Hombre bueno

Ulises Eugenio Pérez Bonifacio nació y murió en el pasaje Ítaca 444, en el país de nombre pronunciable, pero prohibido. Si el desocupado lector mira el globo terráqueo podrá discernir que no se trata del fin del mundo. La zona no “cuelga” como ropa tendida, los barcos no zozobran en el estrecho pasadizo entre un mar y otro. Ulises Eugenio Pérez Bonifacio se crió con esa certeza. Fue un hombre bueno, el mejor: navegó de sindicato en sindicato señalando injusticias, malos tratos, atropellos, engaños. Alentaba a sus compañeros a preferir la igualdad y no el oscuro pensamiento del prejuicio; la lucha mano a mano y boca a boca y no la palabra inútil, esa obscenidad a veces llamada demagogia.

No lo detuvieron las balas ni el gran carro lanzaguas; no temió a los monstruos acorazados ni a los gases. Marchó junto con otros miles de Ulises por los puertos, los campos, las selvas, los intrincados caminos de la libertad.

Su casa, en el pasaje Ítaca 444, fue el refugio de los que huían, fue el pan de los hambrientos, fue, también, la rabia y el centro de la historia.

Lo mataron cuando ayudaba a su mujer a ovillar la lana recién cardada. Por la espalda vinieron los perros a morderle los huesos.

Lo vi todo en mis sueños y lloré al océano que me vio nacer y que recibió a Ulises Eugenio Pérez Bonifacio con la más calmada de sus aguas.

                                                                                                           

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