Confesiones de una chica de rojo

Por Diego Muñoz Valenzuela

Confesiones de una chica de rojo, cuarto libro de minificciones de Lilian Elphick, precedido por tres volúmenes notables: Ojo Travieso, Bellas de sangre contraria, Diálogo de tigres. Antes he tenido el privilegio de presentar más de alguno de estos libros de Lilian, lo cual implica  conocerlos desde sus mismos inicios. De esta forma, he sido un observador privilegiado de su trabajo creativo, que sigo y admiro sin reservas.

La amistad entre escritores –tan larga ya en este caso, aunque ella sea jovencísima y yo un digno viejo- puede ser muy interesante, porque permite conocer los textos en sus estados germinales; advertir tendencias que tendrán efecto en años posteriores, quizás décadas. Esto de ser un presentador frecuente de un autor tiene sus complicaciones: el peligro de repetirse, por ejemplo, pero Lilian Elphick, preocupada por una búsqueda permanente de nuevas herramientas expresivas, hace difícil el arte de la reiteración, que algunos colegas cultivan con la desvergüenza que caracteriza a ciertos candidatos políticos falaces.

Como narradora, Lilian ha cultivado el cuento, casi siempre en extensiones breves, una cantidad moderada de páginas, donde el lenguaje y la construcción de la trama son objeto evidente de una urdimbre muy cuidada, así como también muy renovadora.

Lilian Elphick ha incursionado también con cada vez más frecuencia e intensidad en el campo de la minificción –también podríamos hablar de microcuento, microrrelato y otras denominaciones;  las académicas y académicos presentes se harán cargo de explicar estas categorías que conforman el CUARTO GÉNERO NARRATIVO, según estudiosos como Irene Andrés Suárez y Fernando Valls. En el caso de Lilian prefiero usar el término ‘minificción’, porque es más amplio y refleja de mejor manera la producción reciente de la autora, y en particular la de este nuevo libro. Aun así, pienso que Confesiones de una chica de rojo rebasa esta categoría de minificción, cuando en algunos textos excede la extensión de un par de páginas para convertirse en relato breve,  o cuando traspone la invisible frontera con el territorio de la poesía.

La autora no ceja –hablo desde la perspectiva de su camino escritural, no del libro que nos reúne- en su empeño de abrir camino, desbrozar terrenos vírgenes, derribar cercos, realizar toda clase de experimentos y posiblemente complicar o al menos desafiar el ejercicio taxonómico de los investigadores.

Tal vez esta última consecuencia haya que explicarla un poco, para evitar malas interpretaciones. Este género de la minificción, microrrelato, microcuento, etcétera, ha logrado aunar escritores, editores y académicos, que pueden convivir y departir amablemente, como ocurrió hace pocas semanas con la cuarta versión del SEA BREVE, POR FAVOR, organizado por la Corporación Letras de Chile. Esta convivencia se traslada con frecuencia al ámbito de la amistad personal, más allá de las diferencias de quehacer o de opciones estéticas, y eso es algo maravilloso y extraño en el mundo literario de nuestra época. Ergo, hay que defenderlo, sobre todo porque esa unidad ha sufrido embates en los últimos tiempos más allá de nuestras fronteras. Lamentablemente, aparecen quienes piensan deben tener el monopolio de la administración del nuevo género, y eso poco y nadie tiene que ver con la amistad, la solidaridad y el compañerismo, que ya habrán de imponerse, en este y en otros espacios de la sociedad.

Disculpen esta disquisición, pero solo pretendía aclarar que el esfuerzo de Lilian Elphick por explorar nuevos territorios tiene que ver con su propia visión como creadora, y que no pretende generar dificultades para la aplicación de estatuto genérico alguno. Eppur si muove, diría Galileo.

Dejemos a la autora y hablemos de su criatura, el libro. Siguiendo la línea de sus trabajos más recientes, se advierte la presencia de series de textos bajo una misma o similar denominación. Tal es el caso de “El crujido de la seda” I a VI y las “Verdaderas Historias” que suman 14, además de otras series más breves. Las series constituyen desafíos creativos mayores: ya no se trata de escribir microtextos siguiendo una serie de reglas bastante complejas que no se reducen a la mera brevedad, como podría creerse, sino que la tarea es mucho mayor: constituir un cuerpo con partes fuertemente interrelacionadas, cuyo efecto conjunto transmite una intención especial del autor que excede lo estético.

La serie “El crujido de la seda” nos remite a un submundo marginal donde reinan la necesidad, el crimen, la sobrevivencia y el aprovechamiento de la oportunidad para continuar viviendo, siendo que la condena de cada cual está escrita y resulta inminente. Es un mundo cercano al de Bertolt Brecht en la Ópera de Tres Centavos, o a la exploración descarnada de nuestro Juan Radrigán. Y no es casualidad que algunos de los textos de esta serie tengan estructura dramática, y eso da más sentido a la cita a ambos dramaturgos. Evidentemente, esta serie apunta a la  deshumanización de nuestra sociedad y la falta de esperanzas que ella genera en los más desposeídos; en un mundo así, no hay salvación para nadie, eso leo como expresión del conjunto. El crimen puede ser un negocio, la clave para salvarse; he ahí la semilla de la perdición.

Las “Verdaderas Historias” son textos deliciosos, objetos cargados de una deliciosa fantasía filo borgeana (de paso, Borges es citado en los textos), donde la historia real o inventada (cuál es la historia auténtica, debiéramos preguntarnos), aunque siempre verosímil gracias a la  hábil pluma de Lilian Elphick. El efecto de la lectura es cautivador, y ese resplandor es tributario de la imaginación, el fino humor, los juegos de palabras (y de nombres, ya verán), el ingenio elegante y una delirante intertextualidad que al buen lector complacerá con sus guiños.

La lectura de Confesiones de una chica de rojo será una aventura por sí misma. Encontrará negra acidez en el Día de la madre, cuya lectura recomiendo solo a quienes tengan su sistema cardiaco en buen estado. Lo mismo vale para Anticristo, un relato sórdido, terrible y, por desgracia, real y posible.
 
También hallarán dulzura en relatos como “La memoria”, dedicado a Salvador Allende, oportuno homenaje cuando se acerca el cumplimiento de cuarenta años desde el fatídico Golpe Militar de del 11 de septiembre de 1973. O en “Mar de Chile”, impactante y tierno homenaje a los desaparecidos.

Intertextualidad, ironía y terror gótico en “Cuentecillo de amor”, todo esto cabe en 15 líneas, ¿qué les parece? Y para quienes busquen sorpresa y emociones fuertes, les aconsejo probar con las Confesiones de una chica de rojo, que da nombre al volumen.
Este nuevo libro de Lilian Elphick, el cuarto de minificción, viene a confirmar algo que sabíamos: estamos frente al trabajo de una escritora profunda, laboriosa y pletórica de imaginación y talento. No es casualidad que su trabajo en el género brevísimo cuente con reconocimiento que, para variar, proviene de más de ultramar que de nuestro propio Chile. 

Aplausos para la escritora. ¡Loor para este libro y para Lilian Elphick!

***
Texto leído en la presentación del libro Confesiones de una chica de rojo, julio 2013.


2 Comentarios:

sergio astorga jueves, julio 25, 2013  

Loor para el libro y no me pongo Rojo cuando lo confieso.

Abrazos intertextuales. (of course)

Gemma viernes, julio 26, 2013  

Enhorabuena, Lilian.
Un fuerte abrazo

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