Umbra recta



 No quiero que el lector vaya a imaginar esta historia en una época pasada, cuando los mitos no ostentaban el nombre del prodigio. El tiempo, lo saben los mortales, agrega una línea –puede ser una estaca- a los límites de la verdad, que es circular. No iré tan lejos en esta escritura; no confeccionaré itinerarios fáciles de recordar; querré caminar alrededor de las palabras, en vigilia permanente, para asegurar el regreso, si es que existe.

La historia se demora en aparecer: los personajes – un hombre y una mujer- idean un punto de sueño y ahí, en el aire de nadie, se encuentran. Haces de luz y flechas de sombras animan sus pieles detrás de un ajimez, que es otro sueño dividido en partes iguales por un pilar o mainel. Estaca sin filo, ornamentada: arcus, circus.

El encuentro, es previsible, dura lo que ellos quieren que dure en el reducido espacio que no cuenta con oxígeno, sino con erógeno, más liviano que el helio. Así, él y ella pueden reír y comer de sus propias risas, que son fábulas de nínfulas en ínsulas elfico-goméricas de alta densidad, como la miel, el caucho o el colapez.

Los besos vuelan junto con las babas que tienden puentes entre una y otra boca. Con los dientes no sucede lo mismo: se mantienen en su lugar de mordedura y jugarreta.

«En la umbra recta está mi piel», dice ella. «Por eso te puedo tocar», responde él, acariciando sus hombros con el dedo del medio y los labios del corazón, carnosos al rojo vivo, mientras el tanque –el pequeño circo acuático-, agita sus aguas nostálgicas y adverbiales.

«En la umbra recta…», alcanza a decir ella y no logra dar en el clavo: la aguja del pensamiento ha herido sus palabras; vuelve a la calle ruidosa con la piel entusiasmada, pero triste al fin y al cabo. Recién compra naranjas y tomates y un paquete de cigarrillos sin filtro marca Golpe de suerte. Recién pasa un hombre alto que la mira como si la conociera, pero muy pronto la seguridad entra en sus ojos y sigue de largo, a grandes zancadas. Recién en la esquina, y a punto de doblar, ella se detiene y gira: los faldones de la chaqueta del hombre perpetran una verónica y desaparecen.

La mujer siente en su pecho la estocada.  Las naranjas y los tomates ruedan por el suelo, sin proyectar sombra alguna.

3 Comentarios:

siempreconhistorias viernes, enero 08, 2010  

La mejor verónica de la historia debió ser la de esos faldones.
De verdad, Lilian, cada día me fascinan más tus palabras.
Un beso.

Ugly ducklin viernes, enero 08, 2010  

El año 80 aspiré helio y hablé como Chip y Dale ;-)

Gemma sábado, enero 09, 2010  

¡Qué bellísima crónica de pieles enamoradas y corazones tristes!
Un beso bien gordo y feliz año, Lilian

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