igual, tú lo sabes, sí que lo sabes, este ser ínfimo que llevo es la comprobación de nuestro amor sin límites. El recuerdo de sus palabras llega en oleadas sucesivas ahogándolo; desde muy lejos él oye otra voz y, a medida que sale a flote, la reconoce:

Podríamos salir a caminar, sugiere ella, pinchándose un dedo, llevándoselo de inmediato a la boca, succionándolo con fuerza. Agrega que los niños duermen como ángeles en sus respectivas camas y con sus anti-cucos encendidos. Antes de responder él traga saliva, le cuesta hacerlo, la garganta está apretada. Pero la respuesta ya está al borde de su boca: Debo escribir. Podrías sacar al perro, pero antes, échate alcohol. Después, habrá actividad en el baño, el chirrido del botiquín abriéndose, pasos sigilosos, el tintineo de la cadena y el perro gimiendo de alegría, dando brincos. Ya volvemos, y la puerta se cierra despacio, para no despertar a los infantes. Que no vuelva, farfulla él caminando hacia el escritorio con una taza de té humeante. Pero volverá, no le cabe la menor duda.

Si él pudiera tan sólo olvidar ese informe, pasarlo por alto, darse una larga ducha, muy caliente, dejar que el agua borre su piel y la memoria de su piel. Pero las imágenes explotan con más fuerza ahora que se sienta y enciende el computador.

La mujer comprende el exceso de trabajo de su marido o que deba dormir en el mismo Instituto, en el sector de las oficinas. Lo ha hecho diez veces en lo que va del año. Hoy él le avisó que se quedaría y grande fue su sorpresa al verlo aparecer en casa, cansado, abatido, triste también. O quizás se confundió y esa tristeza no es más que simple agotamiento. Su trabajo no es fácil. Bobby ha marcado con su orina tres árboles y el pilar de un semáforo. Y esos informes que escribe, largos y tediosos, ella los imagina así; nunca ha leído uno y si lo hiciera ni entendería. Preferible pasear a Bobby que jala de la cadena con su fuerza habitual y dejar que él trabaje, que la extrañe un poco, así a la vuelta le dirá que se vayan a la cama, le pedirá que no se ponga esa camisola tan poco sexy, que ingrese desnuda en las sábanas heladas para comenzar el juego de los nombres. Yo soy José y tú eres María, yo soy el soldado Müller y tú eres la enfermera Betty Lou, yo soy Jack, el destripador, y tú eres la víctima Martha Turner. A ella le gusta mucho el juego y la excita, sobre todo cuando hace de Martha Turner, la prostituta, porque se supone que está amordazada y el asesino lame sus pezones a la vez que los estira y retuerce, y a ella ese pequeño dolor la excita más aún y quisiera que los mordiera con esos dientes blancos y que le hiciera una herida mínima , un tajito que poco a poco se inunda de sangre, antes de abrir su vientre con ese cuchillo que es casi como un hacha cocinera para descabezar pollos. Ah…, el juego de los nombres la deja inquieta por días… porque todo es mentira. Secretamente ha debido tocarse encerrada en el baño cuando el doctor trabaja y los niños hacen sus tareas escolares.

Es una noche apacible, sin sobresaltos, como muchas noches. Otros perros ladran tras las rejas de las casas –o saludan, quién sabe- a Bobby; desde el interior de los arbustos raspan sus patas los grillos, produciendo ese encantador sonido. El barrio es, en esencia, tranquilo, ideal para ver cómo crecen sus tres hijos. Una sola vez han robado en la casa de los Solari, pero el ladrón fue descubierto in fraganti y puesto en manos de la justicia. Dicen que ha desaparecido gente en el centro y en la periferia, o que han visto muertos bajando por el río, como hace muchos años cuando era sólo una niña. Son rumores, nada comprobable. El doctor le ha contado que sus muertos son producto de accidentes automovilísticos, infartos al miocardio, comas hepáticos o decesos por edad avanzada, cuando la gente muy vieja se aburre de vivir y de tener la piel arrugada y usar un andador metálico para desplazarse. Pero en su barrio nadie muere. Ella no ha sabido de ninguna muerte, ni menos violenta. Sí, la gente es muy discreta, jamás ha tenido problemas con los vecinos. Bobby, libre ya de la cadena, corre a casa y va directo al tarro de la basura para tumbarlo y rajar las bolsas, como es su costumbre. Mala, por lo demás. Ella no se atreve a gritarle al perro una orden perentoria y deja que haga de las suyas mientras corre para engarzarlo a la cadena nuevamente. Las luces de su casa están todas encendidas, parece un árbol navideño, es extraño que él no las hubiera apagado antes de irse al escritorio. A medida que se acerca, escucha el aria favorita del doctor: Nessun Dorma, de Puccini. Y el foco con sensor de movimiento se prende plenamente en su cara. Cuando Bobby está en su canil, ella coge pala y escoba para limpiar la basura dispersa. Se da cuenta de que necesita una bolsa nueva. Da la vuelta para entrar por la puerta de la cocina, pasa por la ventana del escritorio y ve que el doctor llora. Es primera vez en su vida que lo ve llorar tan desgarradamente. La computadora está prendida y el documento en blanco. Ella alcanza a leer solo una palabra: ‘Informe Tanatológico’ y la barra del cursor titila después de la ‘o’ de esa palabra tan fea. Se recrimina por fijarse en ese detalle y no correr a consolarlo, pero no puede dejar de mirar esa cara mojada de lágrimas, el hilo mucoso que cuelga de la nariz, elástico y retráctil, como las telarañas. A pesar del llanto, él canta, casi grita: Tu pure, o Principessa, nella tua freda stanza… All’alba vincerò. Vincerò. Vincerò. La principessa e morta, se lo merecía. Como un loco. Sin que él lo perciba, ella observa la escena en silencio, agazapada entre los bambúes de tallo negro. Parece otro hombre que solloza con las manos en la cara, escondiendo el llanto monótono, infinitamente culposo. Recuerda a José, en la misma actitud, cuando Cristo muere en la cruz, y él no puede hacer nada, salvo sentirse culpable por no haberlo protegido. José diciendo: “María, hemos pecado y ya no importa si beso tu regazo y toco tus piernas, ya no importa si beso tu cuello y los olivos se secan sin remedio”. Y María permite la caricia, a pesar de ese momento de horror que viven, María accede a que el lastimoso la toque porque nada importa. Son dos harapientos con un hijo en la cruz y el amor es una condena.
 
Pero ella no ha visto nada. Es mejor así. Él tendrá sus razones y ella no quiere alterar el rumbo de su cotidiana felicidad. ¿Quién está muerta, por qué se lo merecía? Exceso de trabajo, qué más puede ser, o un despido arbitrario, o simplemente incapacidad para escribir, porque no es llegar y hacerlo, son tantos los motivos para no hacerlo. Bobby desparramó la basura y ella puso todo en su lugar. El camión recolector pasa a las 7:30 de la mañana, piensa, y las bolsas estarán dentro del tarro, selladas, con sus respectivas amarras, sin malos olores. La basura ordenada, sanitizada, perfecta. No como en las barriadas de otras ciudades, en otros países, donde hay montañas de papeles sucios, y huesos, kilos de huesos diseminados. ¿Quién está muerta? Eso piensa mientras abre el refrigerador y comienza a preparar las colaciones de los niños. Carne mechada con arroz para el mayor; ensalada rusa y tomate para el del medio, y para el más chiquito, un sandwich de queso y una manzana roja y brillante. Él vendrá a acompañarla en cualquier minuto, lo escucha ir al baño, está un largo rato ahí en silencio absoluto. Lo imagina sentado al borde de la tina haciendo un enorme esfuerzo para controlarse, para que esa pena se vaya y el dolor se acomode en el rincón más lejano de su alma. Bobby descansa en su iglú plástico. Ya son las once de la noche y es hora de ir a la cama. Claro que esta vez no habrá juego de los nombres, dadas las circunstancias. Ni sueño. El doctor entra a la cocina fingiendo un resfrío, una alergia, y ella lo divisa con el rabillo del ojo. Deja la taza de té frío sobre la mesa de diario. Es evidente que ha llorado de verdad, sus ojos están irritados, la cara se ve congestionada, aunque la haya lavado con agua muy fría, una y otra vez. Bobby lo hizo de nuevo, comenta ella, cerrando las cajas y metiéndolas al refrigerador. Perro de mierda, un día de estos capaz que muerda a alguien; lo mejor será que lo ponga a dormir, dice él en voz muy baja, aclarando su garganta, como si estuviera apretada y le costara hablar. ¿Ahora?, pregunta ella. Ahora, responde él; yo me encargo, tú ándate al segundo piso. Ella no lo mirará fijo, no es conveniente. Sube las escaleras con el miedo incrustado en su espalda, entra a la pieza de los niños y ahí permanece, estática, vigilante. Mañana cuando el sol alumbre todo el espacio de su dormitorio, pondrá Nessun Dorma en el cd-player, no le ofrecerá desayuno y ahí, con luz real, distinguirá el fondo de sus ojos insomnes, la mano izquierda que tiembla, los labios pálidos, azulosos, como si hubieran muerto en la noche y recién cobraran vida al moverse y entonar Ma il mio mistero è chiuso in me, il nome mio nessun saprà!, muy despacio, como para sí mismo.

Y a los niños habrá que decirles que su mascota huyó tras una perra, que el papá se quedó escribiendo un largo informe, alguna historia convincente. Compraremos un cachorrito, les dirá ella, pero lo enviaremos de inmediato a un club de entrenamiento.

***
Lilian Elphick. “Que nadie duerma”. En: Al Sur de la palabra. Cuentos y Ponencias del IV Encuentro Internacional de Escritores por el Fomento del Libro y la Lectura. Corporación Letras de Chile. Santiago, Agosto 2005. 
Este cuento pronto será publicado en una nueva antología.

1 Comentarios:

siempreconhistorias domingo, agosto 30, 2009  

Seño querida,no puedo comentar la que camina en su sitio y quería decirte que para variar me fascina y que esa lágrima rociada de gasolina me resbaló por la mejilla. Mañana leo el cuento, que hoy tengo un dolor de cabeza más que curioso.
Besosos.

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