Abrir a K. Carta de Patricia Nasello a Lilian Elphick



Querida Lilian:

Nobleza obliga, comienzo estas breves líneas con una confidencia: cuando me acerqué a vos solicitándote autorización para editar uno de tus micros en mi pequeña bitácora, lo hice con temor, “paura” hubiese dicho mi abuela de ascendencia italiana; desde luego, no es para mí cosa de todos los días acercarme a la presidenta de la Corporación Letras de Chile con un pedido. Sería bastante tonto que ocupara aquí espacio contándote cómo sos, sin embargo, puesto que esta carta será pública —otra generosa autorización tuya— digo y subrayo que encontré una persona cálida, una mujer humilde pese a sus logros incuestionables, una escritora a la que ahora  tengo la dicha de considerar una amiga.  Y libertades de amiga tomo para continuar no con lo que naturalmente seguiría, decir que “K” es un libro de excepción y exponer mis razones, sino por el final. A las palabras finales del libro, “Recorrido K”, me refiero.   Tu visita a Praga y al Nuevo Cementerio Judío donde Franz Kafka, finalmente, descansa. Allí escucho tu voz, no la exquisita voz que narra “K” sino tu propia voz, y me conmuevo con tu emoción. Creo estar a tu lado cuando descubrís estos escarabajos paseándose por su lápida y tomás la fotografía que es la portada del libro. ¿Se puede pedir maravilla mayor? Sí, sí se puede tratándose de Lilian Elphick. Se puede leer “K”, leer a borbotones porque vienen ganas irreprimibles de beber de un solo trago todas las palabras y luego leer despacio, gustar el sabor de cada idea, vestir el caparazón terrible, escuchar tanto graznido desolado, oír hacia adentro la soldadesca nazi que marcha acercándose; procurar reprimir, sin lograrlo, esta toz tuberculosa. “Toz de lobo” que no sólo ahoga sino que succiona como un vórtice feroz  a través del cual Franz desaparece. “K” lo recupera. Vos lo recuparás, Lilian, haciendo un viaje desde el Nuevo Cementerio Judío de Praga hasta la palabra, desde un hombre escindido por incontables cerraduras: “…durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo” apunta él en sus Diarios, hasta la verdad: “Lo peor no eran las cerraduras; nadie me abría”, dice “K”.

Nadie abre la puerta del ghetto porque al igual que aquélla que custodia La Ley, ésta se colocó para que permanezca cerrada.
Frente a la puerta cerrada permanecemos, tímidos lectores desencontrados, hasta que abrimos “K”.

Algunas líneas atrás apunté que Franz Kafka finalmente descansa, sus huesos descansan mientras Gregorio camina liviano y libre sobre su propia sombra; mientras su esencia, la esencia kafkiana, Lo Kafkiano, vuela en “K”. 
Cariñosamente.
Patricia




1 Comentarios:

Nana Rodríguez domingo, junio 07, 2015  

Hermosa carta, y dos admirables mujeres. Ya te leeré Lilian.

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