Ríos temporales en "El perseguidor" de Julio Cortázar



Por Lilian Elphick



I.- BÚSQUEDA ONTOLÓGICA DE LOS PERSONAJES BRUNO Y JOHNNY EN EL PERSEGUIDOR: LOS RÍOS TEMPORALES


Nadar sin agua


El Perseguidor (Cortázar.1994 (I):225-266) está escrito en primera persona, en tiempo presente, como un diario de vida. Es el personaje Bruno V., crítico de jazz, el encargado de narrar una parte de la vida del saxofonista norteamericano Johnny Carter, contando, además, su propia historia, como biógrafo y amigo personal del músico. Dato clave es la dedicatoria: In memoriam Ch.P., que evidencia que se trata de una biografía ficticia de Charlie Parker “Bird” y un homenaje póstumo a su vida y obra musical. En El Perseguidor, Cortázar - conciencia autorial de su texto- cambia los nombres de los personajes, pero levemente. Así, Johnny Carter es Charlie Parker; Lan es Chan; la marquesa Tica es la baronesa Pannonica de Koenigswarter, Nica; y Bee, la hija muerta, es Pree. (Russell,1972).
Los epígrafes Sé fiel hasta la muerte (Apocalipsis 2,10) y O make me a mask (Dylan Thomas) revelan la doble condición de Johnny: La fidelidad o autenticidad hasta las últimas consecuencias, y la necesidad de enfrentar a la muerte, de cruzar a la otra orilla, con una máscara, que puede ser la del cazador-perseguidor o la del guerrero. Tanto en la vida real como en la ficción, Charlie-Johnny muere riéndose a carcajadas frente a un televisor. La risa actúa como rito fúnebre y como catarsis. Johnny se desprende de su cuerpo enfermo, irreversiblemente dañado, para entrar en la dimensión del Aión: ...toda mi vida he buscado en mi música que esa puerta se abriera al fin. Una nada, una rajita... (p.262). Ingresar a este tiempo eterno y sagrado es abrir la puerta a patadas o a puñetazos como él quería, solo y sin ayuda de ese portero de librea, de ese abridor de puertas a cambio de una propina (p. 264). La muerte física lo libera de las ataduras de la carne y lo zambulle en la búsqueda infinita de una realidad más amplia.
Las experiencias en vida de Johnny asumen la forma del viaje, del laberinto, de la búsqueda de lo subterráneo y del agua (río) como elemento sanador y generador de lucidez. Johnny viaja de los Estados Unidos a París, para regresar nuevamente a su país natal y morir. Sin embargo, los viajes o la compañía de sus músicos y amigos no lo eximen de la soledad. Johnny es capaz de comprender ese sentimiento de soledad. Él es fiel a su destartalado libro de poemas de Dylan Thomas, que siempre está leyendo y releyendo. A Lan le envía desde Roma una postal donde dice: Ando solo en una multitud de amores, verso del poeta galés. La actividad creadora para un músico o un escritor debe ser ejecutada en solitario: el creador en comunión con su obra.
El episodio del metro -laberinto y subterráneo- le permite acceder a ese otro tiempo, donde perder el saxo es lo de menos. La música está dentro de él y puede seguir ejecutándola sin su instrumento: ... sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro... (p.233).
Estas experiencias en el metro también se pueden asociar al orfismo. Según Graciela Coulson (Coulson.1985:101-113 ):
“...por su música y por sus intuiciones de una eternidad transindividual y a pesar de su violencia y su amargura, se acerca más al orfismo Johnny Carter, especie de Orfeo furioso en el que apuntan ambiguamente rasgos de Prometeo y Sísifo y que alcanza, sin pretenderlo, una relativa grandeza”. Johnny, como lo dice el mismo Bruno ,”tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.” (Coulson.1985: 111).
La autora compara a Johnny con Cristo:
“Sus iniciales, J.C., ya nos recuerdan que Orfeo había sido una prefiguración de Cristo. Como el Maestro de “Las Ménades”, Johnny es el creador por excelencia que muere por su música y del que todos toman algo...Tal interpretación haría posible confirmar para Johnny un destino semiheroico.” (Coulson. 1985: 111).

Ante esta interpretación, agrego que si Johnny es visto en su esencia mesiánica, Bruno se comporta como su evangelista: Empiezo a parecerme a un evangelista (p.251), aunque luego se contradiga: ¿Qué clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor grandeza...En Johnny hay como el fantasma de otro Johnny que pudo ser, y ese otro Johnny está lleno de grandeza... (p.252).
Después de la muerte de la niña Bee, Johnny y Bruno se encuentran en el Café de Flore. Johnny se arrodilla frente a Bruno y llora por su hija, los ojos húmedos y mansos, la boca incapaz de contener la saliva que le brilla en los labios (p.255). Bruno siente vergüenza por el ‘espectáculo’ de su amigo, los parroquianos miran sorprendidos, aunque el más sorprendido y con sentido de ridículo es Bruno. Exageradamente acota que aquellas personas lo han mirado como miraría la gente que se trepara a un altar y tironeara de Cristo para sacarlo de la cruz. (p.255). Después de salir del Café, Johnny y Bruno caminan por la ciudad: Fumamos Gauloises, nos dejamos ir hacia el río. (p.257). El diálogo que entablan es acerca de la biografía, el libro editado. Para Johnny “faltan cosas”, por ejemplo, el vestido rojo de Lan, imagen esencial en su disco Amorous (Lover Man ). O la visión de las urnas. La cercanía del agua -el río que fluye permanentemente- libera la lucidez intuitiva de Johnny. Él percibe su propia búsqueda a partir de ese vestido rojo, de Bee muerta. Expresa su insatisfacción con la imagen: He querido nadar sin agua , mientras Bruno piensa asuntos prácticos, como que del río sube la humedad y pueden resfriarse.
Nos dice Néstor García Canclini:
“A Johnny le interesa lo de esta tierra, y por eso pocas cosas le molestaron tanto como que Bruno le adjudicara en su libro un acceso a lo divino. “Sobre todo no acepto tu Dios...” No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí”. (García Canclini. 1968:44).

Una de las frases más emotivas y lúcidas en El Perseguidor son las que Johnny dice para Bee: ...ella era como una piedrecita blanca en mi mano. Y yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiará las lágrimas de mis ojos. (p.253). Frente a la muerte de su hija, lejos de ella, él no puede hacer nada, se siente impotente y torpe, como un animal. Bee representa la inocencia, lo valorable dentro de las cosas simples (una piedrecita blanca), lo atesorable. Recordemos que la Maga en Rayuela también atesoraba piedritas, plumas y otros objetos recogidos de las calles de París, actividad que H. Oliveira consideraba inútil. Johnny llena sus bolsillos de hojas de árboles. Dentro de su racionalismo, Bruno piensa que estas palabras son falsas, huecas, preparadas, como si Johnny hablara con una máscara. Más tarde, cuando ambos amigos discuten acerca de la biografía, Johnny volverá a este asunto: ...es la diferencia entre que Bee haya muerto y que esté viva. Lo que yo toco es Bee muerta... (p.262). En la madrugada aún oscura (3 am) Johnny acariciará a un gato blanco, quizás sintiendo a Bee, fugada ya, ida de sus brazos. Johnny y Bee solos, como el gato.
La música, como el Aión, representa “la verdad eterna del tiempo: pura forma vacía del tiempo” (Deleuze 1994:173). Es el instante atópico. En palabras de Johnny: ...el jazz no es solamente música, yo no soy solamente Johnny Carter (p.261). Como el jazz, Johnny vive improvisando, no hay premeditación, sólo impulsos. Sus actos ‘anormales’ e ‘irracionales’ como andar a pie desnudo en las sesiones de grabación, emborracharse, perder el saxo en el metro, incendiar el colchón en la pieza de hotel, ser un mono desnudo abrigado con una frazada, en una pieza maloliente; olvidarse de contratos y grabaciones, son sólo su parte humana y falible. La genialidad de su jazz es precisamente la mezcla de estos actos con otros igualmente humanos, como llorar por Bee y expresar este sentimiento en la música, o recordar el vestido rojo de Lan, momentos de su infancia, la madre, los amigos. La música condensa esos instantes en un solo instante. Para Saúl Sosnowski la música le permite a Johnny acceder a una realidad más vasta:
“A través de la música intuye que lo aparencial, lo empírico, el tiempo de relojería, ocultan algo esencial que quizá encierre el sentido de su ser. Esta intuición causa un extrañamiento ante el plano llamado realidad. Con ese sentimiento, Johnny partirá en busca de ese otro estrato que vislumbra a través de las notas del saxofón.Sus improvisaciones musicales son el verbo con el que intenta penetrar la supra-realidad. Él es incapaz de apresar intelectualmente, mediante un conocimiento reductible a ecuaciones lingüísticas, esa otra realidad, ese nivel mítico. Intuye, siente, pero la expresión verbal le es vedada. Cada toma del saxo sería un nuevo intento de penetrar el nivel mítico de la realidad.” “Su música es un corredor entre el nivel empírico humano, que percibe físicamente, y el suprahumano, que siente estéticamente...Al intuir la supra-realidad, Johnny cree que caducan sus determinaciones empíricas como ser humano. Al sentir el tiempo mítico abandona la realidad física que lo circunda y las responsabilidades que ésta le impone.” (Sosnowsky.1972: 434).

‘Nadar sin agua’ es buscar más allá de todo, es el intento de corporizar las imágenes que lo rondan. Y toda búsqueda produce angustia y dolor. Johnny no se emborracha y droga gratuitamente, lo hace para mitigar ese extrañamiento, esa intuición de estar fuera del centro. En este sentido, Johnny se asimila al arquetipo del Loco en las imágenes del Tarot. El Loco es inocente, irracional, como un niño. La mayoría de los diferentes tarots lo muestran vestido de arlequín, con una rosa blanca en la mano, al borde de un precipicio. ‘Nadar sin agua’ es lanzarse a ese abismo.

Las limitaciones de Bruno
Como se señala al principio de este capítulo, Bruno es el narrador-testigo de El Perseguidor. Él se compromete no sólo con la biografía sino consigo mismo como escritor, en su propia narración. Para Bruno existe un proceso de revelación en el acto de escribir, va más allá de lo meramente biografiado. Su discurso no siempre es lógico, está plagado de contradicciones. Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones (p. 229), dice Bruno, con respecto al tiempo que vive Johnny cuando toca música. Sin embargo, Bruno viste capas y capas de condicionamiento cultural. Valora lo que Johnny deshecha: la casa, su mujer, el trabajo, las diversas traducciones y ediciones de su biografía que elevan su prestigio. No transgrede las normas y sí lo hace es por culpa de otros (por ejemplo, su relación extra-marital con Baby Lennox). Mientras Johnny baja, él siempre esta subiendo (sube escaleras de hotel para acceder a Johnny); actúa como proveedor y organizador (da dinero y alcohol a Johnny, provee el nuevo saxo, organiza contratos, conciertos); es el filtro de la conciencia del saxofonista y de su propio relato. Él es la boca y yo la oreja… (p.229), confiesa Bruno, consciente de sus limitaciones, de esa imposibilidad de acceder a la realidad a que accede Johnny. Preocupado de cosas superficiales, como la hora, las responsabilidades laborales y su prestigio como biográfo y crítico de jazz, vive el tiempo cotidiano, pegado a Johnny, sintiéndose como un apéndice o una sanguijuela que se alimenta de los verdaderos triunfos del otro. Pero Bruno no es totalmente un ser racional y aséptico (nombra varias veces la saliva de Johnny, el gris ceniciento de su cara, su cuerpo manchado), él también es un perseguidor, intenta ser auténtico, aunque esté metido en un mundo de apariencias. Bruno es profundamente humano en sus cuestionamientos, inseguridades, en su vanidad y en su afán de gloria. Él también persigue la inmortalidad con el libro escrito y traducido a muchos idiomas. Asimismo Johnny –que aparentemente no persigue nada- es inmortal a través de su música, que no sólo es escuchada, sino grabada. La carne se corrompe, es impermanente, pero el objeto libro y el objeto disco –ahora se habla de CDs- perduran a través del tiempo.
Bruno está empapado, sumergido del tiempo habitual y racional, preocupado de la hora, viviendo y escribiendo ese segmento de vida, ese recorte lleno de cotidianidad "real"; inmerso en Cronos. A Bruno le cuesta cada vez más atraer -como un imán- a Johnny a la realidad. Sin embargo, está consciente que hay algo más allá de esa realidad plana, incolora: A la realidad; apenas lo escribo me da asco (p.248). Envidio a Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se esté destruyendo... Envidio todo menos su dolor, pero aun en su dolor tiene que haber atisbos de algo que me es negado. (p.237).
Saúl Sosnoswki acota que Bruno está dentro del marco prefijado por la sociedad y ha aceptado sus criterios básicos burgueses:
“Bruno, al igual que las mujeres y los instrumentalistas que rotan en torno a Johnny, se desplaza en el nivel empírico. La vida de Bruno está circunscrita a las imposiciones de su intelecto, a la crítica, a las ediciones de sus libros, a su mujer. Sabe que Johnny ofrece una nueva alternativa para explicar la realidad, para desmembrar los cimientos de las interpretaciones racionales. Pero esto lo sabe y lo acepta mientras está junto a Johnny. Sus reiterados alejamientos de esa órbita, su rechazo de las intuiciones de Johnny, son el escape de una interpretación existencial ajena a la suya que, de ser aceptada, requeriría cambios en su comodidad burguesa.” (Sosnoswki. 1972:436).

Sin embargo, cuando Bruno se aleja es para escribir y reflexionar sobre Johnny. Apenas se separa de él (escena Johnny-Dédée; visita al hospital), Bruno sale a la calle y busca un Café donde beber un cognac. Siente la necesidad de respirar aire limpio y olvidar las pestilencias y locuras de su amigo, pero lo único que hace es evocarlo, reconocer su propia cobardía y contradecirse:
... Me es más fácil creer que es así, ahora que estoy en un café y a dos horas de mi visita al hospital, que todo lo que escribí más arriba forzándome como un condenado a ser por lo menos un poco decente conmigo mismo (p.249). Su contradicción con Johnny es tan grande que en una misma página se lee lo siguiente: ...un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de poesía y de talento. Aparentemente. Johnny es como un ángel entre los hombres,[...]es un hombre entre los ángeles, una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros. (p.248 ).

Según García Canclini: “...La admirada nostalgia con que Bruno presenta a Johnny acredita que no es otro el origen de su evocación”. (García Canclini. 1968: 104).
Como Oliveira, Bruno también vive el drama del racionalismo occidental, donde se privilegia la inteligencia y se condena lo sensorial, el goce impulsivo hacia las cosas que solo los niños poseen. Bruno está en constante pugna, se reprime, jamás dará el ‘gran salto hacia lo imprevisible’. Tal tensión de búsqueda está incluso evidenciada en su acto escritural. Él entra y sale de Johnny, lo evoca y lo condena, lo admira y lo denigra. Pero por sobre todas las cosas, está lejos de vivir la realidad que vive Johnny cuando toca música. Al escribir la historia (no la biografía) no logra trascendencia, sino temporalidad. El tiempo se acaba no sólo con la muerte de Johnny y con la conclusión de la biografía (fotos del entierro de Johnny), sino porque Bruno sabe que él está hecho de ese tiempo irreversible y agujereado. Sus ironías reflejan la angustia de estar atado al lastre temporal: por ejemplo, los paréntesis en donde prepara y pide atención al lector para lo que vendrá :
(Atención) (p.258). (Atención, ahora) (p.260), o repite una frase acentuando el verbo saber: No sé por qué (no por qué) (p. 252). La muerte de Johnny es relatada por Baby Lennox en una carta dirigida a Bruno, que éste transcribe y critica irónicamente: -agregaba deliciosamente Baby- , agregaba dulcemente esta querida Baby, esta pobrecita Baby, Eran los detalles que cabía esperar de una persona tan delicada como Baby Lennox (pp. 265-266). Ya se sabe que Bruno ha tenido una aventura con Baby en París, a la cual considera acentuadamente promiscua. Así, la lectura que tenemos de Baby es la de una seductora atrapa-hombres. Hay un tono íntimo en la carta de Baby que Bruno desdeña. Él se autodescribe como el seducido, víctima de las circunstancias, muy típico de una actitud machista. La imagen de las otras mujeres, como Dédée y la marquesa Tica, también está degradada por los comentarios de Bruno. Ellas son las que proveen a Johnny de drogas, sexo y dinero. Son personajes secundarios, muy planos (la que tiene más descripción es Tica, en cuanto mecenas de Johnny), dependientes y que giran en torno a Johnny y a sus circunstancias. Sin embargo, Bruno también hace prácticamente lo mismo: es un proveedor, su fama la logra a través de Johnny. Bruno prefiere que Baby relate la muerte de Johnny, de la cual ni siquiera fue testigo, sino que cuenta lo que le dijeron. Narrada así, su muerte no sólo está exenta de solemnidad, sino que se degrada porque Baby no es una escritora; une detalles poéticos (las últimas palabras de Johnny), con descripciones físicas morbosas (gordura de Johnny). Bruno sí es un escritor -aparte de ser crítico de jazz y biógrafo- y critica el estilo inocente e íntimo de escribir de la joven Baby, usando la ironía de modo tal que la lectura superficial nos muestra una segunda lectura, más profunda. ¿Qué encontramos debajo de estas palabras? La incertidumbre, una de sus mayores limitaciones.
Bruno está entre dos aguas. El biógrafo se ilusiona con la fama que le puede brindar su libro, se ilusiona con sus juegos literarios, por ejemplo, six, sax, sex, que Johnny detesta; pero el narrador tropieza, utiliza esas mismas palabras que Johnny considera engañosas: No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. (p.247). La historia narrada filtra entonces las propias inseguridades del narrador. Al lado de Johnny se siente la nada misma: Tengo la sensación de que está solo, completamente solo. Me siento como hueco a su lado. Si a Johnny se le ocurriera pasar su mano a través de mí me cortaría como manteca, como humo (p.247). Lo peor es que sin Johnny siente de igual manera. Cuando lo visita en el hospital, no sabe si él duerme o se hace el dormido, es como una muralla inaccesible. Se pregunta: qué es Johnny . (p. 248).

El diario de vida
Paradojalmente, el nombre Bruno significa ‘moreno o quemado’. O negro. Bruno, como narrador, representa la ausencia de color. Metafóricamente, lo que escribe no se ve, es como si su narración tuviera un black-out, un velo. La historia que escribe es sumamente íntima, plagada de contradicciones, imágenes poéticas y digresiones. Se trata de un ‘yo’ tratando de comprenderse a sí mismo y al otro. La estructura narrativa de El Perseguidor es similar a la de un diario de vida: está escrito en presente y los pasos de tiempo están marcados con un doble espacio:
Como es natural mañana escribiré para Jazz Hot una crónica del concierto de esta noche (p.241).
Ahora se ha quedado dormido, o por lo menos ha cerrado los ojos y se hace el dormido. (p.248).
Lo que apunta Genette se puede aplicar perfectamente al cambio de punto de vista de Bruno: Pero es lo de siempre, he salido del hospital y apenas he calzado en la calle, en la hora, en todo lo que tengo que hacer, la tortilla ha girado blandamente en el aire y se ha dado vuelta. Pobre Johnny, tan fuera de la realidad. (Es así, es así. Me es más fácil creer que es así, ahora que estoy en un café y a dos horas de mi visita al hospital, que todo lo que escribí más arriba forzándome como un condenado a ser por lo menos un poco decente conmigo mismo.) (p.249).
También hay abundancia de diálogos, en especial entre Bruno y Johnny, aunque siempre acotados por Bruno (verbos introductorios: ‘dijo que’, ‘pensó que’, etc.). Entre las páginas 253 y 255 la narración presente se intercala con otra, predictiva, como si el narrador se separara para mirar desde arriba lo que vive en su actualidad (omnisciencia juguetona): “pasarán quince días...”, “pasarán por ahí dos chicos del nuevo quinteto de Johnny”, "los chicos no aceptarán una cerveza”, "será divertido observar el doble manejo de Tica y de Baby...” “y yo veré que está llorando”, etc. La narración de Bruno sube y baja, el ritmo varía, hay pausas y silencios, cambian los tiempos verbales. Hay improvisación narrativa. ¿No será que Bruno quiere hacer jazz con la misma historia?
Con respecto a esto, Jesús Gómez M. acota que:
“[...] Podríamos aseverar que (tanto en su manera de tocar como de vivir) en Parker la improvisación es un vuelo osado, un desprendimiento que se distiende e incluso se disloca, pero que no se pierde. En una palabra: digresión. Y ése es el modo como lo asimila Cortázar. La digresión (o anacoluto en terminología técnica) sería, pues, el elemento común entre la estructura de una pieza jazzística y la de un relato como El perseguidor. Desde su primer diálogo con Bruno, Johnny comienza a tejer, sobre un tema base de su discurso, otro que parece alterno pero que de algún modo se integra al anterior. La de Carter es una "digresión con amplificación" como se ejecuta en el jazz, porque aunque se explaya en una dirección imprevista a la secuencia del diálogo, de algún modo la está complementando y enriqueciendo.
En el texto es relativamente fácil localizar estas digresiones porque casi siempre están introducidas por los puntos suspensivos:
Eso lo sentía y cuando se siente... Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra... Apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras... No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. (p. 51).
No otra cosa sucede en el relato durante el episodio por las calles parisinas.[...] La forma como sobre una tema base el intérprete se aventura buscando las raíces anímicas de su música, es la misma que utiliza Cortázar al poner una y otra vez a su personaje en esa lucha a brazo partido para expresar lo que de otro modo sería absolutamente fallido:
—Para ti, ya sé [...] . Para Art, para Dédée, para Lan... No sabes cómo... Sí, a veces la puerta ha empezado a abrirse... Mira las dos pajas, se han encontrado, están bailando una frente a la otra... Es bonito, eh... Ha empezado a abrirse... El tiempo... (p. 85).

Así toda la conversación con Bruno (quien de igual manera, en varias ocasiones durante sus monólogos, ensaya algunas digresiones en las que también los temas se alternan y sustituyen) es disgregada e improvisada, un demostrar que aquello que no tiene que ver es justamente lo que tiene que ver, pasando de un tema a otro con entera libertad. Una huida hacia todos lados, un estar fuera de ninguna parte...
—El nombre de la estrella es Ajenjo— está diciendo Johnny, y de golpe oigo su otra voz, la voz de cuando está... ¿cómo decir esto, cómo describir a Johnny cuando está de su lado, ya solo otra vez, ya salido? Inquieto, me bajo del pretil, lo miro de cerca. Y el nombre de la estrella es Ajenjo, no hay nada que hacerle.
—El nombre de la estrella es Ajenjo —dice Johnny, hablando para sus dos manos—. Y sus cuerpos serán echados en las plazas de la grande ciudad. Hace seis meses.
Aunque nadie me vea, aunque nadie lo sepa, me encojo de hombros para las estrellas (el nombre de la estrella es Ajenjo)... (pp. 76-77).”



II.- EL PERSEGUIDOR COMO UNA POÉTICA DE CORTÁZAR

¿Qué persigue el perseguidor?

Después de pasar por casas tomadas, acuarios y sacrificios aztecas, Cortázar desemboca en El Perseguidor de forma tan natural que es una obviedad preguntarse por qué lo escribió. El cuento lo eligió a él, la historia de Charlie Parker lo sedujo. El mismo Cortázar cuenta que después de leer en el diario la noticia de la muerte del gran saxofonista, de inmediato escribió el cuento. Y brotó del escritor un tema que hace años intentaba darle forma, un tema netamente humano donde lo fantástico ya no era necesario, centrado en el sujeto y en su desasosiego metafísico, en su tentativa de comprenderse a sí mismo y a los demás que lo rodean. Búsqueda de ser, deseo de fundirse con la naturaleza y no de exiliarse de ella.
“Hasta ese momento -nos dice Cortázar- me sentía satisfecho con invenciones de tipo fantástico. En todos los cuentos de Bestiario y de Final del juego, el hecho de crear, de imaginar una situación fantástica que se resolviera estéticamente, que produjera un cuento satisfactorio para mí, que siempre he sido exigente en ese terreno, me bastaba. Bestiario es el libro de un hombre que no problematiza más allá de la literatura. Sus relatos son estructuras cerradas, y los cuentos de Final del juego pertenecen al mismo ciclo. Pero cuando escribí El Perseguidor había llegado un momento en que sentí que debía ocuparme de algo que estaba mucho más cerca de mí mismo. En ese cuento dejé de sentirme seguro. Abordé un tema de tipo existencial, de tipo humano, que luego se amplificó en Los Premios y sobre todo en Rayuela [...] En El Perseguidor quise renunciar a toda invención y ponerme dentro de mi propio terreno personal, es decir, mirarme un poco a mí mismo.Y mirarme a mí mismo era mirar al hombre, mirar también a mi prójimo. Yo había mirado muy poco al género humano hasta que escribí El Perseguidor.” (Harss. 1967:273).

Johnny opina que las simples y cotidianas actividades han sido olvidadas por la gente. La gran dificultad no es ser un artista que da lo mejor de sí mismo, hasta el desgarro: Mirar, por ejemplo, comprender a un perro o a un gato. Éstas son las dificultades, las grandes dificultades. (p. 246). Él aspira a esa superrealidad de la que hablaba Cortázar en la Teoría del Túnel, es el poeta- músico - explorador, el que barrena el túnel y logra vencer la superficialidad de la existencia humana. Johnny es persona, no personaje; no habla, sino que vive, es rebelde y lleva su rebeldía hasta el final. Como contraste, existe Bruno, aquel escritor-crítico de jazz sujeto a las convenciones, el que no sueña ni cree en la magia. Bruno, antítesis de Johnny, es representante de lo literario y lo retórico. Cae en el cuestionamiento ontológico que lo lleva a vivir verdaderamente un sentimiento del absurdo. En El Perseguidor no hay héroes, hay seres humanos luchando por ser, por lograr una diferencia. Y si no hay héroes tampoco hay villanos. Cortázar ejemplifica con hombres, no con estereotipos. No es que Johnny sea bueno o mejor que Bruno; ellos son los dos lados de la moneda o las dos caras de Cortázar. Ambos buscan, ambos gozan y sufren, lloran y se ríen: son exacerbadamente humanos.
Dice García Canclini:
“En conexión con esta dialéctica entre la posesión del mundo y la búsqueda de nuestro lugar en él, otro problema, también central en el pensamiento contemporáneo, es propuesto por Cortázar con singular penetración: la relación entre lo racional y lo intuitivo. Uno de los modos en que el hombre cortazariano reconoce sus límites es aceptando los de su razón. El hombre es tan racional como poético; se humaniza al desplegar conjuntamente su inteligencia y su intuición, su capacidad abstractiva y su potencia imaginante. [...] Lo que busca, en definitiva, es un equilibrio creador entre lo racional y lo intuitivo, sin excluir ninguno de los dos términos.” (García Canclini. 1968:103-104).

Aquí reside la diferencia entre El Perseguidor y lo anterior escrito por Cortázar. Esta obra es el delta donde confluyen sus ideas, su modo de aprehender la literatura y su modo de transgredirla. Estructuralmente, quiebra sus propios límites, permitiendo que afloren múltiples significados, esa ‘apertura’ de la cual hablaba Cortázar en sus teorías sobre el cuento. Es un knock-out trágico para quien lo lea porque esas palabras, esas simples palabras, significan más, van más allá de ellas mismas. El Perseguidor es el cuento-poema que gatillará a Rayuela, la novela-poema, el anti-libro, el anti-lenguaje, con dos personajes gemelos a Johnny y Bruno: la Maga y Oliveira. En ambos textos, sin embargo, la inocencia muere tempranamente (Bee y Rocamadour). Los niños se sacrifican por los adultos, permitiendo que éstos ingresen a esa zona de máximo extrañamiento.

III.-EL PERSEGUIDOR Y LAS BABAS DEL DIABLO: LA EXPERIENCIA DE LA ESCRITURA EN BRUNO Y ROBERTO MICHEL

Bruno y Roberto Michel -protagonista de Las Babas del Diablo (Cortázar.1994 (I):214-224)- tienen en común el doble oficio. Ya vimos que Bruno es biógrafo y crítico de jazz. Por su parte, Roberto Michel es fotógrafo y traductor. Además, tiene doble nacionalidad (sus dos nombres lo constatan). La historia en Las Babas del Diablo se narra desde dos puntos de vista entrelazados: el de Roberto Michel narrador-protagonista, y el de un narrador básico omnisciente.
Para Mar Estela Ortega, “el narrador en tercera persona es muy objetivo y serio, es una especie de guiño burlesco que hace Cortázar al narrador omnisciente que cree saberlo todo y resuelve los conflictos sin sufrirlos. En cambio, cuando el fotógrafo habla de sí mismo en primera persona, es más descomplicado y locuaz, y sufre en carne propia los acontecimientos. Ellos se corrigen mutuamente, es decir, Michel se autocorrige, se coarta, se reprocha su propio lenguaje, cree no encontrar muchas veces las palabras perfectas para expresarse.”
Roberto Michel, en mi opinión, es un narrador desdoblado e imita la voz del otro que se sitúa fuera de la historia. Los cinco primeros párrafos se refieren al proceso de creación en sí y la problemática de lo literario. La alusión a las personas gramaticales como formas que no servirán de nada, la analogía entre ‘contar’ y la cámara fotográfica ‘Contax’ (escribir-ver), el deseo de liberarse de la historia (el cuento como alimaña), el por qué y desde dónde contarla, nos sugiere a un Roberto Michel inasible, incorpóreo, pero a la vez cuestionador y real. Él esta vivo y muerto: Yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie...) (p.214). Nuevamente la duplicidad. Como dice Ortega, se autocorrige, cuestiona y contradice constantemente. En este sentido, su experiencia escritural es similar a la de Bruno porque a partir de ella se produce una búsqueda ontológica y una revelación en el proceso de escritura en sí y en la historia narrada. La revelación también se produce en el (la) lector (a) enfrentado a estos dos textos, revolucionarios para la década del ’60.
Roberto Michel: (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) (p.216).
Bruno: A la realidad; apenas lo escribo me da asco (p.248).
Dos narradores inseguros que buscan un ‘sitio’ (en el espacio-tiempo) desde donde escribir y vivir.
Así como Bruno y Johnny salen a caminar en la madrugada hasta llegar al Quai de Conti, Roberto Michel llega al Quai de Bourbon, un 7 de noviembre, con ganas de sacar fotografías (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). En este espacio, una placita cerca del río, le tomará una foto a un trío de personas: un hombre, una mujer y un muchacho. La fotografía representa una realidad inmóvil, petrificada, en contraste con la realidad variable e inestable que vive el personaje. Lo que él cuenta ya es un recuerdo, ha imaginado y elucubrado una situación con respecto a estas tres personas. El espacio desde donde cuenta (las nubes y palomas) es el único presente que vive y su discurso se genera por esos ‘hilos de la Virgen’ que también son las ‘babas del diablo’, corriente de conciencia desdoblada entre la lucidez y la locura. Roberto Michel opera desde un no-tiempo, o como él mismo lo dice, desde “una nada” (pp.218, 216). Hace alusiones al tiempo cronológico, aparte de las que hace acerca del tiempo climático: La foto había sido tomada, el tiempo había corrido(p..223); nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo (p.216); ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. (p.224).
La fotografía cobra vida y los personajes de la foto ‘actúan’, viven y se mueven. El muchacho huye del payaso enharinado y de la mujer, cuyos ojos son “dos ráfagas de fango verde”. Roberto Michel colapsa o se rigidiza: de mí no quedó nada...( p.222). El mismo sentimiento tiene Bruno cuando está con Johnny: Es nada.
El excelente ensayo de Gabriela Mora señala el carácter antimimético de Las Babas del Diablo, partiendo por el narrador ‘desconfiable’, inseguro; las pistas falsas que deja; el afán de hacer literatura (empleo de metáforas, oximorones) y a la vez, de destruir ese afán; se añaden todas sus contradicciones. Para la autora, “el verdadero enigma a resolver por el lector es Roberto Michel” (Mora. 1993: 212).
Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. (p.220).
Es fácil decirlo, mientras soy todavía la música de Johnny. (p.241).

Como se puede apreciar en estos dos ejemplos, la experiencia escritural de Roberto Michel y Bruno nace de la certeza y de la contradicción. Siendo textos diferentes, en cuanto al tratamiento de lo fantástico en uno y el acercamiento al realismo en otro, se asimilan en cuanto la idea básica de Cortázar de subvertir el modo de escribir y el modo de ‘ver’ la realidad. Ambos cuentos reúnen la poética o programa literario cortazariano. Roberto Michel también persigue y es perseguido por sus obsesiones, es ‘culpable de literatura’ al igual que Bruno. Los monstruos son ellos: imaginan y son imaginados; contemplan y actúan, construyen y destruyen.

IV.-CONCLUSIONES

Encargo
No me des tregua, no me perdones /
nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa /
cruel sea tú que vuelves.
No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, /
no seas caricia ni guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu /
pelo.
Dalos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y /
escamas.
Grita.
Vomítame arena en la boca, /
rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al /
hombre.
Compártelo.
Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas hasta el hueso.
Arráncame esta cara /
infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero /
nombre.
París, 1951/1952
Algunos pameos y otros prosemas
Julio Cortázar

He querido finalizar este análisis de El Perseguidor con un poema del propio Cortázar, un desesperado encargo a los hombres y a un dios de cartón piedra (‘el pajarito mandón’ de La vuelta al día en ochenta mundos), un grito de alerta que exige vida y movimiento constante con tal de evitar una existencia apagada, informe, inauténtica. Como los personajes de El Perseguidor, el hablante de este poema se sitúa desde el dolor, pero también desde la rebeldía. No busca compasión ni esa anestesia que hunde a la gente en el conformismo. Ante todo, Cortázar es un indagador de realidades, se sumerge en el complejo mar de la existencia humana no como observador, sino como actor comprometido hasta las últimas consecuencias. No siempre encuentra el ‘verdadero nombre’, no siempre la búsqueda tiene resultados inmediatos. Cortázar se duele con sus personajes errantes, enfrentados a su tragedia y comedia diarias.
El Perseguidor es también un llamado de atención sobre la condición humana. Los personajes se aferran con fruición a sus hábitos: dormir, comer, tener sexo, trabajar, crear, morir; y esos hábitos -tan humanos, por lo demás- dejan un gusto amargo en la boca, una extrañeza, una angustia de vida. Es la baba de la cual hablaba Johnny, ingrediente cultural que borra toda huella de lucidez. Aquellos personajes escriben, tocan música, sacan fotografías, y Cortázar no se salva ni es más feliz como creador. La única redención está en la búsqueda. Nadie es feliz por el hecho de buscar al otro. Quizás ahí reside el epicentro de la nostalgia en cuentos como El Perseguidor. Nostalgia es dolor, pero un dolor utópico, entrelazado en la malla del absurdo. La esencia de la búsqueda es la búsqueda misma. Al plantear esta problemática, El Perseguidor nos abre muchas puertas y es nuestro deber mantenerlas abiertas. Johnny representa al Aión; Bruno a Cronos. Ambos representan la libertad ansiada en cuanto a su diversidad de ser. Sin embargo, ellos representan mucho más que lo planteado aquí.
Vivir y escribir para Cortázar es lo mismo. Él logró reunir estas esencias en un texto como El Perseguidor, sin recurrir al dogmatismo ni a la cátedra, sin literaturizar a sus personajes, seres que perfectamente pueden ser definidos como existencialistas. Por sus actos despojados de toda proclama inútil, son capaces de morderse la cola y completar su ciclo.

NOTAS

El jazz
El jazz es un tipo de música difícil de definir, puesto que en la mayor parte de los casos su estudio teórico se ha abordado desde los principios de la música clásica por musicólogos europeos y el jazz se resiste a ser abordado desde fuera de su propio universo. El jazz, como muchas otras artes se explica a sí mismo, y sólo la experiencia de su audición permite comprenderlo.
Orígenes
La música conocida como blues se origina de los cantos espirituales (gospell) y cantos de trabajo de la gente afro-americana en Estados Unidos. Se basa en una estructura armónica de doce compases en la que el cantante se concede un margen melódico y rítmico considerable. La letra se caracteriza por ser cruda y directa dentro de una modalidad triste y autocompasiva, centrada generalmente dentro del tema del amor no correspondido y la privación económica. Los blues son la estructura armónica más básica del jazz.
El ragtime (El gran libro de la música.1990) es un estilo de tocar el piano que se desarrolló a finales del siglo XIX y que desempeñó un papel importante en la evolución del jazz. Se caracteriza por una línea melódica muy sincopada, cuyo énfasis rítmico se sitúa donde normalmente no sería de esperar, tocada contra un compás marcado regularmente con la mano izquierda. El efecto es el de un tiempo ragged (roto), en un intento de copiar la forma rítmica de las canciones de los ministriles de la época.
El jazz surge a comienzos del siglo XX, a partir de una mezcla del ragtime, blues y otros elementos de la música afro-estadounidense (como el canto religioso gospell), con la música tradicional europea. Para quien lo escucha por primera vez, resulta una combinación de ritmos y melodías que siguen una marcación más o menos rígida establecida por instrumentos como la batería y el bajo. Los instrumentos no siguen notas fijas, sino que se dedican a improvisar a partir de determinados acordes. Y así se van turnando: primero el saxofón, luego el bajo, luego la guitarra, etc. La importancia que adquiere la improvisación demanda un gran virtuosismo de parte de los intérpretes solistas.
El bebop o bop es un estilo que se hizo popular a mediados de los años cuarenta. Designa un tipo de jazz que impuso una serie importante de cambios en el sentido rítmico, melódico y formal. Los músicos más importantes del movimiento bebop fueron Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonius Monk, Kenny Clarke, Oscar Pettiford y Bud Powell.

Qué es el jazz
El jazz es improvisación, es invención de una melodía, que puede ser individual o colectiva. En el jazz primitivo, la improvisación se realizaba sobre la base melódica. A partir del swing (período histórico y estilístico del jazz que va desde 1935 hasta 1941), y en el jazz moderno, la ornamentación melódica cede paso a la progresión armónica y los artistas improvisan sobre los acordes de base, dándole a la pieza tocada nuevos contenidos melódicos. El free-jazz rompió con esta atadura formal. Hoy se pueden escuchar citaciones free en improvisaciones de carácter tonal.
Lo que caracteriza al jazz es el swing (que no debe ser confundido con el período swing de las Big Bands). Es un movimiento rítmico-melódico, oscilatorio y de balanceo, de “mecedora”, obtenido mediante el off-beat. Beat significa golpe o acento; off-beat vendría a ser ‘fuera de compás’. Desde el punto de vista musical consiste, generalmente, en hacer caer los acentos melódicos “entre” los acentos del compás. Se trata de un hecho musical y psicológico que logra el efecto deseado solamente cuando es posible transferir, en modo inmediato, tal fenómeno musical al ámbito psicológico. El estado de exaltación producido por el off-beat, debe ser considerado como una liberación psíquica, una conmoción.
En el artículo de Andrés González Riquelme (González R.2003), donde trata el asunto de la música en El Perseguidor “se distinguen los conceptos de “tempo” y “no tempo”. El tiempo pulsado de una música formal y funcional basada en valores, y el tiempo no pulsado para una música flotante”. Con respecto al ritmo off-beat agrega:
”Todo el jazz está atravesado por series continuas de fugas de los tiempos estables y de los acentos (beat), para producir líneas de improvisación dinámicas e irregulares que permiten la proliferación y el enriquecimiento de las líneas melódicas: ”... forma parte del swing la pluralidad de ritmos y la tensión entre ellos; es decir, el desplazamiento de los acentos rítmicos (...) Este desplazamiento se llama en la música europea síncopa. En la música europea síncopa significa un desplazamiento exactamente definido del centro de gravedad del compás; el acento cae precisamente en la mitad de la distancia entre dos golpes. En el jazz, por el contrario, las desviaciones del acento son más libres, flexibles y sutiles: el acento puede caer en cualquier lugar de la distancia entre dos beats (...) Como ese acento se mueve alejándose del beat –y sin embargo lo destaca en la negación– se le llama off-beat.” (Berendt, 1998: 304).

Este es uno de los aspectos más característicos del jazz, y lo que, entre otros elementos, tiene de revolucionario en la música. Este elemento rítmico, el off-beat, asegura una constante fuga del tiempo pulsado (beat), para abrir posibilidades de improvisación con múltiples huidas. Junto con otros elementos, el off-beat permite abrir una línea melódica para introducir en ella muchas variantes, que es lo que suelen hacer los músicos de jazz al interpretar una y otra vez los mismos temas standards: introducir variantes a la línea original de una pieza musical determinada”. (González Riquelme.2003:37-38).
El jazz se caracteriza por una música flotante donde el flujo-tiempo- según González Riquelme, se desterritorializa.
“No se trata de situarse en un territorio determinado, sino pasar entre. Y la manera como un músico de jazz pasa entre, o la manera como produce variaciones continuas, consiste básicamente en desplazamientos rítmicos y microtonales, que permiten a su vez el desprendimiento de nuevas líneas melódicas, aceleraciones o lentitudes, llevando la ejecución musical a un máximo de tensión entre los elementos que la constituyen.” (González Riquelme.2003:39).

Esto ya lo toqué mañana
Charlie Parker nació en 1920 en Kansas City y murió en 1955 (Russel.1989), sin haber cumplido aún los 35 años. El doctor que lo atendió pensó que se trataba de un hombre de unos 50 años mal llevados.
Su último acto vital fue un ataque de risa frente al televisor; eso le produjo un colapso y murió. Estaba pasando unos días de reposo en casa de una amiga rica y blanca, una baronesa llamada Nica, protectora de los músicos negros...”
“A los veinte años ya era un maestro absoluto en su instrumento:el saxofón alto; conocía perfectamente la armonía, que había estudiado por su cuenta, y era dueño y señor de una sonoridad potente, elaborada y definida: su propia voz, a través de la cual expresaría su visión del mundo y nos ayudaría a comprendernos a nosotros mismos un poco más. Era un artista.”
“A mediados de los años cuarenta fue coprotagonista y, finalmente, la figura más destacada del jazz. Nunca antes de él y de la revolución del bebop se habían producido tantas novedades estéticas, profundas, formales en el campo de esta música; nunca volverían a producirse, al menos de tanta entidad y en un período tan corto de tiempo.” (Russel.1989:10-11).


Sus temas más conocidos, entre otros, son Out of Nowhere, Night in Tunisia, Relaxing at Camarillo, recopilados en Charlie Parker on Dial (1945-1947); Now’s the time, Confirmation, I remember you, recopilados en Charlie Parker on Verve (1948-1954; ‘Round Midnight, Anthropology, recopilados en Charlie Parker. Summit Meeting at Birdland (1951-1953).

Como dice Johnny Carter (Charlie Parker Bird ) en El Perseguidor, al tocar jazz cambia de lugar, está “en el ascensor del tiempo”. Su música es una “improvisación llena de huidas”. Con El Perseguidor, Cortázar rinde un homenaje a este gran músico, que vivió intensa y fugazmente, como adentro de un tren en marcha. Años después, Cortázar confesaría: “Yo no quisiera escribir más que takes”. Sin embargo, él ya había escrito su take en El Perseguidor y el take maestro en Rayuela. En estas dos obras literarias ya existe el concepto de improvisación y de riesgo. Cortázar salta al vacío y logra llegar al otro lado.


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El otro afuera


Llueve y las calles están vacías. Como de costumbre, miro por la ventana. El parque solitario, los árboles rendidos bajo el peso del agua, los senderos de gravilla inundados. No creo que usted hoy venga a caminar. Claro que me encantaría verla con unas botas altas y un paraguas amarillo. Y que el agua se deslizara por los botones de su abrigo; un poco, no mucho. Nunca he visto su pelo mojado. No sabe cómo me gustaría secarlo. Después podría besar sus mejillas, besarla entera... con fuerza.
No, no vendrá. Quizás mañana, si es que no llueve. Pero falta tanto y necesito verla, ­¿me entiende? Alegra mis días, me hace soñar... si no aparece, tendré pesadillas, me revolcaré en la cama, no podré salir de esa asfixia, de la oscuridad total...
Sigo aquí, no me he movido. Hace un rato caminé hacia la cocina a prepararme un té. Lo bebí de un sólo trago, soportando el dolor. Quizás lo hice, pero no tengo memoria de un hecho tan definitivo; para mí es más simple decir que siempre he estado aquí donde estoy ahora, mirando por el ventanal, esperándola.
Ya sé que el parque es un espacio verde, amplio, un oasis dentro de la ciudad, donde juegan niños y hay globos, algunas veces músicos solitarios, uno que otro vagabundo, un jardinero municipal. Estoy tan acostumbrado a esta certeza que ya no significa nada. Sólo usted logra que mi inquietud se convierta en algo físico. Cómo explicarle que no es sólo el temblor de las manos o el corazón latiendo a prisa, los ojos repletos de lágrimas, y esa sonrisa dibujada al instante de verla, que prolongo hasta que usted desaparece. No. Es mi cuerpo entero que sucumbe a la fascinación de la alerta, es la sensación de que estoy demasiado vivo y que por mis venas no es mi sangre la que corre, sino la suya. ¿Podría entender que cada paso que da es mío, que soy yo el que pasea por el parque, con la ayuda de sus piernas?
Todo cambiaría si usted se detuviera y observara que en el ventanal del tercer piso del edificio antiguo, el que está en reparaciones, hay una silueta mirando en dirección al parque. Podría llegar a quererme, ¿no es cierto? No hablo de amor, sólo de un poco de cariño. Usted parece ser una mujer tímida, a pesar de su caminar decidido. ¿Dejaría que le tomara la mano mientras caminamos amparados por las grandes paulonias?, ¿dejaría que la abrazara, que la tocara delante de todos?
Anochece. Los faroles del parque se prenden, pero su luz se atenúa con la lluvia. Apago la lámpara, a oscuras veo mejor hacia afuera. Respiro hondo. Usted debería estar de vuelta. ¿Habrá pasado a comprar? A veces lo hace y vuelve cargando una bolsa. Por la inclinación de su hombro determino que no es pesada. Nunca es pesada. La lleva con cierto fastidio, con el tedio de tener que comprar para después comer sola, mirando las noticias de la televisión. ¿Es así? Imagínese conmigo, por un segundo imagíneme a su lado. Es cierto que no soy un hombre buenmozo, pero soy bueno. Sí. Con usted sería otro. Sus noches no serían largas, su televisión no quedaría encendida, chirriando rayas. Y no se encontraría más con esa leche agria en el refrigerador. No, no tropezaría con los muebles, ebria de penas antiguas, balbuceando canciones de amor, con la bata de levantarse a medio abrir. No daría esos pasos de baile ni se abrazaría a si misma como si otro la abrazara. No caería al suelo, golpeándose los pechos, gritando, llorando hasta quedarse dormida en el suelo helado de su pequeño departamento. No, yo estaría junto a usted velando sus sueños, susurrándole una historia donde un hombre echa de menos la voz de una mujer que no conoce, que nunca ha oído cómo canta melodías mientras se trenza el pelo, que no ha oído la entonación de sus palabras a medianoche, cuando se levanta de la cama y da vueltas y vueltas por su pequeño departamento sin saber qué hacer.
Ese hombre echa de menos su voz y su piel, algunas veces áspera, no por despreocupación sino por parecerse a la arena de una playa que ella visitó cuando joven.
Él la amará de la misma forma que su madre lo amó, con esa dedicación incondicional..., feo como el diablo, pero un pan de dios, así siempre le dijo, mientras lo vestía de princesa gitana o de españolita con peineta y velo. Así la amará...
Antes de que a ella le lastimen la carne y le cieguen la mirada, el otro esperará en ese escaño. La esperará ahí hasta que pase; cuando ya le de la espalda, se levantará para seguirla y oler la caminata de su perfume, podrá sentir el crujido de sus zapatos pisando las hojas secas, extasiarse de su belleza. Y cuando ella gire para saber quién la sigue sólo verá una sombra o una brisa, algo que no alcanzará a inquietarla...
Perdóneme, me excedí. La soledad me lleva a pensar cosas que no existen. Su vida debe ser tranquila, sin sobresaltos. Perdóneme. Soy yo el que cae al suelo y llora. Ahora golpeo el ventanal y sé que es inútil. Quiérame, se lo ruego.
Al fin usted. No puedo evitarlo: me emociono. Quisiera detener su imagen, pero todo es fugaz. Usa un abrigo negro o café oscuro, una chalina de colores que entibia su cuello. Camina de prisa, seguramente quiere llegar luego. Hace frío y sus manos deben estar heladas. Se detiene, mira hacia atrás. Apura el paso. Es incómodo caminar rápido con el paraguas, la bolsa de compras y la cartera que cuelga de su brazo. Una pareja pasa cerca suyo, pero se aleja para cruzar la avenida. De pronto, una silueta. Un hombre oscuro se detiene frente a sus ojos. ¡Huya! Él la agarra del brazo, tratando de quitarle la cartera. No, no se resista. Usted retrocede, él se acerca y recién puedo ver la navaja que tiene en su mano. Recién mi mirada se detiene en su cara mientras él la ataca con furia, asestándole la navaja en el cuello.
Oigo su grito y puedo ver que usted está en el suelo, silenciosa, los ojos abiertos, desamparada. No puedo mover ni un sólo músculo para ayudarla. Me tapo la cara con las manos, siento el agotamiento de los que corren y corren sin saber dónde ir, esquivando tarros de basura, gente, mucha gente que se extraña ante la imprudencia del empujón, del rápido golpe en la espalda. Duelen las articulaciones, la garganta está seca y el sudor moja mi cara. Me detengo. Estoy solo en una callejuela, acezando. Y usted está lejos, rodeada de curiosos y de policías. Usted es un cuerpo cubierto con papel de diario. Pronto vendrá la ambulancia para sacarla de esa postura indigna en que ha quedado.
Mi miedo está aquí conmigo, firme, real. No sé dónde estoy ni quiero saberlo. Y no puedo moverme, siento el frío de la pared apoderándose de mi espalda. La oscuridad repleta mi vista, busco fósforos en los bolsillos, pero encuentro algo afilado, húmedo. Retiro la mano de inmediato y corro nuevamente, corro con su imagen incrustada en la piel.
La velocidad se hace más intensa a medida que grito la desesperación de no conocer su nombre.


* Este cuento fue publicado en El otro afuera. Santiago: Cuarto Propio, 2002.

















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Animalia II


Praderas amarillas

La loba emerge de su madriguera después de los meses de invierno. La siguen cuatro cachorros. Las praderas han cambiado su color de nieve por el oro de la cebada silvestre. Las horas se alargan en la quietud del día, se deshielan los roqueríos que nutren al riachuelo, ahora vivo y musical.
La loba mira el sol que entibia su lomo, lo mira sin querer entablar ningún tipo de comunicación con esa estrella fulgurante, lo mira enceguecida de esa renovación que siente en su cuerpo. Otros animales hacen lo mismo, pero a ella no le importa compartir lo que podríamos llamar, simplemente, el ciclo restaurativo de la naturaleza.
Los cachorros juegan entre los yuyos de largos tallos y, algunas veces, miran hacia atrás para comprobar que su madre esté cerca; simulan atacarse y clavan sus pequeños colmillos en los cuellos de sus hermanos o ponen las patitas delanteras -de cojinetes tiernos y rosados- en el pecho del otro para así afianzar su poderío.
Todo es como debe ser en las praderas amarillas. No hay nada que esté fuera de lugar, nada que sea inarmónico. Los ruidos naturales se manifiestan durante todo el día y durante toda la noche. La loba reconoce al búho blanco y espectral que fija sus ojos en uno de los cachorros, esperando que se separe del resto, lo suficiente para emprender un vuelo en picada y cogerlo con sus garras. Después lo destripará en la copa de un árbol. Con el alimento digerido, dará alimento a sus polluelos de picos afilados y sin las majestuosas plumas de la madre.
Pero el búho sabe que la loba está siempre atenta y que apenas uno de sus hijos se separe para perseguir un saltamontes, irá de inmediato a buscarlo, agarrándolo suavemente del pellejo suelto del cuello y devolviéndolo al lugar que considera seguro.
Uno de los cachorros no llegará a su adultez. Se trata del más pequeño y débil, el que no alcanza las tetillas de su madre para mamar sin que los otros se las arrebaten. Aparenta tener una carita lastimera, unos ojos tristísimos, pero es solo debilidad, incapacidad para la sobrevivencia en las praderas.
Él siempre se alejará del grupo o se quedará dormido de hambre y frío adentro de un tronco hueco, donde a veces habitan otros animales o insectos.
Ese cachorro está destinado a morir y la loba lo intuye. Deliberadamente, permite que se aleje más y más (el búho ya ha cazado un ratón y no tendrá interés en él) hasta que la pérdida sea irreparable. El lobito intentará saltar el riachuelo, resbalando y cayendo a las gélidas aguas. Gemirá pidiendo ayuda, la loba alzará sus orejas y olfateará la cercanía de la muerte sin hacer nada. El cachorro será arrastrado por el agua hasta ahogarse o rajarse el lomo con alguna piedra cortante y milenaria.
Todo es como debe ser. Después, la loba encontrará el cadáver de su hijo, lo tomará en su hocico y será el alimento para los otros, que carecen de memoria y comerán esa carne putrefacta sin un ápice de culpa o de dolor.
La loba y sus criaturas volverán a la madriguera a descansar del largo día. Los lobitos se enroscarán unos contra otros, hundiendo la cabeza entre las patas y dormirán, satisfechos. La loba los abandonará por unas cuantas horas y emprenderá el rumbo a las planicies prohibidas, donde habita un hombre de mirada nostálgica, un hombre que querría ser lobo porque cuando la noche se yergue en su máxima indiferencia, aúlla con las manos crispadas y lágrimas en los ojos. Y a ella le atrae esa imagen extraña y esos aullidos tan lejanos a los machos de su especie.

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Lobos

Esta lógica de la eternidad de la especie es tan convincente como la inercia grandiosa, inconmensurable de la vida.

Los ojos verdes
Marguerite Duras

He soñado con lobos. En la permanente noche del bosque helado ellos saben qué hacer, a dónde dirigirse, aunque finjan errar de montaña en montaña, desorientados, en busca de alimento. Se trata de un desconcierto para ellos mismos, una búsqueda arbitraria donde quizás alguna vez, hace miles de años, primaba más el juego que la supervivencia. Entonces, caminan incansables por el bosque elegido, en esa noche que los convierte siempre en poderosas bestias de largo y frondoso pelaje y en cuyos hocicos y cuellos permanece invariable la huella de sangre del animal cazado, que, antes de morir, en el momento agónico, dejó sus débiles huellas estampadas en el suelo de hojas, señal que sus ojos miraron con amor a aquel que le enterró los colmillos, asfixiándolo lentamente. La disputa comienza aquí, entre los machos más viejos y alguna hembra más astuta y veloz que éstos. A los jóvenes les tocará sólo lamer los tejidos de los huesos.
He soñado con la manada. Soy una hembra y acepto las coordenadas que me impone la vida, aunque a veces huya del grupo para refugiarme en la cueva donde habitó una pareja humana.
El espacio es oscuro y húmedo; allí antes hubo luz y calor: restos de madera quemada, olor penetrante de grasa asada y de orines. Cuando el sol se filtra por las grietas, en una pared muy lisa, aparezco yo dibujada con tierra de colores y carbón. También hay otros lobos que no conozco: atrapados, presos, muertos y desollados.
Aparte de los restos de fuego, lo único que hay allí es una gran piel negra y blanca, devastada por los años. Una piel de lobo. Y ahí me recuesto. Duermo por un tiempo ilimitado, soñando que corro por praderas amarillas, por el simple placer de correr, sin objetivo, sin presa que perseguir. Sólo correr con el sol entibiando mi lomo, hacia ninguna parte. Si alguien me viera soñando, podría percibir los estertores de mis patas, el tiritar de los párpados y un colmillo asomado entre el belfo, relajado, huérfano, canal único de la saliva.
No quisiera despertar porque siento frío. Abro un ojo, me cuesta enfocar, puedo distinguir las tonalidades del negro y del gris; más allá la luminosidad me ciega. Gimo, es lo que sé hacer, pido ayuda gimiendo y emitiendo gruñidos agudos. El pelo que cubre mi cuerpo ya no está y me molestan dos protuberancias que aparecen debajo del esternón.
Me incorporo asustada. El frío se hace intolerable, pero una nueva sensación, hasta ahora desconocida, me obliga a olvidar el aire gélido:
Por primera vez tengo conciencia de mi desnudez.
Agua sale de mis ojos.
Escucho los aullidos del macho plateado. Me busca. Pronto llegará hasta aquí, junto a los demás. Mi instinto dice que debo huir a las planicies, al asentamiento humano. Ahora no le temo al fuego. Es mi ventaja con respecto al grupo. Sé que seré perseguida, pero mi olor ya no es el mismo. El humo y las llamas los harán retroceder, mientras yo seguiré avanzando, corriendo, trepando viejos árboles para diferenciar mi mirada de la de ellos. El enfrentamiento se producirá sin remedio. Querrán de mí lo que siempre quisieron: mi carne, la sangre que habita en cada vena y arteria. Yo querré de ellos piel y corazón: abrigo y fuerza.
El macho plateado recorre mi territorio, no ingresa en el círculo, se mantiene al borde, oliendo y aullando. Vigila mis pasos. Los demás esperan a una distancia prudente, se cobijan del frío cavando grandes hoyos en la tierra congelada. Varios cachorros han sido despedazados por falta de otros animales. Han desaparecido las liebres cojas, los ciervos enfermos. Como si supieran que estoy siendo más loba que los lobos, entrometiéndome en la raza que más aniquila, sin compasión por la naturaleza que la rodea. Sin embargo, no soy ni la una ni la otra, acepto esta condición de soledad porque no tengo alternativa. El macho plateado me muestra todos sus colmillos de una sola vez, sus ojos brillan de ferocidad ante la traición que él considera mía. Mi sumisión repentina lo desarma. Me echo al suelo con las orejas gachas, fingiendo ser loba dispuesta a un apareamiento fuera de época. Me revuelco despacio, alerta ante cualquier ataque; después, con el vértigo que no me abandona, vuelvo a pararme y lo miro fijamente. De mi garganta nace un grito que hace que los pájaros vuelen despavoridos, desordenando el impecable espacio del bosque. Él nota la diferencia agachando las ancas y retrocediendo…
Desaparecerá en el bosque, sus huellas se borrarán, su olor se confundirá con otros; ante el peligro de un incendio destructor, él emigrará en silencio. Ahora sé que está y no está y que su lejanía es su escudo de protección. Es lo mejor que podría haber hecho. Un estratega, si duda alguna.

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El silencio latía en la sangre, y ella jadeaba con él.
Cerca del corazón salvaje
Clarice Lispector

La loba extraña al viajero. Quisiera encontrar una señal suya, el signo de sus viajes. Quisiera modular con él la indocilidad del olvido convertida en arena, papeles plateados, palabras sueltas, sin significado. De tanto extrañar la loba se aleja de su lobedad para ser la que busca. El viajero sabe que en las noches ella mira el cielo y no encuentra nada más que el cielo y su silencio de estrellas muertas. Ella entonces aprieta los puños y grita su nombre al vacío. Y el viajero recoge ese grito como si se tratara de mariposas que pronto morirán bajo la luz del sol.
El tiempo decidirá si el viajero regresa o no. O una aguja depositada en el centro de su corazón, una cicatriz de nostalgia, un rasguño de pena.
Ella lo extraña, la que busca y escribe como una condenada a muerte viaja también, disfrazada de mendiga, pidiendo la limosna de la huella, la traza insegura, fantasmada por esos milagros de la desaveniencia.
Dame de comer, le pide la harapienta. Y el viajero del tiempo le regala su sombra.

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A tus pies rendida una lluvia


Mitzuo Okinawa es mi maestro de zazen o meditación budista. Vacía tu mente, practica el wu wei, suele decirme él, y sus ojos rasgados me llevan a navegar por ellos aún cuando estamos frente a frente, en silencio, los párpados descansando en sus órbitas de carne. Vacío mi mente, pero el cuerpo no obedece. En secreto miro al maestro Okinawa en su loto completo, la espalda convertida en una flecha, las manos superpuestas, los pulgares tocándose. Afuera llueve y yo amo esas manos tranquilas y mi deseo crece cada vez que él me saluda o se despide agachando la cabeza ceremoniosamente. Nunca podré hacer zazen en estas condiciones. La lujuria me repleta de pensamientos e imaginarios incorrectos. Un buen caminante no deja huellas, sentencia él, adivinando mi ser disperso y sensual, medita en eso, Li-san.
Leí a Chuang Tzu, Li Po y a Lao Tzu para aplacar mis ansias; caminé bajo la lluvia, permitiendo que cada gota de agua recorriera la piel que ardía y se incendiaba con tan sólo recordar su rostro. Dejé huellas por todos lados: abandoné mi ropa en el bosque de bambúes y desnuda caminé y caminé hasta encontrar el jardín de arena de Mitzuo Okinawa, espacio antes vedado a mi persona. Ahí estaba él esperándome. Ven, entra, dijo. Voy a dejar huellas en la arena, maestro, no puedo entrar, contesté. Además estoy enamorada de usted, venerable iluminado, y mi cuerpo sólo está dispuesto al deseo. Tú no estás enamorada de mí, pequeña libélula, tú estás enamorada de un fantasma, un ser lejano que no puede darte lo que tú quieres, que no puede acariciar tus pechos a la luz de la luna. Es por esto que me has buscado: quieres olvidar y sólo recuerdas algo que no existe, quisieras que él viniera por ti y se fundiera con tu amor, hasta que tú ya no fueras nada, sólo el amor en sí mismo.
Okinawa calló y continuó rastrillando su jardín, haciendo lo que sus antepasados habían hecho por miles de años. La lluvia caía sobre las hojas de los árboles produciendo una música silvestre que comenzó a envolverme. Pensé en el hombre lejano y pronto pude visualizarlo. Ahí estaba y de cuerpo entero. Corrí hacia él y lo abracé; él sintió cómo el agua se le metía por el cuello de la camisa. Luego besé sus labios y él sació su sed. Parecía no verme, pero me sentía, cada poro de su piel se estremecía con mi presencia. Miró hacia arriba y permitió que la lluvia bañara su cara. Hasta entonces no comprendía que yo era el agua, que la pequeña libélula era la lluvia rendida a los pies de ese caminante que se acercaba al maestro Okinawa y le preguntaba por una discípula recién llegada al monasterio. Ella ya partió, dijo el maestro, mientras un rayo de sol iluminaba las tres rocas solitarias, pero puede volver en cualquier momento, agregó, comprobando que yo había entrado al jardín sin dejar huella alguna.

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Bob Dylan - When The Deal Goes Down

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Testimonio de Fernando



Conocí a Fernando adentro del subway de Manhattan, el año 1980. Nos reconocimos como chilenos por el acento tan característico. Y como muchos chilenos, Fernando era un exiliado. Han pasado 27 años y nuestra amistad continúa, fuerte y necesaria. Soy la comadre y él es el compadre. Así nos llamamos.
La foto fue sacada el año 1985, en Manhattan, en nuestro pequeño departamento. El último de la fila a la izquierda es Fernando, sonriendo. Segunda fila de izquierda a derecha: Una española cuyo nombre no recuerdo (¿Ana?), Esaúl (Puerto Rico), Robin (USA), la que escribe (Chile), Joe Sciorra (USA), Zulma (Puerto Rico), Mónica (Colombia). Tercera fila de izquierda a derecha: Raúl Conti, Miry Ferreira y Yaiza (Argentina), Leo (Chile), Regina (Brasil), Mónica (Alemania). Con el balón de fútbol, Cristián (Chile).


Testimonio

Santiago de Chile, antes de 1970

Terminé mis estudios secundarios en el Instituto de Humanidades Luis Campino en 1969. En ese entonces empezaba a descubrir ideas políticas que ya se estaban gritando en las calles de Santiago por los sectores más desposeídos de nuestra sociedad. Ideas políticas que empezaban a ser discutidas en mi grupo familiar inmediato, entre mi madre y mi hermano. Ideas políticas que también, poco a poco, empezaban a ser discutidas en mi grupo de amistades de mi barrio. Así, profundamente influenciado por mi madre y por el impacto que estaba produciendo en mí la politización vertiginosa de la juventud, empecé a interesarme y a buscar los medios de participación en esta evolución política de la sociedad.

Santiago de Chile, 1970

Recién había cumplido 20 años y el mundo alrededor mío estaba en ebullición, todos tenían ideas, todos opinaban, la gente se organizaba y estaba dispuesta a demostrar que sus derechos debían ser tomados en cuenta. Chile se polarizaba a una velocidad abismante; yo me sentía lleno de ideas, tan seguro de comprometer mi vida por las ideas políticas que hablaban de los derechos de los más pobres de nuestra sociedad. Quería una sociedad socialista, una sociedad que transitara a ese ideal comunista donde a cada cual se le daba de acuerdo a sus necesidades. Una sociedad solidaria. Qué rico era sentir esa sensación de seguridad en el futuro, todo podía conseguirse, bastaba la entrega completa al trabajo político y no había dudas, en ese entonces, que en un cercano futuro nuestros ideales se convertirían en una realidad. Pero en esta polarización de la sociedad, los representantes de la derecha abrieron el espacio necesario para el surgimiento del fascismo, sus grupos ultraderechistas y el discurso que legalizaba la posibilidad de un golpe militar. La acción armada en contra de un gobierno que amparaba la movilización del pueblo.

Tantas tardes pasé en casa de mi madre hablando del futuro de estos acontecimientos; tantas veces mi madre mencionó al MIR como la única posibilidad de organizar una real resistencia a la posible claudicación de los sectores más reformistas de la Unidad Popular, y al avance de los sectores más golpistas de la derecha, creando una alternativa propia pero que a la vez pudiera ser el catalizador para grandes sectores pobres de la población. Una alternativa que, a la vez de apoyar el gobierno de la UP, fuera preparando las bases para un enfrentamiento que inevitablemente iría a producirse debido a lo frágil que era el verdadero control de las estructuras del estado chileno por parte del pueblo y la UP.

Qué vorágine de acontecimientos se producían para una generación tan joven como la mía; todo era secundario a los acontecimientos políticos. Así, en este contexto, empezó mi militancia política con el MIR. El compromiso con mi militancia fue completo, dejé de lado todos mis otros proyectos, como mi postulación a la escuela de Filosofia en el Pedagógico, y me dediqué al trabajo de organización política en los sectores obreros de La Granja y posteriormente al trabajo de organización poblacional en la tomas de terreno organizadas por el MIR. Para fines de 1972 gran parte de mi tiempo estaba dedicado a tareas internas de organización en el MIR; viajé a Cuba a varios encuentros, siendo mi último viaje sólo a unos meses antes del golpe de estado.



El Golpe Militar, 11 de Septiembre 1973, Santiago Chile.

Me desperté sobresaltado al sentir los golpes en la puerta del garage donde dormía, convertido en una pequeña pieza de alojamiento con su cama, un estante para ropa y libros, una mesa con su máquina de escribir y muchos papeles, documentos y revistas desparramados por todas partes. Era la casa en Diego de Almagro, casi al llegar a Pedro de Valdivia, donde yo y Mary, mi compañera y la que sería la madre de mi hijo mayor Marcelo, habíamos llegado a compartir con Frank Terrugi, David Hathaway y su companera Ita, chilena, militante del MIR, y una pareja de uruguayos militantes Tupamaros.

Los militares están avanzando hacia La Moneda, se ha decretado el estado de sitio.

Qué dura es la realidad y nunca se imagina en su totalidad hasta que te golpea de frente, es como si un sopor te envolviera y no se puede pensar claramente, qué hacer. Tratamos de escuchar la radio y recordar lo que tantas veces hablamos pensando en ese Golpe que sabíamos en teoría que alguna vez vendría, pero que nunca se cree hasta que te golpea.

Abandonamos la casa con lo puesto, después de quemar en el patio la mayor cantidad de documentos que pudimos, cada uno a las casas de contacto que teníamos previstas. Frank y David se fueron al último o quizás nunca se fueron. La casa fue allanada y Frank fue asesinado posteriormente en el Estadio Nacional donde fue llevado con David, como bien lo cuenta Costa Gavras en su película “Missing”, donde relata la desaparición y asesinato de otro norteamericano que visitaba nuestra casa: Charles Horfman. David sobrevivió.

Ya no habrían noches de descanso, los militares nos habían arrebatado como un zarpazo la primavera que tardó tantos años en volver a nuestro país.

Primer año de Dictadura

Qué grande se sentía Santiago antes del golpe; qué pequeño era ahora. Era una constante búsqueda de gente que se atreviera a ayudarte, qué valor de aquellos que te tendieron la mano para esconderte y ayudarte a ti y la resistencia que pensábamos oponer a la dictadura. Cuántas noches pasamos en tantas diferentes casas, casi siempre con algunos otros compañeros; aún éramos muchos y conversábamos y discutíamos las últimas noticias. En el día, salíamos a tomar contactos para recibir información y cumplir con algunas tareas, pero poco a poco la represión comenzó su implacable cacería, muchas veces ayudados por delatores que recorrían Santiago en las camionetas de la DINA identificando compañeros. Qué tensión era salir a la calle a encontrarse con alguien, nunca se sabía qué iba a pasar. Siempre la incógnita de si el encuentro se iba a producir, y si el contacto no llegaba que haríamos, qué incertidumbre. Tantos compañeros/as cayeron en las manos de la DINA en esos puntos de contacto. Y así viví eludiendo a la DINA hasta Septiembe de 1974.

La caída en manos de la DINA

En medio de esta sobrevivencia bajo el toque de queda, sintiendo los helicópteros sobrevolar Santiago en las noches, fuimos construyendo algo parecido a una rutina de vida. Un simpatizante del MIR, amigo mío, un piloto de nacionalidad costarricense, nos dejó su apartamento donde vivía con su compañera chilena antes de partir a Costa Rica.

Ahí en la mera esquina de Avda. Grecia con Salvador, diagonal a la panadería que aún existe en la esquina, en el cuarto piso, fuimos creando esa frágil rutina de vida. Allí concebimos a nuestro hijo Marcelo. Allí nos sentábamos a leer el diario en el pequeño balconcito que daba a Grecia, allí leí novelas como la “Orquesta Roja”, en la Europa ocupada por los nazis. Tantos días de salidas a conectarnos con otros compañeros, y cada vuelta al apartamento era un día más de victoria; allí donde preparé tantos mensajes en diminutos papeles de cigarrillos para ser escondidos en envases de pasta de diente o jabones y ser mandados con la esperanza de aportar información política a otros compañeros, también escondidos en otras partes de esta ciudad; allí donde tomábamos onces con pan tostado;allí, por momentos, nos sentíamos seguros, felices, resistiendo.

Esa frágil rutina se rompió una noche de septiembre de 1974, cuando un grupo de la DINA, al mando de Osvaldo Romo, irrumpió en el departamento un poco después del toque de queda. Mary tenía tres meses de embarazo.

Era un grupo de unas diez personas que allanó el departamento. La casa de mi madre ya había sido allanada esa misma noche y ella había sido llevada al centro de tortura de la calle José Domingo Cañas.

Encerraron a Mary en el baño, sentía sus quejidos y las amenazas. Me tendieron en el suelo del dormitorio y empezaron a interrogarme. Les dije que yo sólo cuidaba ese apartamento para José Bordaz, un miembro del Comité Central del MIR; encontraron las llaves de un Fiat de los que usaba la seguridad de Allende. Yo me aferraba a mi historia de que era sólo un cuidador de confianza de ese departamento para el Comité Central del MIR, que las cosas que encontraron eran de José Bordaz , que no sabía dónde estaba estacionado el automóvil y que él vendría al apartamento en algún momento el próximo día, porque ya era toque de queda.

Qué terror más grande; todo esto no era más que una historia, yo no tenía ningún contacto con José Bordaz, él no conocía ese departamento y nunca vendría.

Me pegaron mucho, me insultaron, me amenazaban con violar a Mary encerrada en el baño; constantemente escuchaba “ve si encuentras unos alicates, le vamos a quebrar un par de dedos a este concha de su madre”; varias veces me pusieron un fusil en la espalda y gritaban “dispárale ya, no perdamos más tiempo”. Esto debió durar como unas dos horas.

José Domingo Cañas (casa de torturas de la DINA)


Cuando nos sacaron del departamento nos vendaron la vista y nos subieron a una camioneta donde fuimos tirados al suelo. El miedo hacía que me sintiera tan mareado, me costaba pensar pero tenía chispazos de lucidez que me recordaban que debía de seguir con mi historia. Sabía lo que venía, tantas veces habíamos hablado de las torturas, pero una parte en mi mente se resistía a aceptarlo.

El recorrido en la camioneta no fue muy largo; más tarde supe que nos estaban llevando a la casa de torturas de José Domingo Cañas. Nos bajaron a empellones, al entrar creo que nos separaron, mientras me ponían en una pequeña pieza donde había una mesa con una máquina de escribir. Estaban tomándole los datos a otra persona, que nunca supe quién fue. Allí me quitaron la venda de los ojos, luego me tomaron mis datos. Casi no podía hablar, tenía tanto miedo, tiritaba mucho. Luego me llevaron a una sala más grande donde había una silla, me volvieron a vendar la vista. Estuve solo por un rato y luego sentí que alguien se acercaba: era la “Flaca Alejandra”, Marcia Merino. Alejandra me conocía desde mucho tiempo, desde nuestro trabajo político en las poblaciones; ella visitaba a menudo la casa de mi madre y teníamos una buena relación de amistad. Yo siempre la admiré mucho por su dedicación e inteligencia, mi madre le tenía un afecto especial a ella. Con mis ojos vendados escuché cuando me habló, su voz sonaba normal como tantas veces la recuerdo; me dijo “perdón, Chico, yo tuve que entregar a tu mamá y a ti, si no me mataban, por favor entrega todos los contactos que tengas, hazlo por tu mamá y Mary y por ti, es la única manera de salvarse”.

Yo me sentía muy mal, creo que hubiera podido desvanecerme en cualquier momento, extrañamente el sentir esa voz tan conocida para mí, fue como una sensación de protección; no estaba tan solo como me sentía. Pero en ese estado nebuloso de mi realidad, algo me decía: “mantén tu historia”. Alejandra me tomó las manos cuando me habló, me repetía entregar todo para salvarnos. Yo le conte mi historia, y le dije que tenía terror que la DINA no me creyera, que no tenía contactos, pero que José Bordaz llegaría al departamento en algún momento de mañana. Me dijo que hablaría con ellos.

Siempre vendado me llevaron a otra pieza más grande donde había un sofá, allí me encontré con Mary, nos sentaron en el sofá, me sacaron la venda y nos dieron café, que no pude beber. Había varias personas, incluido Osvaldo Romo, nos interrogaban y a la vez nos repetían que en esta guerra ya estábamos perdidos y lo mejor para todos era colaborar. De repente, el tono cambió, un teniente (así se dirigían a él) empezó a gritar y a insultarnos, otros empezaron a gritarnos también. Nos pusieron la venda en los ojos de nuevo y a empujones nos bajaron a un subterráneo, podía escuchar que había otra gente, escuché quejidos y un corto llanto. Allí perdí la sensación de lo que me rodeaba. No sé por cuánto tiempo Mary estuvo junto a mí y cuándo se la llevaron.

Me ordenaron que me quitara la ropa, casi no podía hacerlo, tiritaba mucho y estaba tan mareado que perdía el equilibrio muy a menudo. Me pegaron mucho, creo que con una goma muy dura, pero también patadas, sobre todo en los genitales. Me caía al suelo y me volvían a parar, siempre sujetándome entre dos de ellos. Yo escuchaba sus gritos y amenazas y el resoplido agitado de la respiración de mis torturadores. Botado en el suelo, sentía que sangraba por la boca, mi respiración era muy agitada y entrecortada, una punzada profunda se metía entre mis costillas y me producía arcadas y tos. Cuánto tiempo había pasado no sabía, no podía pensar, me parecía una eternidad.

Creo que me dejaron solo por unos minutos, al volver me levantaron del piso y me pusieron en una cama de rejas de metal, me amarraron los pies, las rodillas, la cintura, los brazos, la cabeza. Me amarraron tan fuerte que sentía las barrillas de metal del catre incrustándose en mis tobillos.

Le tuve más miedo a esos momentos que a la misma muerte. Tiritaba tanto que el catre llegaba a sonar, sentí cómo mi cuerpo dejaba de responderme, mi orina me mojaba las piernas, no podía controlarme. Escuché insultos y compañeros por los cuales se me preguntaba. Yo volvía a tratar de contar mi historia. Osvaldo Romo empezó a gritarme “te vamos a parrillar, hijo de puta, hasta que te murai, si no hablai”. Sentí el primer descargo de electricidad en los testículos, fue un tremendo golpe a todos mis nervios, di un salto al tensar todos mis músculos. Y sentí el segundo y el tercero y mi mente daba vueltas como en un remolino infernal, me mordí los labios y la lengua y a veces no podía ni siquiera gritar porque la voz no me salía. Recibí la corriente eléctrica por muchas horas, habían momentos en que creí que me desvanecía estando mi cuerpo totalmente rígido, en esos momentos muchas veces tuvieron que golpearme el pecho con mucha fuerza para soltar el espasmo que no me permitía ni siquiera respirar; hubo pausas donde sentí que alguien me miraba, la venda de los ojos se había movido un poco, podía ver algunas siluetas, alguien me tocó el pecho, sentí conversaciones. Los insultos empezaron de nuevo, me mojaron con una toalla y empezaron a aplicar la picana de electricidad de nuevo, lo hacían en diferentes partes del cuerpo. Yo brincaba con cada descarga, a veces no podía casi respirar, me ahogaba sobre todo cuando la picana tocaba mi boca o cerca de mis ojos, la boca la tenía reseca y sentía que mi lengua me llenaba la boca.
En varias ocasiones pararon la tortura, no sé si salían de la pieza o se quedaban callados. Pero esos minutos eran los peores, parecían eternos y mi cuerpo parecía volver a despertarse, allí, en esos minutos, me daba cuenta tanto del horror que estaba viviendo, en esos minutos era mi mente la torturada, no puedo describir el miedo que sentía, el miedo a los pasos que volvían a la pieza, el miedo a volver a sentir los insultos, el miedo a la picana y al dolor que nuevamente comenzaría en cualquier minuto, pero sobre todo el terror de sentir esos pasos de vuelta trayendo a Mary o a mi madre para ser torturadas delante mío. En esa noche perdí la noción del tiempo, me desvanecía y volvía al terror, queriendo no recuperar la conciencia cuando la perdía.
Fue la noche más larga de mi vida.



Mi escape de la DINA

En algun momento de la madrugada sentí que pararon los golpes de electricidad, mi cuerpo ya casi no respondía, sentí cómo me desamarraron y me bajaron de la parrilla, me mojaron para revivirme, y me vistieron. Apretaron la venda en los ojos y me llevaron entre dos a un auto que esperaba en la calle; sentí cómo me sentaron en el asiento de atrás y partieron. Volví a estar más consciente, empecé a tiritar de miedo y frío, hacía mucho frío, o sentía mucho frío. El auto paró y al rato me sacaron la venda de los ojos, estabamos estacionados en Grecia con Salvador, al lado de la panadería de la esquina, justo al cruzar la calle, al frente de mi departamento. Al lado mío estaba sentado Basclay Zapata “El Troglo”, y adelante, al volante, el tipo que me había interrogado en la casa de José Domingo Cañas, al que se referían como “mi teniente”. Este me empezó a amenazar, diciéndome que iban a comprobar si estaba diciendo la verdad. Que iban a esperar a que llegara José Bordaz y que tenía que identificarlo al entrar al edificio. De vez en cuando se comunicaban por una radio, al parecer, con un grupo que estaría esperando arriba en el departamento. Decía que si eran mentiras lo que había dicho, lo que me habían hecho la noche anterior no sería nada comparado con lo que me harían, no sólo a mí, sino a Mary y mi madre.

Mi mente empezó a dar vueltas, me estaban aterrorizando, no podía volver a la casa de torturas, nunca podría resistir ver la tortura de Mary o mi madre delante mío. Y no tenía escapatoria, nadie vendría a mi departamento porque nadie lo conocía.
Creo que en ese momento estaba tomando la decisión de morirme. Empecé a reafirmar que sí, José Bordaz llegaría en cualquier momento al departamento, porque yo era parte de una célula de apoyo de confianza del Comité Central. Habían unos papeles en el asiento, los tomé y dije: “así es como se configura el esquema de esta célula con el CC”, y le pedí un lápiz para dibujar el esquema. Le devolví los papeles y me quedé con el lápiz. Pasó como una hora, era muy temprano en la mañana, la panadería estaba abriendo, había muy poca gente en las calles, pero algunas entraron a la panadería a comprar pan. Ellos también estaban cansados; Basclay Zapata casi dormitaba a mi lado, le vi la pistola bajo la camisa, pensé por un minuto tratar de arrebatársela. Entré en un estado de agitación, presentía que iba hacer algo, estaba buscando, mirando a todos lados, estaba despierto y apretaba el lápiz en mis manos. El Troglo se sentó más derecho en el asiento, y al minuto dijo: “teniente, voy a comprar pan, sólo un minuto”, se bajó y entró a la panadería.

Sentí que tenía fiebre, mi cabeza daba vueltas y me sentía sofocado, pero supe que era ése momento en que tenía que actuar. Apreté el lápiz con toda la fuerza que me quedaba, el teniente estaba de lado al volante, con el brazo sobre el asiento. Levanté mi brazo sobre el asiento y lo golpeé con el lapiz a la altura del ojo derecho. Sentí el impacto del lápiz y mi puño en su cara, el lápiz se partió o porque entró al ojo o porque se estrelló en el hueso que lo rodea. Sentí un grito y una amenaza: “¡ahora sí que la cagaste!”; tenía la pistola en la mano, no sé si siempre la tuvo allí, antes no me había dado cuenta. La agarré del cañón con una de mis manos, él no podía disparar, estaba como en schock nervioso, no pude quitársela, con la otra mano abrí la puerta y empecé a tratar de bajarme, no podía moverme, también estaba como en un schock. Me tuve que tirar fuera del auto, caí al pavimento, escuchaba gritos y quejidos del tipo en el auto; un camión había parado en frente de la panadería, el chofer miró al auto, levantó las manos y se quedó petrificado. Yo me levanté y empecé a caminar como pude, cruzando la avenida Salvador tomé por avenida Grecia hacia el centro. No miré para atrás ni una vez, no podía, entré por la primera entrada al edificio de la esquina, pero no entré al edificio, pasé sobre la reja de los jardines y seguí caminando hasta el próximo edificio, el corazón me saltaba en el pecho. Me encontré con la entrada, creo que por la parte de atrás del segundo edificio, y entré, subí las escaleras, eran edificios sin ascensor, cuando llegué al último piso encontré que había una entrada al entretecho, no sé ni me acuerdo cómo me subí al entretecho, pero lo hice, cerré la puertezuela y me senté contra una viga.

Pasaron muchas horas en que estuve inconsciente, una vez que me senté en el piso de ese entretecho me desvanecí, horas más tarde me fui despertando, empecé a ver unos rayos de luz filtrándose por las junturas del techo, mi cara estaba contra el piso, no podía entender qué estaba mirando o dónde estaba. Me dolía mucho el cuerpo, tenía mucho frío y tiritaba, pero mi cabeza estaba como ardiendo. Tenía mucha fiebre, creo, y me costó bastante rato incorporarme y analizar lo que había pasado, poco a poco empecé a pensar, no tenía ninguna idea de la hora o cuánto tiempo había estado allí. Traté de mirar por las junturas del techo, traté de escuchar, pero todo me parecía muy confuso, escuchaba sirenas, pasos y gente corriendo, quizás todo era mi imaginación, porque en realidad habían pasado muchas horas desde mi escape. Con el paso de las horas me fui calmando, me fui convenciendo que había escapado.

Cuando oscureció, decidí salir, necesitaba llegar a una casa de un ayudista a pedir ayuda, si no quedaría completamente aislado sin un lugar donde refugiarme. Bajé del entretecho y salí del edificio, estaba en avenida Grecia; vi un taxi y lo tomé, lo hice llevarme a la casa de esta familia ayudista, me bajé y lo hice esperar. Pedí plata para pagar el taxi y me senté en la mesa del comedor. Me preguntaron qué pasaba porque me veían en tan malas condiciones, me sirvieron té y algo de comer, me dieron una camisa para cambiarme y una chaqueta; estuve un rato para calmarme. Les conté lo que estaba sucediendo, tuvieron mucho miedo. Al cabo de un rato me fui, conocía otro contacto: era un zapatero que tenía un pequeño taller por la avenida Tobalaba , cerca de la casa donde estaba. Me fui a buscarlo y lo encontré cerrando el taller, le pedí que me dejara pasar la noche en el taller y que hiciera contacto con un compañero de mi estructura de trabajo. Esa noche casi no dormí , al otro día unos compañeros me vinieron a buscar y me llevaron a una casa de seguridad.

La Clandestinidad

Estuve en una casa de seguridad por lo menos un mes, la única salida fue a buscar el auto que había dejado en un estacionamiento cerca del departamento de Grecia. Me fui tranquilizando y podía leer y trataba de dormir durante el día porque en las noches no podía hacerlo; el silencio me aterraba y cualquier ruido me parecía un allanamiento.

Estaba la mayor parte del tiempo solo, de vez en cuando un compañero, que era mi contacto, me venía a ver. La casa era de una familia de izquierda un poco mayor, había una abuela que sufría de alzhaimer, nunca sabía si me iba a reconocer o no. Algunos días me esperaba en la planta baja con desayuno y era muy cariñosa; otros días no me reconocía y me preguntaba quién era yo, qué hacía en su casa, que si estaba arreglando algo, ya debería de terminar e irme. Había una empleada que la tranquilizaba y le decía que yo era el sobrino que venía de fuera de Santiago (eso creía la empleada) , ella reclamaba que no tenía ningún sobrino. Al rato se olvidaba de todo esto y se me acercaba a conversar y a contarme historias de Allende.

No supe nada de la suerte de Mary y mi madre por mucho tiempo, hasta que recibi información que habían sido trasladadas a Tres Alamos, estaban vivas y Mary aún estaba embarazada.

En Octubre de 1974 fui trasladado a una casa en el alto de La Reina. Esta casa la había alquilado Leonardo "Barba" Schneider, el cual, al parecer, ya estaba colaborando con la SIFA (Fuerza Aérea) y su objetivo principal era la Comision Política del MIR; habían varios otros compañeros que llegaban a esta casa. En Octubre 9 de 1974, Miguel Enríquez es asesinado por la DINA en una casa de la comuna de San Miguel. De ese enfrentamiento se escapa José Bordaz y llega a la casa de La Reina; sólo está unas horas.

Esa noche hubo mucho movimiento de militares en el área, al otro día me trasladan a la casa de una doctora que ofreció su ayuda para protegerme. Durante esos días caen en mano de la DINA y SIFA muchos de mis contactos. Voy a vivir en esa casa hasta febrero de 1975. Allí supe de la muerte de José Bordaz en manos de la SIFA, allí supe que había sido delatado por René Scheiner, allí supe que me había salvado una vez máas porque Scheiner y la SIFA no estaban interesados en mí, era sólo la DINA que me buscaba casi por razones personales.

Mi único contacto no volvió más a conectarme en la casa, esperé unas semanas, no sabía qué hacer, necesitaba salir de allí pero no tenía ningún lugar donde ir. Mi contacto había sido detenido por la DINA y su valentía me salvó la vida, nunca entregó la dirección de esta casa, pero yo aún no sabía esto. Durante mi estadía en esta casa, nació mi hijo Marcelo, el 18 de enero de 1975. Salía en las noches a diferentes teléfonos públicos a llamar a casa de la madre de Mary, sólo hablaba unos segundos, sólo quería saber si estaban bien. Me avisaron que habían sacado a Mary de Tres Alamos a dar a luz a Marcelo en una clínica privada. Tantos pensamientos cruzaron por mi cabeza, cómo podría acercarme a esa clínica a mirarlo, a ver sus ojitos recién abiertos a este mundo acorralado por la represión y la infamia. Pero sabía que era una trampa, sabía que me estarían esperando.

Mi salidad de Chile

En febrero de 1975 acepté pedir refugio en una embajada; la doctora que me albergaba, exponiendo su propia seguridad, me contactó con un compañero que me asistió en mi entrada a la embajada del Ecuador. Fui llevado a una iglesia donde ya había un grupo de compañeros esperando para ser trasladados a la embajada. En un momento del mediodía llegaron a buscarnos en un pequeño bus. Cruzamos Santiago hacia el barrio alto y después de dar algunas vueltas en el barrio de la embajada, el bus se paró al frente de ella y nosotros salimos corriendo y trepamos por las rejas del jardín del frente y saltamos adentro. Carabineros llegaron al momento, pero ya estábamos adentro. Creo que era un fin de semana, me parece recordar que el lunes siguiente llegó el embajador, hubo gritos y amenazas y poco a poco la situación se fue tranquilizando.

Creo que fui uno de los primeros en salir de la embajada con destino al extranjero; la Cruz Roja Internacional vino a entrevistarme varias veces y me proporcionó un salvoconducto para salir de Chile con la aprobación de la dictadura. El cónsul de Costa Rica vino a visitarme a la embajada y me ofreció refugio político en su país.

En algún momento de marzo de 1975 me vinieron a buscar a la embajada el cónsul de Costa Rica y el representante de la Cruz Roja Internacional. Viajamos en dos autos hacia el aeropuerto y fuimos seguidos todo el camino por una patrulla de carabineros y un auto con funcionarios de civil.

Una vez en el aeropuerto me llevaron a una sala donde revisaron los salvoconductos y autorizaciones para dejar el pais. Luego me hicieron salir por una puerta hacia la pista donde un bus me llevaría hasta el avión; sentía una extraña sensación al subirme al bus y sentir cómo éste se ponía en marcha hacia el avión esperando en la losa del aeropuerto. Era una mezcla de nervios, miedo y, en cierta forma, la excitante esperanza de la libertad. Cuanto más cerca estaba el avión, más fuerte era esa sensación que me envolvía. No miré ni una vez para atrás, tenía mis ojos puestos en el avión, sólo quería mirar hacia adelante. Cuando me senté en mi asiento y el avión empezó a tomar velocidad por la pista, miré por última vez el aeropuerto de Chile, volví mi vista hacia las montañas y miré los Andes y sólo volví mis ojos una vez más para mirar Santiago envuelto en una penumbra de smog. Sentí un gran alivio, una gran pena y un gran cansancio. Creo que cerré mis ojos y, por primera vez en tantos meses, dormí profundamente.


Mi llegada a Costa Rica; el comienzo del exilio

Llegué a Costa Rica donde se encontraba mi hermano, un hermoso país con frontera al Pacífico y al Caribe. Allí me encontré con el sol y las palmeras, aún me tiritaban las rodillas y no dejaba de mirar sobre mi hombro; mis primeras semanas fueron un poco difíciles, tenía que sacarme los fantasmas que traía conmigo, aquellos que me perseguían para tomar venganza. Mi hermano fue sabio, me sacó de San José (la capital) y me llevó a una bahía escondida en medio del caribe en la costa nor este de Costa Rica. No había nadie, y digo ¡nadie!, por días sólo vi unos pocos pescadores y la naturaleza, los monos, los animales de la selva, los peces y los corales. Las noches eran oscuras cuando no había luna, y el bullicio de la selva se moría al irse el sol. Despues venían las estrellas y, botado sobre mis espaldas, las contemplaba hasta muy entrada la noche. Cuántas estrellas fugaces cruzaron el firmamento delante de mis ojos, qué grande era el universo contemplado desde esas playas, qué silencio más profundo nos adormecía en la selva, qué estrecho y cruel fue el ataque artero de la injusticia que me sacó de mi país.
Me saqué los fantasmas uno por uno, y caminé por esas playas descalzo, con el sol en el cuerpo y, poco a poco, las estrellas me volvieron a la cara.

En esos tiempos mi hermano era un artesano en cuero y me enseñó a trabajarlo, alquilamos una casa en el barrio de Tibas, una casa de madera pintada amarrilla, con una hamaca colgada en la puerta de entrada donde tantas veces dormí una siesta al sonido de la lluvia del trópico, allí hicimos un hogar, tuvimos nuestro taller y recibimos tanta gente a compartir un vino y un arroz con porotos negros y tortillas.

Meses más tarde, Mary fue expulsada de Chile y viajó a Venezuela; mi madre fue expulsada a México. Marcelo fue retenido en Chile y entregado a su abuela, la mamá de Mary, la cual pudo viajar finalmente a Costa Rica con Marcelo cuando conseguimos finalizar el trámite de reunificación familiar a traves del Alto Comisionado para Refugiados de las Naciones Unidas. Allí, en ese hermoso país de Centro América, tratamos de rehacer nuestras vidas, como individuos, como pareja , como familia. Pero nos habían pasado muchas cosas, las cicatrices eran muy profundas y nuestras vidas juntos no tuvieron más la perspectiva del comienzo, sólo nuestro hijo quedó como testigo de una relación que fue soñada en una sociedad más justa y hermosa.

Seis años viví en Costa Rica, trabajé como artesano, estudié en la universidad y me gradué con un Bachillerato en Sociología. Hice solidaridad con Nicaragua y trabajé desde el exterior con la resistencia en Chile. Viajé por las playas y volcanes acompañado muchas veces de Marcelo, vimos y corrimos tras los monos del Caribe, acampamos bajo las estrellas y nos bañamos en aguas templadas por el sol.

Pero la DINA aún no se conformaba con mi escapada de José Domingo Cañas y, posteriormente, de Chile. La DINA montó numerosas acciones en el exterior que culminaron con la muerte de Orlando Letelier, Prats y muchos compañeros secuestrados y asesinados en diferentes países de Latino América.
Enrique Arancibia Clavel, funcionario de la DINA y hoy día cumpliendo prisión en Argentina por el asesinato de Prats, cuando es detenido se le encuentran varias fotografías de militantes del MIR, entre ellas la de Andrés Pascall Allende que estaba viviendo en Costa Rica después de su salida de Chile, y una foto mía, supuestamente incluidos en un plan de asesinato, como lo relata el libro “Bomba en una calle de Palermo”.

Un dia de enero de 1981 me ponía una mochila en la espalda y salía a la carretera principal con destino a Nicaragua. Así comenzó mi viaje de algunos meses por Centro América, pasando por Nicaragua, Honduras, Belize, México y, finalmente, Estados Unidos.


Mi vida en New York

Llegué a Washington donde estaba viviendo mi hermano, que también había dejado Costa Rica un poco antes que yo. Estuve allí unas pocas semanas y viajé a New York desde donde tenía un pasaje de avión para ir a Europa. Me esperaba en New York un amigo, pintor boliviano que me ofreció su departamento donde alojar. Me fue a buscar a la estación del tren, tomamos el tren subterráneo hacia el Upper west side, en Manhattan, donde nos encontramos con un grupo de edificios abandonados en la calle Amsterdam Avenue y la calle 108. Él sacó una llave de su bolsillo y abrió una de las cadenas que cerraba unos de lo edificios. Entramos a un socavón oscuro buscando nuestro camino hacia una escalera que nos llevaría al cuarto piso. Al abrir la puerta de su apartamento y prender la luz , nos encontramos con un departamento hermoso, totalmente pintado de blanco donde sus murrallas estaban tapizadas de sus cuadros. Esta impresión fue mi primer encuentro con esta gran ciudad, de los rascacielos del centro a un edificio abandonado que albergaba un estudio lujoso de un pintor.

New York vivía aún el resultado de una de sus más grandes crisis de vivienda de su historia, la cual había dejado miles de propiedades abandonadas por sus dueños, después de haber especulado con ellas, no pagando impuestos, cobrando seguros fraudulentos y dejando estos edificios en el más completo abandono. Situación que se generó en gran medida por la llegada de nuevos inmigrantes, especialmente latinoamericanos pobres sin posibilidades de pagar los arriendos esperados por sus dueños y el crecimiento de las tasas de desempleo que dejaron a muchas familias residentes de esos edificios sin la posibilidad de pagar sus arriendos. Los dueños empezaron a especular y la ley tan sólo podía, después de un largo y burocrático proceso, tomar la propiedad de esos edificios, que en ese momento ya estaban en muy malas condiciones, semi abandonados o en completo deterioro.

Después de una semana de estar viviendo en ese edificio, donde además había un grupo que estaba tratando de rehabilitarlo, donde algunos de ellos ya vivían allí, otros sólo venían a trabajar cada tarde o los fines de semanas, mi interés por esta increíble situación que se producía en muchos lugares de esta ciudad, me estaba fascinando. En ese entonces ya había más de diez mil propiedades abandonadas en esta gran ciudad, la ciudad más rica del mundo.

El grupo que habitaba el edificio me ofreció un piso para rehabilitar y un lugar en esta asociación de homestaders. Necesité unos segundos para decir “acepto, me quedo en esta ciudad”. Vendí mi pasaje a Europa, y decidí re-construir un edifico y un departmento para mí en esta ciudad loca.

New York vivía a una velocidad vertiginosa con sus miles de gentes en las calles, comprando, turisteando, pidiendo limosnas o paseando por la ciudad. Ciudad que nunca duerme, con sus calles llenas de comercios, sus restaurantes, sus teatros y sus refugios para gente sin hogares. Pero, sobre todo su gente, de todos lados, colores, olores, lenguas y niveles económicos. Ciudad de contrastes y contradicciones. Los más ricos y los más pobres. La soledad más grande para algunos y la gran sensación de comunidad para otros. Ciudad de conflictos, represión racismo, brutalidad policial, modas, drogas y sexo. Ciudad de una tremenda solidaridad, donde la comunidad se organiza para defender un edificio abandonado o un pedazo de tierra que ha estado abandonado por años y donde la gente de la comunidad ha dedicado su vida a plantar flores, a crear un jardín. Los grandes intereses empezaron a ver el símbolo del dólar una vez que los intereses de bienes raíces comenzaron a descubrir estos lugares. La comunidad vio sus raíces culturales amenazadas, sus vidas diarias y el peligro de ser desplazados fuera de sus barrios. Esta ciudad se presentaba ante mí como una ciudad de lucha, una lucha por la sobrevivencia de tu espacio, ya sean terrenos vacíos convertidos en jardines o edificios abandonados convertidos en cooperativas de viviendas.

Un año después de estar viviendo en New York, trabajando cada día o fin de semana en la re-construccion de este edificio, la organización que nos prestaba apoyo técnico y que finalmente fue instrumental en legalizar la situación de este edificio con la Municipalidad de la ciudad, me ofreció un trabajo de organizador, principalmente en proyectos como éste en los barrios latinos de la ciudad. Así empecé a trabajar para The Urban Homesteaders Assistance Board (UHAB), una organización sin fines de lucro (ONG), dedicada a desarrollar proyectos de cooperativa en edificios abandonados o semi abandonados con la tesis de que el factor principal estaba en la fuerza de sus residentes y la comunidad. Hoy día, después de 23 años de trabajar en el desarollo de la vivienda en esta ciudad para la misma organización UHAB, después de haber completado una maestría en Planificación Urbana y de haber ocupado diferentes posiciones en esta organización, que de un puñado de personas ocupando sólo dos piezas como oficina, se ha convertido en la organización (ONG) más grande de esta ciudad en el campo del desarrollo de la vivienda cooperativa para gentes de bajos ingresos. Hoy damos asistencia técnica, financiera y educacional a más de 1200 cooperativas en esta ciudad. Yo ocupo la posición de Director Asociado para el Departamento de Preservación Cooperativa de UHAB.

A través de 23 años de trabajar con los sectores más necesitados en el campo de la vivienda he ido encontrando tantos paralelos con los años que trabajé políticamente organizando a los pobladores chilenos de los campamentos 26 de Enero, Magaly Honorato o La Bandera, durante el último años del gobierno de Frei y los años de la Unidad Popular. Estos paralelos han estrechado a lo largo de los años mi fuerte compromiso con los sectores mayoritarios de cualquier sociedad, los más pobres.


Mi familia en New York

En Enero de 1990 llega a trabajar a mi oficina Sarah Hovde, una newyorkina hija de una familia de académicos, venía de trabajar con una organización (ONG) que daba asistencia a gente sin casa. Entra a trabajar conmigo en un proyecto que en ese entonces dirigía. Trabajamos como colegas aproximadamente un año. Fue un placer trabajar con Sarah, comprometida con su trabajo y la gente que asistía, independiente, inteligente y con un sentido de entrega inigualable en el campo profesional. Me enamoré de ella, de su capacidad, su honradez, su inteligencia, su generosidad y su sonrisa. Cociné para ella empanadas, langostinos al pilpil, torta de mil hojas, pan amasado, cazuelas, chacareros, porotos granados, sopaipillas, paellas, mariscadas, preparé guindaos hechos con aguardiente traídos de Chile, y un día viernes de invierno, después del trabajo fuimos a patinar en hielo y luego en mi pequeño departamento, en las cercanías del Central Park, le hablé de un sueño incompleto, le conté de un mundo donde las casas no tenían techo, donde su gente dormía mirando las estrellas y al despertar el sol o la lluvia les bañaba la cara. Una casa sin techo, un mundo sin fronteras y una sociedad solidaria.
Seis años después nos casamos, en una ceremonia privada en el departamento del papá de Sarah, en Riverside Drive al frente del parque que lo separa del Hudson River. Jim Morton, el dean de la hermosa catedral de Saint John the Divine, presidió la ceremonia y estuvimos acompañados por nuestros amigos y familiares. Ese día cociné para todos, hice más de 120 empanadas y brindamos por nosotros, por todos los que nos acompañaban y por nuestros sueños por cumplir.

Hoy día tenemos dos hijos, Lukas que tiene 7 años, travieso y dulce con su pelo rubio , sus ojos azules , la sonrisa de su madre y un cuerpecito parecido al mío cuando era niño, y Eva que tiene 5 años, inteligente y hermosa, con su piel más tostada, su pelo claro y enrizado, su carita parecida a tantas fotos de mi madre cuando era una niña.


Volviendo a Chile

Pasaron 22 años antes de volver a Chile, pasaron 22 años de exilio impuesto por la dictadura militar, hasta que se me permitió y se me otorgó la libertad de poder volver a visitar mi país, mi familia, mis recuerdos. En enero de 1992 hacía veintidós años en que no vi cómo mi familia crecía, veintidós años en que no pude velar a mis muertos, mis abuelos con los cuales crecí y compartí la vida hasta el Golpe.

Cuando el avion aterrizó en Santiago sentí tantas emociones, una alegría inmensa, una curiosidad de ver mi gente, mi país, no pude dejar de recordar el miedo que sentí cuando dejé Chile 22 años atrás, sobre todo cuando pasé por aduanas. Los funcionarios de migración, las ventanillas, la cola para presentar el pasaporte, las preguntas sobre el destino de mi viaje. Pero Sarah iba conmigo, y sentí su mano todo el tiempo junto a la mía. Estaba cerrando un ciclo abierto tantos años atrás.

Hoy es diferente, viajamos todos juntos, los niños no pueden estar quietos, especialmente en los terminales de aeropuertos, corriendo, deslizándose por los interminables pasillos, riéndose y jugando como si estuvieramos en un gran campo de juegos. Hoy día nuestra preocupación es cómo mantener el caos de nuestra familia en orden.


El atentado a las Torres Gemelas, 11 de Septiembre 2001, New York


A las 8.30 de mañana me subí al tren subterráneo que viaja desde Brooklyn hasta Manhattan. Recién había dejado a mi hijo Lukas de tres años en su kinder. Era un día hermoso, uno de esos días claros con cielos azules interminables. La estación del tren estaba llena de gente, era una mañana como cualquier otra en esta ciudad. Yo quizás el único chileno en esa estación pensaba en el bombardeo de La Moneda sucedido hacia 28 años atrás y lo que había sido mi vida en Chile. El resto, absortos en sus audífonos escuchando música, leyendo sus diarios o libros, esperaban impacientes comenzar el agitado vivir de cada día.
A las nueve de la mañana el tren paró en Broad Street, la primera estación en Manhattan, en la esquina de Wall Street donde está la Bolsa de Valores, a algunas cuadras del World Trade Center. Las puertas del tren se abrieron y comenzamos a salir, tomamos la primera escalera al primer nivel antes de la calle, cuando un sonido estrepitoso, como una explosión gigantesca sacudió la estación. Al llegar al primer nivel ya estaba entrando humo que más tarde cubriría toda esa parte de la ciudad. ¡Qué ironía! Era un once de Septiembre de nuevo. La gente empezó a gritar y todos corrieron hacia las escaleras que van a la calle. Corrí con la gente, sin pensar demasiado, más bien actuando por instinto, como tantas veces lo hicimos el 11 de septiembre en Chile.

Al salir a la calle, el cielo estaba cubierto por millones de papeles y el humo empezaba a bajar, más tarde ese humo negro no te dejaría ver más allá del largo de tu brazo, la gente que se apretujaba por salir de la estación, el pánico y los gritos apagados por el humo, te hacían perder el sentido de la realidad. ¿Qué pasaba? Nadie sabía, nadie podía ver, empezaba a costar respirar. Caminé, ni siquiera corría, sentía que estaba viviendo sensaciones que ya había vivido antes en mi vida. Quizás cuando me escapé de la DINA, tampoco corrí, sólo caminé. Limpiándome los ojos constantemente y cubriéndome la boca con mi pañuelo caminé hacia el East River por Wall Street hacia donde estaba mi oficina. Cuando llegué escuché que había habido un accidente, parecía que un avión se había estrellado contra la torres; “ ¡no, eran dos aviones, decian!” Tratamos de llamar por teléfono, pero los teléfonos estaban cortados , ni los teléfonos celulares funcionaban, tampoco las computadoras. La administración del edificio nos entregó la información de lo que había pasado, había que evacuar el edificio. Mi bajada del tren subterráneo había coincidido con el choque del segundo avión contra las torres. Al poco rato, una nueva explosión hizo remecer los cristales y otra nube negra que se podía ver desde mi ventana avanzaba como una tormenta. La primera torre se estaba desplomando.

El humo mezclado con los miles de desechos de esas torres gigantes estaban cayendo como una nieve implacable, apagando la luz y poco a poco el sonido. Era como un manto fatídico que te iba aplastando

Abandonamos el edificio y, poco a poco, en las mismas condiciones de oscuridad y con muchas dificultades para respirar, los pocos que habíamos en mi oficina tratamos de buscar una salida hacia nuestras casas. Yo caminé hacia el norte, buscando el puente de Brooklyn para salir de Manhattan. Eran miles los que que trataban de escapar de esa área por este puente; el terror se mostraba en la cara de la gente, en ese once de septiembre nadie se esperaba el golpe de los aviones.

Cuando casi llegaba al centro del puente, donde se había disipado el humo y se podía ver en una vista panorámica todo el sur de la isla de Manhattan, me senté a descansar, la gente pasaba apresurada, se sentían gemidos, llantos, otros iban callados . Allí sentado mirando esa gran ciudad, posé mis ojos en la torre que aún estaba parada, vi sus llamas consumirla y, en un instante, un ruido ronco como el de un terremoto hizo explotar esa torre gigantesca en millones de partículas; el cielo se cubrió una vez más. Con ellas desaparecieron miles de seres humanos, una vez más la vida se presentaba delante de mí con toda su fragilidad.

Todo habia empezado una linda mañana asoleada al tomar mi tren de todos los días rumbo a mi trabajo.


Hoy después de tantos años. New York 2006

A veces pienso que ha pasado toda una vida, otra veces me parece que ha sido sólo ayer. Pero lo que es indudable es que en esta corta vida que hemos ido viviendo paso a paso, lo hemos hecho siempre con otra gente que nos ha acompañado en este viaje, nuestros antiguos conocidos, viejos amigos, familia, y todo un pueblo que fue reprimido, resistió y sobrevivió, y hoy busca de nuevo su futuro. A veces, es un segundo; a veces son cien años, pero cada paso ha dejado una marca escondida bajo la piel o incrustada en el corazón. No sería lo que soy hoy sin mi pasado, mis sueños hoy día, mi compromiso profesional, mis ideas políticas y que anidaron mis experiencias presentes. Después de tantos años, soy tan diferente pero también soy el mismo. Hoy día cocino un risotto al vino blanco con porcini. Cuando tenía 20 años estaba cocinando tallarines con pomarola en un pequeño cuarto que compartíamos unos cuatro compañeros en las cercanías de la Plaza Italia, ¡pero ya estaba cocinando! Porque como hoy día, amo sobre todo los pequeños rituales de la vida diaria, gracias a esos tallarines, gracias a ese compromiso, gracias a mi madre, a mi hermano, a mi familia, mis amigos del barrio donde crecí, gracias a mis amores de juventud y sobre todo gracias a mis compañeros y compañeras que dieron su vida en esta vida.
Hoy sigo soñando, aportando a los más necesitados y mi sonrisa es más ancha gracias a mis hijos, Marcelo, Lukas, Eva y a mi esposa y compañera Sarah.



Fernando
New York, Octubre 2006.



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