La minificción malvada e inverosímil de Lilian Elphick




Por Francisco Martínez Bouzas

A estas alturas de esa historia de la minificción, nacida en tierras australes, no me cabe la menor duda de que Lilian Elphick es una de las grandes figuras del subgénero basado en la elaboración de una minuciosa orfebrería capaz de agasajarnos con abundantes narrativas completas, pero al mismo tiempo muy breves. Relato relámpago, inmensidades hechas de ausencias, el máximo de significado con el mínimo de significante y mucha inteligencia, arranca cuando concluye su lectura, solo se ve la décima parte como en el iceberg… son algunos intentos de definición. Definiciones imposibles seguramente, pero que Lilian Elphick ejemplariza de forma magistral en sus cinco libros anteriores. También en estas Confesiones de una chica de Rojo, de tan reciente edición en Santiago de Chile que huele todavía a fresca tinta verde.

Cincuenta y ocho minirrelatos distribuidos en dos grandes secciones, la primera carente de título pero con varias series como la que se nos ofrece bajo el epígrafe “El crujido de la seda”. Seis cuentos crueles, capaces de rebanarnos el aliento ya en su porción que emerge y se manifiesta, donde brillan las navajas  y cuchillos “que cantan su melodía de afilada zampoña” (página 13) y se alude eufemísticamente a muertes matadas como “el patio de los callados”.

Después, un amplio ramillete de historias breves, brevísimas en su mayoría, que suben esa apuesta de la que hablaba César Aira. Relatos como centellas o fusilazos que nos atrapan por el inesperado e inteligente final, que hace que salga a flote ese secreto sumergido, porque en la narrativa de Lilian Elphick se desarrolla al máximo, como ya he podido constatar en la lectura de otros de sus libros, la escritura elusiva  y en su inteligente factura es mucho más lo que sugieren que lo que expresamente dicen, sin que quepa sospechar aquello de que un mal narrador puede tener un momento de talento y hallar una frase genial o un desenlace inesperado. La minificción de Lilian Elphick, respirando atmósferas diversas y preñada de tonalidades igualmente dispares, mantiene el pulso y en unas cuantas líneas aprisiona una historia, historia sugerida que el lector tendrá que completar si quiere disfrutar de ese frenesí de escritura proteica, elusiva y, sobre todo, desbordante de ingenio y creatividad.

En muchos de esos relatos, el mismo común denominador: el sutil filamento de la tajada asentada ya sea con veneno, con colmillos hincados, con degüellos o con balas encajadas en el corazón de la protagonista de “La soldadera”, un minicuento que ya me había hecho estremecer en anteriores lecturas y que considero digno de figurar en las más selectas antologías de la microficción.

La presencia pues de lo trágico, de la crueldad, de lo pavoroso (“un año después me lanzaban al mar con las manos amarradas y caía, caía al azul con la esperanza de verla de nuevo”, página 27) transita por buena parte de estas confesiones que la prosa trenzada con sutil ingenio por la autora convierte en pequeños tesoros narrativos y en verdaderos artefactos que interpelan al lector.

Especial mención merece, a mi juicio, el relato que le da el título a la colección: una personalísima e ingeniosa versión del cuento de Caperucita, paradigma de esa tonalidad malvada y vengativa que enmarca buena parte de estas minificciones.

No obstante, la versatilidad creativa de la autora es capaz de transcender los discursos monotemáticos de las garras afiladas de la maldad y deleitarnos igualmente con otros hilos temáticos. Será el amor y sus enveses, el encuentro con la propia condena y otros núcleos diegéticos los temas que, emergiendo de su imaginación, se convierten en letra escrita. Y también con las historias fantásticas que componen la sección que clausura el libro: “Otras verosimilitudes” que nos llevan desde la invención de la sábana con miniaturas de posturas sexuales para acrecentar el arte amatorio, hasta la verdadera historia de la extrañeza.

Narrativa en formato breve, (“textículos”, si le robamos la palabreja a Cortázar) anclada en estructuras proteicas, con muchas resonancias intertextuales enriquecedoras, con un amplio elenco de personajes. Narrativa irónica, mordaz, mortífera, corrosiva, con muchos finales fulminantes, exactos, helados, como si hubieran sido cortados con un diamante. Y vestida explícita o implícitamente con el color rojo de la sangre. Apta sobre todo para paladares exquisitos que aúnen  tanto ingenio como sensibilidad, para ser capaces de extasiarse  con esos dos tercios de la magnitud sumergida que deberán cobrar vida en su imaginación. El tercio visible nos invade a través de una escritura a veces muy clara y directa, otras elíptica y afilada, pero siempre llena de primor, de belleza y sensualidad. Así sigue Lilian Elphick construyendo sus propios abismos, inconclusos, abiertos y despeinados, como ella misma dice.




Fragmentos

La soldadera


“Iba a pie. Él, a caballo. Asaba las tortillas, lavaba sus ropas, colocaba paños húmedos en su cuello. Mantenía el filo de la navaja con el cuero, revolvía el jabón y era guardadora del espejo.

Muchas veces perdí criaturas en la trinchera. Tanta era la sangre. Es que a él no le gustaba mi modo de afeitarlo. Me tenía miedo. Decía que cualquier día iba yo y lo degollaba. Y me pateaba en el suelo. Por eso, esa mañana, le sostuve el espejo. Ante las tres señales de luces, mi comadre tomo su 30 – 30 y me encajó la bala en el corazón. Tal cual le pedí. A ella la acribillaron ahí mismo. Este hecho no pasó inadvertido para la revolución: nos recordaron como valientes lesbianas.”

…..

La memoria

“En 1973, Hortensia Bussi dijo: «Quiero que sepan que aquí estamos enterrando a Salvador Allende, Presidente de Chile, en forma anónima, porque no quieren que se sepa. Pero yo les pido a ustedes, a los sepultureros, jardineros y a todos quienes trabajan aquí, que cuenten en sus casas que aquí está Salvador Allende para que nunca le falten flores.»

En 2011, al exhumar los restos de Salvador Allende, no se encontraron huesos, sino muchas flores, frescas, plenas de fragancia, vivas en su memoria silenciosa.”

…..

Curso de lingüística general

“Le arranqué la camisa, le solté el cinturón y, cuando los pantalones caían al suelo, noté su cola larga, escamosa, terminada en punta de flecha.

   ¡Ay, Dios mío! – grité

Llámame como quieras, a mi no me importa – dijo él, mostrándome  el verdadero infierno de su lengua.”



(Lilian Elphick, Confesiones de una chica de rojo, páginas 23, 26, 29)

***

Lilian Elphick

Confesiones de una chica de rojo, Mosquito Editores, Santiago de Chile, 2013, 93 páginas.


1 Comentarios:

Kőrössy András jueves, julio 11, 2013  

rayuela -> Hinkenspiel :)
Felicidades!

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