Animalia II


Praderas amarillas

La loba emerge de su madriguera después de los meses de invierno. La siguen cuatro cachorros. Las praderas han cambiado su color de nieve por el oro de la cebada silvestre. Las horas se alargan en la quietud del día, se deshielan los roqueríos que nutren al riachuelo, ahora vivo y musical.
La loba mira el sol que entibia su lomo, lo mira sin querer entablar ningún tipo de comunicación con esa estrella fulgurante, lo mira enceguecida de esa renovación que siente en su cuerpo. Otros animales hacen lo mismo, pero a ella no le importa compartir lo que podríamos llamar, simplemente, el ciclo restaurativo de la naturaleza.
Los cachorros juegan entre los yuyos de largos tallos y, algunas veces, miran hacia atrás para comprobar que su madre esté cerca; simulan atacarse y clavan sus pequeños colmillos en los cuellos de sus hermanos o ponen las patitas delanteras -de cojinetes tiernos y rosados- en el pecho del otro para así afianzar su poderío.
Todo es como debe ser en las praderas amarillas. No hay nada que esté fuera de lugar, nada que sea inarmónico. Los ruidos naturales se manifiestan durante todo el día y durante toda la noche. La loba reconoce al búho blanco y espectral que fija sus ojos en uno de los cachorros, esperando que se separe del resto, lo suficiente para emprender un vuelo en picada y cogerlo con sus garras. Después lo destripará en la copa de un árbol. Con el alimento digerido, dará alimento a sus polluelos de picos afilados y sin las majestuosas plumas de la madre.
Pero el búho sabe que la loba está siempre atenta y que apenas uno de sus hijos se separe para perseguir un saltamontes, irá de inmediato a buscarlo, agarrándolo suavemente del pellejo suelto del cuello y devolviéndolo al lugar que considera seguro.
Uno de los cachorros no llegará a su adultez. Se trata del más pequeño y débil, el que no alcanza las tetillas de su madre para mamar sin que los otros se las arrebaten. Aparenta tener una carita lastimera, unos ojos tristísimos, pero es solo debilidad, incapacidad para la sobrevivencia en las praderas.
Él siempre se alejará del grupo o se quedará dormido de hambre y frío adentro de un tronco hueco, donde a veces habitan otros animales o insectos.
Ese cachorro está destinado a morir y la loba lo intuye. Deliberadamente, permite que se aleje más y más (el búho ya ha cazado un ratón y no tendrá interés en él) hasta que la pérdida sea irreparable. El lobito intentará saltar el riachuelo, resbalando y cayendo a las gélidas aguas. Gemirá pidiendo ayuda, la loba alzará sus orejas y olfateará la cercanía de la muerte sin hacer nada. El cachorro será arrastrado por el agua hasta ahogarse o rajarse el lomo con alguna piedra cortante y milenaria.
Todo es como debe ser. Después, la loba encontrará el cadáver de su hijo, lo tomará en su hocico y será el alimento para los otros, que carecen de memoria y comerán esa carne putrefacta sin un ápice de culpa o de dolor.
La loba y sus criaturas volverán a la madriguera a descansar del largo día. Los lobitos se enroscarán unos contra otros, hundiendo la cabeza entre las patas y dormirán, satisfechos. La loba los abandonará por unas cuantas horas y emprenderá el rumbo a las planicies prohibidas, donde habita un hombre de mirada nostálgica, un hombre que querría ser lobo porque cuando la noche se yergue en su máxima indiferencia, aúlla con las manos crispadas y lágrimas en los ojos. Y a ella le atrae esa imagen extraña y esos aullidos tan lejanos a los machos de su especie.

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Lobos

Esta lógica de la eternidad de la especie es tan convincente como la inercia grandiosa, inconmensurable de la vida.

Los ojos verdes
Marguerite Duras

He soñado con lobos. En la permanente noche del bosque helado ellos saben qué hacer, a dónde dirigirse, aunque finjan errar de montaña en montaña, desorientados, en busca de alimento. Se trata de un desconcierto para ellos mismos, una búsqueda arbitraria donde quizás alguna vez, hace miles de años, primaba más el juego que la supervivencia. Entonces, caminan incansables por el bosque elegido, en esa noche que los convierte siempre en poderosas bestias de largo y frondoso pelaje y en cuyos hocicos y cuellos permanece invariable la huella de sangre del animal cazado, que, antes de morir, en el momento agónico, dejó sus débiles huellas estampadas en el suelo de hojas, señal que sus ojos miraron con amor a aquel que le enterró los colmillos, asfixiándolo lentamente. La disputa comienza aquí, entre los machos más viejos y alguna hembra más astuta y veloz que éstos. A los jóvenes les tocará sólo lamer los tejidos de los huesos.
He soñado con la manada. Soy una hembra y acepto las coordenadas que me impone la vida, aunque a veces huya del grupo para refugiarme en la cueva donde habitó una pareja humana.
El espacio es oscuro y húmedo; allí antes hubo luz y calor: restos de madera quemada, olor penetrante de grasa asada y de orines. Cuando el sol se filtra por las grietas, en una pared muy lisa, aparezco yo dibujada con tierra de colores y carbón. También hay otros lobos que no conozco: atrapados, presos, muertos y desollados.
Aparte de los restos de fuego, lo único que hay allí es una gran piel negra y blanca, devastada por los años. Una piel de lobo. Y ahí me recuesto. Duermo por un tiempo ilimitado, soñando que corro por praderas amarillas, por el simple placer de correr, sin objetivo, sin presa que perseguir. Sólo correr con el sol entibiando mi lomo, hacia ninguna parte. Si alguien me viera soñando, podría percibir los estertores de mis patas, el tiritar de los párpados y un colmillo asomado entre el belfo, relajado, huérfano, canal único de la saliva.
No quisiera despertar porque siento frío. Abro un ojo, me cuesta enfocar, puedo distinguir las tonalidades del negro y del gris; más allá la luminosidad me ciega. Gimo, es lo que sé hacer, pido ayuda gimiendo y emitiendo gruñidos agudos. El pelo que cubre mi cuerpo ya no está y me molestan dos protuberancias que aparecen debajo del esternón.
Me incorporo asustada. El frío se hace intolerable, pero una nueva sensación, hasta ahora desconocida, me obliga a olvidar el aire gélido:
Por primera vez tengo conciencia de mi desnudez.
Agua sale de mis ojos.
Escucho los aullidos del macho plateado. Me busca. Pronto llegará hasta aquí, junto a los demás. Mi instinto dice que debo huir a las planicies, al asentamiento humano. Ahora no le temo al fuego. Es mi ventaja con respecto al grupo. Sé que seré perseguida, pero mi olor ya no es el mismo. El humo y las llamas los harán retroceder, mientras yo seguiré avanzando, corriendo, trepando viejos árboles para diferenciar mi mirada de la de ellos. El enfrentamiento se producirá sin remedio. Querrán de mí lo que siempre quisieron: mi carne, la sangre que habita en cada vena y arteria. Yo querré de ellos piel y corazón: abrigo y fuerza.
El macho plateado recorre mi territorio, no ingresa en el círculo, se mantiene al borde, oliendo y aullando. Vigila mis pasos. Los demás esperan a una distancia prudente, se cobijan del frío cavando grandes hoyos en la tierra congelada. Varios cachorros han sido despedazados por falta de otros animales. Han desaparecido las liebres cojas, los ciervos enfermos. Como si supieran que estoy siendo más loba que los lobos, entrometiéndome en la raza que más aniquila, sin compasión por la naturaleza que la rodea. Sin embargo, no soy ni la una ni la otra, acepto esta condición de soledad porque no tengo alternativa. El macho plateado me muestra todos sus colmillos de una sola vez, sus ojos brillan de ferocidad ante la traición que él considera mía. Mi sumisión repentina lo desarma. Me echo al suelo con las orejas gachas, fingiendo ser loba dispuesta a un apareamiento fuera de época. Me revuelco despacio, alerta ante cualquier ataque; después, con el vértigo que no me abandona, vuelvo a pararme y lo miro fijamente. De mi garganta nace un grito que hace que los pájaros vuelen despavoridos, desordenando el impecable espacio del bosque. Él nota la diferencia agachando las ancas y retrocediendo…
Desaparecerá en el bosque, sus huellas se borrarán, su olor se confundirá con otros; ante el peligro de un incendio destructor, él emigrará en silencio. Ahora sé que está y no está y que su lejanía es su escudo de protección. Es lo mejor que podría haber hecho. Un estratega, si duda alguna.

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El silencio latía en la sangre, y ella jadeaba con él.
Cerca del corazón salvaje
Clarice Lispector

La loba extraña al viajero. Quisiera encontrar una señal suya, el signo de sus viajes. Quisiera modular con él la indocilidad del olvido convertida en arena, papeles plateados, palabras sueltas, sin significado. De tanto extrañar la loba se aleja de su lobedad para ser la que busca. El viajero sabe que en las noches ella mira el cielo y no encuentra nada más que el cielo y su silencio de estrellas muertas. Ella entonces aprieta los puños y grita su nombre al vacío. Y el viajero recoge ese grito como si se tratara de mariposas que pronto morirán bajo la luz del sol.
El tiempo decidirá si el viajero regresa o no. O una aguja depositada en el centro de su corazón, una cicatriz de nostalgia, un rasguño de pena.
Ella lo extraña, la que busca y escribe como una condenada a muerte viaja también, disfrazada de mendiga, pidiendo la limosna de la huella, la traza insegura, fantasmada por esos milagros de la desaveniencia.
Dame de comer, le pide la harapienta. Y el viajero del tiempo le regala su sombra.

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A tus pies rendida una lluvia


Mitzuo Okinawa es mi maestro de zazen o meditación budista. Vacía tu mente, practica el wu wei, suele decirme él, y sus ojos rasgados me llevan a navegar por ellos aún cuando estamos frente a frente, en silencio, los párpados descansando en sus órbitas de carne. Vacío mi mente, pero el cuerpo no obedece. En secreto miro al maestro Okinawa en su loto completo, la espalda convertida en una flecha, las manos superpuestas, los pulgares tocándose. Afuera llueve y yo amo esas manos tranquilas y mi deseo crece cada vez que él me saluda o se despide agachando la cabeza ceremoniosamente. Nunca podré hacer zazen en estas condiciones. La lujuria me repleta de pensamientos e imaginarios incorrectos. Un buen caminante no deja huellas, sentencia él, adivinando mi ser disperso y sensual, medita en eso, Li-san.
Leí a Chuang Tzu, Li Po y a Lao Tzu para aplacar mis ansias; caminé bajo la lluvia, permitiendo que cada gota de agua recorriera la piel que ardía y se incendiaba con tan sólo recordar su rostro. Dejé huellas por todos lados: abandoné mi ropa en el bosque de bambúes y desnuda caminé y caminé hasta encontrar el jardín de arena de Mitzuo Okinawa, espacio antes vedado a mi persona. Ahí estaba él esperándome. Ven, entra, dijo. Voy a dejar huellas en la arena, maestro, no puedo entrar, contesté. Además estoy enamorada de usted, venerable iluminado, y mi cuerpo sólo está dispuesto al deseo. Tú no estás enamorada de mí, pequeña libélula, tú estás enamorada de un fantasma, un ser lejano que no puede darte lo que tú quieres, que no puede acariciar tus pechos a la luz de la luna. Es por esto que me has buscado: quieres olvidar y sólo recuerdas algo que no existe, quisieras que él viniera por ti y se fundiera con tu amor, hasta que tú ya no fueras nada, sólo el amor en sí mismo.
Okinawa calló y continuó rastrillando su jardín, haciendo lo que sus antepasados habían hecho por miles de años. La lluvia caía sobre las hojas de los árboles produciendo una música silvestre que comenzó a envolverme. Pensé en el hombre lejano y pronto pude visualizarlo. Ahí estaba y de cuerpo entero. Corrí hacia él y lo abracé; él sintió cómo el agua se le metía por el cuello de la camisa. Luego besé sus labios y él sació su sed. Parecía no verme, pero me sentía, cada poro de su piel se estremecía con mi presencia. Miró hacia arriba y permitió que la lluvia bañara su cara. Hasta entonces no comprendía que yo era el agua, que la pequeña libélula era la lluvia rendida a los pies de ese caminante que se acercaba al maestro Okinawa y le preguntaba por una discípula recién llegada al monasterio. Ella ya partió, dijo el maestro, mientras un rayo de sol iluminaba las tres rocas solitarias, pero puede volver en cualquier momento, agregó, comprobando que yo había entrado al jardín sin dejar huella alguna.

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Bob Dylan - When The Deal Goes Down

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Testimonio de Fernando



Conocí a Fernando adentro del subway de Manhattan, el año 1980. Nos reconocimos como chilenos por el acento tan característico. Y como muchos chilenos, Fernando era un exiliado. Han pasado 27 años y nuestra amistad continúa, fuerte y necesaria. Soy la comadre y él es el compadre. Así nos llamamos.
La foto fue sacada el año 1985, en Manhattan, en nuestro pequeño departamento. El último de la fila a la izquierda es Fernando, sonriendo. Segunda fila de izquierda a derecha: Una española cuyo nombre no recuerdo (¿Ana?), Esaúl (Puerto Rico), Robin (USA), la que escribe (Chile), Joe Sciorra (USA), Zulma (Puerto Rico), Mónica (Colombia). Tercera fila de izquierda a derecha: Raúl Conti, Miry Ferreira y Yaiza (Argentina), Leo (Chile), Regina (Brasil), Mónica (Alemania). Con el balón de fútbol, Cristián (Chile).


Testimonio

Santiago de Chile, antes de 1970

Terminé mis estudios secundarios en el Instituto de Humanidades Luis Campino en 1969. En ese entonces empezaba a descubrir ideas políticas que ya se estaban gritando en las calles de Santiago por los sectores más desposeídos de nuestra sociedad. Ideas políticas que empezaban a ser discutidas en mi grupo familiar inmediato, entre mi madre y mi hermano. Ideas políticas que también, poco a poco, empezaban a ser discutidas en mi grupo de amistades de mi barrio. Así, profundamente influenciado por mi madre y por el impacto que estaba produciendo en mí la politización vertiginosa de la juventud, empecé a interesarme y a buscar los medios de participación en esta evolución política de la sociedad.

Santiago de Chile, 1970

Recién había cumplido 20 años y el mundo alrededor mío estaba en ebullición, todos tenían ideas, todos opinaban, la gente se organizaba y estaba dispuesta a demostrar que sus derechos debían ser tomados en cuenta. Chile se polarizaba a una velocidad abismante; yo me sentía lleno de ideas, tan seguro de comprometer mi vida por las ideas políticas que hablaban de los derechos de los más pobres de nuestra sociedad. Quería una sociedad socialista, una sociedad que transitara a ese ideal comunista donde a cada cual se le daba de acuerdo a sus necesidades. Una sociedad solidaria. Qué rico era sentir esa sensación de seguridad en el futuro, todo podía conseguirse, bastaba la entrega completa al trabajo político y no había dudas, en ese entonces, que en un cercano futuro nuestros ideales se convertirían en una realidad. Pero en esta polarización de la sociedad, los representantes de la derecha abrieron el espacio necesario para el surgimiento del fascismo, sus grupos ultraderechistas y el discurso que legalizaba la posibilidad de un golpe militar. La acción armada en contra de un gobierno que amparaba la movilización del pueblo.

Tantas tardes pasé en casa de mi madre hablando del futuro de estos acontecimientos; tantas veces mi madre mencionó al MIR como la única posibilidad de organizar una real resistencia a la posible claudicación de los sectores más reformistas de la Unidad Popular, y al avance de los sectores más golpistas de la derecha, creando una alternativa propia pero que a la vez pudiera ser el catalizador para grandes sectores pobres de la población. Una alternativa que, a la vez de apoyar el gobierno de la UP, fuera preparando las bases para un enfrentamiento que inevitablemente iría a producirse debido a lo frágil que era el verdadero control de las estructuras del estado chileno por parte del pueblo y la UP.

Qué vorágine de acontecimientos se producían para una generación tan joven como la mía; todo era secundario a los acontecimientos políticos. Así, en este contexto, empezó mi militancia política con el MIR. El compromiso con mi militancia fue completo, dejé de lado todos mis otros proyectos, como mi postulación a la escuela de Filosofia en el Pedagógico, y me dediqué al trabajo de organización política en los sectores obreros de La Granja y posteriormente al trabajo de organización poblacional en la tomas de terreno organizadas por el MIR. Para fines de 1972 gran parte de mi tiempo estaba dedicado a tareas internas de organización en el MIR; viajé a Cuba a varios encuentros, siendo mi último viaje sólo a unos meses antes del golpe de estado.



El Golpe Militar, 11 de Septiembre 1973, Santiago Chile.

Me desperté sobresaltado al sentir los golpes en la puerta del garage donde dormía, convertido en una pequeña pieza de alojamiento con su cama, un estante para ropa y libros, una mesa con su máquina de escribir y muchos papeles, documentos y revistas desparramados por todas partes. Era la casa en Diego de Almagro, casi al llegar a Pedro de Valdivia, donde yo y Mary, mi compañera y la que sería la madre de mi hijo mayor Marcelo, habíamos llegado a compartir con Frank Terrugi, David Hathaway y su companera Ita, chilena, militante del MIR, y una pareja de uruguayos militantes Tupamaros.

Los militares están avanzando hacia La Moneda, se ha decretado el estado de sitio.

Qué dura es la realidad y nunca se imagina en su totalidad hasta que te golpea de frente, es como si un sopor te envolviera y no se puede pensar claramente, qué hacer. Tratamos de escuchar la radio y recordar lo que tantas veces hablamos pensando en ese Golpe que sabíamos en teoría que alguna vez vendría, pero que nunca se cree hasta que te golpea.

Abandonamos la casa con lo puesto, después de quemar en el patio la mayor cantidad de documentos que pudimos, cada uno a las casas de contacto que teníamos previstas. Frank y David se fueron al último o quizás nunca se fueron. La casa fue allanada y Frank fue asesinado posteriormente en el Estadio Nacional donde fue llevado con David, como bien lo cuenta Costa Gavras en su película “Missing”, donde relata la desaparición y asesinato de otro norteamericano que visitaba nuestra casa: Charles Horfman. David sobrevivió.

Ya no habrían noches de descanso, los militares nos habían arrebatado como un zarpazo la primavera que tardó tantos años en volver a nuestro país.

Primer año de Dictadura

Qué grande se sentía Santiago antes del golpe; qué pequeño era ahora. Era una constante búsqueda de gente que se atreviera a ayudarte, qué valor de aquellos que te tendieron la mano para esconderte y ayudarte a ti y la resistencia que pensábamos oponer a la dictadura. Cuántas noches pasamos en tantas diferentes casas, casi siempre con algunos otros compañeros; aún éramos muchos y conversábamos y discutíamos las últimas noticias. En el día, salíamos a tomar contactos para recibir información y cumplir con algunas tareas, pero poco a poco la represión comenzó su implacable cacería, muchas veces ayudados por delatores que recorrían Santiago en las camionetas de la DINA identificando compañeros. Qué tensión era salir a la calle a encontrarse con alguien, nunca se sabía qué iba a pasar. Siempre la incógnita de si el encuentro se iba a producir, y si el contacto no llegaba que haríamos, qué incertidumbre. Tantos compañeros/as cayeron en las manos de la DINA en esos puntos de contacto. Y así viví eludiendo a la DINA hasta Septiembe de 1974.

La caída en manos de la DINA

En medio de esta sobrevivencia bajo el toque de queda, sintiendo los helicópteros sobrevolar Santiago en las noches, fuimos construyendo algo parecido a una rutina de vida. Un simpatizante del MIR, amigo mío, un piloto de nacionalidad costarricense, nos dejó su apartamento donde vivía con su compañera chilena antes de partir a Costa Rica.

Ahí en la mera esquina de Avda. Grecia con Salvador, diagonal a la panadería que aún existe en la esquina, en el cuarto piso, fuimos creando esa frágil rutina de vida. Allí concebimos a nuestro hijo Marcelo. Allí nos sentábamos a leer el diario en el pequeño balconcito que daba a Grecia, allí leí novelas como la “Orquesta Roja”, en la Europa ocupada por los nazis. Tantos días de salidas a conectarnos con otros compañeros, y cada vuelta al apartamento era un día más de victoria; allí donde preparé tantos mensajes en diminutos papeles de cigarrillos para ser escondidos en envases de pasta de diente o jabones y ser mandados con la esperanza de aportar información política a otros compañeros, también escondidos en otras partes de esta ciudad; allí donde tomábamos onces con pan tostado;allí, por momentos, nos sentíamos seguros, felices, resistiendo.

Esa frágil rutina se rompió una noche de septiembre de 1974, cuando un grupo de la DINA, al mando de Osvaldo Romo, irrumpió en el departamento un poco después del toque de queda. Mary tenía tres meses de embarazo.

Era un grupo de unas diez personas que allanó el departamento. La casa de mi madre ya había sido allanada esa misma noche y ella había sido llevada al centro de tortura de la calle José Domingo Cañas.

Encerraron a Mary en el baño, sentía sus quejidos y las amenazas. Me tendieron en el suelo del dormitorio y empezaron a interrogarme. Les dije que yo sólo cuidaba ese apartamento para José Bordaz, un miembro del Comité Central del MIR; encontraron las llaves de un Fiat de los que usaba la seguridad de Allende. Yo me aferraba a mi historia de que era sólo un cuidador de confianza de ese departamento para el Comité Central del MIR, que las cosas que encontraron eran de José Bordaz , que no sabía dónde estaba estacionado el automóvil y que él vendría al apartamento en algún momento el próximo día, porque ya era toque de queda.

Qué terror más grande; todo esto no era más que una historia, yo no tenía ningún contacto con José Bordaz, él no conocía ese departamento y nunca vendría.

Me pegaron mucho, me insultaron, me amenazaban con violar a Mary encerrada en el baño; constantemente escuchaba “ve si encuentras unos alicates, le vamos a quebrar un par de dedos a este concha de su madre”; varias veces me pusieron un fusil en la espalda y gritaban “dispárale ya, no perdamos más tiempo”. Esto debió durar como unas dos horas.

José Domingo Cañas (casa de torturas de la DINA)


Cuando nos sacaron del departamento nos vendaron la vista y nos subieron a una camioneta donde fuimos tirados al suelo. El miedo hacía que me sintiera tan mareado, me costaba pensar pero tenía chispazos de lucidez que me recordaban que debía de seguir con mi historia. Sabía lo que venía, tantas veces habíamos hablado de las torturas, pero una parte en mi mente se resistía a aceptarlo.

El recorrido en la camioneta no fue muy largo; más tarde supe que nos estaban llevando a la casa de torturas de José Domingo Cañas. Nos bajaron a empellones, al entrar creo que nos separaron, mientras me ponían en una pequeña pieza donde había una mesa con una máquina de escribir. Estaban tomándole los datos a otra persona, que nunca supe quién fue. Allí me quitaron la venda de los ojos, luego me tomaron mis datos. Casi no podía hablar, tenía tanto miedo, tiritaba mucho. Luego me llevaron a una sala más grande donde había una silla, me volvieron a vendar la vista. Estuve solo por un rato y luego sentí que alguien se acercaba: era la “Flaca Alejandra”, Marcia Merino. Alejandra me conocía desde mucho tiempo, desde nuestro trabajo político en las poblaciones; ella visitaba a menudo la casa de mi madre y teníamos una buena relación de amistad. Yo siempre la admiré mucho por su dedicación e inteligencia, mi madre le tenía un afecto especial a ella. Con mis ojos vendados escuché cuando me habló, su voz sonaba normal como tantas veces la recuerdo; me dijo “perdón, Chico, yo tuve que entregar a tu mamá y a ti, si no me mataban, por favor entrega todos los contactos que tengas, hazlo por tu mamá y Mary y por ti, es la única manera de salvarse”.

Yo me sentía muy mal, creo que hubiera podido desvanecerme en cualquier momento, extrañamente el sentir esa voz tan conocida para mí, fue como una sensación de protección; no estaba tan solo como me sentía. Pero en ese estado nebuloso de mi realidad, algo me decía: “mantén tu historia”. Alejandra me tomó las manos cuando me habló, me repetía entregar todo para salvarnos. Yo le conte mi historia, y le dije que tenía terror que la DINA no me creyera, que no tenía contactos, pero que José Bordaz llegaría al departamento en algún momento de mañana. Me dijo que hablaría con ellos.

Siempre vendado me llevaron a otra pieza más grande donde había un sofá, allí me encontré con Mary, nos sentaron en el sofá, me sacaron la venda y nos dieron café, que no pude beber. Había varias personas, incluido Osvaldo Romo, nos interrogaban y a la vez nos repetían que en esta guerra ya estábamos perdidos y lo mejor para todos era colaborar. De repente, el tono cambió, un teniente (así se dirigían a él) empezó a gritar y a insultarnos, otros empezaron a gritarnos también. Nos pusieron la venda en los ojos de nuevo y a empujones nos bajaron a un subterráneo, podía escuchar que había otra gente, escuché quejidos y un corto llanto. Allí perdí la sensación de lo que me rodeaba. No sé por cuánto tiempo Mary estuvo junto a mí y cuándo se la llevaron.

Me ordenaron que me quitara la ropa, casi no podía hacerlo, tiritaba mucho y estaba tan mareado que perdía el equilibrio muy a menudo. Me pegaron mucho, creo que con una goma muy dura, pero también patadas, sobre todo en los genitales. Me caía al suelo y me volvían a parar, siempre sujetándome entre dos de ellos. Yo escuchaba sus gritos y amenazas y el resoplido agitado de la respiración de mis torturadores. Botado en el suelo, sentía que sangraba por la boca, mi respiración era muy agitada y entrecortada, una punzada profunda se metía entre mis costillas y me producía arcadas y tos. Cuánto tiempo había pasado no sabía, no podía pensar, me parecía una eternidad.

Creo que me dejaron solo por unos minutos, al volver me levantaron del piso y me pusieron en una cama de rejas de metal, me amarraron los pies, las rodillas, la cintura, los brazos, la cabeza. Me amarraron tan fuerte que sentía las barrillas de metal del catre incrustándose en mis tobillos.

Le tuve más miedo a esos momentos que a la misma muerte. Tiritaba tanto que el catre llegaba a sonar, sentí cómo mi cuerpo dejaba de responderme, mi orina me mojaba las piernas, no podía controlarme. Escuché insultos y compañeros por los cuales se me preguntaba. Yo volvía a tratar de contar mi historia. Osvaldo Romo empezó a gritarme “te vamos a parrillar, hijo de puta, hasta que te murai, si no hablai”. Sentí el primer descargo de electricidad en los testículos, fue un tremendo golpe a todos mis nervios, di un salto al tensar todos mis músculos. Y sentí el segundo y el tercero y mi mente daba vueltas como en un remolino infernal, me mordí los labios y la lengua y a veces no podía ni siquiera gritar porque la voz no me salía. Recibí la corriente eléctrica por muchas horas, habían momentos en que creí que me desvanecía estando mi cuerpo totalmente rígido, en esos momentos muchas veces tuvieron que golpearme el pecho con mucha fuerza para soltar el espasmo que no me permitía ni siquiera respirar; hubo pausas donde sentí que alguien me miraba, la venda de los ojos se había movido un poco, podía ver algunas siluetas, alguien me tocó el pecho, sentí conversaciones. Los insultos empezaron de nuevo, me mojaron con una toalla y empezaron a aplicar la picana de electricidad de nuevo, lo hacían en diferentes partes del cuerpo. Yo brincaba con cada descarga, a veces no podía casi respirar, me ahogaba sobre todo cuando la picana tocaba mi boca o cerca de mis ojos, la boca la tenía reseca y sentía que mi lengua me llenaba la boca.
En varias ocasiones pararon la tortura, no sé si salían de la pieza o se quedaban callados. Pero esos minutos eran los peores, parecían eternos y mi cuerpo parecía volver a despertarse, allí, en esos minutos, me daba cuenta tanto del horror que estaba viviendo, en esos minutos era mi mente la torturada, no puedo describir el miedo que sentía, el miedo a los pasos que volvían a la pieza, el miedo a volver a sentir los insultos, el miedo a la picana y al dolor que nuevamente comenzaría en cualquier minuto, pero sobre todo el terror de sentir esos pasos de vuelta trayendo a Mary o a mi madre para ser torturadas delante mío. En esa noche perdí la noción del tiempo, me desvanecía y volvía al terror, queriendo no recuperar la conciencia cuando la perdía.
Fue la noche más larga de mi vida.



Mi escape de la DINA

En algun momento de la madrugada sentí que pararon los golpes de electricidad, mi cuerpo ya casi no respondía, sentí cómo me desamarraron y me bajaron de la parrilla, me mojaron para revivirme, y me vistieron. Apretaron la venda en los ojos y me llevaron entre dos a un auto que esperaba en la calle; sentí cómo me sentaron en el asiento de atrás y partieron. Volví a estar más consciente, empecé a tiritar de miedo y frío, hacía mucho frío, o sentía mucho frío. El auto paró y al rato me sacaron la venda de los ojos, estabamos estacionados en Grecia con Salvador, al lado de la panadería de la esquina, justo al cruzar la calle, al frente de mi departamento. Al lado mío estaba sentado Basclay Zapata “El Troglo”, y adelante, al volante, el tipo que me había interrogado en la casa de José Domingo Cañas, al que se referían como “mi teniente”. Este me empezó a amenazar, diciéndome que iban a comprobar si estaba diciendo la verdad. Que iban a esperar a que llegara José Bordaz y que tenía que identificarlo al entrar al edificio. De vez en cuando se comunicaban por una radio, al parecer, con un grupo que estaría esperando arriba en el departamento. Decía que si eran mentiras lo que había dicho, lo que me habían hecho la noche anterior no sería nada comparado con lo que me harían, no sólo a mí, sino a Mary y mi madre.

Mi mente empezó a dar vueltas, me estaban aterrorizando, no podía volver a la casa de torturas, nunca podría resistir ver la tortura de Mary o mi madre delante mío. Y no tenía escapatoria, nadie vendría a mi departamento porque nadie lo conocía.
Creo que en ese momento estaba tomando la decisión de morirme. Empecé a reafirmar que sí, José Bordaz llegaría en cualquier momento al departamento, porque yo era parte de una célula de apoyo de confianza del Comité Central. Habían unos papeles en el asiento, los tomé y dije: “así es como se configura el esquema de esta célula con el CC”, y le pedí un lápiz para dibujar el esquema. Le devolví los papeles y me quedé con el lápiz. Pasó como una hora, era muy temprano en la mañana, la panadería estaba abriendo, había muy poca gente en las calles, pero algunas entraron a la panadería a comprar pan. Ellos también estaban cansados; Basclay Zapata casi dormitaba a mi lado, le vi la pistola bajo la camisa, pensé por un minuto tratar de arrebatársela. Entré en un estado de agitación, presentía que iba hacer algo, estaba buscando, mirando a todos lados, estaba despierto y apretaba el lápiz en mis manos. El Troglo se sentó más derecho en el asiento, y al minuto dijo: “teniente, voy a comprar pan, sólo un minuto”, se bajó y entró a la panadería.

Sentí que tenía fiebre, mi cabeza daba vueltas y me sentía sofocado, pero supe que era ése momento en que tenía que actuar. Apreté el lápiz con toda la fuerza que me quedaba, el teniente estaba de lado al volante, con el brazo sobre el asiento. Levanté mi brazo sobre el asiento y lo golpeé con el lapiz a la altura del ojo derecho. Sentí el impacto del lápiz y mi puño en su cara, el lápiz se partió o porque entró al ojo o porque se estrelló en el hueso que lo rodea. Sentí un grito y una amenaza: “¡ahora sí que la cagaste!”; tenía la pistola en la mano, no sé si siempre la tuvo allí, antes no me había dado cuenta. La agarré del cañón con una de mis manos, él no podía disparar, estaba como en schock nervioso, no pude quitársela, con la otra mano abrí la puerta y empecé a tratar de bajarme, no podía moverme, también estaba como en un schock. Me tuve que tirar fuera del auto, caí al pavimento, escuchaba gritos y quejidos del tipo en el auto; un camión había parado en frente de la panadería, el chofer miró al auto, levantó las manos y se quedó petrificado. Yo me levanté y empecé a caminar como pude, cruzando la avenida Salvador tomé por avenida Grecia hacia el centro. No miré para atrás ni una vez, no podía, entré por la primera entrada al edificio de la esquina, pero no entré al edificio, pasé sobre la reja de los jardines y seguí caminando hasta el próximo edificio, el corazón me saltaba en el pecho. Me encontré con la entrada, creo que por la parte de atrás del segundo edificio, y entré, subí las escaleras, eran edificios sin ascensor, cuando llegué al último piso encontré que había una entrada al entretecho, no sé ni me acuerdo cómo me subí al entretecho, pero lo hice, cerré la puertezuela y me senté contra una viga.

Pasaron muchas horas en que estuve inconsciente, una vez que me senté en el piso de ese entretecho me desvanecí, horas más tarde me fui despertando, empecé a ver unos rayos de luz filtrándose por las junturas del techo, mi cara estaba contra el piso, no podía entender qué estaba mirando o dónde estaba. Me dolía mucho el cuerpo, tenía mucho frío y tiritaba, pero mi cabeza estaba como ardiendo. Tenía mucha fiebre, creo, y me costó bastante rato incorporarme y analizar lo que había pasado, poco a poco empecé a pensar, no tenía ninguna idea de la hora o cuánto tiempo había estado allí. Traté de mirar por las junturas del techo, traté de escuchar, pero todo me parecía muy confuso, escuchaba sirenas, pasos y gente corriendo, quizás todo era mi imaginación, porque en realidad habían pasado muchas horas desde mi escape. Con el paso de las horas me fui calmando, me fui convenciendo que había escapado.

Cuando oscureció, decidí salir, necesitaba llegar a una casa de un ayudista a pedir ayuda, si no quedaría completamente aislado sin un lugar donde refugiarme. Bajé del entretecho y salí del edificio, estaba en avenida Grecia; vi un taxi y lo tomé, lo hice llevarme a la casa de esta familia ayudista, me bajé y lo hice esperar. Pedí plata para pagar el taxi y me senté en la mesa del comedor. Me preguntaron qué pasaba porque me veían en tan malas condiciones, me sirvieron té y algo de comer, me dieron una camisa para cambiarme y una chaqueta; estuve un rato para calmarme. Les conté lo que estaba sucediendo, tuvieron mucho miedo. Al cabo de un rato me fui, conocía otro contacto: era un zapatero que tenía un pequeño taller por la avenida Tobalaba , cerca de la casa donde estaba. Me fui a buscarlo y lo encontré cerrando el taller, le pedí que me dejara pasar la noche en el taller y que hiciera contacto con un compañero de mi estructura de trabajo. Esa noche casi no dormí , al otro día unos compañeros me vinieron a buscar y me llevaron a una casa de seguridad.

La Clandestinidad

Estuve en una casa de seguridad por lo menos un mes, la única salida fue a buscar el auto que había dejado en un estacionamiento cerca del departamento de Grecia. Me fui tranquilizando y podía leer y trataba de dormir durante el día porque en las noches no podía hacerlo; el silencio me aterraba y cualquier ruido me parecía un allanamiento.

Estaba la mayor parte del tiempo solo, de vez en cuando un compañero, que era mi contacto, me venía a ver. La casa era de una familia de izquierda un poco mayor, había una abuela que sufría de alzhaimer, nunca sabía si me iba a reconocer o no. Algunos días me esperaba en la planta baja con desayuno y era muy cariñosa; otros días no me reconocía y me preguntaba quién era yo, qué hacía en su casa, que si estaba arreglando algo, ya debería de terminar e irme. Había una empleada que la tranquilizaba y le decía que yo era el sobrino que venía de fuera de Santiago (eso creía la empleada) , ella reclamaba que no tenía ningún sobrino. Al rato se olvidaba de todo esto y se me acercaba a conversar y a contarme historias de Allende.

No supe nada de la suerte de Mary y mi madre por mucho tiempo, hasta que recibi información que habían sido trasladadas a Tres Alamos, estaban vivas y Mary aún estaba embarazada.

En Octubre de 1974 fui trasladado a una casa en el alto de La Reina. Esta casa la había alquilado Leonardo "Barba" Schneider, el cual, al parecer, ya estaba colaborando con la SIFA (Fuerza Aérea) y su objetivo principal era la Comision Política del MIR; habían varios otros compañeros que llegaban a esta casa. En Octubre 9 de 1974, Miguel Enríquez es asesinado por la DINA en una casa de la comuna de San Miguel. De ese enfrentamiento se escapa José Bordaz y llega a la casa de La Reina; sólo está unas horas.

Esa noche hubo mucho movimiento de militares en el área, al otro día me trasladan a la casa de una doctora que ofreció su ayuda para protegerme. Durante esos días caen en mano de la DINA y SIFA muchos de mis contactos. Voy a vivir en esa casa hasta febrero de 1975. Allí supe de la muerte de José Bordaz en manos de la SIFA, allí supe que había sido delatado por René Scheiner, allí supe que me había salvado una vez máas porque Scheiner y la SIFA no estaban interesados en mí, era sólo la DINA que me buscaba casi por razones personales.

Mi único contacto no volvió más a conectarme en la casa, esperé unas semanas, no sabía qué hacer, necesitaba salir de allí pero no tenía ningún lugar donde ir. Mi contacto había sido detenido por la DINA y su valentía me salvó la vida, nunca entregó la dirección de esta casa, pero yo aún no sabía esto. Durante mi estadía en esta casa, nació mi hijo Marcelo, el 18 de enero de 1975. Salía en las noches a diferentes teléfonos públicos a llamar a casa de la madre de Mary, sólo hablaba unos segundos, sólo quería saber si estaban bien. Me avisaron que habían sacado a Mary de Tres Alamos a dar a luz a Marcelo en una clínica privada. Tantos pensamientos cruzaron por mi cabeza, cómo podría acercarme a esa clínica a mirarlo, a ver sus ojitos recién abiertos a este mundo acorralado por la represión y la infamia. Pero sabía que era una trampa, sabía que me estarían esperando.

Mi salidad de Chile

En febrero de 1975 acepté pedir refugio en una embajada; la doctora que me albergaba, exponiendo su propia seguridad, me contactó con un compañero que me asistió en mi entrada a la embajada del Ecuador. Fui llevado a una iglesia donde ya había un grupo de compañeros esperando para ser trasladados a la embajada. En un momento del mediodía llegaron a buscarnos en un pequeño bus. Cruzamos Santiago hacia el barrio alto y después de dar algunas vueltas en el barrio de la embajada, el bus se paró al frente de ella y nosotros salimos corriendo y trepamos por las rejas del jardín del frente y saltamos adentro. Carabineros llegaron al momento, pero ya estábamos adentro. Creo que era un fin de semana, me parece recordar que el lunes siguiente llegó el embajador, hubo gritos y amenazas y poco a poco la situación se fue tranquilizando.

Creo que fui uno de los primeros en salir de la embajada con destino al extranjero; la Cruz Roja Internacional vino a entrevistarme varias veces y me proporcionó un salvoconducto para salir de Chile con la aprobación de la dictadura. El cónsul de Costa Rica vino a visitarme a la embajada y me ofreció refugio político en su país.

En algún momento de marzo de 1975 me vinieron a buscar a la embajada el cónsul de Costa Rica y el representante de la Cruz Roja Internacional. Viajamos en dos autos hacia el aeropuerto y fuimos seguidos todo el camino por una patrulla de carabineros y un auto con funcionarios de civil.

Una vez en el aeropuerto me llevaron a una sala donde revisaron los salvoconductos y autorizaciones para dejar el pais. Luego me hicieron salir por una puerta hacia la pista donde un bus me llevaría hasta el avión; sentía una extraña sensación al subirme al bus y sentir cómo éste se ponía en marcha hacia el avión esperando en la losa del aeropuerto. Era una mezcla de nervios, miedo y, en cierta forma, la excitante esperanza de la libertad. Cuanto más cerca estaba el avión, más fuerte era esa sensación que me envolvía. No miré ni una vez para atrás, tenía mis ojos puestos en el avión, sólo quería mirar hacia adelante. Cuando me senté en mi asiento y el avión empezó a tomar velocidad por la pista, miré por última vez el aeropuerto de Chile, volví mi vista hacia las montañas y miré los Andes y sólo volví mis ojos una vez más para mirar Santiago envuelto en una penumbra de smog. Sentí un gran alivio, una gran pena y un gran cansancio. Creo que cerré mis ojos y, por primera vez en tantos meses, dormí profundamente.


Mi llegada a Costa Rica; el comienzo del exilio

Llegué a Costa Rica donde se encontraba mi hermano, un hermoso país con frontera al Pacífico y al Caribe. Allí me encontré con el sol y las palmeras, aún me tiritaban las rodillas y no dejaba de mirar sobre mi hombro; mis primeras semanas fueron un poco difíciles, tenía que sacarme los fantasmas que traía conmigo, aquellos que me perseguían para tomar venganza. Mi hermano fue sabio, me sacó de San José (la capital) y me llevó a una bahía escondida en medio del caribe en la costa nor este de Costa Rica. No había nadie, y digo ¡nadie!, por días sólo vi unos pocos pescadores y la naturaleza, los monos, los animales de la selva, los peces y los corales. Las noches eran oscuras cuando no había luna, y el bullicio de la selva se moría al irse el sol. Despues venían las estrellas y, botado sobre mis espaldas, las contemplaba hasta muy entrada la noche. Cuántas estrellas fugaces cruzaron el firmamento delante de mis ojos, qué grande era el universo contemplado desde esas playas, qué silencio más profundo nos adormecía en la selva, qué estrecho y cruel fue el ataque artero de la injusticia que me sacó de mi país.
Me saqué los fantasmas uno por uno, y caminé por esas playas descalzo, con el sol en el cuerpo y, poco a poco, las estrellas me volvieron a la cara.

En esos tiempos mi hermano era un artesano en cuero y me enseñó a trabajarlo, alquilamos una casa en el barrio de Tibas, una casa de madera pintada amarrilla, con una hamaca colgada en la puerta de entrada donde tantas veces dormí una siesta al sonido de la lluvia del trópico, allí hicimos un hogar, tuvimos nuestro taller y recibimos tanta gente a compartir un vino y un arroz con porotos negros y tortillas.

Meses más tarde, Mary fue expulsada de Chile y viajó a Venezuela; mi madre fue expulsada a México. Marcelo fue retenido en Chile y entregado a su abuela, la mamá de Mary, la cual pudo viajar finalmente a Costa Rica con Marcelo cuando conseguimos finalizar el trámite de reunificación familiar a traves del Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas. Allí, en ese hermoso país de Centro América, tratamos de rehacer nuestras vidas, como individuos, como pareja , como familia. Pero nos habían pasado muchas cosas, las cicatrices eran muy profundas y nuestras vidas juntos no tuvieron más la perspectiva del comienzo, sólo nuestro hijo quedó como testigo de una relación que fue soñada en una sociedad más justa y hermosa.

Seis años viví en Costa Rica, trabajé como artesano, estudié en la universidad y me gradué con un Bachillerato en Sociología. Hice solidaridad con Nicaragua y trabajé desde el exterior con la resistencia en Chile. Viajé por las playas y volcanes acompañado muchas veces de Marcelo, vimos y corrimos tras los monos del Caribe, acampamos bajo las estrellas y nos bañamos en aguas templadas por el sol.

Pero la DINA aún no se conformaba con mi escapada de José Domingo Cañas y, posteriormente, de Chile. La DINA montó numerosas acciones en el exterior que culminaron con la muerte de Orlando Letelier, Prats y muchos compañeros secuestrados y asesinados en diferentes países de Latino América.
Enrique Arancibia Clavel, funcionario de la DINA y hoy día cumpliendo prisión en Argentina por el asesinato de Prats, cuando es detenido se le encuentran varias fotografías de militantes del MIR, entre ellas la de Andrés Pascall Allende que estaba viviendo en Costa Rica después de su salida de Chile, y una foto mía, supuestamente incluidos en un plan de asesinato, como lo relata el libro “Bomba en una calle de Palermo”.

Un dia de enero de 1981 me ponía una mochila en la espalda y salía a la carretera principal con destino a Nicaragua. Así comenzó mi viaje de algunos meses por Centro América, pasando por Nicaragua, Honduras, Belize, México y, finalmente, Estados Unidos.


Mi vida en New York

Llegué a Washington donde estaba viviendo mi hermano, que también había dejado Costa Rica un poco antes que yo. Estuve allí unas pocas semanas y viajé a New York desde donde tenía un pasaje de avión para ir a Europa. Me esperaba en New York un amigo, pintor boliviano que me ofreció su departamento donde alojar. Me fue a buscar a la estación del tren, tomamos el tren subterráneo hacia el Upper west side, en Manhattan, donde nos encontramos con un grupo de edificios abandonados en la calle Amsterdam Avenue y la calle 108. Él sacó una llave de su bolsillo y abrió una de las cadenas que cerraba unos de lo edificios. Entramos a un socavón oscuro buscando nuestro camino hacia una escalera que nos llevaría al cuarto piso. Al abrir la puerta de su apartamento y prender la luz , nos encontramos con un departamento hermoso, totalmente pintado de blanco donde sus murrallas estaban tapizadas de sus cuadros. Esta impresión fue mi primer encuentro con esta gran ciudad, de los rascacielos del centro a un edificio abandonado que albergaba un estudio lujoso de un pintor.

New York vivía aún el resultado de una de sus más grandes crisis de vivienda de su historia, la cual había dejado miles de propiedades abandonadas por sus dueños, después de haber especulado con ellas, no pagando impuestos, cobrando seguros fraudulentos y dejando estos edificios en el más completo abandono. Situación que se generó en gran medida por la llegada de nuevos inmigrantes, especialmente latinoamericanos pobres sin posibilidades de pagar los arriendos esperados por sus dueños y el crecimiento de las tasas de desempleo que dejaron a muchas familias residentes de esos edificios sin la posibilidad de pagar sus arriendos. Los dueños empezaron a especular y la ley tan sólo podía, después de un largo y burocrático proceso, tomar la propiedad de esos edificios, que en ese momento ya estaban en muy malas condiciones, semi abandonados o en completo deterioro.

Después de una semana de estar viviendo en ese edificio, donde además había un grupo que estaba tratando de rehabilitarlo, donde algunos de ellos ya vivían allí, otros sólo venían a trabajar cada tarde o los fines de semanas, mi interés por esta increíble situación que se producía en muchos lugares de esta ciudad, me estaba fascinando. En ese entonces ya había más de diez mil propiedades abandonadas en esta gran ciudad, la ciudad más rica del mundo.

El grupo que habitaba el edificio me ofreció un piso para rehabilitar y un lugar en esta asociación de homestaders. Necesité unos segundos para decir “acepto, me quedo en esta ciudad”. Vendí mi pasaje a Europa, y decidí re-construir un edifico y un departmento para mí en esta ciudad loca.

New York vivía a una velocidad vertiginosa con sus miles de gentes en las calles, comprando, turisteando, pidiendo limosnas o paseando por la ciudad. Ciudad que nunca duerme, con sus calles llenas de comercios, sus restaurantes, sus teatros y sus refugios para gente sin hogares. Pero, sobre todo su gente, de todos lados, colores, olores, lenguas y niveles económicos. Ciudad de contrastes y contradicciones. Los más ricos y los más pobres. La soledad más grande para algunos y la gran sensación de comunidad para otros. Ciudad de conflictos, represión racismo, brutalidad policial, modas, drogas y sexo. Ciudad de una tremenda solidaridad, donde la comunidad se organiza para defender un edificio abandonado o un pedazo de tierra que ha estado abandonado por años y donde la gente de la comunidad ha dedicado su vida a plantar flores, a crear un jardín. Los grandes intereses empezaron a ver el símbolo del dólar una vez que los intereses de bienes raíces comenzaron a descubrir estos lugares. La comunidad vio sus raíces culturales amenazadas, sus vidas diarias y el peligro de ser desplazados fuera de sus barrios. Esta ciudad se presentaba ante mí como una ciudad de lucha, una lucha por la sobrevivencia de tu espacio, ya sean terrenos vacíos convertidos en jardines o edificios abandonados convertidos en cooperativas de viviendas.

Un año después de estar viviendo en New York, trabajando cada día o fin de semana en la re-construccion de este edificio, la organización que nos prestaba apoyo técnico y que finalmente fue instrumental en legalizar la situación de este edificio con la Municipalidad de la ciudad, me ofreció un trabajo de organizador, principalmente en proyectos como éste en los barrios latinos de la ciudad. Así empecé a trabajar para The Urban Homesteaders Assistance Board (UHAB), una organización sin fines de lucro (ONG), dedicada a desarrollar proyectos de cooperativa en edificios abandonados o semi abandonados con la tesis de que el factor principal estaba en la fuerza de sus residentes y la comunidad. Hoy día, después de 23 años de trabajar en el desarollo de la vivienda en esta ciudad para la misma organización UHAB, después de haber completado una maestría en Planificación Urbana y de haber ocupado diferentes posiciones en esta organización, que de un puñado de personas ocupando sólo dos piezas como oficina, se ha convertido en la organización (ONG) más grande de esta ciudad en el campo del desarrollo de la vivienda cooperativa para gentes de bajos ingresos. Hoy damos asistencia técnica, financiera y educacional a más de 1200 cooperativas en esta ciudad. Yo ocupo la posición de Director Asociado para el Departamento de Preservación Cooperativa de UHAB.

A través de 23 años de trabajar con los sectores más necesitados en el campo de la vivienda he ido encontrando tantos paralelos con los años que trabajé políticamente organizando a los pobladores chilenos de los campamentos 26 de Enero, Magaly Honorato o La Bandera, durante el último años del gobierno de Frei y los años de la Unidad Popular. Estos paralelos han estrechado a lo largo de los años mi fuerte compromiso con los sectores mayoritarios de cualquier sociedad, los más pobres.


Mi familia en New York

En Enero de 1990 llega a trabajar a mi oficina Sarah Hovde, una newyorkina hija de una familia de académicos, venía de trabajar con una organización (ONG) que daba asistencia a gente sin casa. Entra a trabajar conmigo en un proyecto que en ese entonces dirigía. Trabajamos como colegas aproximadamente un año. Fue un placer trabajar con Sarah, comprometida con su trabajo y la gente que asistía, independiente, inteligente y con un sentido de entrega inigualable en el campo profesional. Me enamoré de ella, de su capacidad, su honradez, su inteligencia, su generosidad y su sonrisa. Cociné para ella empanadas, langostinos al pilpil, torta de mil hojas, pan amasado, cazuelas, chacareros, porotos granados, sopaipillas, paellas, mariscadas, preparé guindaos hechos con aguardiente traídos de Chile, y un día viernes de invierno, después del trabajo fuimos a patinar en hielo y luego en mi pequeño departamento, en las cercanías del Central Park, le hablé de un sueño incompleto, le conté de un mundo donde las casas no tenían techo, donde su gente dormía mirando las estrellas y al despertar el sol o la lluvia les bañaba la cara. Una casa sin techo, un mundo sin fronteras y una sociedad solidaria.
Seis años después nos casamos, en una ceremonia privada en el departamento del papá de Sarah, en Riverside Drive al frente del parque que lo separa del Hudson River. Jim Morton, el dean de la hermosa catedral de Saint John the Divine, presidió la ceremonia y estuvimos acompañados por nuestros amigos y familiares. Ese día cociné para todos, hice más de 120 empanadas y brindamos por nosotros, por todos los que nos acompañaban y por nuestros sueños por cumplir.

Hoy día tenemos dos hijos, Lukas que tiene 7 años, travieso y dulce con su pelo rubio , sus ojos azules , la sonrisa de su madre y un cuerpecito parecido al mío cuando era niño, y Eva que tiene 5 años, inteligente y hermosa, con su piel más tostada, su pelo claro y enrizado, su carita parecida a tantas fotos de mi madre cuando era una niña.


Volviendo a Chile

Pasaron 22 años antes de volver a Chile, pasaron 22 años de exilio impuesto por la dictadura militar, hasta que se me permitió y se me otorgó la libertad de poder volver a visitar mi país, mi familia, mis recuerdos. En enero de 1992 hacía veintidós años en que no vi cómo mi familia crecía, veintidós años en que no pude velar a mis muertos, mis abuelos con los cuales crecí y compartí la vida hasta el Golpe.

Cuando el avion aterrizó en Santiago sentí tantas emociones, una alegría inmensa, una curiosidad de ver mi gente, mi país, no pude dejar de recordar el miedo que sentí cuando dejé Chile 22 años atrás, sobre todo cuando pasé por aduanas. Los funcionarios de migración, las ventanillas, la cola para presentar el pasaporte, las preguntas sobre el destino de mi viaje. Pero Sarah iba conmigo, y sentí su mano todo el tiempo junto a la mía. Estaba cerrando un ciclo abierto tantos años atrás.

Hoy es diferente, viajamos todos juntos, los niños no pueden estar quietos, especialmente en los terminales de aeropuertos, corriendo, deslizándose por los interminables pasillos, riéndose y jugando como si estuvieramos en un gran campo de juegos. Hoy día nuestra preocupación es cómo mantener el caos de nuestra familia en orden.


El atentado a las Torres Gemelas, 11 de Septiembre 2001, New York


A las 8.30 de mañana me subí al tren subterráneo que viaja desde Brooklyn hasta Manhattan. Recién había dejado a mi hijo Lukas de tres años en su kinder. Era un día hermoso, uno de esos días claros con cielos azules interminables. La estación del tren estaba llena de gente, era una mañana como cualquier otra en esta ciudad. Yo quizás el único chileno en esa estación pensaba en el bombardeo de La Moneda sucedido hacia 28 años atrás y lo que había sido mi vida en Chile. El resto, absortos en sus audífonos escuchando música, leyendo sus diarios o libros, esperaban impacientes comenzar el agitado vivir de cada día.
A las nueve de la mañana el tren paró en Broad Street, la primera estación en Manhattan, en la esquina de Wall Street donde está la Bolsa de Valores, a algunas cuadras del World Trade Center. Las puertas del tren se abrieron y comenzamos a salir, tomamos la primera escalera al primer nivel antes de la calle, cuando un sonido estrepitoso, como una explosión gigantesca sacudió la estación. Al llegar al primer nivel ya estaba entrando humo que más tarde cubriría toda esa parte de la ciudad. ¡Qué ironía! Era un once de Septiembre de nuevo. La gente empezó a gritar y todos corrieron hacia las escaleras que van a la calle. Corrí con la gente, sin pensar demasiado, más bien actuando por instinto, como tantas veces lo hicimos el 11 de septiembre en Chile.

Al salir a la calle, el cielo estaba cubierto por millones de papeles y el humo empezaba a bajar, más tarde ese humo negro no te dejaría ver más allá del largo de tu brazo, la gente que se apretujaba por salir de la estación, el pánico y los gritos apagados por el humo, te hacían perder el sentido de la realidad. ¿Qué pasaba? Nadie sabía, nadie podía ver, empezaba a costar respirar. Caminé, ni siquiera corría, sentía que estaba viviendo sensaciones que ya había vivido antes en mi vida. Quizás cuando me escapé de la DINA, tampoco corrí, sólo caminé. Limpiándome los ojos constantemente y cubriéndome la boca con mi pañuelo caminé hacia el East River por Wall Street hacia donde estaba mi oficina. Cuando llegué escuché que había habido un accidente, parecía que un avión se había estrellado contra la torres; “ ¡no, eran dos aviones, decian!” Tratamos de llamar por teléfono, pero los teléfonos estaban cortados , ni los teléfonos celulares funcionaban, tampoco las computadoras. La administración del edificio nos entregó la información de lo que había pasado, había que evacuar el edificio. Mi bajada del tren subterráneo había coincidido con el choque del segundo avión contra las torres. Al poco rato, una nueva explosión hizo remecer los cristales y otra nube negra que se podía ver desde mi ventana avanzaba como una tormenta. La primera torre se estaba desplomando.

El humo mezclado con los miles de desechos de esas torres gigantes estaban cayendo como una nieve implacable, apagando la luz y poco a poco el sonido. Era como un manto fatídico que te iba aplastando

Abandonamos el edificio y, poco a poco, en las mismas condiciones de oscuridad y con muchas dificultades para respirar, los pocos que habíamos en mi oficina tratamos de buscar una salida hacia nuestras casas. Yo caminé hacia el norte, buscando el puente de Brooklyn para salir de Manhattan. Eran miles los que que trataban de escapar de esa área por este puente; el terror se mostraba en la cara de la gente, en ese once de septiembre nadie se esperaba el golpe de los aviones.

Cuando casi llegaba al centro del puente, donde se había disipado el humo y se podía ver en una vista panorámica todo el sur de la isla de Manhattan, me senté a descansar, la gente pasaba apresurada, se sentían gemidos, llantos, otros iban callados . Allí sentado mirando esa gran ciudad, posé mis ojos en la torre que aún estaba parada, vi sus llamas consumirla y, en un instante, un ruido ronco como el de un terremoto hizo explotar esa torre gigantesca en millones de partículas; el cielo se cubrió una vez más. Con ellas desaparecieron miles de seres humanos, una vez más la vida se presentaba delante de mí con toda su fragilidad.

Todo habia empezado una linda mañana asoleada al tomar mi tren de todos los días rumbo a mi trabajo.


Hoy después de tantos años. New York 2006

A veces pienso que ha pasado toda una vida, otra veces me parece que ha sido sólo ayer. Pero lo que es indudable es que en esta corta vida que hemos ido viviendo paso a paso, lo hemos hecho siempre con otra gente que nos ha acompañado en este viaje, nuestros antiguos conocidos, viejos amigos, familia, y todo un pueblo que fue reprimido, resistió y sobrevivió, y hoy busca de nuevo su futuro. A veces, es un segundo; a veces son cien años, pero cada paso ha dejado una marca escondida bajo la piel o incrustada en el corazón. No sería lo que soy hoy sin mi pasado, mis sueños hoy día, mi compromiso profesional, mis ideas políticas y que anidaron mis experiencias presentes. Después de tantos años, soy tan diferente pero también soy el mismo. Hoy día cocino un risotto al vino blanco con porcini. Cuando tenía 20 años estaba cocinando tallarines con pomarola en un pequeño cuarto que compartíamos unos cuatro compañeros en las cercanías de la Plaza Italia, ¡pero ya estaba cocinando! Porque como hoy día, amo sobre todo los pequeños rituales de la vida diaria, gracias a esos tallarines, gracias a ese compromiso, gracias a mi madre, a mi hermano, a mi familia, mis amigos del barrio donde crecí, gracias a mis amores de juventud y sobre todo gracias a mis compañeros y compañeras que dieron su vida en esta vida.
Hoy sigo soñando, aportando a los más necesitados y mi sonrisa es más ancha gracias a mis hijos, Marcelo, Lukas, Eva y a mi esposa y compañera Sarah.



Fernando
New York, Octubre 2006.



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Diversas series culturales manifestadas diacrónicamente



La secuencia Animismo- Mitología- Religión es característica de la conciencia pre-racional. La palabra está integrada al objeto, es una emanación del objeto. El animismo es un período de personificación, se nombra a entidades como una forma de dominio, de captura del Real (al modo kantiano). También es un período de oralidad. Dentro de ella está la manifestación animista y mitológica de la conciencia pre-racional. La oralidad es un espacio discursivo en el cual el ser humano generó los espacios discursivos (gestos, sinestesias, etc.).Sin embargo, no queda un registro de lo oral. Ésta desaparece apenas se termina la enunciación.
La etapa mitológica es verbal. Esto permite la organización de lo narrativo.

Acción + Nombre
Narratividad = Verbo + Sustantivo

Existen diversos sistemas mitológicos, por ejemplo, el hebreo, el greco romano, el amerindio.
El sistema mitológico es cronotópico y actancial (actantes que ejecutan acciones), en el sentido de Bajtín y Greimas, respectivamente. Tiene una jerarquización social, por ejemplo, para Aristóteles, había dioses, héroes, y hombres.
El sistema mitológico hebraico nace en el Siglo XII AC aproximadamente. Existe una escritura Yahveísta ( de Yahvé=Dios) y una escritura Elohista (de Elohim= espíritus). En la biblia hebrea hay una postulación de una estética; ésta tiene que ver con lo trágico. El pueblo hebreo es un pueblo normativo, posee normas auto constrictivas, es decir, prohibiciones. En lo trágico hebreo hay una imposibilidad de integrar lo humano con lo divino. Hay explicaciones en torno a la ausencia de la divinidad. En las historias y mitologías hebreas (Biblia) el sujeto niega la presencia divina. Existe un rechazo, una traición, una ceguera.
La mitología griega, en cambio, es dionisíaca, carnavalesca, placentera, a pesar de estar inserta en una sociedad esclavista. En las historias hay un valor central: lo trágico. Esto es traspasado a Roma que lo festina. Lo trágico greco-romano posee la visión de un poder de los dioses sobre los héroes y seres humanos. Los dioses intervienen en la vida humana. Para M. McLuhan, el origen del pensamiento racional está en la difusión de una tecnología que desde el centro del Mediterráneo (fenicios) llegó a Grecia: el alfabeto fonético. Lo que destruye la etapa mitológica es la palabra escrita. El lenguaje es almacenado, reproducido, archivado. Según Derrida, el lenguaje permite la sobrevivencia de lo enunciado más allá de la voz humana. La Religión existe porque hay unas Escrituras Sagradas (Biblia, Nuevo Testamento).
La Poética de Aristóteles se aproxima a la tragedia y a la epopeya. Para Aristóteles hay tres grandes puntos: a.- La centralidad del proceso estético de identificación. El espectador se identifica con los personajes; b.- gran legitimación a lo mimético. Las obras son posteriores al Real; la catarsis como proceso que afecta síquica y físicamente a los espectadores. Aristóteles marginalizó lo no sublime, excluyó la comedia, la sátira, la poesía de Safo.
De la fusión de lo trágico hebreo y de lo trágico greco-romano nace lo sublime. Lo sublime es lo que hace la entidad divina por lo humano. Emerge la idea de sacrificio. En el proceso del martirio o entrega del cuerpo, subyace lo sublime, como valor central.
Para Bajtín, existe una lucha entre géneros altos y géneros bajos, una lucha de discursos en toda la historia de la conciencia humana. Según este autor, las etapas animista, mitológica y religiosa pertenecen al reino de lo monofónico. Lo monológico y monofónico niegan lo dialógico, no se permite el ingreso de la palabra popular. Se trata de una etapa narcisista del sujeto que no tolera el lenguaje del otro, está embelesado e hipnotizado con su propio lenguaje. La literatura pertenece al grupo social hegemónico, es decir, la aristocracia, el clero, los poseedores de la tierra. La escritura es monoestilista: elegante y solemne. Por ejemplo, Poema del Mio Cid, Berceo, literaturas europeas.
En 1532 Rabelais (en Gargantúa y Pantagruel) trae el valor de lo vulgar; en 1615, Cervantes une géneros altos y bajos; reconstruye las novelas de caballerías. Don Quijote tiene un lenguaje sublime (la caballería) y Sancho tiene un lenguaje popular. Se trata de una interfertilización de discursos y un intento de recuperación de la unidad originaria.
Las sátiras suponen los géneros bajos de lo cómico, son dialogales y bifocales. El lenguaje está hecho de una plurivocalidad (se descubre la presencia de varios discursos en una sola palabra).
En el Renacimiento los espacios se amplían, comienza la Modernidad, hay una confluencia de géneros altos y bajos: 1343. Libro del buen amor; 1614.Lope de Vega. La Contrarreforma católica reconstituye el discurso monológico.
Del siglo XVI en adelante el lenguaje racionalista sufre una fractura, esto trae una crisis de la Modernidad:
Discurso filosófico o artístico: ahistórico, connotativo, simbólico
Discurso científico: inductivo, experimentalista, denotativo
Con los neoclásicos vuelve la idea de lo trágico y lo sublime (Iluministas). Pero los románticos integran lo grotesco y lo bello en sus escritos (Víctor Hugo). E. A. Poe muestra muy bien esta doble lógica unificada. Las teorías de la fealdad también han contribuido a una convergencia axiológica interesante.

Otrosí

Etapas en la historia del signo- Economía política del signo (de acuerdo con Jameson).[1]


0.- Orientaciones
Unión de economía y semiótica.
Relación epistemológica sujeto-objeto.
Determinación entre estructura y superestructura.
Concepción dialéctica.
Significación contextualizada.
Lenguaje central en la historia humana.
Fábula y drama del héroe-villano.

1.- Pre- realismo
Conciencia pre-racional.
Lenguaje mágico.

2.- Realismo
Sociedad de clase media (el signo entra en la historia humana).
Disolución del lenguaje mágico.
Unión del signo con el referente.
Lenguaje referencial, literal, científico.
Reificación, lógica capital es separación y especialización.
Decodificación
Referente: realidad, mundo objetivo.

3.- Modernidad
Reversión: Reificación entra en el lenguaje.
Separación signo y referente.
Autonomía del signo, el lenguaje y la cultura.
Lo estético duplica y critica al mundo
Abolición parcial de lo objetivo y la realidad
Libre flotación utópica del signo.
Obras monumentales.



4.- Postmodernidad /Postmodernismo
Reversión, etapa superior: Reificación entra en el signo.
Referente y realidad desaparecen
Metatextos y metalibros canibalizan libros y textos.
Juego de significantes (el video).
Problematización del significado y el sentido.

[1] “Históricamente, la evolución de los signos es parte de un proceso en el cual un signo va acumulando significaciones en las coordenadas del tiempo y el espacio, es decir, un signo puede capturar significados ligados a los significantes de otros signos, atrayéndolos y utilizándolos (Jameson, 1991).” Manuel Jofré. Denotación y connotación en el espacio de la escritura y en la teoría del discurso. En : http://www.manueljofre.blogspot.com/

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El viaje


A Fernando y Marcelo


Llego a París a finales de marzo. Hace un poco de frío y mucha lluvia. El Sena parece una lombriz parda y los árboles se ven tan flacos...; las calles llenas de gente, autos, propaganda...
Después de dejar la mochila en un casillero salgo a caminar. Son tantos los lugares que un extranjero querría conocer, tantos los consejos de parientes: visitar, por lo menos, una catedral y tres iglesias, cinco museos, varias estatuas y parques, no dejar de ir a Versailles ni de comprar afiches en blanco y negro. Pero no estoy aquí para eso. El mapa de tía Nena me sirve para orientarme. Sin preocuparme de la hora paso de una calle a otra, deteniéndome en las más pequeñas para girar en círculos y volver siempre al punto de partida. Siento hambre y vuelvo a mirar el mapa, si bajo por ahí llegaré pronto al Pont Neuf, cruzándolo encontraré donde comer algo.
Croquetas con arroz y jalea de postre, igual que en casa. Subo las escaleras y de un salto estoy en el boulevar Montmartre. Es agotador esto de buscar, además el mapa comienza a arrugarse en mis manos. Lo aliso, trato de ubicarme, ¿dónde íbamos? Cerrando los ojos llegaré sin problemas al departamento de papá. Me dijo que ahora vivía en un viejo edificio de la calle..., bueno de cualquiera. Mi dedo se mueve como una brújula por el mapa y encuentro una de nombre bonito: Rue des petits carreaux. Pat, pat, mis zapatos suenan en los adoquines porque llueve y la lluvia parisina es diferente a todas las demás lluvias. Por eso me pierdo y el mapa se humedece dentro de mi parka. Camino algunas horas, mojado, triste, con ganas de ir al baño. Alguien me grita desde abajo que el té se enfría, pero mis zapatos son dos lanchas que se hunden de a poco y no hay caso, no me puedo mover. Será mejor preguntarle a algún transeúnte dónde queda la calle de papá. ¿Reaumur, Tiquetonne? Nadie me ve, aunque yo toque hombros o tironee la punta de una chaqueta. Sigue lloviendo y los neones se prenden. El agua que se junta en las esquinas cambia de color: verde oscura, azul, rojiza, y parpadea como una muñeca en mal estado. Ciento cincuenta pesos, eso es todo lo que tengo. El mapa destrozado se pega al bolsillo en tiritas borroneadas de tinta. Saco los pedazos que aún sirven y leo:

Querido Roberto:
Sé que hace muchas semanas que no te escribo. No te diré que es por el trabajo ni nada por el estilo. Simplemente el tiempo vuela...
Te enviaré lo que me pediste...
¿Te va bien en el colegio?, ¿cómo van tus clases de francés? Te contaré que me acabo de cambiar a un departamento muy antiguo y destartalado...
En enero pasado me uní a una mujer tierna y buena. Su nombre es Isabelle. Ya la conocerás cuando vengas a visitarme...
...si yo pudiera ir...


"Ya la conocerás" me suena a "nunca la conocerás" y este mapa que no sirve sino para hacer unas bolitas muy redondas y sobarlas harto rato entre los dedos hasta deshacerlas. Mapa o carta es lo mismo, papá no vendrá nunca más a visitarnos, por eso busco su casa con desesperación, pregunto en mi francés balbuceante cómo se puede unir algo que ya está trizado, pero nadie me entiende o todos me entienden y no quieren meterse en problemas. Explicar a un adolescente algo grave es difícil, es como el típico "quiero me escuches atentamente" de mamá, y los rodeos y mis ojos contando los flecos de la alfombra, mis manos cruzadas, ocultando uñas carcomidas, los cueritos sangrantes, y mamá "ya estás grande y sabrás comprender", y la Tía Nena mirando desde la cocina, " Patricia, deja a ese niño en paz, si no es tonto, sabe que este año no va poder ir". Yo sigo igual hasta llegar a esa catedral gigantesca que se llama Notre Dame, donde al lado venden panes largos. Me como uno, ahí mismo en la calle, mirando a la gente. Es tan entretenido esto de viajar para estar con él, pero también es triste no encontrarlo, caminar por cientos de calles, perdido, zambullirme en el metro para salir en la estación que no me corresponde. Me acerco a la ventana , ahí estoy reflejado en el vidrio, más allá el pasaje solitario, las nubes, un grito a lo lejos, la cordillera que no me deja ver toda esa tremenda distancia, todos estos años de no ver más que mi reflejo en la ventana sucia, de escuchar los mismos lamentos, de tener la misma foto en el escritorio, una que reúne a tres personas sonrientes, una sola foto y muchos posters para empapelar la nostalgia y la pena, una sola foto en un marco de plástico que me mantiene vivo y que algunas veces no quiero ver, porque ya estoy muerto, tirado en la cama mirando una mosca que se soba las patas, con el personal incrustado en mi cerebro, acordándome de la Claudia, sus ojos grandes, sus tetitas puntudas, su voz suave que dice "hola, Tito", la letra de mi papá que no se entiende y las estampillas, el sobre grande cuando se trata de una postal, el cartero que no trae nada, y mi rabia; mascando por muchas horas el mismo chicle, hasta que la mandíbula duele y la saliva se escapa y todos los dientes duelen de una sola vez; la Claudia: ¨ juntémonos en la esquina, flaco, te tengo una sorpresa, yo creo que ella sabe algo de mi papá, no sé por qué me paso esas películas, y voy corriendo. Ella no tiene idea, era lógico, me entrega el cassette con la sonrisa y las preguntas. Nada , no me pasa nada, ella adivina al tiro y baja la vista para acompañarme, juntos buscamos la calle adoquinada, la vieja calle que huele a pescaderías y a queso francés. Vagamos hasta que es de noche, dormimos con unos vagabundos que lo único que saben es reírse porque no nos entienden, al otro día seguimos, cruzamos puentes, tiramos unas flores al río y las vemos irse hasta que un bote se las come y ya no se ven más. El sol aparece de repente llenando el cielo de azul y plumas pequeñitas que se balancean hasta caer. Nos besamos y siento la felicidad que es una caja que se abre y adentro hay otra caja y otra y otra. Pero entonces se nos hace tan tarde que ya no queda tiempo de buscar, mañana hay prueba de castellano y no leí el Mio Cid. Claudia dice que estoy un poco loco, que tenga esperanzas, que ya podré viajar, Claudia se despide, ya no hay tiempo, y ella se va caminando rápido, no vaya a llegar tarde, no la quieren ver más conmigo, hijo de exiliado, capaz que también sea mirista el cabrito, o comunista, eso dicen, yo miro el vidrio empañado, miro hacia abajo la ciudad chiquitita y estoy en la torre Eiffel intentando buscar la palabra precisa que me quite la pesadilla de una sola vez, que me entregue un abrazo y un beso de él, sin maletas ni aviones de por medio, que él exista aquí conmigo de nuevo, para ir al fútbol y al cine, para construir su sonrisa y sus ojos perdidos por el tiempo, los gestos olvidados o que nunca vimos, las preguntas que no alcanzamos a hacer, porque son tantas que toda esa pila de cartas no ha sido capaz de contestar jamás.
Me alejo de la ventana, busco la palabra "reunión" y comprendo que los diccionarios no me sirven de nada. Tomo las cartas de papá y las rompo una a una. Pedacitos que dicen "te quiero", "te echo de menos", "...pronto...", pedacitos con varias vidas convertidas en palabras.
Sentado al borde de la cama, decido no viajar ni buscar más, estoy tranquilo y no puedo evitar su mirada desde la foto y ver que él también está llorando.
Mamá toca la puerta y abre. Asoma la cara sonriente. Oculto mis lágrimas, pero ella me dice "¿y qué es este desorden?", un cariño en el pelo, un papel para sonarme. Se sienta junta a mí. Por algunos minutos no habla. "Ándate, mamá, ¿quieres?", doy vuelta la cara, me cargan sus silencios. "Lee esto", me dice.


Hace días que no dejo de mirar el nombre de mi papá en esa lista. Recibí carta suya. Viene. Sueño sus palabras:
"Llego a Santiago a finales de julio. Hace un poco de frío y mucha lluvia. El Mapocho es una lombriz parda y los árboles se ven tan flacos...; las calles llenas de gente, autos, propaganda..."

Nota: “El viaje” fue publicado en Después del 11 de Septiembre-Narrativa Chilena Actual (Selección de Poli Délano, México, 2003).

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Comentarios acerca de "El otro afuera" de Lilian Elphick


Metáforas del deseo y la violencia
Por Javier Edwards Renard. Revista de Libros de El Mercurio.


Es la menos bulliciosa, la más tímida y escueta de las escribientes que - junto con Diamela Eltit y seguidoras- llevan ya más de una década explorando un Chile mirado con ojos de mujer.
Presente en numerosas antologías, con algunos cuentos verdaderamente admirables, en 1990 publicó su primera colección bajo el título La última canción de Maggie Alcázar. Debían pasar 12 años antes de que, esta escritora publicara su segundo texto, El otro afuera, con 15 relatos de peso, espesos, ominosos en los que la existencia se presenta brumosa, limítrofe, extrema, dolorida y dolorosa.
Como en el epígrafe que introduce su primer cuento, "Juego de cuatro estaciones", las historias de Lilian Elphick se alimentan del deseo hasta en sus formas más abstrusas y también de la violencia en su múltiple presencia, como sentenciando: la vida no suele ser más que la azarosa combinatoria de uno y otra, y la existencia un resultado, mero despojo o el arte de sobrevivir.
Así, entonces, esta sumatoria de cuentos se abre con el texto de Luisa Valenzuela que dice: "Cabe el deseo/ El deseo cabe en todas partes/ y se manifiesta de las maneras más insospechadas, cuando se manifiesta, y/ cuando no se manifiesta - la más/ de las veces- es una pulsión interna, un latido/ de ansiedad incontenible" y sigue con la escritura de la propia Elphick. "...Por eso ella cree y no le molesta el sudor que se anida en su cuello cuando se desnuda enterita, dejando la ropa tirada en el suelo, porque ya nada importa (a ella nada le importa), la pieza oscura y el sol de pelusas que se filtra por un agujero que ella escarbó en la madera".
Historias de lo femenino que se apartan de la inmediatez de la acción o la contingencia, del discurso feminista, para adentrarse en lo más secreto: luz del centro del alma u oscuridad que todo lo traga (deseo/ pulsión/ plenitud/ privación). Escritura de símbolos, metáforas diamélicas, elphickas que se alejan de la escritura más críptica y, si bien desenrollan la madeja del inconsciente, del imaginario individual y social, no pueden leerse exclusivamente desde su literalidad. La letra de Lilian Elphick obliga la apertura de los diccionarios más bizarros, aquellos donde es posible encontrar interpretaciones del significado profundo, el que realmente justifica la reiteración en espiral de estas historias de féminas encerradas, solitarias, entregadas a una realidad, a un otro afuera que les cae encima como una lápida: "Si yo pudiera ir a verlo iría, pero mis piernas son anclas y esa voz cantando en los adentros: Coronela, no seas tan lacha, Coronela, tonta, sí, y todos los días la voz se repite hecha pedazos...."
Y es que estos relatos que no admiten síntesis sólo pueden evaluarse desde la eficiencia de la escritura y sus imágenes. En el primer aspecto, no puede sino decirse que Lilian Elphick escribe con notable precisión, sin excesos estridentes, ni bajo la esclerotizante gazmoñería tan frecuente en nuestra cultura; en el segundo, debe advertirse que la asfixiante atmósfera en que inserta a sus mujeres, más allá de la sordidez literal de lo que narran, dan la clave para mirar dentro de las causas de esa violencia a la que se abre y de donde proviene una realidad silenciada de lo femenino y, al mismo tiempo, de la fuerza que ha habitado a nuestra sociedad moldeando una forma de mirar, un modo de hacer en el que todo aquello que no satisface la ilusión con que hemos escogido anestesiarnos, es remitido, relegado, exiliado hacia un mundo que no queremos ver porque ofende, aunque sabemos que existe y, aun así, volteamos la cabeza.
Lilian Elphick pertenece a la raza de las Clarice Lispector. Este último libro la acredita como una narradora que merece la atención de los lectores y que debiera asumir la obligación de explorar al extremo su palabra, exprimiendo hasta la última gota que la habita para entregar, entonces, todas las imágenes que la visitan; buscando el tono, la forma, el estilo que la singularice en toda su potencia.

RELATOS Y UTOPÍA AMOROSA

Por Patricia Espinosa


En “Salidas de madre”, una antología de cuentos escrita por mujeres aparecida en 1996, leí Juego de cuatro estaciones , de Lilian Elphick (1959) y de inmediato tuve la convicción de estar ante uno de los mejores relatos publicados en la década (aunque sin duda ya en “La última canción de Maggie Alcázar” –1990- destacaba La elegida ). Los cuentistas chilenos suelen manejar la técnica de una forma bastante abrutada y convencional. Siguen creyendo en un tipo de cuento esférico, generalmente con final sorpresivo y muy pegados a la anécdota. Lo que más me impresionó en la escritura de Lilian Elphick fue el planteamiento de una estrategia narrativa precisa, pero tramada con un devenir discursivo violento, melancólico y, a veces, con pequeñas y adecuadas pizcas de cursilería. Además, la presencia reiterada de la voz de un sujeto mujer como efecto discursivo o producción textual, siempre en proceso. “El otro afuera”, última publicación de la autora, incluye entre sus quince relatos, La elegida y Juego de cuatro estaciones; este último, un relato tremendamente triste en torno a una extraña relación amorosa entre dos hermanas. La mayor crea, en un acto enloquecido y a la vez estético, un enamorado ficticio, “el ferviente enamorado”, para su hermana menor, que se transtorna por aquella pasión que se alimenta mediante cartas. En La pieza vacía, One way ticket o en Líbrame de todo mal, nuevamente encontramos a personajes enloquecidos y desesperados. Elphick insiste en los locos como figuras pertinentes para deconstruir la relación entre racionalidad/pasividad. Enfermos de amor y de soledad; solo desde el desequilibrio de la razón, será posible exponer la necesidad, extremar el narciso y abrirse a la satisfacción transitoria que siempre traerá adosada la perversión.
Slavoj Zizek, el filósofo esloveno, señala que en esta sociedad posmoderna los seres humanos intentan evitar todo daño a la hora de la seducción, convirtiendo al escarceo amoroso en una suerte de cumplimiento de reglas innombradas pero absolutamente rígidas y, por lo tanto, también perversas. Advierte que estas nuevas formas de seducción estarían directamente vinculadas con lo que Anthony Giddens y Ulricke Beck han denominado la “modernidad reflexiva” para caracterizar a nuestra época; es decir, la creencia de que elegimos todo el tiempo y, por lo tanto, estamos subsumidos en una sociedad de riesgo permanente, puesto que nuestras elecciones pueden ser asimismo fallidas. Concuerdo con Zizek, en que la seducción se rige por normativas estereotipadas y perversas; pero no estoy con él cuando señala que la seducción está liberada del daño. Daño para mí (el que seduce) y para ese otro (el seducido). El riesgo y el daño son parte del juego de apostar por la utopía amorosa, unidad perfecta y viciada a la vez, en eterno conflicto ante la duración y lo efímero devenido de lo cotidiano.
Desde Houllebecque a Foster Wallace: por increíble que parezca, la utopía del amor es actualmente uno de los grandes temas de la narrativa postmoderna; sin embargo, la relación amorosa ya no es idílica ni tendiente al futuro. Por el contrario, hay siempre una tensión hacia la ruptura. Los relatos de Elphick nos enfrentan a esta nueva manera de reinstalar la utopía del amor como apertura y replegamiento, grieta, soledad y no future. Únicamente el inquietante travestimiento del deseo amoroso, enmascarando sus síntomas por medio de rituales de pasión subsumidos en la melancolía, deseo que se niega a ser colmado y que no duda en mostrarse como falta.
Lilian Elphick es una autora con nula presencia mediática. No sé si será una pérdida, pero sí sé que con este libro se ha instalado definitivamente como una de las mejores cuentistas nacionales y que los críticos y periodistas culturales debieran darse cuenta que aun es posible conjugar bajo perfil y calidad literaria.

Revista Rocinante Nº 63



EN TORNO AL YO TRAVESTIDO Y LOS DESPLAZAMIENTOS DE LO REAL EN : “JUEGO DE CUATRO ESTACIONES” DE LILIAN ELPHICK [1]

Por Patricia Espinosa *

Lilian Elphick nació en Chile durante 1959, se inscribe, por tanto, en la promoción de autores llamada Nueva Narrativa o Formación post ’80.

Cabe señalar que sus cuentos han sido publicados en diversas antologías y que en 1990 apareció su primer volumen de relatos titulado La última canción de Maggie Alcázar. Libro en el cual conjuga el intimismo y la dolorosa soledad de personajes femeninos, aunado a una fuerte dosis de crítica a las ‘convenciones sociales’.

“Juego de cuatro estaciones” es un relato en el que nos enfrentamos a una voz narrativa en primera persona construyendo dos ficciones. Por una parte, la globalidad del relato y, por otra, las cartas dirigidas a su hermana menor. Así, a partir de esta diversificación de su rol autorial, la hermana mayor instaura un nivel de realidad que le permite, tanto a ella como a la menor, satisfacer sus deseos. Estamos ante un relato que nos inserta en el plano de las disociaciones de un yo que, por medio de la escritura, desrealiza su entorno mediante una estética del dolor travestida en juego: escribir las cartas y crear al “Ferviente Enamorado” para rellenar el imaginario de la menor y, fundamentalmente, el de sí misma.

Se escenifica así la denuncia de la precariedad de un existir que requiere de un elemento anexo para reafirmarse. Para la mayor, la escritura de cartas y para la menor, escuchar su lectura. Goce que se le impone a esta última, por el poder de la mayor, que señala : “porque yo sé que piensa en ese que la desea, el anónimo, el extranjero, el que miente”(82). El yo de la menor se construye a partir del discurso de la mayor, quien además se encarga de construir también al Enamorado. El masculino y la hermana menor son situados de esta manera como otro que, al decir de Deleuze y Guattari: “surge. . .como la expresión de lo posible, tal como existe en un rostro que lo expresa, y se efectúa en un lenguaje que le confiere una realidad. En este sentido, constituye un concepto de tres componentes inseparables: mundo posible, rostro existente, lenguaje real o palabra”(23). Porque para la mayor, como sujeto del enunciado, el Otro/ Ferviente Enamorado, surge como posible a partir de la “rostridad” de la escritura, lenguaje real que lo expresa, que sin embargo se vuelve para la menor insuficiente, sobre todo cuando ésta, requiera de una nueva “rostridad” del mundo prefigurado escrituralmente.

La tipificación del sujeto masculino, que opera como centro del universo de la menor, se articula a partir de términos como extranjero, anónimo y mentiroso. Rasgos que determinan un fuera respecto al mundo de las hermanas y que, a la vez, constituyen un conjunto sémico que se actualiza como un segmento nuclear en tanto manifestación del poderío de la voz narrativa que dice: ”porque yo sé”. Superioridad y dominio total ante un mundo producto de su creación; al igual que el masculino gestado a partir de un modelo literario, el cual no es otro que las historias de Corín Tellado, para satisfacer el ideario romántico de la hermana menor.

El relato se articula así, a partir de un dolor compartido por dos sujetos y al cual sólo podemos acceder por medio de la voz narrativa de la mayor y su dominio presente: “ahí la tengo, aquí, bien protegida por cuatro paredes [. . .] no tiene para que salir afuera a la calle, ni a comprar ni a mostrar las tetas como me imagino que lo haría, que las muestre aquí dentro, frente a su espejo, que juegue, que sueñe todo lo que quiera . ..”(84). En el hoy, se revela poseedora de la otra (la menor), a quien mantiene en el espacio de lo cerrado, conformado por la casa. La contraposición dentro/fuera, posee su correlato en el amparo/seguridad versus la exposición/peligro. Cuando la mayor señala “ahí la tengo”, “protegida por cuatro paredes” y “le lavo el pelo”, “le cambio los calzones”, “la santiguo” (84), sus palabras -al modo de una retahíla- van delimitando un conjunto de actos realizados por un estereotipo de sujeto materno. La mayor significa como madre, porque ella misma se produce como tal. Es ella, una vez más, la que ejerce tal poder, la que “se obliga” a comportarse de acuerdo a un rol y a crear un otro, que concite su deseo de maternidad.

Llama la atención, en todo caso, el uso del término “historias” con el cual califica tanto la escritura de la carta como la existencia “real” de la menor. Así, aunque todo pasa a convertirse en historia o ficción la sujeto se orienta hacia la justificación de su poder omnímodo respecto a la otra : “El mundo es muy grande y te perderías”. Una sentencia que coarta la posibilidad de romper el orden instaurado y que le permite mostrarse ya no sólo desde su rol, hermana mayor, sino como la “hermamá” (87).

Deteniéndonos un poco en este punto, podemos constatar que más que un deseo de recepcionarse como madre, es posible advertir -en la mayor- el deseo de emitir múltiples signos fragmentados en torno a sí misma. Astillas que, concatenadas, conforman un aparato materno enmarcado en una intencionalidad de autonomía plena, como cuando afirma: “Yo no tengo para qué contarme historias ni mirarme en el espejo” (85). Un yo distanciado del otro (la menor) y que existe solamente en contraste y por negación. Su yo, no requiere de ficciones ni de falsos mundos especulares. La negación del acto reflejo “contarme”, “mirarme”, la lleva a rechazar un segmento del sí misma, reafirmándose en su autoridad por medio de un hacer sólo volcado hacia el fuera. La sujeto rechaza por un lado su rol creador, literario, hacedor de ficciones y por otro, la imposición de su propia mirada, en tanto testigo u observante de sí misma . En este último punto, nos parece advertir la desvinculación del yo ante su propia mirada crítica, a la par que su desprendimiento de la visualización de sí, porque: ”El espejo sólo podría mostrarme la brutalidad de un cuerpo que envejece”(85). Pero un discurso de tipo amoroso, intentará revertir la caída total, producto de la degradación corpórea: “yo voy por la noche y me acuesto en una cama que me tenga un poco de cariño [. . .] Yo voy y conozco a un hombre hilachento, descosido [. . .] que jamás usará corbata [. . .] uno que come y eructa y pide otra caña, uno que sabe decir mijita rica o huachita carnuda con la boca abierta y los dientes cariados”. (85)

Este itinerario inserta a la sujeto en el ámbito de un deseo que busca coagularse en el desprendimiento del ideal. El mísero, contrapuesto al príncipe azul ficcionado, permite el goce carnal. Si la historia de la menor se entronca con la tradición del folletín romántico, esta otra, nos inserta en un discurso amoroso que subvierte el paradigma idealizante. Signos desmembrados en torno a un estar de seres marginales a los cuales ni siquiera les está permitido compartir los clichés del canon respecto a lo bello y placentero. La narración, a partir de ahora, se abre a la disposición continua de una estética del dolor que deslegitima la noción de goce, felicidad, amor y belleza instaurada por la cultura.

Pero la narradora es, ante todo, una escritora y no deja de denotarlo:
“Juego de cuatro estaciones le he puesto a este juego de cartas. El que lea esto comprenderá que lo escrito puede durar mucho, algo así como siglos. Y yo quiero que ella dure siglos, aunque muera en este instante, aunque yo la mate. Las otras historias que he leído así lo dicen”. (86)

El acto de escribir y, por lo tanto, su producto, las cartas, son nominadas por la sujeto bajo el rótulo de “juego”. Un juego o circuito, cuyo destinatario es el lector, que se completará sólo una vez leído el texto.

Para la narradora, la duración de la escritura se asemeja a la “duración” de la hermana. La existencia de ambas, depende por ello, de su propia voluntad.

Es únicamente en este momento del relato, cuando surge la explicación respecto a las cartas :

Las cartas se las entregaba yo misma [. . . ] “Sólo yo lo sé, sólo yo puedo darle vida a ese hombre que la ama, darle muerte o desaparecerlo también, pero la verdad todavía no es parte del juego, a ella la verdad no le gusta . . .yo sé que le gusta lo otro, el sueño, pararse frente al espejo por horas y horas, que le lea”.(87)

La escritura de cartas no impone la respuesta por parte del destinatario. La menor no debe ni intenta responder a las cartas del Ferviente Enamorado. La respuesta, en este caso, aparece dada por la felicidad y la esperanza de la llegada del masculino sentida por la menor. El modelo de la carta, dentro del relato, pareciera eludir la dimensión interaccional, con lo cual se plantea como la negación de una de las características esenciales de la carta. Al decir de Patrizia Violi : “la carta es, no cabe duda, una forma de diálogo, pero es siempre un diálogo diferido” (89). Se concretará, en todo caso, en ausencia de uno de los interlocutores. Posibilidad que en el relato es sólo aparencial, ya que la menor dialoga efectivamente con el masculino, el cual no se encuentra ausente, sino travestido como la hermana mayor.

La narradora genera un tipo de escritura: las cartas. Inventa un autor, el enamorado; un lector, la menor y nosotros; un medio, ella misma, quien hace llegar las cartas y se encarga de, a cada paso, explicitar su poder como autora, creadora, generadora de aquella ficción:

”Sólo yo lo sé, sólo yo puedo”. Aunque homologada a un dios capaz de dar o quitar la existencia, su discurso topará, sin embargo, con el tema de la verdad. Pero justamente en ese momento, la verdad será caducada, ya que no tendrá sitio en el contexto de la ficción en que se ubica la menor, quien rechaza esa verdad impuesta por la hermana mayor.
Si bien la menor aparece determinada siempre a partir de las imposiciones de la mayor, se ha ido configurando como una entidad autónoma. Cuando la menor juega a que llega el masculino, reproduce un real que se le niega. Ella, en un primer momento sólo pasiva receptora, interviene ahora el texto por medio de la expresión de un discurso de corteerótico: “Hace dos semanas ella quiso jugar a que él llegaba, entonces yo llegué y la sorprendí cuando se sacaba la ropa para iniciar el juego. Por qué te sacas la ropa, le pregunté, porque me gusta, tartamudeó”. (88)

La mayor, en tanto seductora, realiza una operación donde su deseo: “es voluntad de poder y posesión” (Baudrillard 84). Poder/poseer a la menor a partir de significarle como el masculino la lleva a :

Obligar al cuerpo a significar, pero mediante signos que no tienen sentido propiamente dicho. Cualquier parecido se desvanece. Cualquiera representación está ausente. Cubrir el cuerpo de apariencias, de artimañas, de trampas, de parodias animales, de simulaciones para el sacrificio, no para disimular, tampoco para revelar algo (deseo, pulsión), ni siquiera solamente para jugar o por gusto [. . . ] sino por un obrar que Artaud llamaría metafísico : reto con carácter de sacrificio al mundo a existir. Pues nada existe por naturaleza, todo existe gracias al reto que se le lanza y al cual está obligado a responder. (Baudrillard 88-9)

El asunto es aquí el siguiente: quién lanza el desafío, cuál es el mundo o la realidad obligada a responder, si todo se ha instaurado como un juego de máscaras. Una desnudez placentera y gozosa abre el relato hacia un erotismo que altera el discurso de la narradora al adoptar el rol del ausente, convirtiéndola en la carne de aquel otro, el cuerpo ahí del Ferviente Enamorado. Porque el acontecer de la menor, su deseo, ha impuesto forzosamente su actualización por medio de una demanda que se expresa de la siguiente manera : “Ella me pide que yo venga no más, que le da cosquilla mi bigote de mentira, me he negado y ella insiste, me llora, le dan rabietas” (88). La petición de la menor, impone que se escenifique el masculino construido por la mayor, la cual en su negativa evidencia la complejidad que en sí adopta el aparato deseante de la otra. No es tan fácil para ella sucumbir o insertarse en aquel enmascaramiento que, aunque creado por ella, se ha transformado en un juego sólo para la menor : “este es el juego de ella, el de nunca acabar” (92).

El relato ha logrado imponer una continua expectativa marcada por la posible llegada del masculino. Desde el juego dado por la ficción, y prefigurado por las cartas, se impone así la presencialización del Ferviente Enamorado : “Por eso hoy la remezco, le muestro las cartas. ¿Te acuerdas ? Vamos, párate arriba de la silla, desnúdate si quieres [. . .] comienzas a sacarte el vestido [. . .] ¿Estoy linda ?, preguntas [. . .] Lloro sin que te des cuenta, lloro por tu hermosura y tu silencio, por los recuerdos que no tienes; beso tus piernas, están tibias”. (92)

La ficción interviene en el mundo “real”, gestándose un espacio en el que se vive la sincronía del instante, mezclado con significantes corpóreos como el llanto/dolor y la tibieza de la piel/placer. Así, la narradora arrastrada a la verosimilitud impuesta por la menor, comienza a explicitar un diálogo figurado con ésta :

“Tu Ferviente Enamorado no viene, dices, y te abrazo cada vez más fuerte, feliz de tu nostalgia, sorpresiva [. . .] No, no él sí viene, cierra los ojos, él está aquí contigo, acompañándote, mira al espejo y vas a ver que él te acaricia, mira sus manos rosadas de tanto verano, mira su timidez [. . .] Soy tú no más, dices, soy tú la que me está agarrando las tetas”. (93)

Es precisamente, la enunciación de la menor, lo que permite desligar a la mayor de su condición de sujeto obligado a insertarse en aquel otro universo. El lenguaje, pasa a ser el elemento constituyente y creador de lo real. Un lenguaje como señala Deleuze: “que no está hecho para ser creído sino para que se le obedezca” (Cf. Deleuze /Parnet). Las enunciaciones imponen la verosimilitud; sin embargo, en el preciso momento en que se presencializa el masculino, emerge la palabra que se niega a la obediencia ante el poder represor : “Soy tú no más” señala la menor, revelando que puede distinguir entre realidad y ficción y que no le bastan las enunciaciones de la mayor, de un otro ajeno respecto a sí misma, para dar cuenta de una realidad propia y no impuesta.

La expulsión sufrida por la mayor, la remite al mundo de la escritura como único espacio donde puede ejercer su poder. Así señala: “era hora de comenzar otra carta. Para las dos” (94). Esta vez el narratario, incluye tanto a la menor como a ella misma. Momento perfecto para que reaparezca el Ferviente Enamorado dirigiéndose a las hermanas. Ya no sólo a la menor, sino también a quien lo creó, con lo cual la narradora se inscribe en el terreno del desvarío, lugar hasta ahora sólo habitado por la menor. El Ferviente Enamorado, promete su arribo y se autoengrandece; asumiendo su figura, la condición de parodia de la llegada del Mesías.

De esta forma, todo termina convirtiéndose en un otro de sí mismo. El juego ha arrastrado a las hermanas, pero también a su creación, a un desdoblamiento incesante, negando toda identidad posible. Así, el poder autor/narrador es subvertido, permitiendo que las ficciones, las historias, la escritura en definitiva instaure el travestismo como mecánica esencial del relato en su totalidad. Desplazamiento constante del ser a su otro, en una dinámica de avances y retrocesos, donde la ficción instituye su ley por sobre todo afán de poder: la autora-escritora-hermana mayor sólo puede plegarse a ese movimiento sin fin, donde el deseo una y otra vez se desplaza, pero que una y otra vez renueva la esperanza de ser satisfecho.

El relato concluye invirtiendo los órdenes instaurados al comienzo. Aquello que era personaje, es ahora autor, el emisor se convierte en destinatario, son ambas hermanas las objeto del deseo. Es como si todo los elementos convocados en el relato evidenciaran que sólo en su doble pudieran conjurar la muerte anunciada por esa primera autora, que ahora, al final, se revela como un personaje más, ya que ella misma se ha travestido para escapar también de un desenlace irredimible.


BIBLIOGRAFÍA
Baudrillard, Jean. De la seducción. Madrid : Cátedra, 1989.
Deleuze, G. y Félix Guattari. ¿Qué es la filosofía ?. Barcelona : Anagrama, 1994.
y Claire Parnet. Diálogos. Valencia : Pre-Textos, 1980.
Elphick, Lilian. “Juego de cuatro estaciones” en Salidas de madre. Santiago:
Planeta, 1996.
Violi, Patrizia. “La intimidad de la ausencia : formas de la estructura
epistolar”. Revista de Occidente 68 (1987): 87-99.



Articulo tomado de:
CUADERNOS DE ESTETICA N° 2
Pontificia Universidad Católica de Chile
Facultad de Filosofía- Instituto de Estética


[1] Este artículo forma parte del Proyecto Conicyt EG 95040-1996, “Género femenino en el relato contemporáneo” dirigido por Jaime Blume.
* Profesora Instituto de Estética, Universidad de Chile, Candidato a Doctor en Literatura y Crítico Literario Revista Rocinante.

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