Todos los olvidos

 
Juan Yanes


Algo se pudre en Santiago. Una traición, un silencio o, simplemente, el aire contaminado. Pero los optimistas fingen una alegría de otoño con la garganta apretada, miran el cielo encabronadamente azul y dicen: “que llueva”. Yo les digo, conciudadanos, que la palabra dicha no tiene efectos en la naturaleza. No llueve porque uno diga “que llueva”. A las nubes les importa un comino lo que hablemos aquí abajo, en la cuenca santiaguina. Sucede que me canso de ser suche, señoras y señores, de estas palabras encadenadas y que a veces no significan más que un murmullo incesante.

He gritado “amor” a los cuatro puntos cardinales que en realidad son tres: norte y sur. Tenía razón el poeta Huidobro que duerme su siesta sin sábana frente al mar de Cartagena. A los 23 años recité un poema frente a su tumba; años después tuve el privilegio de compartir una mesa de lectura junto a Adolfo Couve. Leí un cuento de un tipo que tenía los bolsillos llenos de caracoles diminutos. Los bota a la arena en un naufragio seco y sin memoria. Couve leyó unos poemas del olvido y del recuerdo, intensos como sus ojos. Ahora esos ojos de Couve  descansan de todo lo visto y son mar y olas, como los de Bárbara Délano. La respuesta a mi llamado la tienen esos poetas, esa poeta, en la forma como siguen mirándonos. Después hay que seguir viviendo y amando, sobre todo porque el amor es rebelde y se escapa de su lastre cultural: no existen las alfombras blancas, la chimenea prendida y el vino, sólo están o son los amantes en pleno amorío, fuera de todo tiempo y espacio, olvidándose, desprendiéndose en cada beso, en cada mano que recorre a la otra mano, en cada ojo que fija su iris en el iris gemelo. No existe la cabaña junto al lago o el motel  en las afueras de la fuckin city; sólo perseveran los que quieren olvidar que son uno y no dos. Y cuando esto pasa hay que agradecer que la piel sea un doble envoltorio, llenar de agua la tina de baño, echar sales aromáticas, aceites esenciales, incorporarse a la tibieza y protagonizar la felicidad mientras afuera el mundo revienta.

El hombre de los caracoles antes había amado a una mujer joven; ella lo retuvo poniendo su cuerpo en la puerta, entonces él le dio un regalo y ella lo hizo rodar de un lado a otro entre sus manos y después lo colocó en su oído no para escuchar al mar, sino para seguir escuchando la respiración del hombre, el mismo que abría la puerta y no decía adiós ni promesas de futuros esplendores. Por eso él botó el resto de los caracoles antes de embarcar. Sólo para que ella no se confundiera y siempre oyera el breve respiro o el acezar de un corazón enamorado o incluso el silencio de su muerte. Con eso bastaba. Ella se encargó de guardar todos los olvidos como si hubieran sido las cartas de amor que nunca recibió. El mar le trajo de vuelta otros caracoles y al hombre que era una pura memoria de andrajos comidos por los peces.


1 Comentarios:

nahue martes, octubre 29, 2013  

Sos de las mejores escritoras que se encuentran en blogs...hay un primer escalon a superar para saber si uno tiene aunque sea un pocquito es espiritu poético, y eso es superar a Eduardo Galeano, y esa prueba la mas que pasaste. SAludos!

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