Filosofía de las formas simbólicas

Tenía que escribirte. No sabía cómo. ¿Debía usar la fórmula “Querido” o “Estimado”? ¿Debía preguntar por tu salud y trabajo, o por el trabajo y tu salud? Tenía que escribirte sin ninguna falta de ortografía. No podía caer en las trampas de la “h” fatídica o de las virgulillas absurdas en una “k” o en una “l”. Era imposible evitar el sueño de las comas, haciéndose el amor con desenfreno antropológico. Una se montaba arriba de la otra y gritaba: ¡Arre!

Yo no tenía nada, salvo las palabras. Tu amor lo había perdido como se pierden las llaves de una casa que no es tuya. ¿Recuerdas cuando bebí mi propia saliva en tu pecho brillante y sedoso? ¿También eso era mentira? ¿O la creación insidiosa de una solitaria escribiente?

Tenía que escribirte. Era tan difícil enfrentarme a la tarea del espejo. Ser yo misma y decir “aún te quiero”. Verdad a medias, por supuesto. No sabré jamás cuánto te amé en los portales de la escritura.

Me dedico a otras cosas. Me casé con un señor que trabaja en Correos. A veces, lo ayudo a clasificar las cartas sin destinatario. Hemos llegado a contar 1.987.347 cartas que sólo tienen un remitente lejano, ininteligible. 





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