Este maldito sol de agosto

 
Vivien Maier


 Santiago, 13 de agosto de 1990


Querido Alex:


 Esta es una carta que te escribo, pero también podría llegar a ser una historia, o un cuento que tiene mucho de ficción. Quién sabe si alguna vez cobra vida propia y se convierte en Alex, personaje de cuento; quién sabe si luego, terminada, corregida y leída muchas veces, como una historia más dentro de otras historias -la mía, por ejemplo-, la destruyo para que nadie sino mi recuerdo pueda leer la carta que ahora, con el tibio sol de agosto colándose por las ventanas, intento escribir, siempre con esa necesidad de ser sincera y no mentirte. Aunque ya lo esté haciendo. Te confieso que el sol de agosto es una maldición y encandila mis ojos hasta el hastío, en este invierno, y todo se seca en un horroroso lugar común. Tú no sabes, Alex: las calles atestadas, uno que otro cortadito pidiendo limosna, alguien entrando en el cinerama Santa Lucía, este sol que jamás claudica, esa nostalgia sin nombre por la simple lluvia, el sonido acerado del agua en los tejados. Tú no sabes que el misterio desaparece día a día, que nos contamos las mismas cosas por las noches, en una repetición de desgarrados frente al espejo. Vivimos aquí con la boba sonrisa de la cotidianeidad pegada a los labios, suspirando a ratos, planeando compromisos en agendas Rhein, intentando escribir la nueva novela con un solo personaje: uno mismo. Auto referencia para no morir de lata.


Es inevitable, las palabras no dan abasto. Es necesaria la magia, un reencuentro fugaz, pero intenso, como una vez lo tuvimos, parados en la 110, al lado de una tienda de ropa para latinos. Me dijiste de tu miedo a volver a Santiago, recordaste esa casa en calle Viel, custodiada por unas gárgolas pintadas de rosa y una reja que no llegaba a la cintura. Es así como entraron a buscarte; ni siquiera las vieron allá arriba adosadas a la cornisa en actitud de caída permanente, dulcificadas por el color. Para entonces tú ya no estabas. (Ves como esto se parece cada vez más a un cuento).


"Aquí no hay gárgolas”, luego dijiste, "o no he querido verlas".


No es cosa de ponerse a inventar, pero a veces hay que hacerlo, de otro modo la vida se convertiría en algo así como el papel de Biblia, traslúcido e intocable. Sé que me entiendes, la lejanía es la peor invención, junto a las estampillas y la ceremonia burocrática de Correos y Telégrafos. No entiendo cómo existen filatélicos, gente que se dedica a juntar lejanías, puentes sin final alguno. "Los amigos son puentes, no son islas", me dijo alguien que prefiero no nombrar. Sin duda la frase más kitsch de la década.


No tengo alternativa frente a la costumbre de enviar cartas, aunque sí puedo romper la norma y saltarme frases hechas de antemano, esas introducciones fastidiosas de "espero que te encuentres bien junto a Christine", "cómo estás, ingrato, por qué no me has escrito", o cuando ya no hay nada más que decir y el lápiz escribe automáticamente: "novedades, ninguna, salvo que en Santiago nevó, ¿puedes creerlo?: ¡Nevó!"


Novedades, ninguna. Estarás habituado a la sucia nieve de Manhattan, pero no al frío, es diferente, a que yo te hable de meteorología para referirme al ¿cuándo vienes, cuándo Alex?, a la extraña manera de contarte argumentos de películas antiguas cuando sólo se trata de tu vida y de la mía. Actitud un poco enrevesada, dirás. Sí, es cierto. La costumbre es así: como tu gato tuerto y lleno de pulgas, como las ganas eternas de besarte y descubrir una pelusa en tu camisa y que Jerry Lewis cante con Dean Martin en la tele y que una caricia en el pelo baste para llorar después, aquí y no allá, con esa certeza absurda del silencio y de una cama en desorden.


A través de estos años he tenido que ir construyendo metáforas para no terminar en la imprecisión lingüística de la banalidad. Una pila de metáforas que junto como una montaña de ladrillos mal cocidos, Alex, para convencerme de una vez por todas que ya no te interesa volver y que la que tiene que ir soy yo, la buena amiga, la siempre de paso, la que te surte de mermelada de mora y tarros de machas.


Ya lo sabes: todo es un mito. Algo ha cambiado Santiago desde que te fuiste, pero la cordillera sigue ahí, donde tú piensas que está, impertérrita, quizás más chica.


También tenemos nuevas avenidas y varios centros comerciales con reminiscencias mapuches. No nos fuéramos a olvidar de nuestro valeroso pueblo indígena.

Smog, restricciones vehiculares, apagones los 4 de septiembre y otras fechas, el Mapocho que a veces se desborda. Cosas.


Los fines de semana vamos a la playa donde trato de tejer un chaleco azul marino sin buenos resultados. Imagínate, miro los pinos, me dan ganas de jardinear o ir al bosque de eucaliptus a recoger coquitos (los que quedan, pues ya está talado). Me robo patillas de hiedra o rayitos de sol de las casas vecinas, ¿te acuerdas de los rayitos? A veces peleo con Felipe por fruta que se pudre y que nadie come.


No sé qué sentido tiene que te cuente todo esto; obligarte a sentir una nostalgia que ya no sientes, ¿eso es? Bueno, eres tímido y tu mirada llega a ras del suelo cuando me lees, buscando una miga de pan imaginaria, un trozo de sobre aéreo que cayó cuando abriste la carta con apuro y le dijiste a Christine: "Es de Laura". Qué singular manera tengo de inventarte actividades, qué mentirosa soy después de todo. Todas estas horas dando vueltas en redondo para decirte: te quiero, te echo de menos, el próximo año te llevo dulce de membrillo, te quiero mucho y alguna vez podremos bailar un bolero romanticón de Manzanero.


Este maldito sol de agosto me obliga a elegir entre la verdad y la mentira y yo no quiero elegir, las dos me gustan. Sé que te mueres por venir y que prepararás tu viaje con debida anticipación. Dos o tres semanas en época de pascua para luego regresar con un gusto triste en la boca, cargado de recuerdos toscos.


Lo de las gárgolas fue un exceso, lo sé. Qué sé yo si viviste en calle Viel. ¿No habrá sido en Santiaguillo?


Besos, Laura.


***

Cuento escrito en los años 90 y publicado en el diario La Nación, Santiago, Chile.


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