FÁBULAS, de Lilian Elphick

Foto: Budka

Tigre y Fábola I

Érase una vez un tigre mudo en el espacio sagrado de los tigres.
Érase una vez una escena repetida: alguien ama y pregunta. Alguien que lee cuerpos y pregunta. Alguien que imita un rugido sin historia.
Sólo será una (des) esperada que busca y de tanto tigrar cae en esos huecos que produce la voz: un tiempo enorme y fugitivo en su espiral.
¿Fue sólo un nombre brutal, una sonrisa que el viento llevó a la copa de los árboles, una palabra indecible?
Érase una vez un tigre y una fábola. Ella lo llamaba; él, escribía en la tierra. Y ella llegaba para que la lluvia borrara el mensaje. Entonces, la fábola gritaba y se embarraba, gritaba la loca maldita arrancándose los caballos que galopaban en su cabeza. Un dolor tras otro en aquel gesto inmediato.
¿Dónde estás, cachorro?, parecía decir ella, con el cariño tan propio de las fábolas. Pero, en el fondo, muy adentro, lastimaba su sangre con baladas pasadas de moda. Y el tigre mudo lo sabía.  Por eso cazaba su sombra con una red para lepidópteros.
Esta así y comienza fábu


Tigre y Fábola II

-Ven, caminemos un rato.
- Hasta cansarnos de ficción.
Tigre y Fábola despedazan la calle que, a esa hora, es un río de palabras.
-Esta historia no tiene salida.
-Ni entrada, ¿te diste cuenta?
Tigre ve luz al fondo de su silencio; en cambio, Fábola juguetea con su pelo que es la lectura que todos quisiéramos tener.
-¿Dijiste algo?
-No.
Tigre y Fábola cruzan el sendero de espinas. Y he aquí lo más extraño: no hay dragones ni  la Zweihänder usada por Grutte Pier.
-Tendremos que volver.
- A ser lo que no somos: dos nombres sin piel.

Al callejero ilustrado

Fábula feliz

Lejos del arca y las aguas primordiales, Tigre se encuentra con Fábola. Se miran largamente hasta que las pestañas trenzan esta historia. Respiran. Huelen. El tiempo es ese mismo instante y vuelve al encuentro, por el placer de repetirse.
Tigre y Fábola llevan cascabeles al cuello: ahí viven las palabras, atrapadas, pero felices.
-Esto me incomoda –dice Fábola, estirando su mentón.
Bastan el brillo de un incisivo y un chasquido de lengua para que los collares de la memoria caigan al suelo, desgranándose. 
-Ahora podemos despedirnos sin el peso de la literatura –declara Tigre, sacudiendo sus rayas que rebotan hasta hundirse en la tierra.
-¿Qué es la literatura? –pregunta Fábola, mientras desaparece con la mejor de sus sonrisas.


                                
                                                         A Juan Yanes y su fabulosa Máquina de coser palabras
                                         

Fábula blanca

La fábula que no es fábula busca en sus propios pasos el comienzo de la historia. Espesa niebla borra sus huellas; garúa persistente moja su entusiasmo; humo de la escritora la encierra en el cofre lenguaraz; mano traicionera la describe con timbres de agua. Pero fábula conoce su destino y ya sabe el nombre de las piedras. Tropezará con el liso recuerdo; pateará al redondo olvido; cruzará el poroso amor en puntas de pie, con los zapatos en los sobacos y el silencio desabrochado. Pronto divisa el inicio donde todas las palabras se reúnen. Como es natural, a ésa hora y con ése frío, ellas duermen. Y no es capaz de despertarlas. Si mira hacia atrás, es muy probable que el tigre la convierta en exfoliante para los talones. Entonces, cierra los ojos y espera que llegue el final.

Fábula eficaz

Tigre pasea por los costados de Fábola, recogida en caracol y silencio.
-Manifiesta tu razón de ser, Fábola mía- inquiere él.
Dentro de los habituales abismos, una palabra que es río navegable. Ella no dice nada, no se mueve del lugar asignado. Y así pasa el tiempo. Tigre se queda junto a ella. Y pasan años, siglos, milenios. Y Fábola no habla.
-¿De qué me sirven estos ojos? ¿Quién se atreve a pronunciar el amor antes que el cuchillo? –se pregunta la escritora frente al texto inconcluso, agonizante y tan tremendamente solo.

Fábula del abandono

Un día, Tigre miró por última vez a Fábola, y partió a las praderas del cazador y de la sangre, donde la luna siempre estaba llena y podía alumbrar todos los deseos.
Entonces, Fábola se decidió a hablar y dijo:
Soy una voz que se aleja hasta hacerse inaudible.
Soy un corazón que huye para encontrarse con su propio miedo.
Soy palabra sin significado.
Soy silencio de las manos.
Camino con los zapatos al revés.
Dejo esto, ahora, en blanco
Y así, Fábola, abandonada de sí misma, fue recogida por la escritora que cavó y cavó hasta depositarla en lo más profundo de sus sueños.

Bluf

Yo te voy a contar algo, le dice Fábola a Tigre. Acércate más, quiero sentir tu oreja peluda. No me mires con esos ojos, olfateando mis intenciones. Cuidado con esos colmillos, me partirías en dos, y será mejor que repliegues tus garras. Pero, ¡qué arisco eres, Tigre! Sólo te voy a relatar una historia con esta voz que el tiempo ha amansado. Escucha bien:
Por los caminos que aún no lo son, van el hombre y la mujer persiguiendo palabras. Ella, las quiere todas; él, sólo algunas; las justas y necesarias para emprender el viaje de regreso. Pero ambos deben cruzar el umbral de la zarzamora y beber la pócima de los significados múltiples, roja por fuera, negra por dentro, con el dejo de amargura que toda búsqueda supone. 
Las palabras no aparecen, por más que ella las vea en cuatro dimensiones y a él le brote la sangre rasguñada en calidad de vino de mucho cuerpo.
No desesperan. Saben que las palabras precisan una boca que las diga. A veces son tímidas y se convierten en globos que explotan cuando menos se espera. Ella, de fino oído Lynx caracal, salta con los primeros reventones. Y busca y rebusca entre la hojarasca; inventa el camino para hallarlas. El hombre, en cambio, ya tiene a una en su mano derecha, que está empuñada, lógicamente. También hay cuatro pequeñas en sus bolsillos, gritando de pavor ante tanta oscuridad.
La mujer ha cazado a la más grande y mantiene silencio. Es de pronunciación imposible y muerde fuerte. A pesar del huracán de dientes, la guarda en medio de sus pechos, hasta que se le pase la rabieta.
¿Qué tienes ahí? –pregunta él, con un saco de palabras al hombro.
-¿Yo? Nada -responde ella.
Entonces, el hombre escudriña en el escote y sólo ve un par de pechos albos, como lunas de Federico, y una hormiga despistada.
-Volvamos mañana –dice ella con lágrimas en sus ojos. Hoy no tuve suerte.
-Mira, ya tenemos un camino que recorrer de ida y de vuelta. 
En sus ojos están clavadas las lunas, perfumadas de misteriosa atracción.
-No me había percatado –contesta la mujer ataviada de sueños y magias, segura de que ya no hará falta cruzar los dedos ni tener un as en la manga.
Fin.  ¿Te gustó? ¿Tigre?
Tigre finge dormir. Por primera vez, venció su desconfianza y colocó su cabeza en el regazo de Fábola, que ríe al pensar que Scherezade tenía razón.

Fábula perenne

Tigre y Fábola han llegado a  la copa del árbol de la sabiduría.
-¿Qué ves?
-Hojas.
-Si quieres, te puedo contar el coloquio de los pájaros.
- No. Esperemos que uno de ellos trine.
-Estamos solos.
-¡¿Hay alguien aquí?!
-Yo.
- Silencio. Creo que oí algo.
-Es el viento.
-No. Son las palabras y las cosas. Han venido a entregarme el poder. ¡Aquí estoy!
Fábola empuja a Tigre y lo bota del árbol. Abajo está la ciénaga, el incontrolable murmullo de los gestos.  Poco a poco, Tigre es un tigre cualquiera, enterrado en el barro, tratando desesperadamente de huir.
-Tú nunca has hablado. Todo es apariencia.
El árbol se esfuma. Fábola permanece en el aire, aleteando junto con otros pájaros que han venido a hablar de la vida y de la muerte, del amor y del odio, de la belleza y la fealdad.
El animal ruge, encerrado en su verdadera esencia.

                                                                                            
  A Farid Uddin Attar


Fábula del misterio


Fábola se está convirtiendo en un misterio. Tigre la lee por aquí y por allá y toda ella es una advertencia y una conclusión de puerta abierta.
Ya ha corrido suficiente sangre por las ramas del árbol del bien y del mal.
Hay una cortina que Fábola utiliza como velo. Tigre logra identificar a la odalisca y a la dama, a la diosa y a la arisca gata, a la scort y a la ludópata, a la ingenua y a la cínica.
Tigre le ofrece una manzana para que ella sea una, sólo una, pero Fábola es la manzana acribillada de lujuria. ¿Se entiende?

Fábula del tiempo

Fábola y Tigre han decidido tomarse un tiempo. Él es el primero en beberlo.  Ella tiene un poco de miedo, pero Tigre la incita a coger la copita y tragarse el líquido de una sola vez.
-Amargo.
-Más bien ácido.
-Como el limón.
-Pero con un toque de cicuta.
-Oh, sí.
Y así hablan hasta que el tiempo surte efecto. Los devora de inmediato, sin el trivial acto de canibalismo.
Fábola y Tigre se miran. Son un par de desconocidos en la enormidad de las praderas amarillas.

Fábula de la pasión

Esto que ves aquí se llama pasión -dijo Fábola, mostrándole a Tigre dos seres diminutos, iguales a ellos, que reían a la luz casi cegadora de la intriga, y que jugaban al corre que te pillo, entre brincos de besos, sin interés alguno en definir lo que les pasaba a esos dos gigantes, iguales a ellos, que los miraban desde el opaco reflejo. 

Clic

Eros y Tánatos han jugado toda la noche a la ruleta rusa, pero sin arma, ya que ambos detestan la dispersión de masa encefálica. Clic, dice Eros –vestido de látex y con látigo en mano-. Clic, contesta Tánatos, muerto de la risa. Clic, clic y clic, repite, antifaz a lo Zorro, sin corcel ni luna.
Llegan Fábola y Tigre.
-¿Podemos jugar con ustedes? –coquetea Fábola.
-¿Disparas tú o disparo yo, muñeca? – arrecia Eros, haciendo restallar el látigo en el delicado suelo de la ficción.
Tigre se adelanta.
-Yo disparo. 
Saca su Magnum .357 y desactiva el seguro. Apunta a Eros.
-Dispárame a mí –grita Tánatos. Perfórame esta tensión que tengo desde hace siglos, siglos estelares. ¡Mátame, mátame!
-¿What are you doin’, honey? ¿Estás loco? –musita la ardiente Fábola, mientras se acomoda el ajustado vestido color carne.
Tigre dispara. Todos abajo. Eros, en un charco de sangre, agoniza, atravesado por la bala con base de plomo unida a ojiva cónica de latón macizo.
-Vamos, preciosa – dice Tigre. El juego ha terminado.
Antes de morir,  Eros murmura a Tánatos: -A la cuenta de tres, ¿ya?


Fábula fácil

Tigre y Fábola se han cansado de sus nombres. Vagan por el desierto de las ideas, arrastrando prejuicios, elucubraciones y deseos. El sol les quema la historia, hecha de tiernos brotes de principio, que es una planta muy rara.
-Yo me llamaré Nadita –dice ex Fábola, limpiando el sudor de su frente.
-Y yo seré…, yo seré… 
- Fácil. Te llamarás igual que yo.
-Así sea. Fácil. Me gusta. Breve y con tilde en la a. Como el viento.
Muy cerca, detrás de unas rocas, Lagarto Juancho explica a Tristón:
-Lo que pasa es que la escritora los tiene así. 

Fábula corporal

 No tuvimos un cuerpo que desear –dice Fábola mirando la luna de noviembre, imprecisa como ella misma, envuelta en el halo mágico de las palabras y pronta a ser sólo sonrisa, como Cheshire.
Tigre duerme en ovillo a rayas. Sueña con una mujer saliendo de la ducha. Ella canta. Ella es. Y el olor del café refresca la mañana.
Fábola –que tiene el don de ingresar en los sueños de Tigre- le da un par de latigazos de pelo mojado y murmura algo acerca de la inconveniencia de pasar de la realidad a la ficción dejando caer la cucharita al suelo.

Fábula de la ausencia

-La música, como las palabras, nos llevan a la ausencia –dice Fábola, tejiendo una larga chalina de esperanzas.
-¿No me ves? –pregunta Tigre.
- Mi corazón te ve. ¿Es suficiente?
Tigre calla. Desde su invisibilidad, traza el laberinto del deseo, que es una especie de bomba enana.
Fábola silba una canción.
-¿Te acuerdas?
-Sí – responde Tigre con lágrimas amarillas resbalando hasta sus bigotes blancos.
-Ahora te veo –dice Fábola, moviendo las orejas que son pura irrealidad.
- Era el tiempo de la música, de los sonidos, Fábola querida. Era el tiempo de la escritura cosechada. Éramos trigo trigal sin tristezas. Y corríamos por las praderas, las nuestras, las que nadie conoce. ¿Recuerdas?
-Tengo un nudo en la garganta.
-Yo también.


Fábula del silencio

-Bebamos el silencio de a poco, Tigre. Sorbo a sorbo, como si estuviéramos deshidratados.
-De tanto hablar se nos fue la predicción de los días, volaron los mirlos del calendario, el deseo quedó encima de la mesita de noche, junto al manual de los olvidos. Y de las noches, mejor no decir nada. Sólo vi que te deslizabas hacia el abismo de mis rayas. Y cuando quise amarte completamente…
-¡Shttt! ¡Bebe!
- Parece agua.
 -Parece, pero no es -dice ella, mojando sus labios con la punta de la lengua.
Fábola ríe y se hunde en el silencio. Tigre apaga las velas. La escritora vuelca el tintero arriba de sus personajes y se marcha.


Fábula del olvido

Fábola se marcha con una maleta muy pequeña. No lleva ropa ni útiles de aseo, sólo las palabras de Tigre: Yo siempre estoy.
El camino es pedregoso y las palabras ruedan de aquí para allá; luego, sienten el silbido del viento, el fragor de los truenos, la lluvia incesante. Las estremece un aullido. Se ponen nerviosas, discuten, ruegan a Fábola que las libere. Más tarde, nada: la noche y su oquedad.  Y así pasan los días hasta que llegan al mar. Ella deposita la maletita en la arena mojada; en un dos por tres las olas la envuelven hasta hundirla en el azul sin brújula.
Fábola ha cumplido la misión del olvido. Comienza a escalar el abismo de su propia historia hasta que la escritora la rescata y dice las tres palabras que ya conocemos.


Fábula del dolor

Un pescador encontró las tres palabras en altamar y las usó de carnada.  Estuvo horas meciéndose arriba del bote. Regresó a casa sin pescado fresco para vender, pero con una maleta en donde guardó sus sueños. La mujer del pescador abrió la valija y vio a Fábola mirando su nódulo de Heberden y jugando a ser Cheshire para así aliviar el dolor. ¿Quién es ella?, preguntó la mujer. Nadie, mintió el pescador. Sólo me ha traído mala suerte. La encontré en el mar y ahí regresará. Entonces, él escondió la maleta en el lugar de las redes.
Cada cierto tiempo la visita. Le lastima verla así, acaracolada en su lejanía y el nódulo cada vez más grande. Pero no quiere cambiar el rumbo de sus sueños: la pescadería florece y su hijo ya ha aprendido a echar el anzuelo a las desgracias.

***
Textos pertenecientes a Diálogo de tigres (2011)


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