El olor del placer


Me llamo Manuel. Así de simple. Ahora fabrico guitarras. Aprendí aquí, en el taller. Pero usted no quiere hablar de cuerdas, sino de mi historia. Qué divertido: la verdad cambió de nombre. Digo ‘historia’ porque a veces me gustaría que fuese mentira, algo leído en un diario viejo, no un diario que uno busca en una biblioteca, sino el que está arrumbado por ahí, entremedio de trastos viejos, meado por los gatos o mojado y vuelto a secar. Usted dice que no voy al grano. ¿Cuál es su apuro? He aprendido a tener paciencia, los años de cárcel enseñan que el sol se mete por esa ventanuca y después sale por esa otra. Claro que en el tiempo de la niña yo era otra persona; ella, la cabrita, quería un abuelo, pero nunca le pude dar en el gusto. Tatito Mamel me decía. Tatito Mamel, arréglame el pelo, Tatito Mamel ¿juguemos a las escondidas?, y así. ¿Que cómo era yo? Pobre como las re cachas, ambicioso y malagestado, solo, nunca me casé ni quería una cabrería muerta de hambre y piojosa revoloteando por ahí, con las patas embarradas, pidiendo, siempre pidiendo. No, señor, yo vengo de una familia numerosa y sé que la cosa es difícil. Y esta niñita sola... en una casona inmensa, con una empleada vieja que arrastraba sus piernas con várices como una condenada. Así llegué, con una mano por delante y la otra por detrás. Querían un encerador, que limpiara vidrios también, quizás porque la vieja ya no se la podía y puro pasaba en la cocina escuchando la Radiotanda, usted que es periodista se debe acordar, ¿no? Bueno, ahí empecé yo a envirutillar ese parqué tan grande. Y la virutilla era finita, porque así le gustaba a la patrona, ni una raya podía dejar; así que, calcule, cuadrado por cuadrado iba yo, a mano, señor, porque si ella me pillaba haciéndolo con el pie, me gritoneaba hasta que le daba puntá. Después que dejaba el piso del estar y de los cuatro dormitorios virutilladito, barría. Entonces venía la parte más descansada: pasar un paño con varsol. Aún tengo el olor pegado a mis narices. Me acuerdo un día en que andaba medio tiritón me mandé un taconazo de esa porquería, casi me morí, pero como la mala hierba nunca muere... seguí dándole y olvidando las penas.

La Bernarda me daba almuerzo en la cocina; ahí fue que conocí a la niñita. Ella llegaba del colegio y le servían al lado mío. Ni comía el pajarito. Me hacía hartas preguntas y se reía y me mostraba las costras de sus rodillitas sucias. Era tan liviana que cuando la vieja se iba a ver su novela, yo la levantaba con una sola mano y jugábamos al avión. Usted estará pensando que todo era miel sobre hojuelas, como dicen. Yo trabajaba, jugaba con la niña, después seguía con los vidrios y, al final, me encariñé con ella... bueno, no sé si me encariñé, pero le tenía lástima...,tan solita en una casa tan grande.

Me gustaba mirarla. Hacía las tareas y me preguntaba cuestiones que ni sabía. Igual intentaba ayudarla, con lo que fuera. Me ponía detrás de ella para puro olerle el cogotito medio sudado. Un día estuve a punto de lamerle los dedos entintados. Quería pasar mi lengua por cada uno de ellos, dejarlos limpios. Me contentaba porque ella me mostraba todas sus costras. Se levantaba la faldita y yo las besaba, sana, sana... Volvía a mi casa destartalada con su olor... Pasaba a comprar varsol y, solo, me dedicaba a sorbetear. Esa parafina hacía acordarme más de ella.

Fui muchas veces para allá, años... Shhht..., déjeme pensar, tanta pregunta que hace usted... ¿quiere que siga o no? Bueno... ella creció y seguía con la lesera del Tatito Mamel, pero su voz había cambiado. Había algo de ronquera, algo arrastrado, como si las palabras se le atoraran entre medio de esos pechitos de mandarina que ya tenía. Ven, Tatito, ven, mira, y se subía la blusa y una sonrisa enorme se le dibujaba en la cara. Al principio ni la miraba y la echaba..., déjeme trabajar, váyase a estudiar mejor será, no la vaya a pillar su mamá. Mi mamá no existe, Tatito, ¿acaso la has visto en los últimos cinco años? Y se iba, me dejaba acezando. Esa voz tan dura no tenía nada que ver con sus facciones tan delicadas, si era como un ñato fumador...como yo que me la pasaba con el pucho colgando mientras enceraba o en el momento en que aspiraba el aroma del varsol…, tan rico después de todo...

Hmmm, aún siento ese olor, y después... ¡pa’dentro, mierda!, y cómo dolía, si ya tenía la garganta hecha añicos..., y el dolor de tripas espantoso, la diarrea...

Disculpe, usted no quiere saber de mí, sino de ella...

Harto coqueta la cabra, sería porque pasaba viendo tele y de ahí, imagino, habrá aprendido tanta cochinada. A mí me mostacearon por pervertido, por degenerado, por asesino, pero la cochina era ella, señor. Primero fue la blusa, después me mostró los calzones...

Ay,Tatito Mamel, gemía revolcándose en el suelo, ay, tócame. Y la toqué. La arrastré al cuartucho donde yo me vestía, la hice aspirar varsol para que se emborrachara un poco y se entregara con más indecencia. Me gustó que me pegara mientras se encaramaba arriba mío, a trasero pela'o, me gustó que me mordiera los labios cuando la apreté contra mí, fuerte y descansé mi cabeza en sus hombros blancos de virgencita destripada. La casa sola, la mamá en algún viaje y la empleada vieja que ya ni veía ni se daba cuenta de lo que sucedía con su mocosa. Como usted ve, nadie me creyó, aún nadie me cree. ¿Sabe? No me arrepiento de haberla manoseado hasta el cansancio. A ella le gustaba. Cerraba los ojos azules y se relamía como una gatita bien tenida. Y yo le decía que mi nombre era Manuel, no Mamel. Repite. Manuel, Manuel. Tatito Mamel contestaba ella, haciéndose la cría. Vena, haga cariñito a la niña que tiene chusto. Harto loca estaba... y ahora me da pena haberle dicho “loca” en su cara, justo en el momento en que su virginidad se iba a la cresta, justo en el momento en que, adentro suyo, le tapé la boca con la mano para que viera que ya no la quería sino que todo lo contrario, comenzaba a odiarla, con el mismo odio que sentía por mí mismo, cuando me tiritaba el cuerpo y debía empinarme el varsol hasta la última gota.

Pero a ella ni le importaba que la odiara o que la amara, no sé. No le bastó con la primera vez, siempre quiso más y más. Decía que si no le daba en el gusto me acusaría a su mamá. Entonces yo la pescaba de un ala y me la llevaba al cuarto para embadurnarle las piernas con cera líquida y así, bien hediondita, la iba lamiendo hasta hacerla gritar.

Muchas veces quise no volver a poner un pie en esa casa. La chiquilla me tenía embrujado porque no sólo era encerador sino que jardinero, cuidador y plomero. Prácticamente vivía allá, abonando las rosas, arreglando alguna llave y, por supuesto, mandándomela al pecho. Claro que la cosa no podía durar más tiempo. Yo veía cómo llegaban los amigos, las veces que la llamaban por teléfono o cuando iba al cine con algún espinilludo y regresaba toda cocoroca, haciéndose la mosquita muerta. Pronto acabó pololeando y atracando delante de mí, sacándome pica, la muy desgraciada. No volvimos al cuartucho. Ella lo hacía en el sofá, sabiendo que yo la espiaba. Después que el tontorrón se iba, se paseaba desnuda, alardeando sus pequeños moretones, sus chupones en el cuello, pasada a pico, con las tetas enormes de tanta saliva, bamboleándolas y mirándome sonriente y susurrando “Ay, Tatito Mamel, él me hace cosas malas”. “Querís que yo te haga algo bien malo”, le respondí. Me abalancé sobre ella, le sobajeé la boca con un trapo impregnado en varsol y me la llevé a mis territorios. La lancé arriba de unos sacos de arroz que la madre acaparaba y comencé a apretarle el cuello, mientras ella se reía pensando que era uno de los tantos juegos, trataba de hablar, movía sus brazos como un pájaro, de esos que uno ve aleteando apenas cuando los atropella un auto...Mamel alcancé a oír, un Mamel bajito y tan insistente, cabra de mierda, cabra rica, mis manotas en su cuellito de muñeca, todavía se contoneaba, cuándo iba a pensar que la estaba matando, o quizás sabía y eso le gustaba, claro, capaz que le estuviera haciendo un favor. Quedó morada, ¿o azul? No recuerdo. Lo que sí tengo claro es que la zamarreé y le grité: 

"Ahora, dime Manuel, ¡ M-a-n-u-e-l !", pero ella, la Carmencita, no dijo ni pío.

* Cuento inédito de L. Elphick.


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