EL CRUJIDO DE LA SEDA


El crujido de la seda I

-Entonces, ¿qué arma prefiere?

-  Navaja.

- ¿Dónde?

- Aquí.

- Ahí sale más caro.

- No importa. ¿El cheque se lo hago cruzado o abierto?

El hombre rió.

-Sólo efectivo. Mire, allí hay un dispensador de dinero. La espero. No tengo apuro.

La mujer puso el fajo de billetes en el bolsillo de la chaqueta del hombre. Él la llevó a un callejón sin salida para proceder con el encargo. Ella se sacó el pañuelo de la cabeza. Estaba totalmente calva. El hombre sintió lástima y fue rápido. Recogió el pañuelo haciéndolo crujir; luego, lo puso en la cara de la mujer y caminó hasta el terminal de buses. Antes, le regaló sus guantes a un pordiosero. 



El crujido de la seda II

Dos harapientos conversan junto a un tambor en donde arden cartones y papeles. A unas cuadras, hay policías y ulular de sirenas.

-¿De dónde sacaste esos guantes?

- Me los dio un tipo.

-Préstame uno. Hoy sí que hace frío.

-Toma el derecho.

-Yo quería el izquierdo.

-Cagaste no más.

-Mira, se están llevando a la mujer.

-Tengo algo que es de ella.

De una bolsa de plástico el hombre extrae la esquina de un pañuelo ensangrentado, y agrega: -Es fino.

-¡Esconde eso!

-Y los guantes, ¿adivina de quién son?

El otro hombre arquea las cejas.

-Del jetón que le rebanó el cogote.

Los dos se miran y callan. Con displicencia se sacan los guantes y los botan al tambor.

-El pañuelo no lo voy a quemar. Porque va a crujir, estoy seguro.
-Loco culia'o.

Los hombres se alejan con sus bártulos. Oyen un frenazo y el golpe.

-Segundo atropello del día.

-Quizás consigamos algo.



El crujido de la seda III

Es medianoche. Los harapientos van en la parte trasera de un camión destartalado. Uno de ellos golpea el vidrio trasero y grita: -Déjenos aquí, jefe. El vehículo se detiene en la berma del camino. Los hombres bajan.


-Y ahora, ¿qué hacemos?

-Nada. Caminar.

-¿Tú crees que el jetón nos va a encontrar?

- No sé, ñatito. En una de ésas…

-Si no hubiéramos quemado los guantes, otro gallo cantaría.

- ¡Y dale con que va a llover! Si no me busca por los guantes.

-Entonces, es por el pañuelo. Te dije…



Los hombres se internan en un matorral y comienzan a recoger palos para hacer un fuego.


-Tienes la cabeza dura como piedra, huevón.

-¿Y por qué, entonces?

- Porque soy testigo, ¿así le dicen?; vi todo. Ella le pasó plata pa’ que la matara y él la mandó al patio de los callados. No se demoró ni un minuto. Luego, el jetón me dio los guantes: -Tome, buen hombre -dijo. Y yo puse cara de perro apaleado. Pero, cuando se fue, corrí a ver a la mujer. Le saqué el pañuelo. Todavía estaba viva.

-Un verdadero drama…

- Cállate, ¡qué sabe el chancho de confites!



El hombre retira una chaqueta de la bolsa de plástico. Se la pone en los hombros. Revisa los bolsillos. Encuentra un papel doblado en cuatro. Lee:

-Camarón cristalino con arroz chaufán; costillitas de cerdo con salsa agridulce…

- Se daba sus gustos el finado.

- La chaqueta era un robo, ¿me sigues? Y ladrón que roba a ladrón…

-Ya, ya…

-Estamos como Vladimir y Estragon.

- ¿Qué?

- Que estamos esperando que Godoy nos mate.



El harapiento ríe. Se coloca el pañuelo en la cabeza. Tirita.


-¿Así se llama el jetón? Y no me habías dicho nada…

-Duérmete, mejor será.

- Duérmete tú.

-No, yo haré guardia. Buenas noches los pastores.

- Pa' vos serán buenas.

-¡Shtttt!



El crujido de la seda IV

El pañuelo es morado y amarillo, con caballos pequeñitos, de color marrón. Lo usé en el cuello como una corbata suelta. En ese entonces, la seda no crujía; era suave, fluía en mí. Suave de  piel enmascarada de galopes, protegida del viento de las extensas llanuras, aquellas praderas que continúan hasta la costura en ángulo recto. Y los tepees, marrones también, eran mis múltiples hogares. El fuego se consumaba en el rito necesario del calor; hervía el agua en la olla mientras tú y yo nos acariciábamos en esa eternidad tan propia del amor. El pañuelo sabía esperar en el rincón donde la luz entraba fragmentada.

La enfermedad vino con expresión impávida. Pronto, fue una sutura de finales rotos. Soñé con cuchillos, con el filo de una proximidad que no llamaré ‘muerte’. No ahora en que me miro al espejo y observo mi cabeza sin pelo. Primero, me hice una trenza. Una larga y negra nervadura, un cordón umbilical, una risa amarrada. La tijera hizo bien su trabajo. Cortó donde tenía que cortar. Después, fue fácil. Tijeretazos, juegos, y los pelos caían y caían arriba del lavamanos, en mis pechos, en el suelo. Tenía la boca llena de pelos cuando el zumbido me repletó los oídos de dobleces, alforzas y encarrujados.

El silencio apareció cuando gozaba de mi cráneo. Era la acción rápida del espejo que me devolvía la trenza para guardarla en el cofre y olvidar el pasado para siempre. El pañuelo formó parte de mi futuro, era el porvenir. Los caballitos relinchaban en mi cabeza. Fue un lapso (para qué decir ‘de tiempo’) de felicidad en cuclillas.

No quiero hablar de lo mal que comencé a sentirme. No quería empequeñecerme y cantarle a mi pellejo la marcha fúnebre.

Pero los cuchillos sí cantaban su melodía de afilada zampoña, mientras los caballos, cansados de correr, pastaban en esas praderas sedosas.

Sabrás disculparme si no vuelvo. La verdad es que ya partí y me alejé, ya caminé por mi época convulsa, ya vi la guerra y el hambre con boca de amapola. Te vi desnudo y sonriendo, dispuesto a amar, palabra por palabra. Ya escribí. El mar-tigre de arena; loba de mentira. Ya escribí. Ya viví.



El crujido de la seda V

Los harapientos conversan en una esquina.  El gentío repleta la gran avenida.  Hay luces multicolores, música, pantallas gigantes, serpentinas. Un animador vestido de esmoquin avisa que sólo quedan tres minutos. Todos gritan y alzan sus botellas de champaña.

-Por aquí debe andar Godoy.

-Mira, ahí está.

-¿Dónde?

-Ése de ahí, ése. El que le está mirando las tetas a la rubia. El de gorro frigio.

-¿Gorro qué?

-¡Ja! ¡Me crees todo lo que digo!

-Claro que te creo. Si el jetón nos pilla...

- Y si nos pilla, ¿qué? Me cansé de andar arrancando.

-Eres huevón al cuadrado. Te dije que botaras el pañuelo, pero no, tenías que guardarlo como si fuera una joya. Deshazte de él antes de que termine este año.

-Ni cagando. Es mío, mío, mío. Me hace dormir, me abriga, me protege. Y cruje cuando tiene que crujir.

-En todo caso, dicen que el mundo se va a acabar y si el mundo se acaba, Godoy también.

-Y nosotros. Aunque me imagino que si escondo bien el pañuelo puede resistir la peste y los bombazos.

-Tonto. Es lo primero que se va a quemar. Y yo voy a estar feliz porque ese trapo nos ha traído puras desgracias.

-Ya, cállate. Falta poco.

-¿Nos darán algo esta noche?

-No.

-Otro año, compadre.

- Otro.



El crujido de la seda VI

Finalmente, Godoy acuchilla a los harapientos. Los dos hombres se desangran en una esquina oscura. La ciudad continúa su ritmo de lagartija con la cola cercenada; bocinazos lejanos, perros hurgueteando en los tarros de basura, una puta disfrazada de mucama espera apoyada contra una pared hedionda a orines.


-En todo caso, me alegro.

-¿Y de qué te alegrai, huevón? Ya nos pifiaron el paño.

- Por más que buscó, el jetón no encontró el pañuelo.

- Hmm.

- Hasta aquí no más llegamos.

- Fue bueno conocerte.

-Lo mismo digo.

- Se me helaron las piernas.

- Y a mí los dedos de las manos.

-Toma.

-¿Y tú?

- …

-Gracias, compadre.

-De nada. Si cruje, no te asustes. La seda es así.



***






Estos textos pertenecen a Confesiones de una chica de rojo, Mosquito Comunicaciones, Santiago de Chile, 2013.


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