Sobre El llano en llamas, de Juan Rulfo

Foto: Juan Rulfo
El viaje del fuego

En el cuento El Llano en llamas[1] el epígrafe –un corrido popular- anuncia una violencia, pero sin fin, cíclica: “Ya mataron a la perra, pero quedan los perritos….” (1). En la narración de Pichón la naturaleza es descrita como sinuosa, engañadora, espejeante. Pichón tiene una concepción animista de la naturaleza. Los hombres de Pedro Zamora tratan de dormir. Los balazos y los gritos son repetidos por el eco de la barranca. “¡Viva Petronilo Flores! El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros.” (p.160). “De repente sonó un tiro. Lo repitió la barranca como si estuviera derrumbándose.” (p.161). Los pájaros vuelan asustados, las chicharras (cigarras) chirrían de tal modo que la noción de tiempo y espacio se desdibuja cuando aparecen los federales: “No nos dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos acordamos aquí estaban ya…” (p.161); “Sentíamos las balas pajueleándonos los talones, como si hubiéramos caído sobre un enjambre de chapulines.” (p.162); “ …encontramos uno aquí y otra más allá, casi todos con la cara renegrida”. (p.164).
En este clima de muerte grotesca, lo único vivo es la naturaleza: los pájaros levantan vuelo, los coyotes aúllan toda la noche. Esta descripción otorga tensión al cuento. Se cierne la desesperanza: dada la mortandad, el grupo debe huir y esconderse. Pichón relaciona este tiempo de inactividad como un tiempo de paz y de autoabastecimiento en el Llano Grande: “…ya nadie nos tenía miedo. Ya nadie corría gritando: “¡Allí vienen los de Zamora!” (p.165); “…habíamos comenzado a criar gallinas y de vez en cuando subíamos a la sierra en busca de venados.” (p.165).
El retorno de Pedro Zamora significa el término del ciclo de asentamiento humano y el comienzo de “los tiempos buenos” (p.166), en donde los hombres continúan su peregrinaje guerrero logrando que el fuego brote nuevamente. Todo es incendiado: ranchos, haciendas, gente, los maizales listos para la cosecha y cañaverales. Y para el narrador estas imágenes son positivas. Utiliza frases como “daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el Llano Grande…”; “así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros”; “Era bonito ver aquello”.
Como Prometeo que roba el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, Zamora robará el dinero a los ricos para hacer la revolución. En su arenga, Zamora deja claro que esta revolución que él hace no tiene ninguna finalidad, salvo la de asegurar su poderío frente al gobierno. Se trata de un caos ideológico. Zamora es visto como padre protector. Él está siempre alerta, vigílico y ejerce un dominio hipnótico en su gente: …“ lo seguíamos como si estuviéramos ciegos”. (170).
Sin embargo, para Pichón queda clara su condición de desposeído. Al igual que Zamora, él es abajeño, no sólo perteneciente al lugar físico del Llano, sino a una condición social de las mismas características. Se ganan el odio de todo el mundo –federales y civiles- y poco a poco van siendo expulsados de su tierra: “De este modo se nos fue acabando la tierra. Casi no nos quedaba ya ni el pedazo que pudiéramos necesitar para que nos enterraran”. (p.173). Pichón, narrador, protagonista y testigo, asume la voz de todo su grupo, desperdigado o muerto. Esta voz narrativa expresa la memoria viva de una atrocidad pasada: “Me acuerdo muy bien de todo.” (p.170); “Todavía veo las luces de las llamaradas que se alzaban allí donde apilaron a los muertos.” (p. 171). Como el fuego, el miedo brota tanto de uno y otro bando, y con el miedo brota la violencia más descarnada: “Los zopilotes se los comían [a algunos de los nuestros] por dentro, sacándoles las tripas.” (p.172).
En el ciclo de la huida el tiempo se paraliza para dar cabida a la añoranza. Es un tiempo histórico: “…pasábamos el tiempo mirando hacia el Llano, hacia aquella tierra de allá abajo donde habíamos nacido y vivido…” (p.173). La voz se sitúa desde un presente que parece eterno: “ Hasta los indios de acá arriba ya no nos querían.” (p.173).
El ciclo del peregrinaje, de la errancia violenta, sin embargo, es visto como perteneciente a un tiempo sagrado, ahistórico, festivo y carnavalesco (juego de los toros (2), destrucción de la propia tierra). Los hombres ingresan a este tiempo irreal y ambiguo, sin comer ni dormir : “ Y de entre el humo íbamos saliendo nosotros, como espantajos, con la cara tiznada…” (p.167); “Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tierra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los alrededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver.” (p. 166).

En palabras de Eliade, “es la nostalgia de la perfección de los comienzos lo que explica en gran parte el retorno periódico in illo tempore”. (Eliade.1998: 82).[2]

Zamora aparece y desaparece del escenario. Su probable muerte pertenece a la oralidad de la leyenda (“dicen que”; “uno que estuvo conmigo en la cárcel me contó”. (p.173). Así, Pichón lo hace saber desde un ‘ahora’ más promisorio. En el presente surge, “como entre sueños”, la mujer secuestrada y violada por él y el hijo de ambos. Para el narrador, esta mujer (antes, la mujer; ahora, mi mujer. Portal.1984.142 ) que ha logrado perdonar y esperar, por su descripción hiperbólica, se asemeja a la Virgen: “…quizás la mejor y más buena de todas las mujeres que hay en el mundo.” (p.174). El desencuentro con sus iguales da paso a un encuentro con la familia. Pichón se siente culpable de ser ‘bandido’ y ‘asesino’, pero distingue algo de maldad en los ojos de su hijo. Esta ambigüedad final se enlaza con el epígrafe: el niño, a pesar de ser ‘gente buena’, será en el futuro uno de los perritos.

Encuentros y desencuentros

El narrador de El llano…, Pichón, se junta y se separa varias veces del grupo errante - violento y, al final, se encuentra con una familia cuyo origen está en la violencia (secuestro, violación, muerte del padre de la mujer) : su mujer y su hijo, a través del perdón y del sentimiento de orfandad, han posibilitado una ‘regeneración’ y una apertura a una nueva forma de vida, un acceso a una realidad mejor. Sin embargo, queda la posibilidad de que la violencia resurja nuevamente. Pichón narra desde un presente mejorado por la acción de la mujer y el hijo (amor) hacia un pasado nostálgico teñido del siempre presente de la guerra como rito constructivo y destructivo. Como narratarios intratextuales, la mujer y el hijo, no sólo reciben la historia sino que a la vez la promueven. En su estado errante–violento, Pichón carece de memoria, está olvidado de sí mismo. Al recuperar el centro con la entrada a la estructura familiar patriarcal, él es capaz de testimoniar y de revivir su memoria corporal. En tanto cuerpo dolorido y entregado a una experiencia de límite, Pichón incluirá en sus cicatrices las de los demás. Su misión narrativa, en este sentido, es la de aunar la historia del dolor, por ejemplo, en el descarrilamiento del tren: “Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo”. (p.172).
Rulfo parte de una desligazón con la Historia oficial de la Revolución Mexicana para situarse en un discurso contra-hegemónico: el testimonio fragmentario y subjetivo de un abajeño. Para Rulfo la literatura es mentira, el escritor trabaja con mentiras para recrear una realidad que puede ser entendida como otra ‘verdad’:
“Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.” (Juan Rulfo. El desafío de la creación). [3]

Por último, Rulfo cree que el proceso escritural parte de un comportamiento intuitivo:
“[…] esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando”. (Juan Rulfo. El desafío de la creación ).

Notas:
(1) “ Corrido: Canción popular que narra la vida de algún personaje o describe alguna acción particular, como el asalto a un tren, una batalla, etc. Es típico de México. Los versos del epígrafe pertenecen al corrido en que se cantaban las hazañas y la muerte de uno de los lugartenientes de Pedro Zamora, Saturnino, apodado La Perra. Ramón Rubín, en La Revolución sin mística . Pedro Zamora. Historia de un violador, recogió este corrido:

El año dieciséis,
con fecha cuatro de marzo,
murió La Perra valiente;
lo hicieron dos mil pedazos.
En la hacienda de Volcanes,
¡no me quisiera acordar!
murió La Perra valiente
en la esquina de un corral.
Gritó la valiente Perra
cuando se vino rodiado:
¡No corra, mi general!;
pos qué, ¿no ve me sitiado?
El general avanzando,
¡qué caso le bía de hacer!
“Desfiéndete como puedas,
que algún fin has de tener.”
Grita Roberto Moreno:
“Yo también cargo escopeta;
ya mataron a La Perra,
pero nos queda El Peseta.”
Decía Catarino Díaz:
“Vámonos para La Barca;
ya mataron a La Perra,
pero nos queda La Urraca.”
Gritaba Pedro Zamora:
“La Perra, ¿dónde estarás?”
Contestaba Catarino:
“Ya estará en la Eternidá.”
Gritaba el capitán Téllez
cómo fue que lo mató:
estando tan malherido,
el máusser le descargó.
Gritaba Pedro Zamora,
En medio de los balazos:
“He salido de aguaceros;
contimás de nublinazos.”
Le gritaba el mayor Flores:
“Vamos a exponer la vida,
díganles a los oficiales
que les dejen la salida.”
Gritaba Pedro Zamora,
Al llegar a Los Cerritos:
“Ya mataron a La Perra,
pero quedan los perritos.”
¡Ahora mi Perra valiente!
Ya se te acabó la fama;
ya estás bueno pa la birria,
para venderte mañana.
Allá va la despedida
en este combate cruel,
donde ascendió el mayor Flores
a teniente coronel.” (Fell (Coordinador).1997:89)


(2) “ El juego del toro se incluye en el momento en que las fuerzas de Pedro Zamora han recuperado de nuevo su poder, han sometido a los federales y asolado la región. Y la inversión en el sentido del ritual taurino anuncia en cierta manera la crueldad con que los revolucionarios serán perseguidos y aniquilados en la segunda y última ocasión.” Claudia Macías R. La fiesta en El llano en llamas de Juan Rulfo. Universidad de Guadalajara.
En
http://fuentes.csh.udg.mx/CUCSH/Sincronia/fiesta.htm

[1] Rulfo, Juan. Pedro Páramo y El llano en llamas. Santiago: Planeta Chilena, 1998.

[2] Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998.
[3] Juan Rulfo. El desafío de la creación. Encontrado en http://www.stormpages.com/marting/juanrulfo.htm

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Vangelis / Memories of Green


A J.

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Tiempo de morir


Roy:
I've seen things you people wouldn't believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the darkness at Tannhäuser Gate. All those moments will be lost in time like tears in rain. Time to die.



...Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

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Mikhail Bakhtin: De los Borradores, De los Apuntes


De los Borradores[1]
Desde mis ojos están mirando los ojos ajenos
La perspectiva bajtiana es acéntrica; lo fundamental de su visión es la visión del otro, el pensamiento del otro; “la necesidad del otro es estética: la necesidad de una participación que ve, que recuerda, que acumula y que une al otro, es continua.” (Zavala. 1995:201). Nadie tiene un lenguaje propio: “un mismo mundo es nombrado de dos formas distintas y dos lenguajes son empleados para hablar de él.” (Bajtin.1995:139). Los otros nombres de esta descripción son ‘pluralidad discursiva’[2] o ‘heteroglosia’. En oposición al concepto de heteroglosia está la monoglosia , producción de discursos serios, solemnes que niegan totalmente lo popular y que comienza a decaer, según Bajtin, en el Renacimiento con la aparición de la novela como discurso dialógico.
Tanto Francisco V. Gómez como Iris Zavala coinciden en que el elemento esencial del dialogismo es el discurso referido:
“El diálogo narrativo es explicado por Bajtin a través de la noción de “dialogismo”, que como capacidad discursiva abre las fronteras de la textura formal del diálogo y lo eleva a su máxima potencialidad expresiva; y cuya realidad explícita en el texto la constituye el discurso “referido” o discurso del “otro”, como posibilidad dialógica del locutor sujeto que refiere la narración. (…) En palabras suyas, el “dialogismo” del discurso novelesco queda definido de la forma que sigue:
“Para buscar un camino hacia su sentido y su expresión, el discurso atraviesa diversas expresiones y acentos extraños; está de acuerdo con ciertos elementos, en desacuerdo con otros, y en este proceso de dialogización puede dar forma a su imagen y a su tono estilísticos.”[3]
Iris Zavala, por su parte, agrega la imagen del ventriloquismo a la definición del discurso referido, especialmente dirigida al modo escritural de Bajtin como un anti- autor de su propia obra:

“Bajtin pone en suspensión la autoridad para reforzar la ficción en una práctica de lenguaje orientada a la producción de seudónimos, heterónimos, máscaras, que le permiten explorar los aspectos centrales de sus reflexiones ético-estéticas. (…) Bajtin aparece más como lector de su propia escritura, más que como su autor, privilegio que esconde, oculta o niega.” (Zavala.1995:194-195).
Dice Bajtin: “Yo debo responder con mi vida por aquello que he vivido y comprendido en el arte, para que todo lo vivido y comprendido no parezca sin acción en la vida” (En Zavala.1995:203). Esto supone un acto responsable o Postupok.

De los Apuntes de 1970-1971[4]

Ante la palabra autoritaria y sagrada de los sacerdotes y jueces, palabra que lleva el lastre de la amenaza y la violencia, la ironía y la risa se elevan en boca (o mano) del simple escritor que parodia esos estamentos patriarcales. “En el proceso de lucha con esta palabra y de su segregación (mediante anticuerpos paródicos) se iban formando las lenguas modernas.” Este proceso “encuentra su reflejo también en el aspecto de la lengua como sistema.” (Bajtin.1997: 355).
La ironía en el silencio -como sustitución especial del silencio- y el aspecto coral de la risa son universales y públicas. No la ira, la indignación, de carácter unilateral. Así, el dialogismo está constituido por una multiplicidad de tonos, de géneros que van conformando a otros géneros: diálogos socráticos (Platón, Jenofonte), sátira menipea (El Quijote), géneros serio-cómicos (Satiricón de Petronio, El asno de oro de Apuleyo); de enunciados (palabras, obras verbales) que presuponen otros enunciados. “Infinitud contra infinitud” (Ibíd: 358).
La literatura inseparable de la cultura que permanentemente se renueva; abierta, capaz de trascendencia:
“En las imágenes de la cultura popular (…) se borran las fronteras entre lo horrible y lo ridículo. Se borran las fronteras entre lo trivial y lo horrible, entre lo ordinario y lo maravilloso, entre lo pequeño y lo grandioso” (Ibíd.:377).
Y Bajtín también va borrando sus propias huellas a medida que escribe estos Apuntes, bocetos, ideas, porque para él la interpretación (comprensión) de la obra tiene un carácter activo y creativo: “Comprender el texto de la misma manera como lo comprendía su autor”. “Cocreatividad de los que comprenden”, considerando que “la obra siempre aporta algo nuevo”. (Ibíd.: 364-367). Este modo de acercarse y no-cercar la obra se opone a la interpretación de lo repetible y conocido que termina por enriquecer la propia conciencia.
La mirada de Bajtin son los ojos del futuro: “¿Existirán los géneros de pura autoexpresión (sin la forma tradicional de la autoría)? ¿Existirán géneros sin destinatario?” (Ibíd.:376). Desde estas preguntas se formulan las respuestas de Barthes, Foucault, Derrida, Jameson, y otros /as que vendrán. Esta apertura también significa, como él mismo lo dice, una “multiplicidad de enfoques”, “el carácter inconcluso interno de mis ideas” (Ibíd.:377-378).
Los Apuntes son un puzzle (las palabras ilegibles, el balbuceo, los posibles títulos de ensayos, la repetición –intensificación de una misma idea) para el-la lector/a que deberá buscar y encontrar la pieza que falta.

[1] “Los apuntes que hizo Bajtin en 1940-principios de los sesenta…son, en su mayoría, los brevísimos guiones que servían de hilo conductor en la concepción de sus trabajos.” Pg. 178 (N. de los Eds. Hacia una filosofía del acto ético. De los borradores y otros escritos. Barcelona: Anthropos,1997.)
[2] Manuel Jofré define “discurso” como “todo enunciado en el cual haya un entrecruzamiento entre el tiempo, el espacio, los actantes y los eventos, de una forma específica.” El diálogo de los lenguajes y el discurso filosófico.
[3] Francisco Vicente Gómez. El concepto de “dialoguismo” en Bajtin: la otra forma del diálogo renacentista. Pg. 49. Documento PDF.
[4] Bakhtin, Mikhail. “Apuntes 1970-1971”. En: Estética de la creación verbal. México,D.F.: Siglo Veintiuno, 1995.

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Tiempo de vivir, por Boris Vian


Ha bajado la colina
Sus pies hacían correr las piedras
Allá arriba entre los cuatro muros
La sirena cantaba sin alegría
Respiraba el olor de los árboles
Respiraba con todo su cuerpo
La luz que le acompañaba
A su sombra bailar hacía
Con tal de que me dejen tiempo
Y saltaba por entre las hierbas
Y cogió dos hojas amarillas
De savia y de sol llenas
Se oían cañones de azul acero
Y cortas llamas de seco fuego
Con tal de que me dejen tiempo
Llegó a la orilla del agua
Sumergió su rostro
Reía de alegría bebió
Suponiendo que me dejen tiempo
Se irguió para saltar
Suponiendo que me dejen tiempo
Una abeja de cobre caliente
Le ha lanzado a la otra orilla
La sangre y el agua se mezclan
Había tenido el tiempo de ver
El tiempo de beber en ese arroyo
El tiempo de llevar en su boca
Dos hojas llenas de sol
El tiempo de burlar a los asesinos
El tiempo de alcanzar la otra orilla
El tiempo de correr hacia su amada
Había tenido el tiempo de vivir.
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Ya no hay tiempo de alcanzar la otra orilla. Vian lo sabe, lo sé yo que repito sus palabras frente al espejo, de memoria, por la memoria, por todos los olvidos.
La literatura es la eterna insistencia de que estamos vivos, pero yo, mortal, no le compro al tiempo sus minutos. Lo que escribo es mi silencio. Mi silencio enamorado.

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La muerte y el laberinto en tres cuentos de Borges


 Por Lilian Elphick

Emma Zunz [1] en el país de las pesadillas

No hay maravillas en este cuento; Emma, de casi diecinueve años, está lejos de ser Alicia. Emma es una muchacha tremendamente sola, huérfana, obrera textil que se declara “contra toda violencia”, y los hombres le inspiran “un terror casi patológico”. Tiene un par de amigas de ascendencia judía, como ella, con las cuales va al cine o al gimnasio. Su padre ha muerto en Brasil, tras haber “ingerido por error una fuerte dosis de veronal ”. Manuel Maier es Emmanuel Zunz. Después de haber sido acusado de desfalco por su patrón, el señor Loewenthal, Zunz debe huir a Brasil con un nombre falso. Ahí vive en una pensión, alejado de su familia. Es claro el suicidio. El narrador logra una ambigüedad en la descripción de la carta que Emma recibe: “ nueve o diez líneas borroneadas” de “ un tal Fein o Fain”, compañero de pensión del muerto que, movido por la compasión y el honor, ha decidido insertar la palabra “error” para cubrir el suicidio de Zunz. Pero para Emma su padre ha cometido un acto volitivo: el de darse muerte. Sólo así se entiende su reacción de “ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor.”
 

Con la muerte del padre, Emma ingresa al laberinto de la venganza y del autocastigo. Al matar a su patrón, ex patrón de su padre, se mata un poco así misma. Vengar al padre viene a significar la autoinmolación de Emma: se hace violar por otro para así demostrar ante la justicia y la sociedad que ella ha obrado por defensa propia. Su coartada es perfecta.
Emma guarda el secreto de su padre y en secreto urde el plan de asesinato. Incluso destruye la carta que notifica el deceso de Zunz. El tiempo adquiere connotaciones laberínticas, en el sentido de que se eterniza: “Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros”. Incluso, la muerte del padre se repetirá constantemente en el presente eterno de Emma: […] “quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin.” (Mis destacados).
 

Con respecto a un pasado un poco menos degradado (“los antiguos días felices”) que el presente, Emma recuerda o trata de recordar, como dice el narrador. Nótese la repetición e intensificación del verbo ‘recordar’: “Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana,[…] recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal.”
Presente y pasado, memoria y olvido, realidad e irrealidad: estos son los caminos sinuosos de Emma. Ella no puede acordarse de su propia madre, quizás de su rostro, pero ‘piensa’ que ese ser lejano y evanescente que es la madre ha sido violada por el padre: “Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían.” (Mis destacados). Para sobrevivir a esta experiencia, Emma, hija de una violación, se refugia en un vértigo de ojos cerrados para ser violada. Esta doble violación da cuenta de una repetición y de un tiempo circular. La “rasgadura” de Emma se emparenta con el hecho de ‘rasgar’ o ‘romper’ la carta de Fain y el dinero que el marinero le deja en la mesa de luz. El vértigo de Emma es la pesadilla misma, el ingreso a un espacio donde Eros y Tánatos se confunden, recreando un caos o destrucción del ser y los objetos: “El asco y la tristeza la encadenaban…” ; “ En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba”. (Mis destacados). La muerte se yergue en forma de noche encadenando así a Emma y su ‘representación’.


Su ida a los muelles del puerto (lugar de fugacidad y de no retorno) en busca de un hombre extranjero que la viole está determinada por el laberinto infernal –una caída -, y por la ascensión de una identidad fabricada para el plan de muerte: Emma virgen finge ser prostituta: “Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en los espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos.”(Mis destacados).
Hay varias dualidades en este cuento: el padre tiene dos nombres; Emma, dos identidades y comete una doble venganza: venga al padre, humillado y traicionado por Loewenthal y a la madre, humillada por el padre al hacerle ‘la cosa horrible’. Al respecto, Beatriz Sarlo
[2] señala:
 

“De allí en más, lo que sería simplemente una coartada/móvil/ atenuante del acto, se convierte en una motivación tan fuerte y urgente como la venganza del padre. El saber del cuerpo restituyó una memoria familiar que no era la que Emma creía estar sirviendo. Al evocar a la madre de un modo tan vívido como al padre, el cuerpo de Emma cancela la piadosa memoria del padre e instala la figura de la madre humillada. Esa figura, que aparecía borrosa en los recuerdos de Emma, es restaurada por la memoria que se despierta en el cuerpo. En unas pocas horas, ella supo lo que su cuerpo quiso, y recordó la escena siempre temida del padre haciéndole esa "cosa horrible" a su madre. El cuerpo de Emma, que debía ser sólo instrumento, se convierte en causa de sus actos.”

La repetición de la palabra ‘después’, genera una tensión narrativa que tiene que ver en cómo el narrador cuenta la historia, privilegiando la entrada a este laberinto infernal:
“El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en los que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró.”
 

Como lo dice el narrador, Emma ingresa a “un tiempo sin tiempo” donde se repetirá el recuerdo de los losanges amarillos de la casa de Lanús (la madre). Pasado y presente fundidos en una irrealidad. Tanto los espejos como los losanges, multiplican a Emma y la confunden. El narrador también establece una inseguridad:
“Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? ”

Sin embargo, como acota Manuel Jofré :
“ La complejidad de la realidad trae una desconfianza ante el lenguaje y la escritura. La relación entre palabra y cosa es ambigua : pero el hablante confía en sí mismo y siempre emprende la tarea de narrar fielmente.” (Jofré. 1993 :155).

Beatriz Sarlo agrega:
“ En efecto, esos hechos son difíciles de relatar porque pertenecen a una temporalidad que es independiente de aquella a la que tanto el narrador como Emma recurrieron o recurren para organizar ella un plan de venganza; él, un relato de ese plan. La materialidad de una experiencia física se inscribe mal en el diseño intelectual y consciente de Emma, a quien los hombres "inspiraban, aún, un temor casi patológico." La vejación buscada y recibida, tuerce el plan y lo inserta en otra temporalidad, la de la recuperación (el "recuerdo") de la escena primaria, que por su propio peso debilita la realidad de "los hechos de esa tarde", desplazándolos de su carácter instrumental en el proyecto de venganza hacia una centralidad no sospechada antes, porque "la cosa horrible" es padecida materialmente y recuperada moralmente en el mismo instante.”

La araña teje su tela
No es casual que Emma sea obrera en la fábrica de tejidos (espacio enrevesado) que ahora pertenece a Aarón Loewenthal, el hombre que maneja los hilos (“ …creía tener con el Señor un pacto secreto…” ) , sin pensar que la verdadera ‘urdidora’ es ella misma. El avaro Loewenthal vive solo en los altos de la fábrica, en un “desmantelado arrabal” . Temeroso de los ladrones, tiene un perro y guarda un revólver en el cajón de su escritorio. Como una araña pronta a atrapar a su presa, espera que Emma llegue para que delate a los compañeros en huelga. Para llegar a la fábrica, Emma viaja por “barrios decrecientes y opacos”, iniciando así otro periplo laberíntico. Sin embargo, Emma tiene un solo propósito y que cumplirá cabalmente: instaurar el orden destruyendo al dios injusto que es Loewenthal; limpiar el nombre de su padre y el de su madre. En suma, ella se somete a la violación, mata a Loewenthal y miente a la sociedad:“abusó de mí, lo maté…” , impulsada por la “ intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana.”


El verdadero detective –urdidor

La historia de Emma Zunz está narrada en tercera persona omnisciente. En la pirámide de ‘urdidores’, el narrador se sitúa en la cúspide: urde una historia con características policiales. Relata la apariencia de los hechos que engañarán al mundo y la esencia de los realmente ocurridos, las dos premisas que rigen todo relato policíaco, según la línea clásica de Poe, oscilante entre el ser y el parecer. El narrador adopta la forma de un detective que escribe un informe ( “ Nos consta que esa tarde fue al puerto” ; “ Yo tengo para mí que pensó una vez”; “Acaso en el infame Paseo de Julio…” ), pero también la de enjuiciador del relato que cuenta, equilibrándose entre la duda y la conjetura, otorgándole – a través del punto de vista de Emma- características de pesadilla, sueño, irrealidad, laberinto. Así, los personajes, son puestos en escena por el verdadero titiritero que es el narrador: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos”. ¿Increíble en términos de verosimilitud o de algo sorprendente? El narrador transmite una incertidumbre para demostrar que la vida está atada a la presencia del tiempo que todo lo destruye. Él cuenta la historia de Emma Zunz desde los múltiples abanicos de la memoria que se abren y cierran constantemente. La realidad es inabarcable y el lenguaje es insuficiente para emprender la tarea de desmembrarla, pero el narrador siempre está avanzando, no se rinde. Como dice Ana María Barrenechea
[3]: “…transmite la incertidumbre y la fantasmagoría, buscando la vigilancia y la precisión.” (Barrenechea.1984:111).

El Muerto
[4]: el irresistible destino de Benjamín Otálora
Así como todos los personajes de Emma Zunz (salvo el marinero) son de ascendencia judía, inmigrantes (o su descendencia) establecidos en Buenos Aires, en El Muerto los personajes son ya un producto híbrido, mestizo, fenómeno muy típico de Latinoamérica: Benjamín Otálora es un compadrito de Buenos Aires, un porteño “ de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca”,”…se ha criado en los barrios del carrero y del cuarteador”; Azevedo Bandeira es un contrabandista del Uruguay, pero “…alguien opina que […] nació del otro lado del Cuareim, en Río Grande do Sul. […] “En su rostro […] están el judío, el negro y el indio.”
En el epílogo a El Aleph, Borges declara que Azevedo Bandeira es ...“una tosca divinidad, una versión mulata y cimarrona del incomparable Sunday de Chesterton.” Lo importante es comprender que Azevedo Bandeira es una leyenda, un ser mítico con inmenso poder en el ámbito de la pampa, la llanura interminable, las infinitas distancias: “…ante cualquier hombrada, los gauchos dicen que Bandeira lo hace mejor.” Y Otálora, movido por la ambición y las ansias de poder, se introduce en el mundo de Bandeira y su gente y “antes de un año se hace gaucho”. El joven Otálora quiere ser Bandeira, desea usurparle su identidad. Consigue mandar a los hombres del caudillo, consigue la amistad con el capanga Ulpiano Suárez, al cual confía su traición, logra el amor de la mujer de cabellos rojos y monta el colorado cabos negros, “símbolo de la autoridad del patrón.” Sólo al final de su vida –y también de la historia- Otálora se dará cuenta de que su destino ha sido prefijado por un ser superior, un dios encarnado en la figura de Azevedo Bandeira. Otálora quiere trazar su destino, pero éste ya ha sido trazado. Siempre estuvo muerto. Jaime Alazraki
[5] señala que:

“La idea del universo como libro de Dios aparece en muchos de sus ensayos. En uno de ellos ("Del culto de los libros") Borges recuerda ese pensamiento de Bacon, según el cual Dios nos ofrece dos libros: "El primero, el volumen de las Escrituras, que revela Su voluntad; el segundo, el volumen de las criaturas, que revela Su poderío". Para Carlyle "la historia universal es una Escritura Sagrada que desciframos y escribimos inciertamente y en la que también nos escriben". Según Bloy "somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo". En su cuento El muerto, Borges da cauce a esta idea.”



El montaje teatral

Azevedo Bandeira monta una representación teatral donde él, sus hombres y Otálora serán los actores. El escenario es la hacienda El Suspiro, “guampuda y menesterosa”. Junto con la llegada de Azevedo Bandeira , se predisponen objetos y personas para armar este teatro: “Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o guardaespaldas de Azevedo Bandeira.”
Los finos objetos, como la jarra y palangana de plata, y las cortinas, contrastan con el escenario real del “pobre establecimiento”, en mitad del desierto.
Obnubilado por el poder, Otálora erige su tragedia, su propia torre de Babel construida a costa de la suplantación, de ser otro del que realmente es: “En la cabecera de la mesa, Otálora, borracho, erige exultación sobre exultación, júbilo sobre júbilo; esa torre de vértigo es un símbolo de su irresistible destino.”
Nuevamente nos encontramos con el tema del ser y del parecer, visto ya en Emma Zunz. Otálora –actor de su tragedia- no es más que “ el forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado”, frase que él escucha y atribuye a una broma. Nótese el adjetivo ‘agauchado’ que indica con claridad el mundo de las apariencias. Otálora no alcanzó a ser un verdadero gaucho.
La epifanía o revelación (cuando el personaje aprende una verdad sobre sí mismo y sus circunstancias) se produce cuando Otálora está pronto a morir. Con respecto a esto Ana María Barrenechea señala:

“Al final la revelación se produce y la última frase muestra una progresión de ideas que expresan el camino de progresión en la mente del protagonista: “Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.” El hecho está visto primero dentro de las relaciones humanas con su sucesión temporal, luego como una anticipación aún humana en su suposición del final –“ya lo daban por muerto”- , por último como la súbita revelación de lo divino con la anulación del tiempo en la órbita eterna de la visión del Creador. Importa destacar que nunca el plano simbólico desvitaliza a los personajes, y que por el contrario ahonda la dramaticidad y el misterio al proyectar el duelo de dos contrabandistas en el duelo del hombre con su destino.” (Barrenechea. 1984:89).



El hombre que entreteje estos símbolos

Ana María Barrenechea ha hecho un importante estudio sobre las aclaraciones parentéticas en Borges, así como las expresiones de la duda y la conjetura, correcciones, rectificación y otras. En El Muerto la más importante de las aclaraciones parentéticas es esa añoranza o saudade del narrador: “…porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos.”(Mi destacado).
En primer lugar, el narrador usa el verbo ‘entretejer’, él es, como en Emma Zunz, el urdidor de la historia, sitúa a los personajes en ciudades y fechas determinadas, describe sus perfiles psicológicos y físicos, y utiliza la figura del ‘resumen’, aunque para el lector (a) la historia no sea una abreviación: “Ignoro los detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas . Por ahora, este resumen puede ser útil.”
También se vale de la figura de la ‘versión’ para dar la impresión de historia conocida o leyenda donde verdad y ficción se confunden: “Otras versiones cambian el orden de estos hechos y niegan que hayan ocurrido en un solo día.”
El narrador dispone a los personajes para representar la historia como en un juego de ajedrez: “Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la intimidación progresiva”; la última escena de la historia corresponde a la agitación de la última noche de 1894”; “Aquí la historia se complica y ahonda.” (Mis destacados).
Otálora muere un 31 de diciembre de 1894, “cuando las doce campanadas resuenan”. Junto con él muere un año y se reinicia un nuevo ciclo temporal con Azevedo Bandeira como único dueño del destino de los seres humanos y de su laberíntica tierra. Otálora no supo cómo salir del laberinto de Bandeira. Quedó atrapado como el ratón en una trampa con cebo.
En segundo lugar, el narrador nos habla de ‘símbolos’. Para Borges símbolos del infinito son la llanura inagotable, vastos amaneceres, vasto lecho blanco, interminable llanura, alguien infinitamente rasguea una trabajosa milonga. Las selvas populosas, ciénagas, de inextricables y casi infinitas distancias, según Ana María Barrenechea, también tienen que ver con lo monstruoso y caótico.

“ Borges sabe que toda realidad se disuelve con la presencia del infinito –señala Barrenechea- y lo convoca constantemente en sus obras. […] Pueden distinguirse ciertas formas esenciales de concretarlo: los vastos ámbitos espaciales y temporales, las multiplicaciones interminables, el camino sin fin (lineal o cíclico o laberíntico), la inmovilización en un gesto.” (Barrenechea.1984:19).

Sin embargo, lo más significativo es el “hecho mismo de la simbolización”, agrega Barrenechea:
 

“ Borges se ha nombrado en El Muerto como “el hombre que entreteje estos símbolos”, es decir que, cuando ha adoptado la máscara del escritor, ha querido mostrarse esclavizado o justificado por esa tarea. Palabras, signos, figuras, cifras, simbolizan los actos humanos y la entera creación; el universo entero y los actos de los hombres son, a su vez, figuras, letras, palabras o símbolos de nuestro destino.” (Op.Cit. 142).

El narrador se enmascara y los personajes también. Recordemos a Azevedo Bandeira fingiendo enfermedad en su dormitorio repleto de armas y con un espejo de luna empañada que no refleja el simulacro, la farsa. Y Otálora, en su espejismo de ambición, ve lo que quiere ver: a un viejo enfermo que podría matar de un sólo golpe.
Lucha eterna entre la ciudad y la pampa, entre la civilización y la barbarie. Pero el hombre que entreteje los símbolos, construyendo así el mundo literario, tiene una certeza: todo es relativo. El tiempo es un río que me arrebata hasta estas fugaces palabras.


El jardín de los senderos que se bifurcan
[6]: los laberintos del tiempo
En el prólogo de Ficciones Borges nos advierte que "El jardín de senderos que se bifurcan" es una pieza policial. Sin embargo, el cuento es mucho más complejo porque, en una lectura profunda, incluye al tiempo como su protagonista. Y no se trata del tiempo cronos, sino del tiempo aión. Estos dos tiempos son revisados por Gilles Deleuze en su libro Lógica del Sentido
[7](Deleuze.1994) . Para Cronos, sólo el presente existe en el tiempo. Pasado y futuro son dilataciones del presente. Para Aión, sólo el pasado y el futuro persisten en el tiempo. El presente es el lugar del encuentro del pasado y el futuro, porque el presente es puro acontecimiento, eventum tantum . Cronos es limitado, regulado por la profundidad, en cambio Aión es infinito como futuro y pasado, pero finito como instante, que se mueve en la superficie. Siempre ya pasado y eternamente por venir. Es el tiempo donde reinan los llamados “incorporales”, habitantes de un lugar ‘atopon’, un no-lugar, poblado de efectos, sin nunca llenarlo.

"... Dos tiempos, uno de los cuales se compone sólo de presentes encajados, y el otro no hace sino descomponerse en pasado y futuros alargados. Uno de ellos está siempre definido, activo o pasivo, y el otro, eternamente Infinitivo, eternamente neutro. Uno es cíclico, mide el movimiento de los cuerpos, y depende de la materia que lo limita y lo llena: el otro es una pura línea recta en la superficie, incorporal, ilimitado, forma vacía del tiempo, independiente de toda materia” ( Deleuze. 1994: 82).

Deleuze compara este tiempo Aión –forma vacía del tiempo- con el concepto de ‘vacuidad’ o ‘vacío’ en el budismo zen, su principio fundamental. Esta cualidad no es negativa, sino positiva y está ligada estrechamente al concepto de no-acción (wu wei), que significa –en su sentido más amplio- no forzar la esencia de las cosas. No es laissez faire, es ser la corriente, ‘fluir en el momento’. El Tao es ‘fluir -ahora’. Para el maestro D.T. Suzuki, el vacío es la fuente de infinitas posibilidades (Wilson Ross.1990))
[8]:

“Estas palabras podrían aplicarse también al término Zen “no pienses”, que implica la liberación de la tiranía del pensamiento conceptual y la confianza en otras energías y habilidades físicas…”
“El zen sostiene que la razón es incapaz de resolver el más profundo problema del hombre: su propio significado para él mismo y para la vida. Según el punto de vista Zen, no existen respuestas finales a las dudas existenciales ni se pueden encontrar por discusión dialéctica ni por el pensamiento”. (Wilson Ross.1990: 157).

Wu wei también puede ser entendido como un estado nebuloso de la (in) conciencia, donde se vive un tiempo onírico. Alan Watts en su libro El camino del Tao
[9]
( Watts.2000:131) ilustra este concepto con el pequeño relato de Chuang-Tzu, “Sueño de una mariposa”: Una vez yo, Chuang-chou, soñé que era una mariposa, una mariposa que volaba, gozando de sí misma. No sabía que Chuang-chou era ésta. Repentinamente, desperté y volví a ser realmente Chuang-chou. Pero no sé si era yo soñando que era una mariposa, o si era una mariposa soñando que era Chuang-chou.

*

Yu Tsun, espía y protagonista de la historia, debe transmitir el nombre de una ciudad a los oficiales alemanes. Acosado por el implacable capitán Richard Madden, decide comunicar su mensaje matando al sabio sinólogo Stephen Albert, porque su apellido es igual al nombre de la ciudad que los alemanes tienen que atacar. Así, cuando los diarios británicos publiquen la noticia del asesinato de Albert en manos de un desconocido, los alemanes recibirán el mensaje. Yu Tsun encuentra la dirección de la casa de Albert en la guía telefónica y, una vez allí, Albert reconoce a Yu Tsun como el bisnieto de Ts'ui Pên, un astrólogo chino que ha escrito un libro extraordinario: El Jardín de Senderos que se Bifurcan. Ts'ui Pên se había propuesto dos tareas inconcebibles: construir un laberinto infinitamente complejo y escribir un texto interminable. Después de su muerte se pensó que había fracasado por cuanto la existencia del laberinto no estaba clara y la novela no sólo estaba incompleta sino que resultaba absurda e incoherente (por ejemplo, algunos personajes morían y reaparecían en capítulos posteriores). Para sorpresa de Yu Tsun, Albert le revela que ha descubierto el secreto de la enigmática novela: el libro es el laberinto, y el laberinto no es espacial sino temporal. El jardín es la imagen del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên ; el mundo es un jardín de senderos que se bifurcan.

El testimonio de Yu Tsun

El cuento está escrito en primera persona. Yu Tsun, condenado a la horca, es el narrador y la historia que narra tiene características de testimonio. Para Manuel Jofré, la inclusión de referencias bibliográficas y de notas al pie de página, el hecho mismo de testimoniar o declarar los hechos, generando otras historias, como la del libro de Ts’ui Pên, dan cuenta del procedimiento llamado letra sobre la letra, como las matrioshkas rusas, por ejemplo, Las mil y una noches. La escritura puede ser guardadora, reveladora o transmisora del enigma. Es, además, un laberinto.

“En este relato, el lenguaje y la “escritura” abren la acción, la posibilitan y la comunican. La “escritura” proporciona las claves sobre otras escrituras y también sobre procesos reales. Envuelve como una red todo acontecimiento, y lo transmuta a un orden desde donde requiere ser descifrado. Permite la realización de proyectos humanos, su trascendencia y su nihilización.” (Jofré.1993:164).

Yu Tsun ingresa de un laberinto en otro, huyendo de Madden y sabiéndose muerto, cumple su misión y mata a la persona que más sabe de su antepasado Ts’ui Pên y de su fabulosa empresa. Albert, que ha comprendido la visión del eterno retorno, también sabe que morirá. Yu Tsun es víctima del destino y de la guerra: “Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. […]Yo quería probarle [al Jefe] que un amarillo podía salvar sus ejércitos.”
En cambio, Albert ha sido favorecido por el destino: “A mí, un bárbaro inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano.” (Mis destacados).
Para el catedrático Tsun lo más importante y real es el encuentro con Albert porque genera una revelación: “Me pareció que el húmedo jardín que rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas eran Albert y yo en otras dimensiones del tiempo.” Los ‘bárbaros’ occidentales ni siquiera sospechaban de tales disquisiciones orientales. La irrupción de Madden y posterior arresto a Yu Tsun, su futura muerte, la guerra, el bombardeo, el espionaje, son hechos irreales e insignificantes. Si los innumerables antepasados confluyen en Yu Tsun (p.473), él es un laberinto que se encuentra a sí mismo en la reunión con Albert; ha retornado a sus orígenes y ha comprendido esa confluencia.

Consideraciones finales

El común denominador de estos tres cuentos es el relativismo [1]: En Emma Zunz la historia es verdadera y falsa; en El Muerto, el personaje está vivo y está muerto; en El jardín de los senderos que se bifurcan, el personaje principal huye y tiene encuentros notables; puede ser un ‘bárbaro’ (al matar a Albert) y formar parte de una profunda y misteriosa civilización oriental. En los tres textos se sintetiza la línea entre el ser y el parecer. Los temas de la muerte y el laberinto, conjuntamente con la aparición de motivos como la traición y la venganza se proyectan de diferentes maneras en estas historias.
El tema del laberinto alcanza su apogeo en El jardín de los senderos que se bifurcan. El cuento mismo se bifurca en dos historias a medida que el protagonista avanza, mental y físicamente. El lector (a) se enfrenta a un cuento de corte policial que desemboca en una historia que es una disquisición filosófica sobre el tiempo. Así como Yu Tsun tiene una revelación con respecto a su propia vida, el lector (a) también tendrá revelaciones con la propia lectura del cuento. Esta comunión entre narración y lector (a) tiene mucho en común con el ‘efecto único’ de Poe.
La imagen de Europa, como la de América, es convulsa y violenta. La guerra también tiene características de laberinto en cuanto caotiza y degrada los destinos del ser humano. Yu Tsun vive una situación límite, como Benjamín Otálora muere en una tierra que no es la suya.
Con respecto al americanismo en Borges, Ariel Dorfman [2] señala que éste “resulta innegable . Pero su deseo de dar la espalda a esa realidad es igualmente innegable.
El mundo americano de la violencia existe en Borges, pero su fin es ser disuelto en la nada de Shopenhauer, en el tiempo cíclico de Nietzsche, en los avatares del pensamiento, en la cábala judía, en los laberintos chinos. El mundo concreto se desintegra y es absorbido por el pensamiento de Borges. […]Encontramos el tema de los dos Borges, el sentimiento y la razón, América y Europa, barbarie y civilización.” (Dorfman.1970:53).

Para Dorfman la violencia es inevitable y es un acto gnoseológico. Los personajes, a través o dando la muerte, tienen una salida y una liberación.

La muerte y la vida son, en estos cuentos, un arco iris doble, maravilloso y evanescente. Que los laberintos se conmuevan y nos filtren la luz del ciego Borges.

[1] Con respecto al relativismo, Alazraki señala:
“ Este relativismo nos obliga a ver la realidad en perpetuo movimiento, nos incita a trascenderla más allá de su monótona cotidianidad y a penetrarla en sus dimensiones inéditas. [Los cuentos de Borges], que algunos consideran de evasión de la realidad, nos acercan más estrechamente a la realidad, no a esa realidad crónica que nos aturde, sino aquella que nos reduce a un número fortuito de una gigantesca lotería y a la vez nos articula con todo lo que fue y será, a aquella que nos transforma en un ciclo de una realidad ya ocurrida y a la vez nos enseña que un minuto puede ser recipiente de la eternidad, a aquella que desdibuja nuestra identidad y nos convierte a la vez en depositarios de una Identidad suprema. En resumen, una realidad inverosímil, contradictoria, ambigua y hasta absurda. Pero ¿no son acaso estos rasgos los ingredientes auténticos de su irrecusable misterio? Vista la realidad desde un plano que trasciende ilusorias precisiones y lógicas adventicias, más allá de esa corteza resistente y visible de racionalidad, la recta se comba y el infinito universo encuentra un tope de finitud; la múltiple visión de la realidad que Borges nos propone es un intento de abarcar los contradictorios elementos que la conforman. Aunque "A" excluya a "B", Borges los presenta juntos, conviviendo, para mostrar que esa exclusión es falaz, porque se rechazan, se oponen, pero también se completan y se necesitan. Ese mundo ficticio, donde la medida de todas las cosas es un relativismo que otorga validez a lo inverosímil y a lo absurdo, no es una evasión de la realidad, es más bien su retorno, pero con la flor que, como la de Coleridge, prueba que existe y que es también un sueño.” (Alazraki.1978).


[2] Dorfman, Ariel. Imaginación y violencia en América. 1970. Santiago, Editorial Universitaria.


[1] Borges, Jorge Luis. “Emma Zunz”. En: Obras Completas. Vol. I. 1996. Buenos Aires, Emecé. Pgs. 564-568.[2] Sarlo, Beatriz. "El saber del cuerpo. A propósito de 'Emma Zunz'" Borges Studies on Line. On line. J. L. Borges Center for Studies & Documentation. (http://www.hum.au.dk/romansk/borges/bsol/bsez.htm).[3] Barrenechea, Ana María. La expresión de la irrealidad en la obra de Borges. 1984. Buenos Aires. Centro Editor de América Latina.[4] Borges, Jorge Luis. “El Muerto”. En: Obras Completas. Vol. I. 1996. Buenos Aires, Emecé. Pgs. 545-549.[5] Alazraki, Jaime. Narrativa y crítica de nuestra hispanoamérica. 1978. Encontrado en: http://www.apocatastasis.com/jorge-luis-borges.htm
[6] Borges, Jorge Luis. “El jardín de los senderos que se bifurcan”. En: Obras Completas. Vol. I. 1996. Buenos Aires, Emecé. Pgs. 472-480.[7] Deleuze, Gilles. 1994. Lógica del sentido. España, Paidos. 329 p.[8] Wilson Ross, Nancy. Para vivir el camino del Buda. 1990. México, Árbol Editorial.[9] Watts, Alan. El camino del Tao. 2000. Barcelona, Kairós Editorial.

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El absurdo andaba sobre mis pies




Reencontrarse en un estado de extrema conmoción, esclarecida de irrealidad, con trozos del mundo real en un rincón de sí mismo.

Antonin Artaud, El Pesa-nervios
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Qui suis-je?
D'où je viens?
Je suis Antonin
Artaud
et que je le dise
comme je sais le
dire
immédiatement
vous verrez mon
corps actuel
voler en éclats
et se ramasser
sous dix mille
aspects
notoires
un corps neuf
où vous ne pourrez
plus jamais
m'oublier.

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Caminaba un poco encorvado, por Juan José Saer


En 1985, el exilio debe ser repensado en el marco de una nueva situación planetaria. En términos generales, los vastos desplazamientos humanos como consecuencia de terribles sucesos políticos han ido modificando demográficamente no pocas regiones del planeta. Por esa razón, es notorio que la consideración de situaciones individuales puede servir solamente para observar el efecto que el exilio produce en la praxis de ciertos individuos, en este caso escritores o artistas. Tomar como paradigma a un individuo sería absurdo, tratándose de un fenómeno que en buena parte es consecuencia de un desprecio evidente por el individuo. Pero lo genérico de la condición de exiliado no debe ocultar lo específico de la condición de escritor. Y tal vez lo que es válido para un escritor en exilio no lo es para todo exiliado.
De las ventajas que el exilio ofrece a un escritor, la más importante sin duda es la relativización de la propia experiencia, individual o colectiva. Narcisismo y nacionalismo sufre, gracias al descentramiento y a la distancia, un rudo golpe. En ese sentido, podemos considerar el exilio como un nuevo avatar del principio de realidad.
La readaptación puede dar una ilusión de óptica y hacernos creer que existe el exilio voluntario. Pero es una noción falsa. Ningún exilio es voluntario: cuando se pasa de un lugar a otro, creyendo tomar libremente una decisión, las razones del cambio han sido tramadas por el mundo antes de que el sujeto las actualice. La distancia ya existía antes del alejamiento, la ruptura antes de la separación. Que la partida se verifique o no es secundario. En todo caso esa partida no es más que la conclusión práctica y puramente anecdótica de una contradicción ineluctable.
Respecto del país natal, el extranjero es una especie de limbo, y una suerte de observatorio también: es evidente que, después de cierto tiempo, el escritor exiliado flota entre dos mundos y que su inscripción en ambos es fragmentaria o intermitente. Si la complejidad de la situación no lo paraliza, esa vida doble puede ser enriquecedora. A un argentino, particularmente, en cuyo país una de las contradicciones principales de la cultura reside en la oposición nacionalismo- europeísmo, el doble campo empírico le será útil para comprobar lo injustificado de las pretensiones nacionalistas y al mismo tiempo desmitificar la supuesta infalibilidad europea.
Pero claro, no todo es provecho intelectual. Tiempo, espacio, carne, memoria, experiencia, muerte: todo esto, que es materia común a todos, en la situación del exilio cobra un sabor particular. Así se confunden espacio y tiempo, geografía y pasado, muerte y distancia; por momentos, se pierden el sentido y la plenitud de lo vivido.
Para el joven Joyce, las tres armas del escritor perdido en la penumbra del extranjero, debían ser “el silencio, el exilio y la astucia”. Ese programa nos da una idea de enfrentamiento, de soledad, de separación. En Mínima moralia, no pocos de los fragmentos de Adorno describen el mundo de los emigrados alemanes en Estados Unidos como agobiado por el peso de muchas amenazas –internas y externas.
Y los rastros del principio de realidad se inscriben en nuestro cuerpo. Dante, el gran desterrado, era, como es sabido, grave, sarcástico, amargo, un poco altanero. El exilio coincidió con su gloria –hasta los que lo amenazaban de muerte lo respetaban, y, fuera de Florencia, los poderosos se disputaban al huésped ilustre quien, por otra parte, no dudaba de su superioridad terrena ni de su investidura divina. Pero, según nos lo describe Bocaccio, “tenía un rostro melancólico y pensativo” y, cuando alcanzó cierta edad, que por otra parte no era mucha, “caminaba un poco encorvado”. (1985).

En: Juan José Saer. El concepto de ficción. Buenos Aires: Seix Barral, 2004.

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Erinnerungen an Kafka


Franz Kafka , por René Avilés Fabila
Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño intranquilo, se dirigió hacia un espejo y horrorizado pudo comprobar que:

a) seguía siendo Franz Kafka.

b) no estaba convertido en un monstruoso insecto.

c) su figura era todavía humana.

Seleccione el final que más le agrade marcándole con una equis.

(En Cuentos y descuentos).

En Jorge Letralia


La cucaracha soñadora, por Augusto Monterroso
Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.

El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Paréntesis
A veces por las noches -meditaba aquella ocasión la Pulga- cuando el insomnio no me deja dormir como ahora y leo, hago un paréntesis en la lectura, pienso en mi oficio de escritor y, viendo largamente al techo, por breves instantes imagino que soy, o que podría serlo si me lo propusiera con seriedad desde mañana, como Kafka (claro que sin su existencia miserable), o como Joyce (sin su vida llena de trabajos para subsistir con dignidad), o como Cervantes (sin los inconvenientes de la pobreza), o como Catulo (aun en contra, o quizá por ello mismo, de su afición a sufrir por las mujeres), o como Swift (sin la amenaza de la locura), o como Goethe (sin su triste destino de ganarse la vida en Palacio), o como Bloy (a pesar de su decidida inclinación a sacrificarse por las putas), o como Thoreau (a pesar de nada), o como Sor Juana (a pesar de todo); nunca Anónimo; siempre Lui Même, el colmo de los colmos de cualquier gloria terrestre.

(En La oveja negra y demás fábulas).


Franz Kafka y la niña, por Josefa Sarrionandía
Imagínate a Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín. En el 23 de noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa – Grunewaldstrass, 13- y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate a aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila. Una niña llora en la acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca. -No, no se ha perdido –le dice Franz Kafka. Que no se ha perdido, que no llore, que la muñeca ha tenido que marcharse de viaje y que no se ha despedido de ella porque los adioses son tristes. -Hace poco me he encontrado con tu muñeca –dice Franz Kafka-, a la salida de la ciudad. Y me ha dicho que te ha escrito. Imagínate a la niña secándose las lágrimas con las manitas. La niña, desde la profundidad de sus ojos azules, mira al hombre moreno, al extraño mensajero. El mensajero, Franz Kafka, sube calle arriba con su traje negro y paso lento, para perderse, como el más misterioso de los mensajeros, tras la esquina de la calle. La niña, durante las semanas siguientes, recibió las cartas de la muñeca, en las que le contaba un viaje extraordinario, cada vez desde más lejos.

En El cajón de sastre

Cementerio de la Ciudad Vieja, por Virginia Vidal
K, el niño, para jugar, no tiene sino el cementerio judío de la Ciudad Vieja. Por fuerza, debe pasar ante la estatua de Jan Hus y, como toda vez, un aleteo de urraca le toca el corazón: cura que sabe latín y en checo escribe, puede asarse en la hoguera.
Dentro del cementerio no corre sino salta sorteando lápidas. Terreno erizado de piedras sin flores ni pasto, apenas unos adustos cipreses.
Nadie sabe qué deseo escribió en un papel y lo metió en un intersticio de la estela empinada sobre la tumba del rabino Loew, el creador del Golem.

Karlstein
Soberbia humana impregna la piedra del castillo construido para albergar el ascetismo, la meditación y la sensualidad atormentada de un rey lujurioso. Abajo, muy abajo, la aldea chata. Apenas un sendero tenue y escarpado accede al castillo donde nunca pudo entrar el joven K.

En Anaquel de Virginia Vidal


Gajes del oficio, por Molly Bloom
A Augusto y Franz
Cuando Monterroso despertó, Kafka se había convertido en un monstruoso insecto. “Tengo que dejar una constancia de esta metamorfosis”, dijo Monterroso, y escribió El dinosaurio.

POSTDATA

Die Brücke
Franz Kafka

Ich war steif und kalt, ich war eine Brücke, über einem Abgrund lag ich, diesseits waren die Fußspitzen, jenseits die Hände eingebohrt, in bröckelndem Lehm hatte ich mich festgebissen. Die Schöße meines Rockes wehten zu meinen Seiten. In der Tiefe lärmte der eisige Forellenbach. Kein Tourist verirrte sich zu dieser unwegsamen Höhe, die Brücke war in den Karten noch nicht eingezeichnet. So lag ich und wartete; ich mußte warten; ohne abzustürzen kann keine einmal errichtete Brücke aufhören Brücke zu sein. Einmal gegen Abend, war es der erste, war es der tausendste, ich weiß nicht, meine Gedanken giengen immer in einem Wirrwarr, und immer immer in der Runde - gegen Abend im Sommer, dunkler rauschte der Bach, hörte ich einen Mannesschritt. Zu mir, zu mir. Strecke Dich Brücke, setze Dich in Stand, geländloser Balken, halte den Dir Anvertrauten, die Unsicherheiten seines Schrittes gleiche unmerklich aus, schwankt er aber, dann gib Dich zu erkennen und wie ein Berggott schleudere ihn ans Land. Er kam, mit der Eisenspitze seines Stockes beklopfte er mich, dann hob er mit ihr meine Rockschöße und ordnete sie auf mir, in mein buschiges Haar fuhr er mit der Spitze und ließ sie, wahrscheinlich weit umherblickend, lange drin liegen. Dann aber - gerade träumte ich ihm über Berg und Tal - sprang er mit beiden Füßen mir mitten auf den Leib. Ich erschauerte in wildem Schmerz, gänzlich unwissend. Wer war es? Ein Kind? Ein Turner? Ein Waghalsiger? Ein Selbstmörder? Ein Versucher? Ein Vernichter? Und ich drehte mich um, ihn zu sehen. Brücke dreht sich um! Ich war noch nicht umgedreht, da stürzte ich schon, ich stürzte und war schon zerrissen und aufgespießt von den zugespitzten Kieseln, die mich so friedlich immer angestarrt hatten aus dem rasenden Wasser.

En Franz Kafka
En español

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Pink Floyd /Wish you were here

So, so you think you can tell
heaven from hell
blue sky from pain...

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