De la imposibilidad de escribir historias de amor

Susan Sontag fotografiada por Annie Leivobitz

Sólo uno de los dos escribe esto pero es lo mismo, es como si lo escribiéramos juntos, aunque ya nunca más estaremos juntos.
Julio Cortázar
Es cierto, qué puedes contar acerca de esa mujer que te llenó el corazón de agujas de pino, mientras caminabas por esos acantilados y abajo el mar reventando azul, furioso..., oxidando al barco encallado en los roqueríos lejanos, ella a tu lado yendo y viniendo, espumosa como un recuerdo. Nada, no puedes contar nada. Ni siquiera sabes con certeza si ella caminó contigo, si fue la sensación fantasmal de su perfume o esas palabras dichas a tu oído tan lentamente: "me estoy enamorando de ti".  Entonces ella se despidió y en vez de adiós dijo que se estaba enamorando de ti, su sonrisa un poco triste y despeinada, desapareció en su auto y tú caminaste solo, bordeando esos acantilados amarillos, intentando retener sus ojos, cada centímetro de sus palabras, descifrando la verdad de sus palabras, mientras mirabas más allá del horizonte, mucho más allá, hasta volver a la ciudad y encontrarte que estás frente a tu escritorio, con mil cosas para hacer y deshacer, pero en el fondo no haces nada, salvo pensar en ella y tratar de reconstruir la historia que no es historia, sino un pedacito de amor, una migaja de romance.
Tu agenda está ahí, entremedio del desorden necesario de las grandes oficinas, la abres, buscas hasta dar con su nombre y su número de teléfono. Te sientes ridículo cuando su voz grabada dice que no está en casa. Piensas varios mensajes hasta que la señal te hace decir rápidamente: "soy yo, llámame". Cuelgas y cierras los ojos. Así pasa tu mañana; la secretaria entra cada cierto tiempo anunciando varios compromisos: almuerzo con el cliente, hora con el doctor, reunión de las seis de la tarde. Cumples todas las obligaciones hasta girar la manilla y entrar finalmente a tu casa. Abres las ventanas, vas directamente a la máquina contestadora donde la lucecita roja te avisa que sí hay mensajes. Su voz suena lejana y seductora, quiere verte, vendrá a tu lugar, y tú corres a la ducha, pones el vino en el refrigerador, seleccionas la música, ordenas cojines en el suelo y zapatos detrás de las puertas. Feliz, eres tan feliz. Te sientes atolondrado, con el corazón lleno de agujas de pino y no sabes cómo puede entrar ella con tres niñitos alborotados y de manos sucias que te saludan, se te encaraman para que los beses y les des las buenas noches. No sabes en qué momento ella dice que está cansada, que hoy no, que se irá a la cama de inmediato, que no la despiertes ni por nada antes de las ocho, que a ti te toca ir a dejar a los niños a la escuela, huraña se va desabrochando la blusa, tira la cartera en cualquier lugar, huraña y con ojeras, ni te mira, se va por el pasillo rumiando deberes inconclusos, rabias acumuladas, deseos insatisfechos, se va por el pasillo y se pierde para siempre de tu vista. No sabes cómo pasó el tiempo, si apenas unos segundos atrás esperabas ansioso, escuchando al viejo y querido David Crosby, los ojos cerrados, la respiración suave, despreocupada..., hasta que ella apareció nuevamente quebrando el sonido de la armónica y todo fue fugaz, un destello. De pronto caminaron por territorio conocido, y en claro del bosque de pinos hicieron un alto para descansar y oír restallar el mar. Se recostaron y tú la besaste por primera vez, la acariciaste, la desnudaste, viste que ella era imperfecta, deseable. Le tocaste la yema de los dedos hasta llegar a su garganta y tus labios fueron insuficientes para abarcar sus pechos; en cambio ella usó tus piernas para decirte que te amaba, se restregó contra ti, lamiendo lunares y cicatrices de infancia. No tuvo miedo de tus huesos, ellos fueron el andamio para que ella te trepara y te pusiera las rodillas en el pecho, contoneándose deliciosa arriba tuyo. Dejaste que ella clavara medias lunas en tu piel, con los ojos abiertos la viste gozar y reír y tocaste sus pezones erectos que, desde abajo, parecían caracoles, con la punta de la lengua los hiciste vibrar, crecer y agigantarse, mientras ella gemía y tú gritabas, sintiendo cómo el calor se venía encima, cómo ella se unía a ti, acezando, con el pelo revuelto y tan negro.

Sientes los labios mojados, te limpias la boca con el puño de la camisa.

La casa sola y fresca, en silencio. Confundido, prendes una lámpara, no te atreves a mirar la hora. Te levantas del sofá, estiras los brazos y recorres tu casa como si fuera ajena, con miedo a no encontrarla en la cama, durmiendo. Te asomas al dormitorio oscuro. Tu cama se ve más grande de lo que es: un mullido espacio de soledad. Entras. Hace unos instantes estabas con ella, piensas. Eras feliz y la amaste hasta que ella te susurró que inevitablemente la perderías, que, a pesar de tanto amor el tiempo está en contra, siempre en contra.

Te sacas la ropa, desnudo te miras el cuerpo intentando encontrar una huella, unos dientes marcados a la altura de los hombros, algo que indique que ella estuvo contigo, que rasguñó y trazó el camino del deseo, pero no hay nada. Tu cuerpo está limpio, sin nombre. Revisas la camisa buscando arena, hojas secas en algún doblez, el indicio del amor, el final de la tormenta. Nada. Te acuestas con ganas de llorar, por tanta soledad, por esa candidez de soñador que llevas pegada a tu frente. Desde mañana, juras, no creerás en el amor ni en la locura. Miras la ventana y su noche de grillos, ingresas en lo espeso y sin contornos, donde el timbre suena varias veces, donde tú te levantas y abres la puerta para que ella entre pidiendo disculpas y abrazándote, diciendo que se está enamorando de ti, cada vez más, que no pierdan el tiempo, que caminen por el antiguo cementerio indio hasta llegar a los acantilados y labios húmedos, besos verdes, acercándose sin temer al vértigo, dando el mal paso, resbalando, cayendo definitivamente a ese mar azul y furioso, y que después otras cuenten la historia del amor trágico, tiempo después, cuando ya nadie se acuerde si fue verdad o mentira.

***
“De la imposibilidad de escribir historias de amor” pertenece al volumen de cuentos El otro afuera. (Santiago: Cuarto Propio, 2002).

2 Comentarios:

Gemma sábado, diciembre 18, 2010  

Qué cuento tan fantástico, Lilian, tan cortazariano y tan tuyo al mismo tiempo.
Besos

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