Mi infancia son recuerdos



Viví mis primeros 13 años en la calle Irarrázaval 4212, casi esquina Montenegro, comuna de Ñuñoa, en Santiago. Antes, siendo un bebé, según cuenta mi madre, me dormía sólo con los rugidos de los leones. Vivíamos en Constitución, barrio de Bellavista, frente al zoológico del Cerro San Cristóbal.

Mi casa ñuñoína tenía dos pisos, un patio con parrón y una gruta de piedra con una virgencita de yeso. Yo jugaba con la virgen. Le recitaba mis poemas. Ella nunca me dijo si eran buenos o malos, si tenía que dedicarme a jugar en vez de escribir, si tenía que portarme bien con el señor González, que venía una vez al mes a cobrar el arriendo. Mi hermano y yo le corchetéabamos el sombrero, le poníamos trampas en el limpiapies de la entrada. Inventamos una canción brevísima: Mao Tse-tung. Era la canción para el señor González. Reiterativa y horrorosamente monótona. Y él nos miraba con un odio de sonrisa fingida. Cuando no molestábamos a este ser, mi hermano me empujaba en un carretón que él mismo había construido.

Luego, nos dio con Allende, y estampamos toda la casa con una “A” roja de crayón de cera. Mis padres no eran de izquierda, pero nosotros insistíamos con la “A”. Hasta la pinté en los baños del colegio. Años después hice otros rayados que tenían que ver con la dictadura: Muera Pinochet, Allende vive. Y lanzaba o escondía panfletos, según la ocasión. Mi chapa era Rosa, a secas.

Mamá mandaba al hombrecito a limpiar las “A” del pasillo, dormitorios, cocina y baño. No sé por qué ella le decía “hombrecito” a un señor con bronquitis crónica y el pucho eterno colgando de su boca. Su nombre era Humberto y oficiaba de encerador de pisos, limpiador de vidrios y otros menesteres. Fumaba unos cigarrillos sin filtro llamados “Liberty” y dormía la siesta en una silla desvencijada del patio trasero, agotado de virutillar el parqué de madera, pasar la cera amarilla, esperar una hora y luego deslizar un artefacto manual que mi abuela denominaba “el chancho”. Y a nosotros no nos era permitido caminar por ese piso brillante y resbaloso, aunque siempre nos arreglamos para dejar nuestras huellas en él y en los sueños pequeño burgueses de nuestros progenitores.

Don Humberto no volvió a la casa. Pregunté. Murió del pulmón, dijo mamá escuetamente. Él fue el último hombrecito de su vida. Y nosotros no volvimos a pintar la “A”. Mi hermano se hundió en la revista Estadio y yo salí a andar en bicicleta con Sole y Chantal, mis vecinas. Íbamos al Parque Juan XXIII y a la Casa de la Cultura de Ñuñoa. Me caí tantas veces. Me vanagloriaba de las costras en mis rodillas.

El tiempo corrió más rápido que nunca. Papá se fue y nos mudamos a la calle Hernando de Magallanes, casi esquina Alonso de Camargo. En esa helada casa leí a Lorca, Alberti, Machado, Hernández, Aleixandre, gracias a Vicente Mengod, mi profesor de secundaria. También, gracias a su empuje, confié en mis propias palabras.

Ya lo he contado en otras oportunidades: La residencia de Allende, en Tomás Moro 200, estaba cerca de la mía. Andaba en bici por el nuevo barrio cuando sentí el tronar de los Hawker Hunter que venían de bombardear La Moneda. Los aviones pasaron tan bajo que les vi las panzas metálicas. Mamá salió a buscarme.

El almendro no alcanzó a florecer. Se apestó. Hubo que cortarlo. Era septiembre, con lluvia, como hoy.

Ahora, al fin, vivo en una casa esquina: Lucas della Robbia con Rafael Sanzio, el barrio de los pintores. Y esa “A” de Allende la llevo pintada en mi corazón. La puerta está abierta. Pasen a verme.

6 de Septiembre del 2009.


Foto: Pepa García.

2 Comentarios:

siempreconhistorias viernes, septiembre 11, 2009  

Aprovecho el huequito y entro a compartir recuerdos sin esquinas y con Áes.Estoy malita y te leo, y recuerdo a mi madre explicándonos la importancia de Allende y leyendo artículos sobre él en aquella España franquista y la desesperación y el miedo cuando su muerte. Recuerdo, porque mi infancia también son recuerdos sin patio y con cariños, porque estaba justo leyendo más a Freire que me hablaba de sus recuerdos a la sombra de un árbol, porque invitas a entrar, porque necesito un descanso.
Un fuerte abrazo,
Canariza

sergio astorga viernes, septiembre 11, 2009  

Lilian, sigiloso, con pisada pulcra para no lesionar el recuerdo de la infancia que cuelga de la flor del ñuño, amarilla y mítica, rescatada como la infancia gracia a la memoria.

Tu evocación me llama y sumerge en el recuerdo de otra infancia, también en secundaria leyendo un librito que contaba todo el recorrido de la campaña de Salvador Allende rumbo a la presidencia y después esa A roja que llevamos gravada en nuestras intimas paredes.

Hoy también llueve aquí, paso a verte y te dejo como prenda, tal vez un limonero.
Un abrazo que haga esquina.
Sergio Astorga

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