Verdadera historia del silencio


El silencio llegó cuando las mujeres de mi clan atizaban el fuego y los hombres recolectaban y cazaban. Era muy pequeña, pero aún recuerdo el instante en que él vino a quedarse con nosotros: invitado de piedra en la piedra de amolar puntas de lanzas; huésped en las pieles que reposaban arriba de los esqueletos; forastero que robó nuestros ojos para hacernos sentir más solos y más inútiles. No hubo un luego ni nada que nos orientara. El sol salía, es cierto, pero no sabíamos dónde se ocultaba ni en qué momento. En la oscuridad podíamos establecer el punto exacto de nuestro miedo, tocándonos y sintiendo nuestros cuerpos temblar en estrellas e ínfimos soles.

El silencio no era como el grito ni la vocalización de la muerte; ni siquiera sé qué olor tenía. Aun así nos apretaba la garganta, impidiéndonos el llanto, esa agua benéfica que se deslizaba por la cara. Porque teníamos cara, de eso estoy segura: las mujeres reían junto al fuego y hablaban de otras mujeres que también reían junto al fuego. Los hombres celebraban junto al animal cazado e imitaban la muerte del animal muriendo y reviviendo. Comíamos, dormíamos, recorríamos grandes distancias, y no necesitábamos decir árbol para ver al árbol, ni decir amor para sentirlo.

Todo cambió. El silencio hizo que otros clanes llegaran y el alimento no alcanzó para todos. Yo crecí enraizada a esa extrañeza, a ese espesor. Y tuve hambre y a mis labios los alcanzó la sed.

Fue entonces que me fui a las praderas amarillas, el territorio prohibido por las ancianas. Sabía que encontraría a la loba y al tigre. Yo sólo llevaba conmigo una aguja de hueso. Caminé, caminé, y el silencio se alejó de mis mayores, siguiéndome los pasos, paladeando mis huellas, desmalezando los equívocos.

Las praderas estaban hechas de amarillo; no un color, sino una palabra. Lo supe cuando llegué a ellas. Fui bien recibida: la loba merodeaba una historia; el tigre saltaba el muro de la ficción. Alguien, quizás una mujer de pelo negro, colocó el amarillo en mi oído y dijo: Escucha. Y con la aguja cosí la memoria de los míos.

                                                                                        
                                                              A Tamara y Amparo José


4 Comentarios:

siempreconhistorias martes, noviembre 17, 2009  

Querida L, leo sabiendo que releeré mil veces este texto que ya está entre mis favoritos de todo lo leído en toda una casi vida.
¡Eres extraordinaria!
Bendita aguja. Necesario amarillo.
Besos.

sergio astorga miércoles, noviembre 18, 2009  

Hay un correcaminos que entra y sale, tal vez de otro silencio.
Deja acomodarme en el amarillo palabra para ser comido por el tigre y seguir el hilo de la aguja

Es verdadera tu historia, me lo dijeron los ocres.

Abrazos alrededor de la hoguera.
Sergio Astorga

Abol miércoles, noviembre 18, 2009  

Yo compré un correcaminos-prendedor en Nogales, México. Es de turquesa y plata. Cuando volví a Chile lo traje en mi chaqueta. En el bolsillo venía escondido un saguaro bebé y semillas de otros cactus.

Bip bip a Canariza y a ti.

Carlos de la Parra. lunes, noviembre 23, 2009  

Preciosa.Estás que echas chispas.Fué un placer leerte.Te invito visites y hagas clic en comments,si te llega a gustar algo en
http://www.themicrostories.blogspot.com Todo viene en dos versiones,inglés-español,pero notarás que en nuestra lengua siempre habrá algún añadido.Pues es más hermosa

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