MONSTRUOS, de Lilian Elphick

François Desprez

Monstruo I

Tiene dos ojos, una nariz aguileña y delgados labios. Cuando aparece en el sueño, es él el que corre despavorido y soy yo la que tiene la llave en la mano. Él trata de abrir la puerta, mientras yo lo arrincono y le pongo la cadena al cuello. Lo llevo al sótano y ahí lo encierro. Antes de despertar, le grito: No digas que no te lo advertí.

Monstruo II

Soy un monstruo discreto, de finos modales. Busco compañía. No importa la especie. Esto no es una broma. Estoy solo en los altos de un campanario, a las afueras de K., Biblioteca Municipal, Libro de las Mentiras, tomo XIII, página 2347.

Monstruo III

[cuando se me llueven las manos viene el loco a leerme el libro de las esperas me dice que confíe en esas horas malignas donde el hombre lobo traiciona a la luna escarmenando la lana del cordero me dice que tres deseos bastarán para sanarme del tiempo que cuelga del colmillo de un ángel me dice que la palabra entra y sale del hocico de Aión me dice que ya vendrán soledades mejores que sobe la pata de mono que beba mi sangre y toque y devore este espacio de escritura tan mío y tan tuyo la única tibieza]

 Monstruo IV

Como si quisiera ir al encuentro de mi cuerpo, me monto en mi joroba y desando el infortunio. No sé callar: la oscuridad me ha dotado de muchos espejos luminosos por donde entra la normalidad. Viajo por mis cicatrices; cada una de ellas es una historia que otros cuentan con la voz impostada del terror. Recorro mis distancias, mis dientes podridos, el repliegue de mis alas. Alguna vez tuve un nombre que ahora olvido. Soy, en mi orgullo, un dolor flameando al viento.

Monstruo V

Las teratologías señalan que soy abominable y un vulgar críptido. Gengis Khan y el ejército mongol jamás me soñaron huyendo por las estepas en un takhi de crines rebeldes; Marco Polo no me divisó en ninguno de sus viajes; Darwin no habló de mí. Sólo el Dalai Lama aseguró que era la duodécima reencarnación de Buda. No sé quién es Buda. Ni siquiera sé dónde vivo. Todo es blanco; yo soy blanco. Incluso, la peluda leyenda que vive conmigo, jugando a ser feliz.

Monstruo VI

 Todo monstruo es también mago. De tanto aparecer, desaparece. Nadie lo ve ni lo escucha. 

Yo, por ejemplo, trato de asustar a las damas, pero ellas abren sus paraguas para protegerse de la lluvia que les acaricia las manos y, luego, moja el ruedo de sus vestidos, tan largos como mi ansia. Y ese mismo temporal, combinado con un viento feroz, da vuelta los paraguas y los raja. Ellas gritan, mientras el armado fastuoso de sus cabelleras se deshace, y les chorrea laca y tintura por la cara; los ojos maquillados son una ruina. Las damas lloran aterradas; sienten que “algo” les sube por las piernas: una rata, una araña, una culebra. Y caen al suelo dando patadas, se revuelcan en el barro, profieren insultos, alborotan sus pechos, se abren al placer de mis babas, de mi torrencial impulso. 

Las lluevo una a una, hasta que todos somos un charco evaporándose lenta y definitivamente.

Monstrua I

Un brillo. Una luz. Ahora. Un dolor irisado se te ve en los ojos. Así me miras cuando hemos estado perdidos en la noche, lenguajeando, mientras yo te extraño porque te vas y te quedas y ningún beso florece sobre las almohadas.

Desgloso tus pequeñas trizaduras: es por ahí que te escapas, sin aristas, desarenado, limpio. Y es ahí que soy la piel ajena que a veces guarda la tuya en forma de mi recuerdo. O el hielo que quema su confesión: ¿Sabías que las palabras pueden manifestarse como un puño? ¿Alcanzarás a cobijarte bajo la sombra de mi mediodía?

Poco quiero decir de la añoranza: ritual espejeante; la brutalidad de la máscara.

Monstrua II

Pura subjetividad yo era en la sintaxis imposible del olvido; me miraban con asco, o con lástima. Nunca pude distinguir aquellos ojos donde el artificio se posaba como un cuervo, graznando la imperiosa categorización del espíritu.

Se borraban los epígrafes dada mi condición de huérfana: no tenía de dónde asirme porque toda yo era un mango, asa del destino, gancho puntiagudo; y así continuaba mi cuerpo elaborando estratagemas para no morir colgada, sujeto mi cuello a la soga que, aferrada al clamor de las panderetas, oprimía mis sueños con alevosía.

Me mataron: por mostrarme en la vía pública.

Sólo era una estatua con hilachas de sentimientos. 

Monstrua III

Aspiro pegamento echada en la última esquina de esta ciudad amurallada.  Una "M" cosida a la espalda me identifica. No soy pordiosera, pero la gente insiste en arrojar basura a la geografía de mis cuatro faldas. Sé que el sol sale por ahí y que los perros cuidan mis cosas: el canasto vacío, la remendada capa roja. Mi abuela, antes de morir, me dijo: lleva en tu tobillo este ramito de romero. Y así lo hice. No me gruñen los malos espíritus, aunque a cada rato siento que el verdadero colmillo del lobo se entierra en mi estómago y retuerce los sueños del bosque, donde yo era una niña muy pequeña que estaba enamorada de su hambre.

Monstrua IV

No tengo piernas; un accidente, ya saben. Pero, me movilizo en un carro. “Cortadita” me llaman  los amigos, los que me suben al colectivo. A veces me lleva el bueno de Jonás y no fustiga al caballo para que yo no de tumbos entre lechugas desarmadas  y tallos de zanahorias. Los que no me quieren me tiran piedras y aquí en el descampado hay muchas. Yo sé asustar; me defiendo. Lo que más me cabrea es el silencio. Viene a susurrarme tonteras: monstrua fea, remedo de hembra; mátate, lánzate cerro abajo. Por mientras, aceito las ruedas y afilo el cuchillo  para trozarlo en dos cuando lo pille desprevenido.

Monstrua V

Diré la verdad: tengo una cola larga y peluda, más parecida a la de un castor que a la de un gato, seres traicioneros que dormitan en las camas de los humanos.

La he tenido escondida desde la aparición de mis alas. No quería que los demás se burlaran o que me acusaran al que tiene las llaves (si lo nombro, me descubre). Cosí yo misma la túnica con el guardador de nube comprimida. Ahí vive ella, enroscada como una serpiente, esperando.

Cuando bajo a la tierra, la libero y ella, cómo no, se agita, se menea, y yo soy feliz acicalándola, trenzándola, escarmenándola. Es aquí cuando se produce el milagro: una niña sin dientes, apenas vestida, que duerme bajo un puente, me indica con su dedito y ríe.

Entonces, las dos percibimos la crecida del río.

Monstrua VI

Tú, que has sido más monstruo que todos los monstruos juntos, dime, ¿qué tengo que hacer para que me mires?, ¿cuál dignidad debo lucir cuando el tercer ojo se esconde en los pliegues de mi conciencia?, ¿qué palabra elegir (como si se tratara de vainilla o chocolate amargo) en el momento que mis excrecencias me aprisionan, ¿dónde ir cuando tu ausencia es el espacio sagrado, intocable, impenetrable; a veces, tan innecesario? ¿Dónde alcanzarte mi mano tullida? Porque debes saber que mi mano te buscó en bosques y desiertos, en los páramos de los cibernautas; y la mano no pudo ser mano sin ti. Ahora es la pequeña garra que escribe esto, a duras penas, en mi ciudadela invisible.

***
En Diálogo de tigres (Microrrelatos), Mosquito Comunicaciones, Santiago de Chile, 2011.

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