La vida es un desperdicio

Christine Von Diepenbroek

Ese día, como todos los días en la Pensión Real, desperté con el ruido de la enceradora. Era Clarita, la dueña,  gorda, sudorosa y pestilente, obstinada con el brillo y la cera.
Después fueron tres golpes nerviosos. Gritoneó que abriera la puerta. Desde la cama divisé el humo de las micros, miré mi pieza, con esos cisnes pintados en la muralla, una esquina verdosa de humedad, el ropero demasiado estrecho. Me tapé la cara con las sábanas, cerré los ojos, la sentí  llamando, me dio rabia y me oculté más aún, ovillándome con las frazadas, la cabeza hecha un lío.
No sé por qué ella me tenía buena. Tiraba los cortes, no había dudas. Era conversadora y siempre reía. Preparaba unos platos bien abundantes. A veces me ponía dos pedazos de osobuco en la cazuela. Los demás lo sabían, pero callaban, sorbiendo su propia sopa y murmurando. Yo me hacía el tonto y comía en silencio, sintiendo en mi espalda la mirada caliente de la gorda.

Después me sentaba a ver la tele. Ella se paraba detrás de mí, tejiendo una cosa diminuta con sus manos enormes y rosadas. Hablaba poco, entrecortado. Nunca supe si era tartamuda. Sabía que quería conmigo, después de todo no estaba en tan malas condiciones. Rondaba como gata en celo, bamboleando su culo enfundado en lana. Sonreía siempre e incluso llegó a saludarme de beso. La primera vez que lo hizo no pude evitar la náusea. Olí su perfume, sentí su cara encremada, me ensarté en sus cachirulos.

Poco a poco fue agarrando confianza. Me vi atrapado. Cuando llegaba tarde ella me esperaba,  hacía preguntas, vigilaba mi vida.
-Buenas noches, Juanucho, ¿cómo le va en la pega?
Odiaba que  dijera "Juanucho" con esa intimidad de amante en su voz. Yo respondía porque no soy maleducado, pero trataba de no mirarla. La bicha me hipnotizaría.

Quizás si la monto de una buena vez no me cobre la pensión, pensé. Y ella quería, sé cuánto  quería.
Decidí ser caballero y cortejarla primero. Le traje unas flores medio muertas que  encontró preciosas, la invité al cine, luego a una fuente de soda a comer un completo. La gorda resbalaba alegría y al caminar me tomaba del brazo. Ni que hubiéramos sido novios.

Sucedió una noche de septiembre, justamente el 19. En la calle todavía quedaban curados dando vueltas. Yo también llegué a la pensión con el cañamazo.  Viendo que andaba con la sonrisa a flor de labios, la gorda me invitó a su pieza. Adentro había un altar, velas y una Virgen del Carmen vieja y carcomida.
Me la comí de un sopetón, entremedio de todas esas velas chorreando esperma y bajo la  vigilancia de la Virgen.

-No siento nada  -alegaba.
No sé cómo estuve metido todas las noches en su cama.
-No siento nada  -decía a cada rato.

Quizás si adelgazara, pensé yo, podría entusiasmarse algo que fuera. Le tomé odio porque insistió en leer conmigo unos folletos de sexualidad que venían con La Cuarta. Me sentí usado y hastiado. La gorda me succionaba y hasta me tenía flaco, pero, por esas cosas del destino o qué se yo, seguía con ella, leyendo y tratando nuevos sistemas, hasta que dimos en el clavo. Después, todo fue miel sobre hojuelas. Clarita la gozadora engordó más aún y se convirtió en algo tremendo, encaramada en unos tacos de diez centímetros. Andaba feliz de un lado a otro, dando instrucciones y adjudicándose el encerado ya que sólo ella  sabía pasar la enceradora como la gente. Las comidas mejoraron y los días viernes en vez de fruta, había flan de vainilla de postre. La pensión se hizo más conocida y llegó más gente a ocupar las cuatro piezas que siempre estaban vacías. Hubo que hacer otro baño y yo mismo elegí los sanitarios. Me sobró plata para comprar un bidet, pero cuando llegué con el aparato a la pensión, la gorda quiso que yo se lo instalara en su baño privado. ¡Yo! Me hizo trabajar como un loco, hasta que al fin se lo dejé funcionando. Lo primero que ella hizo fue probarlo. Fue un espectáculo deprimente: la pequeña duchita; el resto, puro jamón desbordándose. Tuve miedo de que el bidet se trizara y tener que partir a Diez de Julio a comprar otro. No pasó nada. Después de haberse secado y colgado la toalla ordenadamente me lanzó un beso jugoso.

-Graaaacias, Juanucho -gimió, cerrando los ojos y estirando los labios.

Yo asentí  sin decir palabra, a esas alturas eran pocas las que me quedaban, aunque todos en la pensión sabían lo nuestro, y el trato había cambiado. Don Juan esto, Don Juan lo otro, y la gorda  haciéndose la lesa para estar más rato en cama. Vaya usted a comprarme el pan, ¿ya, mi cochi cochi? Ahí partía el imbécil a las siete de la mañana, muerto de frío, remedándola, si la única chancha era ella, mi cochi cochi, ¡su abuela!,  por las calles me iba desaguando hasta que se me pasaba un poco la rabia y llegaba con el pan de vuelta, calientito, le preparaba el desayuno a la morsa que ya bramaba, la acompañaba hasta que ella terminaba de untar el plato con los huevos fritos y relamerse satisfecha, un par de flatos, y una buena revolcada para iniciar el día con el cuerpo en paz.

Yo me preocupaba  poco del futuro. Mi vida era una mierda disfrazada de lindos colores, y creo que todo se vino más a pique cuando llegó la Mirta, 18 años, más tonta que un zapato, pero más rica que asado al aire libre. La preciosura venía a estudiar Corte y Confección,  pasaba el día alfilerada y haciendo moldes. Tenía unos pechos generosos, llegar y llevar, buenas piernas y un manso traste, bien armado eso sí. El único detalle es que era turnia de un ojo, pero el otro estaba sanito. La Mirta era tímida y se ponía colorada con todo, claro que con el tiempo fue soltándose y aceptaba mis tallas y mis piropos.

Una tarde la fui a buscar al Instituto. Pasaba por aquí y como roban tanto en estos lados..., graaacias Juanucho, me contestó ella, imitando la voz de la gorda. No quise decirle nada y la invité a dar una vuelta. Caminamos, nos servimos unas papas fritas, ella se reía, mostrando sus dientes y su lengüita roja. En una esquina con poco tráfico le planté un beso. A ella le encantó. Después nos fuimos a un hotelito, con las cinco lucrecias me alcanzaba demás. La Mirta se portó como una reina, tenía buen cuero y ni me acordé del ojo turnio.

-Esa gorda es una alpargata al lado suyo, pues Mirta -le confesé. Viera lo que me cuesta satisfacerla, si es jabonosa la porquería.
-No hable mal de la Doña Clarita, Juanucho, debería estar agradecido de tenerla -contestó la Mirta, mientras acomodaba sus pechugas en el sostén. Luego me miró de reojo.
-Sé que está malo lo que hicimos, pero qué se le va a hacer. La carne es débil y yo hace rato que le había echado el ojo, Juanucho.

El ojo sano querría decir la turnia; nuevamente nada dije. Me reí y cambié de tema. Ya era tarde y la gorda estaría paseándose de un lado a otro.
Se armó el escándalo  igual, aunque hubiera mandado a dormir a la Mirta donde una amiga y yo hubiera llegado solo, haciéndome el curado. Nos tenían rochados desde hacía ratito. Ella se abalanzó sobre mí cual ballena, estuve a punto de morir asfixiado ya que se sentó arriba de mi cabeza y de ahí no salió más. Si no es por uno de los pensionistas que se percató de la situación yo estaría en el patio de los callados. La gorda  más encima me cacheteó. La peor humillación de mi vida.
Entonces, lo decidí.

Dejé que los días pasaran tranquilos. No le di más pelota a la Mirta, incluso ella sacó un pololo debajo de la manga.  A la gorda se le pasó la rabieta y hasta me pidió disculpas por haber dudado de mí. Todo siguió como antes: refocilando en el edredón gigantesco de Clarita la gozadora todas las noches. Andaba agotado y con sueño, pero mi plan debía seguir hasta lo último.
Lo primero que hice fue hacer desaparecer a la Virgen del Carmen de su pieza. Me cargaba su mirada tiesa, por lo demás. Se la llevé a El Monjita, un chato que vende baratijas religiosas en Franklin.

La gorda lloró a su Virgen por una semana. Yo trataba de convencerla de que cuando el cielo decide algo no hay nada más que hacer.
-Ay, na' que ver, Juanucho. A la Virgen me la pelaron -alharaqueaba.

Después vinieron los chiches. La tropilla de elefantes que se agarraban la cola unos con otros, el trío de perritos, el cenicero de plata y unos pañitos bordados que la gorda insistía en poner en todos los respaldos de los sillones. Todo se hizo humo.

Como era de suponer, la sebosa no se quedó tranquila. Hasta llamó a Investigaciones y la pensión, de paraíso se convirtió en un infierno. Los ratis anduvieron cachudos conmigo, pero como  soy palabrero, pronto les emboliné la perdiz.  La gorda se estaba rayando y vagaba por las piezas, gritando por sus cosas perdidas, molestando a los pensionistas. Poco a poco fue perdiendo el apetito y en las noches tenía que acurrucarla para que se durmiera, fingiendo sacrificio  y modestia, humedeciendo su frente.

-Esta vida es muy perra, Juanucho -me decía en sueños, con una vocecita de muñeca a pilas.
-No se preocupe por tonteras. Si le hubieran robado la radio  o la tele, ahí le creo -le contestaba, lleno de malos pensamientos, cuchillos hundidos y  sangre corriendo edredón abajo.
Esa misma noche la decisión estaba tomada. No podía seguir, yo también me estaba volviendo loco.

Por eso aquel día, cuando la gorda fue a tocarme la puerta y me tapé con las sábanas, estuve a punto, casi lo hago. Era sólo pedirle que entrara, matarla y huir por la ventana. Me levanté y agarré unas tijeras. Descorrí el pestillo. Retrocedí.

-Adelante, Clarita.
Ella entró y me miró fijo. No alcancé a reaccionar. Con las tijeras me corté una hilacha de la camiseta.
- Váyase al tiro.
Quedé petrificado.
- ¡Váyase, le digo! No quiero verlo más.
Me acholé entero, pero igual saqué fuerzas.
-Siempre lo supo, ¿no es cierto?
Ella asintió con lágrimas en los ojos.
-Me voy, pero con calma -fue lo último que le dije.
La gorda no era tan tonta y el juego se había terminado.

No la maté porque soy blando de corazón. Me fui de la pensión como un caballero: recién duchado, afeitado y de terno. Pensé dejarle una carta, pero no valía la pena.
Al salir, la calle me dio su aletazo de buenos días. Caminé hacia abajo y cuando miré para atrás, la gorda ya era una mancha en la ventana, una mancha que no se iría nunca de ahí. Entonces sentí que ella me quería a pesar de todo y lo peor, que yo también la quería.
La vida es un desperdicio, digo yo.

***
“La vida es un desperdicio” pertenece al volumen de cuentos El otro afuera, 2002.

Micros: Buses públicos.
Curado: Borracho.
Ratis: Coa. Tiras, Policía de Investigaciones.

1 Comentarios:

Ángeles Sánchez viernes, octubre 08, 2010  

Me gustó. Y eso de la voz de muñeca a pilas es toda una imagen narrada.
Gracias por colgar aquí este relato.
Un saludo

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