Verdadera historia de la extrañeza


A Franca Chela la mataron un sábado de madrugada, mientras comía pizza de pimientos, anchoas y doble queso junto a sus amigos, Aquiles Pinto Rojo y Var O' Neill, voluntarios y veteranos del ’73 y del ’68. Franca estaba al lado del ventanal y alcanzó a escuchar el chirrido del vidrio antes de que la bala penetrara en su espalda. Tenía la jarra de cerveza en su mano. Salud, compañeros, alcanzó a balbucear, y cayó arriba del triángulo de masa a la piedra que cobijaba una anchoa de huesitos crujientes. Pinto y O' Neill sacaron sus pistolas y corrieron por una calle adoquinada que sólo existe en mi memoria. Estaba oscuro. Acaso lograron divisar un pelo escarlata y oír unos tacones de filo imperfecto. Acaso la neblina típica del puerto logró desorientarlos. Pinto creyó percibir la risa de Franca; en cambio, O' Neill, por un segundo, olió su perfume de vainilla. Lo uso para que me deleiten, como un flan, decía ella. Hasta que comprendieron.

Ya comenzaban a ulular las sirenas. Los hombres optaron por salir de la ciudad. Pasaron varios años escondidos, de covacha en covacha, en pueblos perdidos y aldeas insignificantes. Nunca pudieron entender cómo liquidaron a su amiga de jaranas, la alegre Franca, quien se había auto eliminado en aquel restorancito de mala muerte.

Obra teatral "La América de Edward Hopper"

1 Comentarios:

sergio astorga martes, octubre 25, 2011  

Intrincada historia, la escena del crimen es tan delgada como tacones de aguja.

Tengo un vaso de Martini a mi lado. Voy a releer la historia. No te extrañe si huele a pólvora este comentario.

Abrazo calibre 22.
Sergio Astorga

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