Da série "Noite, o que é?", de Francisco José Viegas
En Crónicas de Francisco José Viegas
Ojepse
Con el verano regresa a mí tu espejito de mano. En él me miro y repito: espejo, misterio de azogue, dime dónde está Sofía. Y el reflejo muestra a una mujer desnuda corriendo por praderas amarillas, perfecta en su soledad de trigo recostado. Ella va trenzada, toda su piel es una trenza y yo la veo desde mi lugar prefabricado. Amarla me hace distinguir unas arrugas que la risa infame ha dejado botadas, unas muecas dentadas y lenguaraces, dos o tres pecas, una nariz que huele el amarillo de su cuerpo. El espejo rueda por mi cama de mentirosa. Preguntarás quién de las dos es más Blanca Nieves, quién dormirá para ser despertada por el beso de un sapo viscoso. O recordarás que alguna vez fuimos Cenicientas y que fui la que primero trapeó con labios amables tus lindas sandalias rojas. Pero con ellas no podías dejar de bailar y yo hice de leñadora sólo para cortar de un hachazo esos pies danzarines. Alguien tenía que hacerlo. Sabrás que no hubo ningún lobo merodeando por tus retazos de ficción; sus colmillos los llevo yo, a modo de collar hechicero. Sólo recreo por un espejo a la bestia de corazón nostálgico que corre por esas praderas singulares. No quisiera decírtelo, pero lo digo: abro la boca enorme y produzco unos sonidos palatales y fricativos. Le hablo a un espejo y permito que la saliva se descuelgue por mi cuello. La saliva sabe su camino, conoce el recoveco de los ojos que no son ojos, pero que igualmente miran en silencio. Ojepse, ojepse, ¿dónde está? No reconozco la voz que otros me han dado, como un regalo para una muda. Ojepse, ojepse…, serás amado por la Sofía pecho de paloma, praderosa y trilla trigueña, la que arranca por la barranca y destroza su propia imagen. ¿A quién le hablo, a quién le escribo, a quiénes le inserto un haz de luz molestosa por el juego especular? En fin, sólo quiero saber cómo estás, si lloras asiéndote de tu pequeño mundo sabanesco. Serás el piano y una octava, Sofía, y yo seré tu admiradora secreta; seguiré con la pelvis el movimiento de tus caderas lustrosas, vigilaré tu boca reseca de tanto amar, y seré la gota de agua que alimente tu deseo. Por mientras puedes correr por las praderas amarillas, así tendré la certeza de que la imaginación produce un dolor aquí, Sofía, en el centro de mi mujer espejeada. Para el susto somos dos; para el amor no hay nadie. La palabra se queda en casa y aprende a ser dicha sin interrupciones; la palabra ama más que el mismo amor, y esto es una diversión y un final dichoso, con perdices y fueron muy, sin pesares ni embargos. Los aunque fueron soplados por el viento, y basta una historia huérfana para sanarme de esta compulsión tan abnegada que es escribirle a un personaje que yo misma he inventado, desprendiéndome así de las retinas amarillentas que desenfocan a la mujer amada, aquella piel sin punto aparte y reflejada, como el ojepse y yo.Mujer frente al espejo
El ojo le dijo a la boca: Mírame.
La boca respondió: Bésame.
El ojo lloró.
La boca se tiñó los labios de sangre.
El espejo reventó en mil pedazos.
.
La única película que no hemos visto

Y aquí estamos entumidos
como a la salida del cine
en invierno
entumidos y tan solos
dando manotazos al mundo
pálidos y ojerosos
arropados en sábanas deslucidas
de tanto lavado.
Así nos encuentran los días y
noches
incapaces de decir basta
entregados a la disciplina
diaria
al cotidiano devenir de la
muerte
asidos al rebaño a regañadientes
disconformes
frustrados
desolados
soldados de plástico barato
envueltos en pilchas de liquidación
amargados
¡reconoced!
no somos más que marionetas
agujereadas por balines
aburguesados
actuando una mala obra
para la eterna taquilla de siempre.
Cecilia Palma (Santiago-Chile)
Otros humos
Recuerdo a un hombre solo fumando en el Central Park de Manhattan. Había decidido pasar la tarde en el parque recostada en el pasto, leer The New Yorker, dormitar y mirar a esos miles de seres diferentes que hacen lo mismo que uno. Al hombre lo habitaba una soledad tan indecentemente perfecta que me enamoré al instante, característica muy posmo, por lo demás. Ya no pude leer o dormir o solazarme con los muchachos de torsos desnudos y brillantes deslizándose en patines. El hombre fumaba apoyado en el tronco de un árbol, quizás dispuesto a terminar con su vida, como en el cuento de Jack London. No estaba triste, estaba solo y su dignidad al tomar el cigarrillo y acercarlo a su boca me enloqueció. Era un cuadro que pronto se nublaría, una visión fugaz que no podría retener salvo en la memoria del deseo. Mirarlo se convirtió en mi actividad primordial, en proyecto sin agenda ni futuro. Sus ojos eran amarillos; lo descubrí porque en un momento - segundos quizás- clavó su mirada en mí como un dardo de feliz veneno áureo. Imaginé al hombre tendido a mi lado, su mano en mi pierna, abriendo lentamente sus ojos de tigre para amarme y caracolear su lengua en mi ombligo, yendo por camino conocido hacia el pubis anhelante. Imaginé unos años buenos junto a él, una hija, un columpio, un yogurt vencido en el refrigerador, un calcetín huacho en el canasto de la ropa limpia. Pero el tiempo es inmisericorde - ya lo sabemos- y cuando dejé de ensoñar él ya no estaba, el único marco era el gran arce cuyas hojas se mecían con una normalidad insoportable. Corrí hacia el lugar para ver si había dejado alguna huella, un trozo de su sombra, una miga de soledad, y no encontré nada, sólo árbol y viento, más allá mujer e iguana, saxofonista imitando a Coltrane, nigerianos comiendo pastrami. Nada, hasta que vi la colilla aplastada en el suelo. La recogí y me la guardé en el bolsillo. Ya en casa la busqué inútilmente, y los bolsillos de mi chaqueta estaban llenos de un polvo amarillento, una especie de polen fragante.
El hombre solo fumando Marlboro es la historia más pequeña y alérgica que he vivido hasta ahora, sin héroes de ninguna clase, sin espadas clavadas en la arena esperando el instante de ser desclavadas y blandidas en el aire acerado de Coney Island o Ground Zero.
Cuarteto Latinoamericano de Saxofones
Charagua/Víctor Jara.
Cuarteto Latinoamericano de Saxofones.
Saxo Tenor: Raúl López.
Saxo Soprano: Alejandro Vásquez.
Saxo Barítono: Jaime Atenas.
Saxo Alto: Ricardo Álvarez, compañero de la Pau y papá de León y Sofía.













