K, de Lilian Elphick


                                                        K
Luis Scafati
 K en Riva

Yo seré siempre esclavo de mí mismo, eso es lo que soy, y debo tratar de vivir con eso. (Carta de Franz Kafka a Felice Bauer)

No cuento las palabras que he escrito; si lo hiciera, tendría que medir mis pasos en las baldosas rojizas del sanatorio e imaginar números en cada ventanal que no se empaña con mi exhalación diminuta. Cómo quisiera respirar libremente, pero no basta el amor, no basta el canto de los pájaros ni el aire cristalino de Riva. Ya ves, Felice, Gregorio no está con nosotros; él es la perfección de la soledad, la inocencia plasmada en un papel. Y yo soy el sudor de medianoche, la maldita tos que me recuerda a los trenes de una guerra que aún no se gesta.

Pronto no podré hablar.

Amazilia tzacatl

Siempre andamos migrando, como si pudiéramos encontrar un no sé qué en un no sé cuándo. (Sergio Astorga)
 
-He migrado hasta tus historias, K,  y me he enamorado de tu mano y de tu tinta. Ya no quiero batir mis alas en la rapidez del viento; quiero libar la rosa de tus labios para ser, finalmente, el monstruo de la palabra.

-Te equivocas, Amazilia, soy yo el que migro. Mira mi cansancio, las ojeras de marcado abandono. Soy un fugitivo de mi espiral, un hombre que escribe todas las noches en una sola noche.

Dicho esto, K le pidió a Amazilia que cubriera la jaula para dormir un poco.
 

El sueño de K

 Soñé que era una mariposa; al despertar tenía cuatro alas y tres pares de patas. La noche anterior había estado creando la historia de Gregorio; los papeles quedaron arriba de la mesita de noche. Los miré con mis ojos compuestos. De las blancas hojas escritas con tinta negra voló una mariposa. Nunca más pude volver a dormir.


Homo sapiens

Aquella mañana, luego de un apacible sueño de amapolas, Gregorio despertó convertido en un horrible ser humano. Estaba en posición decúbito prono, arriba de un armatoste y cubierto por un lienzo blanco. Sintió tres golpes en la puerta y la suave voz de una mujer: -K, el desayuno está listo. Intentó bajar, pero se fue de bruces al suelo. Miró con pavor sus extremidades inferiores y las superiores, que terminaban en cinco alas pequeñas, desnudas. Se erguió con dificultad y al segundo tuvo que apoyarse, mareado y asustado. La mujer hacía preguntas que no pudo contestar. Entonces, abrió la ventana y el sol cegó sus ojos. Batió las diez alas con vigor y voló donde nadie jamás pudiera encontrarlo.


Apis mellifera

K. escribe; a veces, llora. Yo misma construí su celda, que es hexagonal, pero es Zánganus el que lo vigila.

-Hoy has escrito muy poco, K. –dice el carcelero –Tendré que notificar a mi reina.

-No le digas nada, por favor; luego querrá que la fecunde una y otra vez.

Y K. desespera y vuelve a estampar historias poco convincentes, que lee en voz alta, aleteando en el delta de la miel.

- ¡Escribe acerca de la verdad, insecto mentiroso! –aguijonea Zánganus.

Esto es lo que me cuentan mis fámulas, cuando la noche es un zumbido irreconocible.


Glossina sp.

Quería saber quién era K. Mientras escribía lo aguijoneé en el cuello. Me dio un manotazo pero alcancé a huir. Muy pronto se quedó dormido.

La pantera me miró fijamente. Soy Tse-Tse y vengo del África, le dije. Será mejor que conozcas al artista del hambre, a dos jaulas de la mía, contestó ella rugiendo. Entonces, lo vi. Me alimento de literatura, susurró desde su sonrisa esquelética.

Volé lejos y al fin he podido soñar que camino por el Valle de Cedrón y que en mis ojos se concentra todo el verde que guarda el amor.


Mimus polyglottos

A Sergio Astorga

Mientras yo escribía, él cantaba en el alféizar de mi ventana. ¿Cómo te llamas?, pregunté. Cenzontle, dijo él trinando historias náhuatl. Soy grajo, pero también escarabajo, confesé; me puedes llamar K.

Cenzontle pidió permiso para entrar. Se posó arriba de mis papeles y comenzó a dictarme las leyendas del aire donde yo realmente volaba con el pelo revuelto, pensando que silbar es otra forma de escribir.



¿Qué dijo Chuang Tzu antes de morir?

Quiero dejarle mi colección de mariposas a Gregorio Samsa.




Blatta orientalis

Un corrido mexicano me inmortalizó. Su música es pegajosa, como yo. Pero, hay algo que me inquieta: un hombre escribe de insectos. Él no me ve cuando paso entre sus zapatos y no sospecha que cuando duerme yo trepo a la mesa y cabalgo las hojas tatuadas. Leo y leo; no me canso. A veces, mastico las esquinas. Su sabor es muy similar a la corteza de los árboles. Al amanecer vuelvo a mi escondrijo y sueño con Gregorio y Grete, con esas vidas tan trágicas. Sueño con Gabriele, Valerie y Ottilie exterminadas en Auschwitz; sueño que no puedo comer y que muero en un sanatorio creyéndome un grajo.



Acherontia atropos

Me dejaron sola. Abraxas grossularatia dijo que era terrorífica; Vanessa polychloros quiso envenenarme; Cossus cossus me sedujo para después bloquearme; Rumia luteolata era una murmuradora; Lymantria dispar tenía otra identidad; Papilio machaon era veleidoso, y Macroglossum stellatarum aseguró ver una calavera en el dorso de mi tórax. 

 Mi mejor amigo, Samsa, me trajo jazmines y un poco de miel cuando caía la tarde. Luego, su padre lo golpeó hasta destrozarle el caparazón.

En la oscuridad, bebí sus heridas, mientras él imploraba la muerte. Fui generosa: yo terminé de escribir su historia.



Nicrophorus vespillo

Soy como soy, señores del jurado. Mi familia es la más antigua del planeta. Ya en el año 1300 A.C., momificábamos los cadáveres de los otros, los inocentes que paseaban cerca nuestro, alardeando de sus élitros transparentes. Silphidus era el encargado de engañarlos. Hasta las ratitas caían en sus juegos de tenazas.

Es cierto que maté a Gregorio. Se miraba todo el día en el espejo, esperando la transformación. Buenos días, Franz, decía frente a su imagen coleóptera, creyendo ver a un muchacho flaco y ojeroso.

No alcanzó a sentir el golpe, lo juro. Escarbé la tierra, lo deposité en su lecho y comencé de inmediato a hacer la bola. Con ella se alimentaron mis larvas, que crecieron y crecieron hasta llegar a ser una multitud de jóvenes tísicos, pálidos y muy melancólicos, todos escritores.



Cicindela sexguttata

Tengo antojos. Estoy engordando y me canso con sólo dar dos pasos. Lo importante es que la ovoteca ya tiene 5 mm. Me crucé con uno que dijo llamarse Gregorio no sé qué. Era muy amable, pero extraño. Habló de su autor, de transformaciones. ¡Hay cada loco en este mundo! Cuando nazcan las criaturas le voy a negar el derecho a visita.





 Los dibujos pequeños son de Franz Kafka

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OJÍMETRO

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