A tus pies rendida una lluvia

Mitzuo Okinawa es mi maestro de zazen o meditación budista. Vacía tu mente, practica el wu wei, suele decirme él, y sus ojos rasgados me llevan a navegar por ellos aun cuando estamos frente a frente, en silencio, los párpados descansando en sus órbitas de carne. Vacío mi mente, pero el cuerpo no obedece. En secreto miro al maestro Okinawa en su loto completo, la espalda convertida en una flecha, las manos superpuestas, los pulgares tocándose. Afuera llueve y yo amo esas manos tranquilas y mi deseo crece cada vez que él me saluda o se despide agachando la cabeza ceremoniosamente. Nunca podré hacer zazen en estas condiciones. La lujuria me repleta de pensamientos e imaginarios incorrectos. Un buen caminante no deja huellas, sentencia él, adivinando mi ser disperso y sensual. Medita en eso, Li-san.

Leí a Chuang Tzu, Li Po y a Lao Tzu para aplacar mis ansias; caminé bajo la lluvia, permitiendo que cada gota de agua recorriera la piel que ardía y se incendiaba con tan sólo recordar su rostro. Dejé huellas por todos lados: abandoné mi ropa en el bosque de bambúes y desnuda caminé y caminé hasta encontrar el jardín de arena de Mitzuo Okinawa, espacio antes vedado a mi persona. Ahí estaba él esperándome. Ven, entra, dijo. Voy a dejar huellas en la arena, maestro, no puedo entrar, contesté. Además, estoy enamorada de usted, venerable iluminado, y mi cuerpo sólo está dispuesto al deseo. Tú no estás enamorada de mí, pequeña libélula, tú estás enamorada de un fantasma, un ser lejano que no puede darte lo que tú quieres, que no puede acariciar tus pechos a la luz de la luna. Es por esto que me has buscado: quieres olvidar y sólo recuerdas algo que no existe, quisieras que él viniera por ti y se fundiera con tu amor, hasta que tú ya no fueras nada, sólo el amor en sí mismo.

Okinawa calló y continuó rastrillando su jardín, haciendo lo que sus antepasados habían hecho por miles de años. La lluvia caía sobre las hojas de los árboles produciendo una música silvestre que comenzó a envolverme. Pensé en el hombre lejano y pronto pude visualizarlo. Ahí estaba. Corrí hacia él y lo abracé; él sintió cómo el agua se le metía por el cuello de la camisa. Luego besé sus labios y él sació su sed. Parecía no verme, pero me sentía, cada poro de su piel se estremecía con mi presencia. Miró hacia arriba y permitió que la lluvia bañara su cara. Hasta entonces no comprendía que yo era el agua, que la pequeña libélula era la lluvia rendida a los pies de ese caminante que se acercaba al maestro Okinawa y le preguntaba por una discípula recién llegada al monasterio. Ella ya partió, dijo el maestro, mientras un rayo de sol iluminaba las tres rocas solitarias, pero puede volver en cualquier momento, agregó, comprobando que yo había entrado al jardín sin dejar huella alguna.

3 Comentarios:

Claudia Sánchez martes, enero 25, 2011  

Es un texto maravilloso Lilian, pura poesía!
Saludos!

Canariza,  miércoles, enero 26, 2011  

Leí el título en facebook, querida añorada, y de inmediato se me hizo una asociación que no me resisto a contarte: si una tarde de invierno un viajero... ¿Por qué?
Cuando lea el texto, ahora, sabré si hubo sentido.
O no.
En cualquier caso, beso.

Canariza,  miércoles, enero 26, 2011  

Afuera llueve, maestra música, saldré a recibir a empaparme.
¡Magnífico!

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