"Brevs", de Luisa Valenzuela: Narrativa del instante



Luisa Valenzuela nació en Buenos Aires, Argentina; hija de la escritora Luisa Mercedes Levinson (1909-1988), cuentista y novelista. En las palabras preliminares a la presentación para The Two Siblings and other stories, de Luisa Mercedes Levinson[1], la primogénita recuerda:

Tengo una imagen recurrente [de LML]:

Lisa [seudónimo de LML] en la cama, rodeada de papeles, con la Lettera 22 sobre la panza, escribiendo. Pero eso es en el piso alto de la casa. En las primeras épocas, cuando los dormitorios estaban abajo, no había máquina de escribir sino páginas y páginas manuscritas, ya perdidas, pisoteadas y demás por los gatos.

Los gatos, los gatos, los gatos. Aparecen en los cuentos, no necesito hablar de ellos; algunos salvajes, casi, otros en exceso caseros y procreadores. Sólo quiero destacar a Puce a l'Oreille, así llamada porque siempre se le instalaba a Lisa en el hombro mientras ella escribía y le babeaba la oreja. Y, según ella decía, le soplaba secretos.

Por lo tanto los gatos parecerían haber sido una de las tantas puertas de acceso al secreto que Lisa logró entreabrir. Porque eso es sobre todo su escritura: un paso más allá de lo conocido, una comprensión de algo que sabemos esta allí pero tan velado que apenas tenemos una insinuación momentánea. Lisa con su obra nos ayuda a descorrer velos, a desgarrarlos si fuera necesario.[2]

A los veinte años, Luisa Valenzuela, se radicó en París, trabajó para Radio Télévision Française, y escribió su primera novela, Hay que sonreír (1), publicada en 1966.  Después de vivir en Estados Unidos, México y España, vuelve definitivamente a Buenos Aires[3] en 1989 con varias novelas y volúmenes de cuentos, entre los que destacan: El gato eficaz, Cola de lagartija, La Travesía, y Aquí pasan cosas raras, Cambio de armas y Brevs, microrrelatos completos hasta hoy, respectivamente.

El libro Brevs… también es un paso más allá de lo conocido, porque, precisamente, insinúa desde la brevedad misma. Según palabras de la misma autora se trata de una narrativa del instante:

Pescar ese instante, asumirlo en palabras sin congelar la acción es lo que se espera en esta narrativa de cambio que hoy llamamos microrrelato o microcuento o microficción. (Valenzuela.2004:9).

Sandra Bianchi, en su artículo “Los textos brevs de Luisa Valenzuela”[4] recopila algunas preceptivas e ideas de la autora en torno al microcuento:

La primera y quizá única regla del microrrelato, aparte de su lógica y ‘antonomásica’ brevedad, consiste en estar plena y absolutamente alerta al lenguaje, percibir todo lo que las palabras NO dicen, lo que ocultan o disfrazan. Es un ejercicio constante, se esté o no escribiendo, que permite entre otras cosas detectar las trampas que nos son tendidas a diario (¡y desde los diarios!) por mediación de las palabras.

Desgarrar el velo de las palabras, develar su contenido disfrazado es tarea recíproca del escritor/a y del lector/a.  Más allá de la metáfora, Valenzuela desgarra literalmente su propia biblioteca en 1979, cuando la Argentina está en plena dictadura militar y debe salir del país:

Había libros imposibles de llevar y entonces les arrancaba las páginas o los capítulos sin los cuales no podría seguir viviendo o al menos trabajando. Desarmaba libros con furia, para conservar ensayos o cuentos sueltos. Era una tarea dolorosa, hasta que empecé a espulgar mis propios cuadernos y entre el material ya usado o inusable o intransportable fueron apareciendo unos brevérrimos textos que insinuaban historias más allá de sus escasas palabras. (Valenzuela.2004:9).

He aquí la génesis de sus microcuentos: la dictadura y el exilio; fragmentación del sujeto y del objeto (biblioteca) en pos de la memoria. Y la memoria está firmemente enlazada al tema del cuerpo, como soporte de la palabra, del lenguaje:

“La mando a un colegio inglés para que juegue al jockey, no quiero que mi hija sea una intelectual grasosa”, había dicho alguna vez mi madre, y desde entonces la gimnasia no fue mi fuerte. […] En el 75’ me senté en los cafés de un Buenos Aires arrasado por el terrorismo de estado a escribir textos sobre la violencia que eran a mi manera ejercicios de guerrilla. [5]

Estos ejercicios escriturales “de guerrilla”, que no son frontales; son visiones de reojo, oblicuas. (Valenzuela.2001:131),  se mantienen en Brevs…, compilado por la autora y editado el año 2004.

La oblicuidad narrativa está enlazada, entonces, desde el cuerpo político y desde el cuerpo erótico, conformando un solo corpus textual irónico y lúdico. A modo de ejemplo:

Nuestro Landrú no mata a las mujeres, tan sólo las come con los ojos mientras ellas pasean por la calle Florida. Le resultan así más apetitosas que si estuvieran asadas. No siempre la cocción mejora las vituallas. (“Lo crudo y lo cocido”. En Brevs…).

Este emulador del seductor y asesino en serie parisino ejecuta un acto caníbal, tortuoso y torturante: Se las come con los ojos. Acto, también emparentado con la vigilancia.
La idea de la oblicuidad, incluso de la elisión, tiene que ver claramente con el tema de la reconstrucción de la memoria:

Suelo valerme de vías apenas indirectas para poder encarar verdades que de otra forma serían indecibles de tan dolorosas. Porque hay que decir, mal que nos pese: pienso que debemos seguir escribiendo sobre los horrores para que no se pierda la memoria, para que la historia no vuelva a repetirse… (Valenzuela.2001:131).

Las características generales enunciadas en Brevs…, acercarían a Valenzuela a la generación de 1972 o, al decir de Cedomil Goic[6], de los novissimi narratores donde

las asunciones concretas del acervo contemporáneo alcanzan a la concepción de la literatura y de la obra literaria, a los modos de representación de la realidad, a la retórica y al lenguaje del superrealismo, a su matización irrealista, actual y vigente. Todo, sin embargo, resulta más enfático, más lúdico, más libre y desenvuelto, más desenfadado y cínico, fresco y, por momentos, descarado, en la creación novelística de los novissimi. (Goic. 1980:275-276).

Los textos de Brevs…, como bien advierte Sandra Bianchi, se relacionan unos con otros, al estilo ‘modelo para armar’ cortazariano:

[Se refleja] el procedimiento de sutura, no de corte. […] Los textos-brevs funcionan como pequeñas piezas de un modelo, que no aspira a ser “definitivo” sino que se ampara en una sostenida construcción. Son piezas textuales, fragmentos de un rompecabezas narrativo, o una metáfora que conviene aún más, los mosaicos del juego del 15 o del cubo de Rubik, pues de la misma manera que el jugador instrumenta su estrategia para organizar la figura o las caras del cubo, el lector combina las “piezas textuales” con mayor eficacia, cuanto más despliega su capacidad cognitiva y lúdica.

Los Brevs… de Luisa ahora descorren los velos con más fuerza que los de Lisa, la madre que usó seudónimo porque en esa época era ‘mal visto’ que una dama de familia escribiera y menos ‘malas palabras’.

Somos todos putas del lenguaje, sentencia la autora (Valenzuela.2001:123), frase que gramaticalmente transgrede la correlación de los géneros masculino-femenino (todos-putas) y que, certeramente, dispara al blanco de sus reflexiones sobre la literatura y la vida.
  
***
Luisa Valenzuela. Brevs. Microrrelatos completos hasta hoy. Córdoba (Arg.): Editorial Alción, 2004.

[1] Luisa Mercedes Levinson. The Two Siblings and other stories. Traducido por Sylvia Erlich Lipp. Latin American Literary Review Press, Pittsburgh, 1991.
[2] En la web oficial de Luisa Valenzuela: http://www.luisavalenzuela.com/
[3] Datos bio-bibliográficos extraídos de  http://es.wikipedia.org/wiki/Luisa_Valenzuela
[4] Sandra Bianchi. “Los textos brevs de Luisa Valenzuela”. En: http://www.luisavalenzuela.com/
[5] Luisa Valenzuela. Peligrosas palabras. “Escribir con el cuerpo”. (Ensayos). Buenos Aires:Ed. Temas, 2001.
[6] Cedomil Goic. Historia de la novela hispanoamericana.  Valparaíso: Eds. Universitarias de Valparaíso, 1980.

Precioso recuerdo. Luisa y L. en El Parrón, 2007.


1 Comentarios:

sergio astorga martes, julio 17, 2012  

Un comentario también es una confesión y un desahogo de pruebas o, más bien de sospechas. Les digo, maestras mías, que lo que me gusta del microtexo o microrelato, de principio y fin, es que es un acto de belleza. Belleza de palabras por supuesto. Si no empezamos por esa exigencia, el desencanto me ofusca la lectura.

Abrazos instantáneos que dejan de ser cuando han llegado.

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