El fin de la historia


En estos días donde la canícula ladra a tus ojos, lector, enrabiándolos de cansancio, yo, la que redacta estas líneas, quiero pedirte que te quedes para vislumbrar mis horas –esos ríos que van a dar a la mar- y los acaeceres del tiempo sin tiempo, que avanza en múltiples tardanzas, con las corvas al revés.

En estos días de vacío (porque, para hablar con la verdad, aquí no hay nada fuera de lo común o extraordinario, nada que pueda ser olido a kilómetros por lobos montaraces que siempre buscan en su presa un acto para el olvido) puedo ser perfectamente capaz de escribir cuando el reloj marca las cuatro y el sudor traza un camino en mi cuello.

La mano desnuda, que recuerda a una mano enguantada, baraja las posibilidades de la historia; tiene poco que esconder: un tigre muy pequeño que enreda sus colmillitos en las uñas y que ruge en su enanez de caricatura. La mano, decía, va y viene meditando sobre la utilidad del gerundio; quiere escribir sobre silencios y lo que no pudo ser, pero sin embargo fue, a pesar de todas las adversidades fue, con la herida abierta, fue (el sudor, ahora, va por senda angosta); quiere advertirte, lector soñoliento, impasible, inseducible, que es mejor gritar mientras se destruyen esas ideas peregrinas de contar una historia en voz baja, susurrando hipocresías, malogrando la lengua. Grábatelo bien. Cópialo, si lo deseas, en las facturas de tu conciencia.

Soy una desterrada. Yo tenía mi casa en las postrimerías de la palabra. Yo tenía un pasado pluscuamperfecto. Fue cosa de salir a ver el mundo para que el viento de las fatalidades me llevara lejos (sudor o lágrima es lo mismo, dada la condición corporal que tiende a la apertura), obligándome a soltar las amarras de la creación.

Migrada. Cómo explicar que me abandono a mí misma frente a la disyuntiva del ser y del estar. Y camino un poco encorvada, como Dante, según Boccaccio, en la escritura de un exiliado. Nostálgica de la matria mía, terruña que beso a la distancia con el envés de los labios.

Dolida, lector, dolida de signos; a un tris del amor, pero tan condenadamente lejos del amor y, como antes o después, separada del principio. 

(El sudor se convierte en hielo. Caen los primeros copos de nieve).








5 Comentarios:

pau viernes, enero 15, 2010  

Un alarde de sentimiento, junto una magistral escritura

"Nostálgica de la matria mía"
Matria?
Me ha encantado.

Fernando Remitente. viernes, enero 15, 2010  

A veces tu voz suena igual que la que vive dentro de mi cabeza. Un inquietante placer leerte.

siempreconhistorias viernes, enero 15, 2010  

Cada fragmento, palabra, trozo, sonido. Cada signo una puñalada.
Bellísimo, Lilian.
Beso desde los márgenes.

Gemma miércoles, enero 27, 2010  

(el sudor se convierte en hielo.)

Un beso

Yesi jueves, enero 28, 2010  

Gracias! me haz dado razones para seguir escribiendo

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