Tiquitiquití

No hay nada mejor que leer a Pablo de Rokha en la Semana de la Chilenidad en Santiago, aunque yo, siempre tan cuestionadora, me pregunto qué recordamos y qué es esta fiesta híbrida de fondas con música sound, cumbias, merengues, banderitas tricolores y, para coronar el imbunche, una parada militar, mientras los borrachines duermen la mona bajo los frondosos árboles del Parque O’Higgins.

Pero volvamos al nunca canonizado poeta. De muestra, sus recomendaciones telúricas: 

“Si fuera posible, sirvámonos la empanada, bien caliente, bien caldúa, bien picante, / debajo del parrón, sentados en enormes piedras, recordando y añorando lo / copretérito y denigrando a los parientes, cacho a cacho de / cabernet talquino / y la sopaipilla lloviendo, con poncho, completamente mojados, entre naranjas y guitarras, acompañados del cura párroco y borrachos”.

Igual he tenido experiencias óptimas en las fondas. El año pasado me enamoré hasta las patas bailando cueca con un desconocido que me atrincó con su pañuelo en el zapateo del gallo y la gallina. Si él hubiera tenido los aperos necesarios, hubiera dejado que me laceara como a un novillito en rodeo y así, bien amarrada, gozar la inmovilidad y sus labios cabalgando cogote abajo. Pero “el amor nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados”, y sin dar rienda suelta a la fantasía huasa, nos fuimos por ahí detrasito a besuquearnos y a corrernos mano, “acorralándonos y aculatándonos contra nosotros mismos como mitos”. Iniciamos un tiquitiquití de salivas y otras salidas de madre, y terminamos en una paraguaya desequilibrada, pero rica, “con incendio de canelos y piedras ardientes”, retozando después en la oscuridad cuando ya no importa el barrial ni el amor ni cuando “la ñieula arrastrá arrea su inmensa oveja negra por el callejón de on Vicho”.

Endieciochados como estábamos continuamos bailando y sorbeteando piscola con pajita, pero yo quería que el semental siguiera toreándome “como a una chicuela de quince abriles”, porque lengua había de sobra, traposa y morada, pero lengua al fin y al cabo. Total, pronto amanecería y de la ruina fondera había que levantarse y andar o irse en procesión como el Niño de Sotaquí, directo al Mercado Central a comerse una paila resucitadora, “con generoso y navegado ámbar viejo de las cepas abuelas del Maipo”. Pero nos fuimos disolviendo con los primeros rayos del sol, ya no nos reconocimos entremedio de la multitud que retornaba a sus hogares con “las pilchas llovidas”, y ni siquiera pude llamarlo porque no sabía su nombre. El libro de Pablo de Rockha quedó olvidado en el asiento de una micro rumbo a la sobriedad encacharpada.

 

Nota. Imagen: Cueca del enamorado, de Fernando Allende. Pintura sobre papel.

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