Contrafábula



Y, sin embargo, el tigre logra salir de su estado cataléptico y se interna en la noche en busca del lobo. Camina centenares de kilómetros hasta que llega a la ciudad. Lo asustan los grandes monstruos con patas de goma que graznan cada vez que se enciende una luz roja, y los humanos cruzan el paso llamado “de cebra”, empujándose unos con otros. Encandilado, prefiere irse a un bosque más pequeño, ubicado muy cerca del ruido infernal. Ahí, es obvio, se encuentra con el lobo que ya ha cazado a una rata anémica.

- ¿Vienes del más allá? – pregunta él, masticando el pellejo seco del roedor.

-Déjate de tonteras, perro inútil. Estás muerto.

El tigre ruge y da el gran salto. Chocan los colmillos.

-Alto ahí  –grita un hombre disparando al aire. En esta área no se permiten reyertas.

Ellos continúan, a pesar del miedo al trueno de metal. Pero el instinto de sobrevivencia es más poderoso. Los recuerdos son ráfagas: matanzas, desollamientos, trampas, destierros.

-Dicen que la sangre de humano es dulce – resopla el lobo.

- Probémosla, entonces –aceza el tigre, mirando al pobre infeliz que, por extraños motivos, ha marcado territorio antes de descargar todos los plomos, sin dar en el blanco ni una sola vez.


***

Foto: Borja AP.


4 Comentarios:

siempreconhistorias domingo, septiembre 20, 2009  

Fabulosa contrafábula,domadora admirada,no quisiera verme en el pellejo del humano armado,aunque mi sangre es más bien saladita,creo.
Un abracísimo.

Gemma domingo, septiembre 20, 2009  

Jaja. La mía supongo que es bastante dulzona, pues en verano suelo ser carne de mosquitos...

Que el lobo feroz y el tigre ex-cataléptico se hayan con-fabulado me parece todo un acierto. ;-P
Besos

sergio astorga domingo, septiembre 20, 2009  

En este insomnio citadino donde las cebras están recostadas en las esquinas, un sencillo parque sustituye a los salvajes rumores perdidos.

De todos los húmedos territorios que delimitan, no hay ninguno más humillante e inútil que el del humano, lobo y tigre bien lo saben, su carne será más lucrativa que la pestilente vergüenza de su hábitat.

Un contra ataque es la contra fábula: confabula con el lector, que recela de las intensiones del fabulador, tal vez por no saber cuál es su territorio.

Un abrazo sin dar en el blanco.
Sergio Astorga

Arruillo miércoles, septiembre 23, 2009  

Una jungla desplazada donde nunca se sabe quién es quién. Las ciudades son tan impersonales que nunca se puede saber con quien te juegas los cuartos.
Buena paradoja
Un beso

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