K en das Schloß

Me llamaron a interpretar la tierra, pero yo ya sabía cuántos escalones tenía el castillo y cuál era la distancia entre la gran colina y el pueblo de empedrado angosto. Tres golpes al portalón y doscientos cincuenta y cinco peldaños. El viento gruñía en las solapas de mi chaqueta. Me mantuve quieto, esperando que abrieran.

Ese día no tuve suerte. Bajé al pueblo y dormí en el altillo de una pensión. Tuve que ascender por una escalera acaracolada de, exactamente, cien gradas. El dueño me advirtió que el castillo no necesitaba un agrimensor. Tenía las piernas acalambradas. 

A la mañana siguiente, caminé los veintiocho kilómetros que me separaban de la fortaleza. Unas mujeres que cargaban leña manifestaron que, de parte del ujier, el alcalde no requería de un medidor. Se alejaron, riendo. Seguí adelante. Me refugié de la lluvia; luego, la nieve, de cuarenta centímetros de espesor, impidió mi propósito. Topografié las estrellas, el sigiloso ataque del búho, las líneas de mi mano. La traza de la vida era muy larga y no perdería el


3 Comentarios:

M. jueves, mayo 24, 2012  

La inconclusión es siempre tan honrada, sobre todo después de las cifras redondas.

sergio astorga viernes, mayo 25, 2012  

Todo es mensurable desdela aparición del Nautilos, K.
Las llaves del castillo abren muchos vacíos.
El tobogán te traerá de regreso.
Te espero.

Abracastillo.
Sergio Astorga

aricci sábado, mayo 26, 2012  

Las borracheras me están matando y las historias de K le dan algún sentido a esta escalera.

Un abrazo

Aníbal Ricci

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