Microrrelatos de Lilian Elphick en Revista Quimera

 
Christine von Diepenbroek


El ladrón de almohadas II


Me llamo Blas Femo. Soy ladrón de almohadas. He robado por veinte años y sólo una vez me apresaron. Ni les cuento lo que me hicieron, pero si lo quieren saber, lean El ladrón de almohadas I.

Tengo muchas almohadas y a pueblos enteros insomnes. Cada vez que robo una, el dueño no duerme. Dicen que Juana se volvió loca y se arrancó los ojos. Aun así, no pudo dormir. Enrique el herrero se queja porque sólo los caballos duermen y no trabajan, se echan en los pajonales y a veces menean sus colas.

Blas, dijo mi madre, devuelve esas almohadas. Le contesté que no, que me gustaba dormir todo el día y despertar a medianoche, cuando el Hombro Lobo aúlla y Drácula muestra los colmillos. No, madre, le dije, al fin soy una historia, todos hablan de mí. Antes me ignoraban, me maltrataban, se reían de mi nombre; ahora, soy un héroe: puedo soñar.



Último deseo

Ella esperó que la lluvia amainara. No quería arruinar su nuevo corte de pelo y las extrañas ondulaciones que la peluquera le había hecho en la nuca. Vas a causar sensación, le dijo la manos de tijera, fatigando la laca en las pequeñas guadañas doradas que se mecían con parsimonia de reina.

Un guardia anunció que las nubes se alejaban. La llevaron al cadalso. Ella puso la cabeza ahí. Fue rápido. No se le movió ni un solo pelo.




El aventurero

Aplasta las calles con pasos de gigante, visita lugares inhóspitos, ama el deporte de riesgo, ha escalado el Everest, ha muerto varias veces, pero ha resucitado. Es mejor que Jacques-Yves Cousteau, James Cook y Marco Polo. Rescató a la Teniente Ripley de las fauces gelatinosas del octavo pasajero. Fue capaz de decirle “Get a life” a Sharon Stone, mientras rodaba Sliver. Hizo y deshizo en los lupanares del Extremo del Mundo. Cazó un tornado F5 en Little Rock, Arkansas.

Se autodenomina un aventurero, pero no es más que un triste retazo de historia, una migaja ficticia, encerrado para siempre en los rincones más oscuros de mi afiebrada mente.



La carta

Preclarísima Reina:

Finalmente llegué a las Indias. La Pinta zozobró infestada de ratas y preferí incendiar las otras naos para tomar posesión destas tierras de mucho maravillas. Aquí, en La Española, todos van desnudos, así como Dios los echó al mundo. Tienen una reina que luce una corona de flores y nos ha palpado nuestros raídos trajes y los cuerpos. Y se ha saboreado la muy impía. Mandó a sus súbditos a preparar las “parrillas”. Nos van a homenajear, deso estoy seguro, así como seguro estoy de que la tierra es redonda, como la teta de Beatriz de Bobadilla.

Varias gentes atizan el fuego. Cantan y bailan; los niños juegan. El mar es color esmeralda y las arenas son blancas. El cielo no tiene nubes.

 Yo seré el Elegido, mi Reina. Escríbale al Papa para apurar los papeles de mi canonización; seré el Santo de los Viajeros, mientras las parrillas arden y un perro devora esta carta y me llevan del brazo, a mí, el Almirante de la Mar Océana, entremedio de cánticos y risas, desnudándome, untándome con aceites y fragancias, y el calor aumenta, me quema, me inunda de dolor, me exalta, Dios mío, me arruina, me despelleja y ardo en el infierno deste nuevo mundo.


***

Estos textos fueron publicados en Revista Quimera Nº 372, noviembre de 2014, España. Mis agradecimientos a Ginés Cutillas.



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