Mujer frente al espejo

El ojo le dijo a la boca: Mírame.

La boca respondió: Bésame.

El ojo lloró.

La boca se tiñó los labios de sangre.

El espejo reventó en mil pedazos.
.

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La única película que no hemos visto


Y aquí estamos entumidos
como a la salida del cine
en invierno
entumidos y tan solos
dando manotazos al mundo
pálidos y ojerosos
arropados en sábanas deslucidas
de tanto lavado.

Así nos encuentran los días y
noches
incapaces de decir basta
entregados a la disciplina
diaria
al cotidiano devenir de la
muerte
asidos al rebaño a regañadientes
disconformes
frustrados
desolados
soldados de plástico barato
envueltos en pilchas de liquidación
amargados
¡reconoced!
no somos más que marionetas
agujereadas por balines
aburguesados
actuando una mala obra
para la eterna taquilla de siempre.


Cecilia Palma (Santiago-Chile)

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Otros humos






Hombre solo fumando
Jean François Lyotard dice que la era postmoderna se define por la crisis de los metarrelatos, es decir, se pierde el gran héroe y los grandes periplos. Otro teórico francés, Gilles Lipovetsky, habla de la era del vacío, donde la angustia metafísica se trastoca por una total indiferencia. Es el vacío por exceso o sobre consumo, hombres y mujeres reflejándonos en los espejos de Narciso, obcecados por el ombliguismo. Pero mi ombligo me dice otra cosa, pide a gritos que lo amen, y vive escondido en un cuerpo que se hidrata en la ilusoria fuente de la eterna juventud.
Recuerdo a un hombre solo fumando en el Central Park de Manhattan. Había decidido pasar la tarde en el parque recostada en el pasto, leer The New Yorker, dormitar y mirar a esos miles de seres diferentes que hacen lo mismo que uno. Al hombre lo habitaba una soledad tan indecentemente perfecta que me enamoré al instante, característica muy posmo, por lo demás. Ya no pude leer o dormir o solazarme con los muchachos de torsos desnudos y brillantes deslizándose en patines. El hombre fumaba apoyado en el tronco de un árbol, quizás dispuesto a terminar con su vida, como en el cuento de Jack London. No estaba triste, estaba solo y su dignidad al tomar el cigarrillo y acercarlo a su boca me enloqueció. Era un cuadro que pronto se nublaría, una visión fugaz que no podría retener salvo en la memoria del deseo. Mirarlo se convirtió en mi actividad primordial, en proyecto sin agenda ni futuro. Sus ojos eran amarillos; lo descubrí porque en un momento - segundos quizás- clavó su mirada en mí como un dardo de feliz veneno áureo. Imaginé al hombre tendido a mi lado, su mano en mi pierna, abriendo lentamente sus ojos de tigre para amarme y caracolear su lengua en mi ombligo, yendo por camino conocido hacia el pubis anhelante. Imaginé unos años buenos junto a él, una hija, un columpio, un yogurt vencido en el refrigerador, un calcetín huacho en el canasto de la ropa limpia. Pero el tiempo es inmisericorde - ya lo sabemos- y cuando dejé de ensoñar él ya no estaba, el único marco era el gran arce cuyas hojas se mecían con una normalidad insoportable. Corrí hacia el lugar para ver si había dejado alguna huella, un trozo de su sombra, una miga de soledad, y no encontré nada, sólo árbol y viento, más allá mujer e iguana, saxofonista imitando a Coltrane, nigerianos comiendo pastrami. Nada, hasta que vi la colilla aplastada en el suelo. La recogí y me la guardé en el bolsillo. Ya en casa la busqué inútilmente, y los bolsillos de mi chaqueta estaban llenos de un polvo amarillento, una especie de polen fragante.
El hombre solo fumando Marlboro es la historia más pequeña y alérgica que he vivido hasta ahora, sin héroes de ninguna clase, sin espadas clavadas en la arena esperando el instante de ser desclavadas y blandidas en el aire acerado de Coney Island o Ground Zero.

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Cuarteto Latinoamericano de Saxofones

Charagua/Víctor Jara.

Cuarteto Latinoamericano de Saxofones.
Saxo Tenor: Raúl López.
Saxo Soprano: Alejandro Vásquez.
Saxo Barítono: Jaime Atenas.
Saxo Alto: Ricardo Álvarez, compañero de la Pau y papá de León y Sofía.

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Vivir su vida / Aguas de Marzo

Extraña mezcla

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Jugarse la muerte


Cuando eligieron al presidente Salvador Allende usaba pantalón "pata de elefante" y poleras bordadas a mano. Para el fatídico día once, andaba en bicicleta por el barrio y vi pasar los Hawker Hunter rumbo a Tomás Moro. Era sólo una adolescente enamorada de un vecino de veinte. Ese día no lo encontré en su casa. Luego, con estado de sitio, no pude volver a la calle. Mi vecino no regresó nunca más. Aún tengo en mi piel memoriona sus ojos aceitunados. Una soledad sin nombre me conmueve, me hiere los pies a cada paso, recordándolo.
Años más tarde usaba poncho y calcetines chilotes. Iba al Pedagógico, me enamoré de un dirigente. Cuando hacíamos punto en alguna calle del centro fingíamos ser pololos. A pesar del miedo, la pasábamos el descueve – expresión de esa época- y nos besábamos hasta que nuestras rodillas tiritaban. Hordas de pacos pasaban a nuestro lado lumeando a nuestros compañeros o empapándolos con el agua sucia del lanzaguas. Luego conocimos la fragilidad de ser amantes, nos jugamos la muerte mientras afuera llovía y alguien silbaba con fondo de extractores de aire.
Es cierto que olvidamos las palabras, no era necesario hablar para tocar te amo, para acariciar te deseo, para rasguñar tú - mi egoísmo más acérrimo. Y el tiempo estuvo en contra. A las siete, dijimos, a las cuatro, a las once, había que programar hasta los más mínimos segundos, el momento de llegada y el de partida, como si fuera una carrera de relojes y no dos cuerpos entrelazados en la obscena postura del miedo.
Ambos esperamos que uno de los dos llamara, recordando cómo huele la piel después del amor, cómo es un beso hecho de lágrimas, reviviendo el placer de las caricias imperfectas y el horror del adiós en las calles grises.
Y no nos llamamos, no nos buscamos, supimos que era mejor no perturbar la paz del desencuentro y preferir la lucha noble. Quisimos renunciar al amor bravo, al amor que duele, sobre todo en esos momentos en que yo escribía y él miraba a través del velo de la cortina si venían a buscarlo.
En silencio nos extrañamos, buscamos la fotografía que nunca existió, la carta destruida, los panfletos, algo que nos recordara que los amantes eran nosotros mismos y no los otros que creímos ser. En silencio, dejamos que la tarde nos fuera adormeciendo, no supimos cuándo nos convertimos en fantasmas. Así, fuimos más bellos y más fuertes; por la inocencia, nada más que por eso.
Rodeados de múltiples sueños continuamos amando, sin darnos cuenta de que lo amado ya no estaba, que otros ojos retuvieron el desencanto de la lejanía. Continuamos deseando, utilizando espejos, máscaras, toda una escenografía bien diseñada para ocultar aquella terrible manera de no estar. De él guardo un botón de ojales rotos.

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Luchín, de Víctor Jara

Víctor Jara/Luchín

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SIGUR RÓS /VIDRAR VEL TIL LOFTARASA


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A felicidade, de Tom Jobim

A Felicidade/ Tom Jobim

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Desafinado, de João Gilberto

Desafinado / Joao Gilberto

"Si alguna vez mi voz deja de escucharse/piensen que el bosque habla por mí/ con su lenguaje de raíces."

Jorge Teillier

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OJÍMETRO

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