Píramo y Tisbe

                     Fresco de Píramo y Tisbe, Pompeya.

El hombre se llama Píramo; la mujer se llama Tisbe. Los une el amor que punza la carne y cala los huesos. Ya han huido hacia el bosque, el territorio que finaliza en praderas extensamente doradas. Tisbe querría esconderse en ese amarillo pleno; Píramo prefiere la sangre de los árboles para tatuar su piel solitaria. Se miran. Se huelen. Se aman en el lugar que no han elegido. Los ojos de ambos se encuentran. La verdad es tan inamovible como dolorosa. La mirada de Tisbe está llena del cálido Céfiro; la de Píramo refleja la fría impaciencia de Boreas. Sin embargo, se aman y  esconden su amor para seguir eternizando un beso que ya no existe. Ella llora lágrimas de viento y se recuesta en el suelo de hojas. Su amado la desnuda para extasiarse del recuerdo que tendrá en el futuro. La brisa tibia acaricia sus manos. Las hojas del bosque agradecen este pequeño gesto que logra sacarlas de su quietud. Así se despide Tisbe de Píramo.

El abandonado sopla su tristeza y, por primera vez, en el bosque nieva.

***
“Píramo y Tisbe” pertenece a Ojo Travieso (Microrrelatos, 2007).

1 Comentarios:

Anónimo,  domingo, diciembre 05, 2010  

Precioso.
La carne, el tacto les une; el pensamiento, el recuerdo, la vida les separa y el aliento hiela el viento.
Saludos.
Cristina.

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