Trío de fábulas


Fábula del silencio

-Bebamos el silencio de a poco, Tigre. Sorbo a sorbo, como si estuviéramos deshidratados.
-De tanto hablar se nos fue la predicción de los días, volaron los mirlos del calendario, el deseo quedó encima de la mesita de noche, junto al manual de los olvidos. Y de las noches, mejor no decir nada. Sólo vi que te deslizabas hacia el abismo de mis rayas. Y cuando quise amarte completamente…
-¡Shttt! ¡Bebe!
- Parece agua.
 -Parece, pero no es -dice ella, mojando sus labios con la punta de la lengua.
Fábola ríe y se hunde en el silencio. Tigre apaga las velas. La escritora vuelca el tintero arriba de sus personajes y se marcha.


Fábula del olvido

Fábola se marcha con una maleta muy pequeña. No lleva ropa ni útiles de aseo, sólo las palabras de Tigre: Yo siempre estoy.
El camino es pedregoso y las palabras ruedan de aquí para allá; luego, sienten el silbido del viento, el fragor de los truenos, la lluvia incesante. Las estremece un aullido. Se ponen nerviosas, discuten, ruegan a Fábola que las libere. Más tarde, nada: la noche y su oquedad.  Y así pasan los días hasta que llegan al mar. Ella deposita la maletita en la arena mojada; en un dos por tres las olas la envuelven hasta hundirla en el azul sin brújula.
Fábola ha cumplido la misión del olvido. Comienza a escalar el abismo de su propia historia hasta que la escritora la rescata y dice las tres palabras que ya conocemos.


Fábula del dolor

Un pescador encontró las tres palabras en altamar y las usó de carnada.  Estuvo horas meciéndose arriba del bote. Regresó a casa sin pescado fresco para vender, pero con una maleta en donde guardó sus sueños. La mujer del pescador abrió la valija y vio a Fábola mirando su nódulo de Heberden y jugando a ser Cheshire para así aliviar el dolor. ¿Quién es ella?, preguntó la mujer. Nadie, mintió el pescador. Sólo me ha traído mala suerte. La encontré en el mar y ahí regresará. Entonces, él escondió la maleta en el lugar de las redes.
Cada cierto tiempo la visita. Le lastima verla así, acaracolada en su lejanía y el nódulo cada vez más grande. Pero no quiere cambiar el rumbo de sus sueños: la pescadería florece y su hijo ya ha aprendido a echar el anzuelo a las desgracias.

***

En Diálogo de tigres, 2011.


"The heart". Christine Von Diepenbroek



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