Una tarde sin bordes

Elliot Erwitt

Al viajero inmóvil, por el título

                                                                                            
Hoy no le escribiré, tengo los dedos entumidos, tiesos de intento. He cancelado cinco mensajes. Suficiente. Apago el computador con rabia, fumo un cigarrillo,  cierro los ojos, me siento mareado. No pasan más de tres minutos. Prendo el computador nuevamente, voy a internet, entro a mi casilla. Rápido, rápido. Ha llegado un nuevo mensaje. De ella. Me da miedo leerlo, pero ya mi mano se maneja sola y cliquea el sobre blanco.  Ella y sus frases cortas, ella y su estilo telegráfico, todo en letra minúscula: juntémonos en el parque, dice. No especifica cuál, lo hace adrede para que yo tenga que preguntarle, formando una larga cadena de mails que van y vienen como perritos amaestrados. Llegará una tarde sin bordes, le respondo, un clic de mi dedo y el mensaje ya ha sido enviado, fugaz, veloz, terriblemente veloz. No esperaré su respuesta, aunque sepa que llegará en cinco minutos más. Salgo de internet, escapo de la oficina, y la calle  resulta incomprensible, veo y no veo nada; el ciego camina tanteando las paredes; el sordo corre con las manos cubriendo sus oídos; el mudo a veces grita en plena avenida, repleta de automóviles y microbuses. Naturalmente, la gente me mira como si estuviera loco, con  una  mezcla de lástima y odio, y en su morbosidad quisiera que el viento me llevara para siempre donde sus manos no puedan colgarse de mi cara sudada, mis ojos desorbitados, mi nuez de Adán que sube y baja como una montaña rusa. Llegará una tarde sin bordes, le escribí. Qué idiotez. Ni yo me entiendo. O lo entiendo todo. Quisiera verla ahora mismo, abrazarla y tomarla en brazos, aquí en la calle, rodeados de mirones, de vendedores ambulantes, de refugiados de Rumania que tocan en el acordeón la marcha fúnebre. Conocerla y enamorarme, huir juntos, no sé dónde, quizás a la playa, por unos días, olvidar el computador, los mensajes, el sistema que falla de tanto en tanto. ¿María, Magdalena, Marilú, Mariana, Marta? ¿Cuántos nombres hay con "m"? Créeme, dijo, mi nombre comienza con "eme". Y yo le creo, debo hacerlo, la pantalla me muestra una "m", no una "p"  o una " j". Una "eme" de amor, dijo, de mi amor por ti, el  más  cautivante, eso escribió, y yo tuve una erección mientras leía ese mensaje, imaginé que tirábamos, que su pelo negro tapizaba mi pecho, que sus labios eran una aspiradora y que sus movimientos eran lentísimos para acariciarme, como si no existiera el tiempo de relojería exacta.

Engullo el hot dog, me atoro con la Coca cola. Pago la cuenta. Aparezco en  la calle. Me siento perdido, con vértigo, convulsionado. "Eme" tiene que haberme escrito, ella siempre está en internet, vive allí  adentro las 24 horas.  Seiscientos mensajes. Eso es todo lo que he recibido de ella. Sí, unos días en la playa, después a otra ciudad donde nadie nos conozca. Una casita con un antejardín lleno de flores, sin internet ni tv cable; y un gato angora, jamás me gustaron los perros que hacen hoyos y rompen calcetines. Comenzar una nueva vida, olvidarse de la familia, los hijos, la esposa que se queja, la que nunca quiere hacerlo porque tiene jaqueca, un quiste ovárico, romadizo. Nunca. Antes me mostraba sus nuevas estrías, la última arruga en el contorno de los ojos, la piel  floja del bajo vientre. Era una diversión, nos reíamos de los años, de las pequeñas batallas cotidianas. Ahora tiene la cara cruzada de silencios, ya no se ríe ni con los chistes de la tele; navega por  internet en el portátil que le facilita la empresa buscando recetas de cocina y otras tonterías. Pasas en el computador, me ha increpado últimamente. Es cierto, pero ella también. Llego de la oficina, picoteo lo que hay en el refrigerador, me bebo un ron tónica, al hilo, sin pausa, y subo al escritorio. Me encierro. A las nueve de la noche ya estoy sentado frente a la pantalla, aunque afuera el mundo parece derribarse: los niños pelean, se quiebra un plato, ladra el perro o se caga en la alfombra. Tocan insistentemente a la puerta. Cero culpa,  ya voy, ya salgo, digo como un autómata,  pero sólo tengo ojos para "eme", sus minúsculas palabras, sus frases un poco incoherentes, sensuales, sinuosas, una serpiente que se enrolla entre mis piernas: mi corazón late, mudo, absurdo, vivo, ha escrito; cuatro minutos después, agrega: toco mis pechos a oscuras. sólo el brillo de la pantalla los protege.

El hot dog me da acidez, busco en el bolsillo los cigarros y las pastillas antiácidas; a medida que disuelvo una en mi paladar, aspiro grandes bocanadas de humo. Tengo que volver al trabajo, pero el recuerdo de sus palabras me enloquece y paraliza;  me siento en un banco, en pleno paseo Ahumada, transpirando, la visión borrosa. "Eme" podría  pasar al lado mío y yo no la reconocería. Hay demasiados pelos negros y ojos grises, excesivas tinturas y lentes de contacto, múltiples sonrisas, guiños, miradas tristes, lejanas.

Esa noche no salí del escritorio, nos escribimos  durante seis horas seguidas, amándonos en un delirio exquisito, confesando nuestras fantasías más recónditas:  ya hemos hecho el amor, escribió, cuando comenzaba a amanecer. Lo mejor que me ha pasado en años, respondí. Describió tan bien su cuerpo que realmente la sentí  arriba mío, montada como una amazonas, cabalgando todo mi deseo, extenuando mi cobardía.  La vi preciosa y salvaje, desnuda; y lo mejor, sin decir palabra. Toqué su piel, me extasié de acariciarla, de contar sus lunares, de besar su pubis, ese triángulo  lujurioso y húmedo.  Mi triángulo.

La noche siguiente no me escribió ni un solo mail. Debe estar cansada, pensé, y digité un buenas noches, amor en letra gótica y en color verde. La vi durmiendo en su cama y quise acostarme a su lado, velar su sueño, estar con ella para siempre. A primera hora fui a ver  si había un mensaje y ahí estaba "eme"; me alegró la mañana que, en casa, es un poco agria, repleta de colaciones escolares, apuros, estridencias. soñé contigo. Nada más, ningún detalle; diez minutos después, algo extraño: un mensaje vacío, en blanco.

Llegará una tarde sin bordes, escribí. Y este futuro es tan perfecto como el deseo. Sólo yo puedo imaginar algo así, porque una tarde sin bordes ya no es tarde, es una pompa de jabón o un globo, un espacio secreto donde cabemos ella  y  yo, sin pasado, un mundo redondo de tanto amor. Porque la amo existe esa tarde. Ya existe.

Camino en dirección a la oficina. Son las tres, la tarde está llena de aristas y ángulos rectos. El sol está cubierto por una densa capa de humo, pero ahí está, lo sé, percibo su aureola. Muy cerca  mío pasa una mujer que correspondería a las descripciones que "eme" me ha dado. La sigo. "eme", le susurro al oído, en el momento que se detiene a mirar las vitrinas de Falabella. Su mirada tierna me dice que  es "eme". Su sonrisa me grita que es "eme", que al fin la he encontrado. En carne y hueso. Eres tú, no puedo creerlo. He pensado en ti todo el día, le digo a borbotones. Ella sólo ríe y de repente me besa en plena boca, en el paseo Ahumada, frente a toda la gente. ¿Ves?, yo sabía que nos conoceríamos así, su voz es exquisita, un poco ronca, disfónica, como la voz de  Simone.  La tomo de la mano y damos la vuelta, en dirección a la Plaza de Armas. Me pide que le pague por adelantado. Me río de su broma. Le muestro dos billetes de a veinte. Me los quita. También se ríe. No sé a dónde voy, sólo caminamos juntos hasta llegar a General Mackenna. ¿Entremos?, y le muestro  el Hotel Andes; ella asiente con la cabeza y en un par de minutos estamos en una pieza bastante decadente, aunque nada importa. Ella se recuesta en la cama y me invita. Yo me acerco para besarle el cuello. Pronto estamos tirando. Rápido, rápido. La cama cruje horriblemente. Ella se contonea, gime,  balbucea “no”, “sí”, pasa la lengua por sus labios, hasta que dice que ella no es "eme", que su nombre es  Jennifer; “¿no te importa?”, pregunta.

La dejé sola en el cuarto y me fui. En una esquina no aguanté más el dolor en el pecho y lloré, maldiciendo mi estupidez, reprochando mi inocencia. "Eme" no aparecería así como así, debí tenerlo claro, ni en su parque sin nombre; si el parque es una imagen, la virtualidad sin límites. "Eme", ayúdame, rogué, sácame de aquí, hazme liviano, como cuando nos escribimos, en que todo, todo, es veloz y fabuloso, ¿entiendes? Esta calle es un asco, hay olor a pollo frito, los basureros están rebosantes de papeles grasientos, condones usados, envoltorios de chicles, ¡cómo dejé que esa puta me engañara!, y no te lo puedo confesar, no podría llegar a la oficina a detallarte mi experiencia, donde la náusea se instaló en mis zapatos.

Frente a la pantalla. Más calmado, aunque me tirita el párpado izquierdo con una insistencia neurotizante. Me da vergüenza escribirte, prefiero leer tu único mensaje: esas tardes ya no existen, escribes, categórica.  No hay firma, tu "eme" ínfima y delicada ha desaparecido. Es como si el mensaje no lo hubieras escrito tú; parece una sentencia; de hecho, lo es. Y también es un adiós, lo presiento, no llegará nunca más un mensaje tuyo a mi casilla. El corazón se retuerce dentro de mí, se me hielan las manos, trato de escribirte y no puedo, no sé cómo pedirte perdón, porque tú estás enterada, ¿no es así?, de alguna forma te las arreglaste para saber que soy un desgraciado.

Salgo a la calle y entro a un topless, en un rato más comienza el  show me avisa un mozo con aliento a ajo. Pido un trago.  La música a todo volumen. Me hundo en la silla, no sé qué hago aquí, quizás debería convencerme de que soy un tipo común y silvestre y no un poeta, que mi familia me espera en los suburbios, lejos del centro, en esos barrios donde miles de casas son iguales y los vecinos realizan reuniones para planificar un cierre en el pasaje o contratar a un cuidador armado; un tipo que se las da de sensible cuando en la oficina le espera un papeleo de proporciones. Frente a "eme" fui un enmascarado, una especie de Zorro de las comunicaciones; quizás ella ni siquiera tenga los ojos grises, jamás me envió una foto, se disculpó diciendo que no tenía; yo tampoco lo hice: las secuelas del acné siempre han jodido mi existencia. Pero "eme" puede volver, algún día le escribiré y seré sincero. Así soy, le diré.  Y ahora estoy aquí, esperando que llegue la noche. Miro por una ventana. En el horizonte se mantiene una franja infame de luz que no permite que llegue la oscuridad. Los colores son más ambiguos, el ruido del tráfico es aún más ensordecedor. Sé que otras noches llegan nerviosas y rápidas, como un cuchillazo. Y esto sucede en ciudades sin ningún destino. Como ésta, donde la monotonía no es un asunto del clima, sino  que es una arcada que no termina.

Así soy y quiero conocerte. No me importa si eres secretaria o dueña de casa, no nos debería importar, ¿no es cierto?  Eso escribiría. Capaz que mañana mismo lo haga, ¿por qué esperar? Le contaría lo de la puta, el engaño. Le contaría de mi infancia pidiendo limosna a la salida de las iglesias, el cura llamándome: “ven, cabrito, mira lo que tengo”, vagando cerca del Matadero, mientras mi mamá trabajaba emperrada y llegaba cansada y ojerosa  a darnos las sobras del almuerzo de los patrones. Y de cómo surgí  hasta tener lo que tengo, que no es gran cosa, pero salva.

Al tercer trago pago la cuenta. Las muchachas corren de aquí para allá envueltas en batas y con unos tacos de veinte centímetros. El mozo me alerta que en cinco minutos más comienza el show y que si me interesa una chica puedo pedir un privado. Sonrío, no es mala la idea, pero la cabeza me va a explotar en cualquier minuto. Al salir, el viento me refresca. No querría llegar a casa, no querría llegar a ningún lado. Cruzo por un sitio baldío para acortar camino; una ambulancia pasa a unos metros, me tapo los oídos. Los cartoneros comienzan su tarea de destripar las bolsas de basura, en busca de botellas y cartones.  Queda poca gente en las calles. No sé por qué me acuerdo de esa película que vi en el cable donde un  tullido  con una tos del carajo muere en un bus rumbo a Florida. Huevadas.

El día se acabó para mí. Decido que es mejor volver a casa. Tomo un taxi. El tipo ni me habla, va silencioso escuchando música a un volumen muy bajo. Miro la ciudad oscura, un perro rompiendo una bolsa de basura. Y así pasan las calles, una detrás de la otra. Llego. Entro despacio, voy directo a la cocina. Nada para comer. Subo despacio al segundo piso, me preocupa ver luz en el dormitorio de los niños. Me asomo, ellos no están. Voy a mi dormitorio. Nadie. Hay un papel en el velador. Es un mail impreso: esas tardes ya no existen. 


*Este cuento fue escrito antes del año 2000. Fue publicado en el diario La Segunda, Chile, en 2014. 

1 Comentarios:

J. R. Infante martes, febrero 24, 2015  

Un relato de actualidad donde el drama de la soledad sobrevuela por la mente del lector. Una paradoja de perfecto encaje.- Un abrazo

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