Jugarse la muerte

Cuando eligieron al presidente Salvador Allende usaba pantalón "pata de elefante" y poleras bordadas a mano. Para el fatídico día once, andaba en bicicleta por el barrio y vi pasar los Hawker Hunter rumbo a Tomás Moro. Era sólo una adolescente enamorada de un vecino de veinte. Ese día no lo encontré en su casa. Luego, con estado de sitio, no pude volver a la calle. Mi vecino no regresó nunca más. Aún tengo en mi piel memoriona sus ojos aceitunados. Una soledad sin nombre me conmueve, me hiere los pies a cada paso, recordándolo.
Años más tarde usaba poncho y calcetines chilotes. Iba al Pedagógico, me enamoré de un dirigente. Cuando hacíamos punto en alguna calle del centro fingíamos ser pololos. A pesar del miedo, la pasábamos el descueve – expresión de esa época- y nos besábamos hasta que nuestras rodillas tiritaban. Hordas de pacos pasaban a nuestro lado lumeando a nuestros compañeros o empapándolos con el agua sucia del lanzaguas. Luego conocimos la fragilidad de ser amantes, nos jugamos la muerte mientras afuera llovía y alguien silbaba con fondo de extractores de aire.
Es cierto que olvidamos las palabras, no era necesario hablar para tocar te amo, para acariciar te deseo, para rasguñar tú - mi egoísmo más acérrimo. Y el tiempo estuvo en contra. A las siete, dijimos, a las cuatro, a las once, había que programar hasta los más mínimos segundos, el momento de llegada y el de partida, como si fuera una carrera de relojes y no dos cuerpos entrelazados en la obscena postura del miedo.
Ambos esperamos que uno de los dos llamara, recordando cómo huele la piel después del amor, cómo es un beso hecho de lágrimas, reviviendo el placer de las caricias imperfectas y el horror del adiós en las calles grises.
Y no nos llamamos, no nos buscamos, supimos que era mejor no perturbar la paz del desencuentro y preferir la lucha noble. Quisimos renunciar al amor bravo, al amor que duele, sobre todo en esos momentos en que yo escribía y él miraba a través del velo de la cortina si venían a buscarlo.
En silencio nos extrañamos, buscamos la fotografía que nunca existió, la carta destruida, los panfletos, algo que nos recordara que los amantes eran nosotros mismos y no los otros que creímos ser. En silencio, dejamos que la tarde nos fuera adormeciendo, no supimos cuándo nos convertimos en fantasmas. Así, fuimos más bellos y más fuertes; por la inocencia, nada más que por eso.
Rodeados de múltiples sueños continuamos amando, sin darnos cuenta de que lo amado ya no estaba, que otros ojos retuvieron el desencanto de la lejanía. Continuamos deseando, utilizando espejos, máscaras, toda una escenografía bien diseñada para ocultar aquella terrible manera de no estar. De él guardo un botón de ojales rotos.

***
"Jugarse la muerte" forma parte del libro El lugar de la memoria, Santiago, Ed. Ayún, 2007. La antología reúne cerca de ciento setenta poetas y narradores chilenos de todas las generaciones.



1 Comentarios:

cartasalasdiosasfalaces sábado, febrero 23, 2013  

Apasionante, un relato que se puede tocar, oler y oír.

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