Cuerpos


Él dice que sus ojos lo hacen soñar. Ella no quiere escuchar; la piel erizada le indica que puede robarle sus propios sueños, aunque sea parte de ellos. Él dice que sus ojos son sorprendentes. Entonces, despierta.

Legado de mi madre, contesta, la que se hacía llamar Marilyn Monroe. Él ríe y pregunta por el nombre real.  Norma, miente, Norma Jean.

Pero la verdadera Marilyn es ella, aunque la otra era más voluptuosa, los labios más sexuales...; su madre era la copia perfecta de esa envidia bien llevada, una finura que terminaba en la decadencia de sus uñas pintadas de dos colores. Cuando murió quiso ser enterrada desnuda, envuelta  en un tafetán rojizo. Le dejó todos sus vestidos y pocas joyas verdaderas, el resto eran fantasías bien diseñadas, vidrios de colores, diamantes falsos.

La recuerda en el ataúd, la sombra de su sonrisa, el cutis lozano, las pestañas postizas en azul, el lunar a dos centímetros de la boca guinda carmesí. El maquillador de pompas fúnebres hizo un trabajo profesional, estaba tan maravillosamente hermosa, su cuerpo inmóvil, encerado, el cabello con mucha laca, rubio natural.  La soledad del ataúd y su dueña, el salón con otros muertos listos para emprender el viaje la mañana siguiente. La noche y unos cuantos cirios eléctricos iluminando a los callados. Y ella, la única viva. La memoria se agolpa en las sienes, la imagen se hace tan nítida que le da vergüenza; se trata del  mismo rubor que tenían los labios de la muerta cuando ella los besó, acostada arriba del cuerpo inerte, pegada a esa madre histriónica que, pese al silencio de su carne retocada, tenía vida, una leve respuesta a ese beso póstumo, a las caricias que la adolescente le prodigó, las yemas de los dedos bajando hacia la hendidura del pubis esponjado en talco, intentando entrar en ese territorio de nadie.

Ella detiene las imágenes que, en espirales, cruzan su memoria; él la observa, sin sospechar que la mujer que tiene a su lado dormitó arriba de la madre muerta.  Sabe tan poco de su historia, no quiere hacer demasiadas preguntas, teme que escape y que no vuelvan a encontrarse. Le atrae ese halo de misterio que ella carga en los hombros, como si fuera una pesada piel de animal salvaje. Poco a poco deberá ir conociéndola, así lo quiere;  que la verdad no sea abrupta y degradante. 

Yo no te prefiero rubia, dice él, jugando con el título de la famosa película. Pero lo seré, responde ella escondida entre las sábanas, mirando de reojo el anillo que él usa en el dedo meñique, admirando su mano decorada de serpiente. Su amante usa el anillo que ella le ha dado...,o quizás se lo pone sólo para la ocasión del encuentro...; quizás, cuando ella no está, lo lanza lejos, maldiciendo a la serpiente y su ex dueña y después lo busca hasta encontrarlo debajo de una silla, arrinconado entre un zapato y un calcetín, y lo besa pidiéndole disculpas. Si fuera así, la venganza de la serpiente de ojos de rubíes sería implacable. La maldición de Marilyn caería sobre él, aplastándolo cual insecto.

Hay silencio en ese dormitorio. Ellos han dejado de hablar, los movimientos del despertar vuelven a hacerse lentos. La embajadorcita - como insiste él en llamarla- acaracola su cuerpo en su propio cuerpo, distanciándose del hombre del anillo. Él nunca entiende nada de ese cuerpo que, algunas veces, se anuda en una tristeza inconsolable. Pero no es tristeza, es duda, confusión. Con la cara en refugio, ella duda del amor que él puede darle, la incertidumbre le cruza los ojos de tinieblas, el velo se instala recreando la fantasía de una  burka  lejana. Que no la vaya a acariciar ahora que  es vulnerable y su piel se resquebraja, que no vaya a besar la carne helada de sus mejillas. Y, como siempre, ella querría huir de inmediato, desnuda como está, aceitosa del placer viejo de hace unas horas, huir a campo traviesa, como la loba y la sirena de sus sueños.

El impulso de huida la levanta de la cama y la hace recoger del suelo sus atuendos mínimos con los que engaña al ojo del deseo. Siente que es una  escalera de huesos protuberantes, donde la carne ha desaparecido junto con el perfume de la inocencia. Va al baño y se encierra, se mira al espejo, trata de llorar y al comprobar que ya no hay lágrimas, estrena un alarido histérico al modo de la arcaica  blondie  de Hollywood. Y él acude en su ayuda; el picaporte sube y baja,  la puerta está con llave. Vamos, preciosa, abre la puerta, dice con un dejo de adulación, con una brizna zalamera atorada en la voz. Y a ella le gusta el epíteto, vuelve al espejo,  contempla la preciosidad en su cuello y en el nacimiento de los pechos, donde la huesera es horizontal.

- Estoy bien, no te preocupes, una araña en el borde de la tina... - miente, mientras levanta una mano,  sin separar la vista de su reflejo, y muerde su muñeca hasta  que la huella de los dientes es imborrable.

- ¡Abre, por favor, abre!  - desespera él al otro lado, forcejeando y empujando la puerta que los separa.

La sangre no ha brotado. Entonces, ella piensa que está muerta; más que eso, seca como una momia en su sarcófago, en la misma postura que su madre usaba para dormir. Silencio, necesito silencio, que no vuele ni una mosca, y tú, ni te rías ni suspires, decía la apócrifa Marilyn, con el antifaz puesto, la cara del cutis brillante de cremas antiarrugas, el cabello distribuido en chauchas pinzadas y disimulado con un pañuelo cuyas amarras iban en la nuca. Así, la madre caía en un sopor  callado que luego se transformaba en un silbido exasperante de boca abierta.

La llave gira, él entra, ella retrocede.  No lo mira. Echa a andar el agua caliente.

- Bañémonos juntos - demanda.

Él  se ha percatado que su muñeca está hinchada, tumefacta, no dice nada, prefiere la sutileza al escándalo, al drama.  La rodea, la toma por la cintura, suavemente. Está incómoda,  pero se deja tocar, cierra los ojos  cuando siente que el pene de su amante está erecto;  se sorprende que aún pueda erectarse con la sola presencia de  su andamio inestable. Lo detiene, entran al agua confortante, se acomodan entrelazando sus piernas hasta quedar unidos. Después de mucho rato, él observa sus dedos arrugados y decide salir. Te esperaré en la cama y soñaremos juntos, dice antes de desaparecer. Ella se echa hacia atrás y hunde totalmente la cabeza en el agua. Abre los ojos, oye su propio corazón latiendo y ahí comprende, recién es capaz de comprenderlo. Deja de respirar, tan simple como éso.

***
“Las praderas amarillas”. Fragmento.

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