Huroníada

 
Rufino Tamayo

 El verbo en su punto



Al que corta el azar

Momento. Permítanme echar a andar esta máquina herrumbrada. Los hurones eran, cómo explicarlo, animales de ojos predestinados a un brillo que ningún ser humano posee. Yo escribía –siempre- y los hurones jugaban a mi lado. A veces, fingían peleas atroces, pero los mordiscos eran sólo un clac clac de diversión. Y yo escribía con los dedos congelados y pensando en su futuro incierto, en ese fulgor travieso de muerte-vida, las interrogantes necesarias de sus pieles, el salto en la mirada sin trampas, la limpidez de sus retozos.

Siempre. No sé por qué digo “siempre” cuando perfectamente puedo decir “nunca”. Las palabras y el olvido van de la mano. Van de la mano, sí, y de pronto, en una esquina cualquiera, de una ciudad cualquiera, se separan. Como los hurones, mustélidos por excelencia, de huesos flexibles y, lo repito, de ojos oscuros, una bola de brillar en cada cuenca, un espacio de soledad luminosa, que estalla en el momento en que me detengo y los observo correr y correr sin propósito alguno.

Palabras, desidia; el silencio es carnívoro, me come de adentro hacia afuera. Yo no quería hablar de intensidades, pero ellos me obligaron. Vinieron, sigilosos, a destruir mis sagradas escrituras. Con sus colas borraron la historia y la leyenda; y arañaron esos amores apenas dibujados, dejándolos irreconocibles.

Jugaban los hurones en sus madrigueras y respiraban todo mi aire.

Yo quería el presente y no el pasado. Quería tantas cosas. Una organización temporal; el sí y el no lastimándose hasta altas horas de la noche; los hurones fornicando en grupo, y yo, ella o yo, en el justo intento de pronunciar una circunstancia: tijeras de podar recién afiladas, el verbo en su punto, y mi acto de bondad convertido en almíbar, qué dulzura, para pasar la lengua una y otra vez, sin descanso, una y otra vez, la lengua azucarada de tanta sangre tibia, alegre, colmada de chasquidos; y mi gula en blanco, grotescamente calva, el monstruo que me niega la traducción, la corrección, la posibilidad de ser, en mi curiosidad infinita, un hurón de patas negras.

*
"El verbo en su punto" pertenece al libro Diálogo de tigres, 2011.


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