La soldadera


Iba a pie. Él, a caballo. Asaba las tortillas, lavaba sus ropas, colocaba paños húmedos en su cuello. Mantenía el filo de la navaja con el cuero, revolvía el jabón y era la guardadora del espejo. Muchas veces perdí criaturas en la trinchera. Tanta era la sangre. Es que a él no le gustaba mi modo de afeitarlo. Me tenía miedo. Decía que cualquier día iba yo y lo degollaba. Y me pateaba en el suelo. Por eso, esa mañana, le sostuve el espejo. Ante las tres señales de luces, mi comadre tomó su 30-30 y me encajó la bala en el corazón. Tal cual le pedí. A ella la acribillaron ahí mismo. Este hecho no pasó inadvertido para la revolución: nos recordaron como valientes lesbianas.

***
Foto: Agustín Casasola.

4 Comentarios:

sergio astorga domingo, julio 17, 2011  

Bajo la sombra del pirúl todavía se huele la pólvora y esparcidos por el suelo trozitos de espejo reflejan nubes de sangre.
También hay dos rebosos de bolita colgados en una rama.

Abrazos soldaderos.
Sergio Astorga

novenoites lunes, julio 18, 2011  

Me ha encantado la fuerza interna de este microrrelato y el desenlace, revolucionario diría yo. Felicidades y enhorabuena a su autora.Estoy deseando leer tu libro Un abrazo desde España.
Francisco Martínez Bouzas

fractal martes, julio 19, 2011  

Yo también aplaudo la intensidad de este micro, es impresionante.

Un abrazo, Lilian.

Claudia Sánchez viernes, julio 22, 2011  

Estupendo relato Lilian! Hay males de los que solo la muerte o el amor nos puede rescatar.
Abrazos,

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