Tardes tristes y otros trastos


Cuando la tristeza repleta la tarde con su copón de crema ácida no hay nada mejor que recordar películas famosas o leer historias de Corín Tellado en antiguas Vanidades apiladas en la ducha de cajón que jamás se usa, salvo para guardar esas revistas, una enceradora manual, que mi abuela llamaba “el chancho” y otros artefactos caseros. Después de leer las palabras “alberca”, "pechos turgentes” y "cabello caoba”, y que ella toma el auto y va a cien por hora a decirle a él que sí, sí, mi amor, hazme tuya, voy a la cocina a tostarme un pan, y mientras como y me relamo pienso en esa escena de El último tango en París cuando Marlon Brando usa mantequilla para introducir su dedo (no recuerdo cuál) en el culito jovial de la Maria Schneider. Creo que antes se corta la uña, en un acto de gran caballerosidad. Luego Marlon masca un chicle, sumergido en su spleen setentero de gringo acabado, mientras la Schneider orina parada. Retazos de imágenes, espejos quebrados de una película que estuvo prohibida en Chile durante muchísimos años, como Cristo nuevamente crucificado en donde Judas habla con acento de Brooklyn. Films inocentes después de todo, no como esta época en que pudimos ver por la televisión la guerra de Irak en vivo y en directo, la más obscena de las guerras en su destello de fuegos genocidas. Un dedo metido en un ano femenino no es nada comparado con las imágenes de presos irakíes torturados por soldados norteamericanos. La guerra, el hambre, la violencia nos ciegan con sus flashes, no así A streetcar named desire, la película de E. Kazan basada en la obra de T. Williams, C'eravamo tanto amati de Ettore Scola, con Nino Manfredi, Vittorio Gassman y Stefania Sandrelli, o Ladri di biciclette, 1948, De Sica.
Con especial cariño vuelven a mí las seriales de mi infancia: Los vengadores, El fugitivo, El túnel del tiempo, Misión imposible, Perdidos en el espacio, Los invasores y, por supuesto, Bewitched o La hechizada. Odiaba a Darrin, Samantha y Tabatha y enloquecía por Endora y Serena. Si vieron el remake, olvídenlo, por favor.
La tele que había en mi casa era una pequeña Motorola en blanco y negro, y había que darle de puñetazos para que funcionara. Entonces, partía donde mi vecina que tenía una Westinghouse gigante y ahí disfrutábamos de las andanzas de sangre melancólica de Barnabas Collins (Dark Shadows), serial inglesa de los años ’70.
Más atrás aún: el radioteatro. Yo escuchaba
El siniestro doctor Mortis en una radio que tenía un ojo verde hipnotizador que se dilataba cada cierto tiempo. El aparato en cuestión era un mueble de madera noble que ocupaba un sitio de honor en la sala de estar, con los parlantes forrados de tela y el tocadiscos con una aguja que siempre había que soplar. La marca era alemana y no he podido recordarla; las letras estaban grabadas en metal arriba de la perilla de sintonización (¿Grundig?).
El siniestro doctor Mortis significaba ingresar sin peaje a otro mundo. Un mundo sin imágenes, pero que lograba echar a correr la imaginación. Cascos de caballos golpeando la noche, risotadas siniestras y una puerta de goznes oxidados cerrándose o abriéndose al horror, gritos, jadeos, el viento soplando fuerte y azotando los postigos. Esa recreación me paraba los pelos, pero resistía el miedo mientras pensaba que yo también podía escribir historias así. Lo único que logré garabatear fue un pequeño cuento sobre ovnis. La nave madre era comandada por el mismísimo diablo, cuya misión era destruir a todos los que creían en Dios. Y el diablo no tenía cola ni patas de cabra. Me lo imaginé a lo James Bond, con mirada más siniestra eso sí. Esa historia sólo está en mi cerebro; puede que invente, lo cual no es nada de raro.

Y, como un aluvión, desemboco en mi propia película donde pensé que él me destrozaría a dentelladas; por un momento lo pensé, qué licantrópica, sólo porque mordió una oreja erizada y caliente, la mía, y paseó la lengua por la trompa de Eustaquio hasta llegar al lecho del cerumen, porque en esos instantes supremos todo se idealiza, hasta los mocos que sorpresivamente afloran después de un beso de dos bocas y cuatro manos lascivas.
Nunca nos amamos tanto, dirá él a algún amigo, mientras beba una cerveza en algún restorancito cualquiera, de una ciudad cualquiera. Fue puro sexo, y del bueno, rectificará al cuarto pitcher. Y al recibir el aletazo frío de la calle, borracho y sentimental, eructará algo ininteligible, pero que tiene que ver con el maldito amor y las pérdidas irreparables. Un trasto viejo arrumbado en la ducha sin uso de una casa con fantasmas.

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Bajo nivel, de Julio Cortázar


Cortázar y Cthulhu, el de nombre impronunciable, unidos en las profundidades del metro. Al pulpo llamémosle Xuxu, y no nos hagamos más problemas. Recomiendo La petite Claudine que celebra a Lovecraft y al verdadero e inigualable octopus de ventosas negras y rojas.



Puede ser que, una vez más, todo empiece por las palabras y entonces, claro, con ellas. Puede ser que el vocabulario del metro sea en parte la raíz de ese contacto de por vida que tengo con él, y que de ahí provengan tantas páginas que le he dedicado o que él me ha dictado en relatos y novelas, bumerang del verbo que retorna a la mano y a los ojos.
Correspondencias, por ejemplo: en París es el término que indica los cambios que puedan hacerse entre las diferentes líneas, pero como en casi toda la nomenclatura de nuestros Hades urbanos, es un término cargado. Cuando llegué a París en 1949, trayendo como brújula la literatura francesa, Charles Baudelaire era mi gran psicopompo; el primer día quise conocer el Hôtel Pimodan, en la isla Saint-Louis, y al preguntar por el metro que me llevaría a orillas del Sena, el hotelero me indicó la línea y agregó: "Es fácil, no hay más que una correspondencia." En ese mismo momento mi memoria volvía una y otra vez al célebre soneto de Baudelaire, y de golpe sentí que todo estaba bien, que entre París y yo no habría rupturas. Veintinueve años han pasado y las correspondencias entre nosotros persisten y se ahondan.
En Inglaterra y Estados Unidos, las correspondencias se llaman cambios, y en mi país combinaciones. Cualquiera de las tres palabras contiene cargas análogas, insinúan mutación, transformación, metamorfosis. El hombre que baja al metro no es el mismo que vuelve a la superficie; pero, claro, es preciso que haya guardado el óbolo entre los dientes, que haya merecido el traslado, que para los demás no pasa de un viaje entre estaciones, de un olvido inmediato.
En el principio fueron los olores. Yo tenía ocho o nueve años y desde el suburbio bonaerense donde vivíamos, mi abuela me llevaba de visita a la casa de unos amigos. Primero un tren local, luego un tranvía y por fin, desde el centro de la ciudad, el subterráneo, que los porteños llaman subte casi como si le tuvieran miedo a la palabra completa y quisieran neutralizarla con un corte desacralizador. Hoy sé que el trayecto en subte no duraba más de veinte minutos, pero entonces lo vivía como un interminable viaje en el que todo era maravilloso desde el instante de bajar las escaleras y entrar en la penumbra de la estación, oler ese olor que sólo tienen los metros y que es diferente en cada uno de ellos. Mi abuela me llevaba de la mano (su traje negro, su sombrero de paja con un velo que le cubría la cara, su invariable ternura), y había esos minutos en el andén en que yo veía la hondura del túnel perdiéndose en la nada, las luces rojas y verdes parpadeando en la profundidad, y luego el fragor progresivo, el tren dragón rugiendo y chirriando, los asientos de madera que yo rechazaba para quedarme de pie contra una ventanilla, la cara pegada al vidrio. Porque cuando el tren tomaba velocidad las paredes del túnel se animaban, se convertían en una pantalla móvil con cables como serpientes negras ondulando, con el paso instantáneo de las luces, y siempre ese olor en el aire espeso y lento que nada tenía que ver con el de fuera, con el de arriba. En algún momento que cada vez tenía algo de milagroso, el tren ascendía a la superficie, las ventanillas se llenaban de sol y de copas de árboles; algo como alivio, como rescate de esa breve temporada en el infierno, y a la vez la monotonía de recuperar la normalidad, las calles y las gentes y el té con pasteles que nos esperaban invariables a cada visita mensual, decirse entonces que el viaje no había terminado, que al caer la noche volveríamos a tomar el subte, de nuevo el túnel y las serpientes y el olor, de nuevo ese interregno excepcional que de alguna manera me condenaba ya a cosas como ésta, a escribirlo aquí cincuenta y tantos años después.
Por cosas así puede llegarse a mantener un comercio furtivo con el metro, una relación de la que no se habla pero que un día asoma en los sueños y en esa otra manera de soñar que son los cuentos fantásticos. Allí y en pasajes de novelas he ido coagulando a lo largo de los años ese sentimiento de pasaje que nada tiene que ver con el traslado físico de una estación a otra. Ya en Buenos Aires y en la juventud, el subte Anglo me había llevado a la escritura, y recuerdo que al subir a la superficie mi primer impulso era entrar en alguno de los viejos y sombríos cafés del centro donde de alguna manera se mantenía ese clima de extrañamiento con relación a lo que me estaba esperando en el resto del día. Era entonces mi sola experiencia en ese terreno, y no podía imaginar que alguna vez otras ciudades del mundo habrían de darme, como sin duda le ha ocurrido a Siet Zuyderland, diferentes aproximaciones a un centro común; porque hoy sé que el metro, el subte, el underground, el subway, no sólo se asemejan obligadamente en el plano funcional, sino que todos ellos crean a su manera un mismo sentimiento de otredad que algunos vivimos como una amenaza que al mismo tiempo es una tentación. Si bajar al metro representa para mí una leve angustia, una crispación física que pasa en seguida, no es menos cierto que salir de él significa cada vez una indefinible renuncia, un regreso a la seguridad cobarde de la calle; como haber soslayado una indicación, un sistema de signos acaso descifrables si no se prefiriera casi siempre lo superficial.
Como en el teatro y en el cine, en el metro es de noche. Pero su noche no tiene esa ordenada delimitación, ese tiempo preciso y esa atmósfera artificialmente agradable de las salas de espectáculos. La noche del metro es aplastante, húmeda de un verano de invernáculo y además infinita; en cualquiera de sus puntos o de sus horas la sentiremos prolongarse en los tentáculos de los túneles, en cualquiera de las estaciones a las que bajemos estará latiendo uno de los muchos corazones del inmenso pulpo negro que subtiende la ciudad. La noche del metro no tiene comienzo ni fin, allí donde todo se conecta y se transvasa, donde las estaciones terminales son a la vez llegada y partida; llamarlas terminales es una de las muchas formas de defensa contra ese temor indefinido que espera en la penumbra del primer corredor, del primer andén.
El metro como intercesor entre el condicionamiento rutinario de la calle y el momentáneo despertar de otros estados de cenestesia y de conciencia. A diferencia de la marcha en la calle, donde las opciones y la vigilancia son incesantes, basta iniciar el descenso para que una mano invisible se apodere de la nuestra y nos lleve sin la menor posibilidad de elección hacia el destino prefijado. No se va de dos maneras diferentes de la estación Etienne Marcel a la estación Panelagh: flechas y pasajes y carteles y escaleras anulan todo margen de capricho, todo zigzag de superficie. Pasajeros y trenes se mueven dentro de la misma relojería predeterminada, y es entonces cuando las potencias de la superficie se adormecen y puede suceder que accedamos a otros niveles; al liberarnos de la libertad, el metro nos vuelve por un momento disponibles, porosos, recipientes de todo lo que la libertad de la superficie nos priva, puesto que ser libres allá arriba significa peligro, opción necesaria, luz roja, cruzar en las esquinas mirando del buen lado.
De vivir en nuestro tiempo, poetas como Gérard de Nerval y Baudelaire hubieran amado el metro; Nerval por su lado alucinatorio, cíclico y recurrente, y Baudelaire por la artificialidad total de una micrópolis en la que no hay plantas ni pájaros ni perros. (Ratas sí, pero la rata está del lado del poeta, lucha contra el sistema, lo mina y contamina en una batalla sin cuartel que dura desde la primera ciudad de los hombres y sólo acabará con la última.)
La primera vez que bajé a la estación Saint-Michel y vi las enormes estructuras metálicas, las escaleras y los ascensores de hierro, la luz mortecina y estancada en la que toda idea de sombra es inconcebible, medí hasta qué punto Baudelaire hubiera aprobado ese congelado infierno moderno. Desde hace unos años, la renovación de las estaciones del metro de París intenta "humanizar" el ambiente, pero nada parece haber cambiado en la conducta de quienes las usan. Ya a medias robotizados por los mecanismos de la superficie, el descanso los fija en una total desmultiplicación de la vitalidad, de la comunidad, de la comunicación incluso en sus formas más embrionarias. Sólo los grupos, las bandas se agitan y hablan porque poseen y transportan su propio microclima que los defiende de la soledad exterior; los otros, incluso las parejas, se encierran en un mínimo de movimientos, de gestos y de miradas. Las caras de los pasajeros de un autobús reflejan siempre algo de lo que los rodea y los invade viniendo de las ventanillas; sus ojos siguen el dibujo o las leyendas de los carteles publicitarios, el cruce de los autos, el ritmo de las vitrinas y las gentes en las aceras. Pero aquí todo es rígido y como intemporal, y no hay nada que ver ni oír ni oler porque todo es recurrente y periódico y forzoso y casi idéntico en cualquier estación de metro. Los carteles de publicidad duran interminablemente, y acaso nadie se da demasiado cuenta de su renovación periódica. La luz y el aire tienen siempre la misma consistencia, todos hemos leído cientos de veces las mismas leyendas, advertencias, prohibiciones y consejas municipales, y las seguiremos leyendo porque los ojos se mueren de hambre en el metro, buscan un empleo, un asidero que los arranque de ese ir y venir en la nada. Este asiento está reservado a: 1)los mutilados de guerra, 2) las mujeres embarazadas, 3) los ancianos, etcétera./ Está prohibido descender a las vías en caso de interrupción de la marcha, a menos que así lo indiquen los empleados responsables, etcétera. (Menos mal que la política, la estupidez y la sexualidad llenan de inscripciones un poco más cambiantes los corredores y los vagones; el ojo salta sobre ellas, las devora contento, las entrega al cerebro para que apruebe o rechace. El Shah asesino/ Mueran los judíos/ Mao o Brejev/ Me gusta chupar/ Sea macrobiótico/ Abajo Pinochet.)
Paradójicamente, la codificación congelada del metro favorece en algunos viajeros la irrupción de lo insólito. Sé de la disponibilidad, de la porosidad que crea la rutina, de la somnolencia favorable dentro de la colmena de indicaciones y recorridos infalibles. Lo sólito es allí tan manifiesto que la más mínima transgresión o fisura se da con una fuerza que no tendría en la superficie. El día en que me tocó viajar de pie en un vagón atestado, y una mano de mujer joven se apoyó sobre la mía y permaneció allí durante una fracción de tiempo que rebasaba lo normal antes de retirarse al otro extremo de la barra mientras su dueña se excusaba con un gesto y una sonrisa, ese mínimo episodio alcanzó una intensidad de la que hubiera carecido totalmente en un autobús, por la simple razón de que los protagonistas habrían estado más ocupados por su entorno, el roce de sus manos no habría tenido esa sutil transmisión de fuerzas, esa electricidad musgosa que me llegó tan a lo hondo y dio días después un relato que se llama Cuello de gatito negro.
En otro plano, la fisura dentro de la monotonía puede nacer de ese estado de desocupación mental que el metro favorece como pocas otras cosas. Pienso en un relato mío que sigue inédito, y que nació de un comentario humorístico sobre el número de pasajeros que habían bajado en un cierto día al subte Anglo en Buenos Aires, y el número de los que habían vuelto a la superficie (faltaba uno). Broma, error de control, todo quitaba importancia y seriedad a algo que sin embargo me pareció grave, quizás horrible, y que en su proyección imaginativa se volvió el preludio de un descubrimiento abominable.
Y luego, como una fascinación que el viajero presuroso y funcional rechaza, hay la llamada más profunda, la invitación a quedarse, a ser metro. Es una vez más la atracción del laberinto, recurrente mäelstrom de piedra y de metal. Lo insólito se da allí como un reclamo que exige la renuncia a la superficie, la recodificación de la vida. Pobres Elíseos atenazados por la urgencia de los horarios y las citas, los viajeros se tapan los oídos con cualquier cosa, el diario que leen entre las estaciones, las tiras cómicas, la contemplación vacua del vagón o del andén. Algunos sin embargo oyen el canto de las sirenas de la profundidad, y yo he aprendido a reconocerlos; son los que mientras esperan un tren dan la espalda a la estación y miran perdidamente la hondura tenebrosa del túnel. Entre ellos podría estar el protagonista de Manuscrito hallado en un bolsillo, alguien capaz de comprender y acatar el implacable ritual de un juego de vida o muerte con el que buscará a una mujer dentro de un sistema de claves implacables que él piensa haber inventado pero que vienen del metro, de la fatalidad de sus itinerarios, de su posesión total del viajero apenas se bajan los peldaños que nos alejan del sol y de las otras estrellas.
Pero si en todo esto lo insólito se proyecta en la consecuencia literaria más que en los hechos tangibles, también vale por sí mismo, aunque luego llegue a ser un tema de escritura. Antes de narrar el viaje imaginario de Johnny Carter en el metro, yo había vivido muchas veces esa fuga fuera del tiempo o ese acceso a otra duración que Johnny, en El perseguidor, habría de explicarle a su manera a Bruno. En 62, Modelo para armar, muchos episodios fueron vistos y escritos alucinatoriamente, y el metro instiló también allí su aura de excentración y de pasaje; eso me explica ahora el episodio del descenso de Hélène y su contemplación de los carteles publicitarios antes de su encuentro con Delia. En esos días yo había sentido con mayor fuerza que nunca el efecto del cambio de escala en esas caras y esas manos enormes que desde las paredes del andén de la estación Vaugirard proponían muros de quesos o vacaciones en México. Ya en la superficie seguía viéndolos como una especie de corrección de la realidad que pretendía rodearme y moldearme y someterme a su pretendida escala de formas y valores; de golpe esas imágenes monstruosas, esas uñas y esos dientes agigantados por el ansia de la sociedad de consumo, se me volvían positivos, me ayudaban a desconfiar de lo usual y lo fácil y lo presabido; de golpe yo era un pigmeo entre pigmeos, allí en la esquina podía estar esperándome, terrible y definitiva, la enorme niña que amaba el queso Babybel, y esa niña podía ser de hidrógeno o de cobalto, su zapato me aplastaría contra la acera sin odio y sin razón como nuestros zapatos aplastan hormigas a lo largo de gratas excursiones dominicales. Sentí que vivíamos por casualidad, que nuestras reglas tranquilizadoras estaban rodeadas y amenazadas por incontables excepciones, azares y demencias; todo eso busqué decirlo luego en la novela, todo eso le ocurrió a Juan, a Hélène, a los que de alguna manera tenían que pagar el precio de haber bajado al metro de sus propios corazones, de haber asumido los códigos de la noche bajo tierra.

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Círculo del aire



Ángulos del amor imposible

El fantasma me escribe día a día; cuando yo respondo, él es mi reflejo. Y así han pasado estos meses de permanente vacío. El silencio es lo que más nos gusta y si pudiéramos no escribirnos lo haríamos, sólo que siempre hay un espejo que nos devuelve las palabras que nosotros mismos hemos desechado, como el mar arroja un cadáver a la orilla de la playa.

Ángulos del amor posible

Y el fantasma vino corriendo y me atravesó. Cuando quise verlo, ya no estaba. Ahora, dos pulsos me habitan y mi sombra algunas veces me besa en plena boca.

Volver al punto de partida

Un fantasma soñó que era una sábana, amarillenta, seca y tiesa. Cuando despertó nadie escuchó sus gritos, salvo la tierra y los gusanos que por tanto tiempo lo habían acompañado.

En algún lugar del desierto chileno

El cementerio se encuentra en pleno desierto, demasiado lejos de la ciudad. Los fantasmas recogen flores de cactus para adornar sus tumbas.

En algún lugar del Cementerio General

En el patio 29 los fantasmas se bañan en un hermoso lago hecho con las lágrimas vertidas.

En Auschwitz

Donde los fantasmas aún tienen un número tatuado en la memoria.

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Volver, de Pedro Almodóvar



En su comentario a la película “Volver”, de Pedro Almodóvar, Mario Roberto Morales señala lo siguiente: “La fórmula de convertir a Penélope Cruz en una evocación de la Sofía Loren que inventara Vittorio de Sica en "Matrimonio a la italiana" y otros filmes, le funcionó bien a Almodóvar para instaurar en el imaginario mundial la efectiva ficción de una personaje-tipo de Castilla en su película "Volver".”
Creo que, en cuanto a voluptuosidad y fuerza actoral, Cruz no le llega ni a los talones a la gran Sofia Villani Scicolone. Le falta madurez escénica.
Almodóvar está situado de lleno en el postmodernismo que se vale de la cultura de masas para perpetuar una historia. En “Volver” se historiza, es decir, el director presenta determinadas imágenes de una sociedad y de una cultura. ¿Cómo lo hace? Redundando. ¿Quieren un ejemplo claro y simple? Raimunda llora lágrimas negras. Negras porque tiene toneladas de rimel en las pestañas y delineador en los párpados. Esta es la propuesta del director. Almodóvar refuerza el cliché melodramático con estas imágenes de Raimunda con los ojos siempre llorosos, mucha ojera y exagerado maquillaje “corrido”. Raimunda no es una heroína y jamás lo será. La Loren siempre fue heroína. Representó el papel de la mujer eterna, una especie de pachamama italiana. Raimunda no. Es débil, a pesar del escote y el brillo del cuchillo en el agua del fregadero. Aquí, Almodóvar nos dice: “Esto es mentira”.
Más fuerte es la hija que se carga al padrastro degenerado. Raimunda es una fugitiva, no huye del mundo, huye de sí misma y de su historia personal. La hija es hija de su padre, o sea, su hermana. Un buen cruce y refrote familiar. Cosa de todos los días por estas tierras.
Raimunda es una chica empeñosa y trabajadora y si hay que meter el cadáver de Paco en la heladera, ¿cuál es el problema? Nuevamente, el director nos hace un guiño. Porque la estética melodramática exige que Raimunda accione de este modo. Ésta es una película que habla de mujeres: desde la adolescente hasta la más vieja.
Recuerdo “Tomates verdes fritos”, dirigida por Jon Avnet (Fried green tomatoes at the Whistley stop cafe, 1991), donde el abusador es hervido en un caldero que está en un patio. Después se lo comen, claro. Hasta el policía que busca al “desaparecido” prueba el estofado. Y harto que le gusta. Redundancia.
Lorca no está en “Volver”. Puede que esté Artaud, en la seducción de la crueldad a través de la mirada de Almodóvar. Y, mucho más cerca, Manuel Puig. Todas las historias que se presentan son las del uso y abuso de la mujer. También son las historias de la oblicuidad: las lloronas, las que rezan, las que lavan tumbas, las que fingen, las “adúlteras”. Todas íbamos a ser reinas, pero no lo fuimos. A pesar de eso, somos fuertes. Ese es el lema de “Volver”. Y qué mejor que un tango para Almodóvar: la mezcla ideal que aleja al personaje Raimunda de Sofía Loren. Ella le canta a la madre que está escondida en el auto. No le canta a un hombre. La madre es la que vuelve con las sienes plateadas a teñirse y (a) cortarse “los años”, porque las mujeres de Almodóvar siempre serán coquetas y dignas. Aquí hay pastiche, melodrama y kitsch, y también dignidad en todos los personajes. Esto, que puede sonar tan sobredimensionado, o tan de mina, dependiendo del ojo, impacta y emociona. Una se corta el pelo; la otra no tiene pelo: tiene cáncer. El corrillo de mujeres cree en las apariciones, pero al final, la madre, la que vuelve, la que estuvo escondida, se encarga de refutar esas creencias. De este modo, las mujeres de esta película escapan del estereotipo, siendo estereotipo.
Los elementos externos: el viento, la amarillez del paisaje, por ejemplo, funcionan como signos temporales: significan un tiempo pretérito degradado, al igual que el presente que vuelve para intentar una mejora.

Es cierto: Raimunda tiene aires de Sofia. Pero su imagen kitsch, como copia inferior de un estilo que ya no existe, se encarga de borrar los retazos superficiales, es decir, lo meramente físico.
Ella es la anti-Sofia. La imitación es tan inverosímil que el espectador se forja otra imagen, que no es precisamente la del escote y la del delantalito que realza la figura perfecta de Penélope Cruz.

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En el ojo de la tormenta: "Todo Caliban", de R. Fernández R.

Por Lilian Elphick


Roberto Fernández Retamar dictó una clase magistral ayer 15 de marzo en el Campus Juan Gómez Millas de la Universidad de Chile . Gracias por tus necesarias palabras, querido Roberto.
El siguiente ensayo fue escrito el año 2006.

Introducción
El propósito de este trabajo es revisar el pensamiento del poeta y teórico cubano Roberto Fernández Retamar , plasmado en el ensayo “Caliban”, publicado por primera vez en 1971 en la revista Casa de las Américas, La Habana, Cuba. A este ensayo siguieron otras reformulaciones del mismo tema o, como el mismo autor señala, “relacionados con el “concepto-metáfora” o el “personaje conceptual” de Caliban” (R.F.R:5) (1). Éstos son: “Caliban revisitado” (Revista Casa de las Américas, 1986); “Caliban en esta hora de nuestra América” (Revista Casa de las Américas, 1991; “Caliban quinientos años más tarde” (Nuevo texto crítico, 1993); “Adiós a Caliban” (Revista Casa de las Américas, 1993).
Se tratará aquí, entonces, de seguir la huella a lo largo de veintidós años de este concepto-metáfora, de ver cómo ha evolucionado la idea de Caliban (sin acento en la “a”, por indicación del autor) en el contexto socio- histórico y político de una Latino América de los años ’70, hasta la época actual, de este Sur separado, “de ese nuevo Sur que hasta hace poco se llamó en buena parte Este.” (p.6).

Entre la “Noticia” que Roberto Fernández Retamar (de ahora en adelante R.F.R.) hace en 1998 y la “Noticia Actualizada” a una nueva edición del 2004 (2), se puede apreciar claramente el interés que ha suscitado el tema. R.F.R incluye una larga lista de autores y obras “que se han valido de Caliban”:


“…Suniti Namjoshi, en «Snapshots of Caliban» (1989); Michelle Cliff en «Caliban’s Daughter: The Tempest and the Teapot» (1991); Kamau Brathwaite, en «Letter Sycorax» (1992); Jimmy Durham, en «Caliban Codex» (c. 1995); Lemuel Johnson, en «Highlife for Caliban» (1995). (Cf. «The Tempest» and Its Travels, ed. por Peter Hulme y William H. Sherman, Londres, 2000, p. 310.) Si así ocurre en el terreno de la ficción, en el de los estudios la persistencia no es menor. Ello se colige de títulos como Shakespeare’s Caliban: A Cultural History (Nueva York, 1991), de Alden T. Vaughan y Virginia Mason Vaughan; el volumen dedicado a Caliban (1992), editado y presentado por Harold Bloom, en la serie Major Literary Characters, de Chelsea House, y la compilación Constellation Caliban. Figurations of a Character (Amsterdam-Atlanta, GA, 1997), editada por Nadia Lie y Theo D’haen. En el prefacio del último de los libros citados, los editores comienzan diciendo que mi ensayo de 1971 «lanzó un llamado a considerar la literatura y la historia no sólo desde el punto de vista de Próspero, sino también del de Caliban»; y después de nombrar obras posteriores, aventuran: «De hecho, toda una nueva disciplina parece haber emergido: la “Calibanología”». Al comentar aquel libro, Francisco Lasarte afirma: «Caliban ha demostrado ser un símbolo duradero y flexible que ha sobrevivido grandes cambios en la realidad política latinoamericana y mundial (y, cabe destacarlo, en aquel centro de la calibanología, el mundo académico universitario, sobre todo en Estados Unidos)». Y también: «Irónicamente [...], le debemos al ensayo “subversivo” de un crítico cubano, de un representante del “Tercer Mundo”, la publicación de textos sobre figuras canónicas de la cultura occidental como Shakespeare mismo, William Wordsworth, Ernest Renan y W. H. Auden» (F.L.: «Caliban Superstar», Estudio analítico del signo lingüístico. Teoría y descripción. Bajo la dirección de Bob de Jonge, Amsterdam-Atlanta, GA, 2000, p. 108).” (R.F.:8).

Como se aprecia, el tema –con todas las variaciones que pueda tener- parece inagotable. Es una obviedad decirlo, pero mientras haya Prósperos seguirán existiendo Calibanes, y esto lo sabe de sobra R.F.R que en “Adiós, Caliban” abre la gran puerta al debate de los estudios culturales latinoamericanos, tanto dentro como fuera del continente, con sus apreciaciones, por ejemplo, sobre el ‘mestizaje cultural’, aspecto que será revisado más adelante. De un modo tan cortazariano, el tema lo eligió a él, así como eligió a Colón, Shakespeare, Montaigne, E. Renan, Rodó, etc.

“…Dado que amo tanto la poesía como deploro lo “poético”, lo realmente valioso es para mí la zona de la realidad iluminada por Caliban, quien durante la segunda mitad de este siglo ha estado encarnando en el mundo de las ideas y en el del arte al colonial trabajador.” (R.F.R:6).

Es necesario preguntarse por qué R.F.R escribe en 1971 su “Caliban”. En primer lugar, se debe precisar que su compatriota José Martí es un componente esencial en sus ensayos. La óptica de Martí es la “de un demócrata revolucionario extremadamente radical, portador de las clases populares, que inaugura una nueva etapa en la historia y en el pensamiento de nuestra América.”(3) En segundo lugar, hay dos sitios desde donde habla R.F.R: 1) Desde el interior mismo de la Revolución Cubana, inserto como un intelectual orgánico (Gramsci (4) o ‘intelectual situado’ (Sartre), en contexto; 2) Desde los movimientos de liberación nacional, anticoloniales y antineocoloniales, que se activan después de la Segunda Guerra Mundial, pero que tienen su ápice en los años ’60. Estos movimientos suponen una mezcla de tercermundismo y marxismo que puso en conflicto al campo socialista liberado por la Unión Soviética.
“Caliban” se escribe en el marco de la coyuntura específica del Caso Padilla de 1971 que genera una crisis en la Revolución Cubana. El Caso Padilla es un síntoma del endurecimiento de las políticas cubanas. R.F.R en “Caliban” revisa y rebasa esta coyuntura particular.
En el Prefacio a la edición estadounidense de “Caliban” (ya traducida al español), Fredric Jameson sostiene que la imagen de R.F.R. es la del intelectual político, el ‘último intelectual’ al modo de Russel Jacoby, imagen fagocitada por el Postmodernismo (léase capitalismo avanzado):

“En el espíritu de Jacoby, pues, podemos reconstruir a partir de estos ensayos de Roberto Fernández Retamar cierta imagen y cierta función del intelectual político que nosotros mismos hemos perdido. Él ofrece el ejemplo de dos clases de identificaciones que solían definir a ciertos intelectuales, incluso en Occidente, pero que hoy parecen decisivamente en decadencia, y no sólo entre nosotros. Poeta y ensayista, combina aún el clásico compromiso supremo del intelectual hacia el lenguaje en todas sus capacidades que ha sido, en el capitalismo tardío, minado de modo sistemático por la especialización y la creciente división social del trabajo (algo que suele deplorarse en concreto como el repliegue de los críticos y teóricos literarios en la universidad).
Mientras tanto, como un «esteta» —si uno puede caracterizar así la gran vocación poética y visionaria del Poeta que sobrevive en la América Latina y en otras pocas tradiciones nacionales—, su compromiso con la política es igualmente absoluto”. (5)


"Caliban" y los siguientes ensayos han de entenderse como proyectos utópicos, sobre todo ahora en que las utopías han desaparecido. Baste recordar las palabras de Gabriel García Márquez en el Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 (6) que originan un ideario para América Latina: “La interpretación de nuestra realidad- dice Márquez- con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios.” Por lo tanto, la tarea, el proyecto utópico, de los escritores es construir una unidad lingüística donde los aspectos paradojales de la realidad americana queden capturados. Una América repleta de dictadores, pobreza y varios ‘ismos’ que la constituyen como híbrida y en búsqueda desesperada de identidad. Para esta realidad desaforada que incluye ríos gigantescos y calibanes, el Secretario General de la OEI, Francisco Piñón (7), señala que es necesario para Latinoamérica “poner en práctica un mundo de identidades comunicables”. (Piñón.2004).
Parafraseando a Abel Posse (Novela Los perros del paraíso (8)), los perros eran mudos porque no tenían nadie a quien ladrar, no había motivo alguno. Pero la lección aprendida es que esos ‘perros’, que no son sino los quiltros o escuincles que pueblan la América, aún no tienen voz ni voto, siendo que sí existen suficientes motivos para ladrar o morder con rabia. “Gente es sin dios ni ley…”, versificó Ercilla en La Araucana; ahora esa gente no tiene nada que perder porque ya lo perdió todo: sus tierras, sus lagos, sus ríos, el poder de sus sueños y su lenguaje. Un verdadero ‘boom del subalterno’, pero que no explota, sino que implota en miseria y violencia.
R.F.R. con sus Calibanes también construye, a lo largo de los años, una unidad lingüística y metafórica o un mapa cognitivo (9) en permanente revisión y re-creación. Él actúa, escribe y sigue siendo un productor cultural comprometido con nuestra América. El que siga siendo un intelectual a secas o uno ‘orgánico’ no reduce la complejidad de su perfil, es más, es parte de la riqueza de su perfil. (10)
R.F.R. es lo que es gracias a sus debates, críticas y contradicciones, propias de todo buen escritor; más que un combatiente es un “escudero de la imaginación”. (11).


El primer Caliban


Una palabra se come a la otra


El texto es una relectura creativa de otra relectura de un texto base: La Tempestad de W. Shakespeare (1611). También es una relectura del Ariel de J.E. Rodó (1900), que, a su vez, se genera de la lectura de Caliban. Suite de La tempête de Ernst Renan (1878). El ensayo “De los caníbales” de Montaigne (1580), según R.F.R, “fue una de las fuentes directas de la última gran obra de Shakespeare, La Tempestad.” (p.16). Yendo más atrás, es preciso determinar el origen del término ‘caliban’, anagrama shakesperiano de ‘caníbal’, este último término acuñado por Colón en 1492, que pensó que el habitante caribe “no es otra cosa sino la gente del Gran Can” (p.13).

“El caribe, por su parte, dará el caníbal, el antropófago, el hombre bestial situado irremediablemente al margen de la civilización, y a quien es menester combatir a sangre y fuego.” (Ibid: 14).


El texto de Shakespeare cuenta la historia de Próspero, duque de Milán, derrocado y exiliado por su hermano Antonio. Próspero navega sin rumbo, y se instala en una isla del archipiélago de Las Bermudas. Cuando la pieza teatral comienza, Próspero y Miranda, su hija, llevan doce años viviendo allí. Al servicio de Próspero están Ariel (“genio del aire”) y Caliban (“esclavo salvaje y deforme”). Caliban es el hijo de Sicorax, la bruja, antigua dueña de la isla.


José Enrique Rodó concibe a Próspero como el intelectual, el maestro de las jóvenes generaciones latinoamericanas, las que conducirán el destino de América Latina. Ariel representa la encarnación del espíritu de Occidente, es decir, de la cultura europea descendiente de la grecolatina. Caliban es la materia, representa la cultura de los Estados Unidos. Para R.F.R., en contra de la opinión de Rodríguez Monegal, Rodó concibió Ariel “a raíz de la intervención norteamericana en Cuba en 1898, como una respuesta al hecho”. (p.28). Lo que hace R.F.R. en 1971 es resignificar el texto de Rodó; profundizar en las tres figuras y sus funciones; “repensar nuestra historia desde el otro lado” (p.30). Próspero corresponde a la cultura de la dominación, es decir, al imperialismo norteamericano. Ariel es el intelectual latinoamericano y, en general, del ‘Tercer Mundo’, que vive y produce bajo las condiciones del colonialismo y el imperialismo. Caliban representa las masas latinoamericanas explotadas en estas condiciones, herederas de una tradición cultural e intelectual. “No conozco otra metáfora más acertada de nuestra situación cultural, de nuestra realidad”, señala R.F.R, para luego nombrar a más de setenta autores y autoras de nuestra América. “¿Qué es nuestra historia, qué es nuestra cultura, sino la historia, la cultura de Caliban? (pp. 25-26). Y en esta pregunta se encierra el complejo tema de la identidad: “Nos llaman mambí (en Cuba), nos llaman negro para ofendernos; pero nosotros reclamamos como un timbre de gloria el honor de considerarnos descendientes de mambí, descendientes de negro alzado, cimarrón, independentista; y nunca descendientes de esclavista”. (p.29).

¿De qué cultura habla R.F.R en su pregunta? La concepción de cultura sigue siendo la de la producción de las grandes contribuciones del espíritu humano, es decir, de la alta cultura. En su concepción de América Latina no tiene que ver el factor lingüístico. América Latina incluiría la totalidad del Caribe: Haití, Jamaica, Antillas Holandesas, etc., y Brasil.


Martí o la Honda de David (12)


Como ya se señaló, José Martí es el axis mundi en el pensamiento de R.F.R. El artículo “Nuestra América” publicado en el periódico mexicano El Partido Liberal el 30 de enero de 1891, es “el más importante documento publicado en esta América desde finales del siglo pasado hasta la aparición en 1962 de la Segunda declaración de la Habana…”, y agrega el autor cubano que “después de la Revolución Cubana, y gracias a ella, que Martí está siendo “redescubierto y valorado” (p.32). Como asevera R.F.R, “El verdadero hogar de Martí era el futuro.” (p.32). Martí no sólo percibe el advenimiento de la modernidad, sino que fue uno de los primeros intelectuales en darse cuenta de las dimensiones del peligro imperialista de Estados Unidos y de la probabilidad de la miseria en ese mundo moderno. Dicho de otro modo, prevé una modernidad capitalista al mismo tiempo que Karl Marx elaboraba su trabajo.


Para Martí es indispensable estar con los ‘nuestros’; el único modo de resolver los problemas de Latino América es crear lo propio: “La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra” (pp.37-38). La antítesis al pensamiento de Martí es el Facundo de Sarmiento. “No hay batalla entre civilización y barbarie, sino entre falsa erudición y la naturaleza”. (p.38). La fórmula racista civilización-barbarie es para Martí una falsa oposición. Latino América está montada sobre una mentira; bajo la apariencia de la autonomía se esconde una traición, una inautenticidad profunda. (13).
“La supuesta barbarie de nuestros pueblos-acota R.F.R.- ha sido inventada con crudo cinismo por “quienes desean la tierra ajena”; los cuales, con igual desenfado, daban el “nombre vulgar” de “civilización” al “estado actual” del hombre de Europa o de la América europea”. (p.39).


El equipo de Borges


R.F.R pone en la palestra a dos escritores latinoamericanos: Jorge Luis Borges y Carlos Fuentes. “La obra de Borges-señala el cubano-, escrita en un español que es difícil leer sin admiración, es uno de los escándalos americanos de estos años”. Hay dos Borges a quien admirar y detestar, sobre todo cuando el argentino dice que “Creo que nuestra tradición es la europea”, eco del “Pertenecemos al Imperio Romano” de Sarmiento. Pero en el “Creo” de Borges está la diferencia. Sutil, pero diferencia al fin y al cabo. “La escritura de Borges –asevera R.F.R- sale directamente de su lectura, en un peculiar proceso de fagocitosis que indica con claridad que es un colonial y que representa a una clase que se extingue. Para él la creación cultural por excelencia es una biblioteca; o mejor: un museo, que es el sitio donde se reúnen las creaciones que no son de allí: museo de horrores, de monstruos, de excelencias, de citas o artes folklóricas…” (p.48). Sin embargo, R.F.R olvida que, por ejemplo, tanto Emma Zunz como El Muerto, por ejemplo, muestran a una América convulsionada, híbrida y laberíntica, rebelada de las diferentes entidades opresoras por medio del ejercicio de la violencia.
Como perteneciente a la mafia mexicana y también al bando clasista de Borges, R.F.R sitúa al escritor Carlos Fuentes que “invariablemente toma partido por la civilización y contra la barbarie” (p.51) en su “librito” La nueva novela hispanoamericana y que rompe con Cuba después del Caso Padilla. El método crítico del libro de Fuentes –acusa el cubano- “es una generalización de la práctica literaria contemporánea(…)de otras literaturas, no de la literatura hispanoamericana.” (p.53). Este aspecto será ahondado en Para una teoría de la literatura hispanoamericana (1975) donde reclamará una teoría específica para la literatura hispanoamericana, porque contribuye a la descolonización. Una teoría general es una teoría colonial producida por los países dominantes.


Ha dicho:¡Basta! y ha echado a andar


El resultado de la batalla intelectual acerca de la civilización y la barbarie da como resultado dos genealogías:

1) La cultura de los opresores (Próspero y Ariel) que pretenden “englobarnos en el “mundo libre”, para así legitimar la ideología del colonizador, y 2) La cultura de los oprimidos (Caliban), la cultura de la resistencia que ha dicho ¡Basta! y que responde haciendo valer su síntesis mestiza, hija de la Revolución y del socialismo.

R.F.R cita bastantes ejemplos de esta resistencia: Sublevación de Tupac Amaru en 1780; Independencia de Haití en 1810; Revolución Mexicana en 1910; Revolución Cubana en 1959; derrota de EEUU en Playa Girón en 1961; gobierno de Salvador Allende en Chile en 1970.


“Nuestra cultura es –y sólo puede ser- hija de la revolución, de nuestro multisecular rechazo a todos los colonialismos; nuestra cultura, al igual que toda cultura, requiere como primera condición nuestra propia existencia. (…) La cultura latinoamericana, pues, ha sido posible, en primer lugar, por cuantos han hecho, por cuantos están haciendo que exista ese pueblo magno” de “nuestra América”. (p.60).

Con respecto al intelectual latinoamericano, R.F.R. acota que “la intelectualidad que se considere revolucionaria debe romper sus vínculos con la clase de origen (con frecuencia, la pequeña burguesía), y también debe romper sus nexos de dependencia con la cultura metropolitana que le enseñó, sin embargo, el lenguaje conceptual y técnico.” (p.63). Siguiendo las huellas de Mariátegui, R.F.R. postula un socialismo ‘propio’ para Latino América, el “socialismo indo-americano”, aunque no olvida la herencia del socialismo europeo.
La reflexión hecha en este ensayo es la de un intelectual que defiende con dientes y uñas la Revolución Cubana; siendo hijo de ella, R.F.R. no escatima en elogios y en incendiados vituperios y críticas. Y una fuerte crítica es la que hace Silvia Spitta a R.F.R que lo acusa de ser el más arielista de los arielistas:


“Retamar, a través del Che, les propone a los intelectuales de su época –asumidos como blancos- de pintarse de negro. Esta lectura resulta chocante después de años de haber asumido –con tantos otros críticos- que Caliban eran Retamar/Fidel/Martí y resulta que una lectura más cuidadosa (y a lo mejor una lectura sólo posible al final de los años noventa), nos demuestra que Retamar (muy a lo Rodó) sigue identificándose con Ariel y el pueblo cubano alzado es negro, mulato y calibanesco.”(Spitta: 279). (14)


Spitta mal interpreta las palabras del Che y, de paso, las de R.F.R.; su lectura postmodernista da por literal la acepción “pintarse de negro” como tomar el betún de los zapatos y untarse la cara para “ser” negro. El mismo Che lo dice claramente: “Hay que bajar al pueblo, hay que vibrar con el pueblo…” (R.F:70). Es decir, hace un llamado a que los intelectuales y los poetas bajen del Olimpo, como versó Nicanor Parra. La sangre “blanca” del Che no regó las avenidas de Buenos Aires, sino que regó la selva boliviana cuando colgaron su cadáver del patín de un helicóptero para trasladarlo a Vallegrande. (15).

Caliban Revisitado

R.F.R. escribe este ensayo quince años después que el primer Caliban y argumenta que éste se escribió en el contexto específico de la reafirmación y revaloración de la Revolución Cubana, después del Caso Padilla, aunque no exclusivamente debido a este hecho, como lo explica más adelante, sino también como una “reinterpretación de nuestro mundo; a la luz exigente de la revolución” (p.83) y un paso natural a seguir después de la escritura de los ensayos “El son del vuelo popular” (1962); “Martí en su (tercer) mundo” (1965) e “Introducción al pensamiento del Che” (1967) . Dados los múltiples comentarios que surgieron en torno al primer Caliban, según el cubano, algunos equivocados, lo han llevado a tener un sentimiento de extrañeza con su propia obra: “ha habido ocasiones en que se ha convertido en un material irreconocible para mí.” (Ibíd:74). Por lo tanto, es necesario para R.F.R. “recordar…cuál fue la circunstancia de su nacimiento.” (p.74).


“Aquel (década del ’70) fue un momento hermoso en que en muchos países la vida intelectual estuvo, al menos en considerable medida, hegemonizada por la izquierda: como en este momento en que escribo está, en no pocos países capitalistas, hegemonizada por la derecha.” (p.75).


Sin embargo, este momento de nueva canción y nuevo cine, de coloquios y becas, se vería empañado tras la carcelación de Herberto Padilla, acusado de “actividades contrarrevolucionarias (no por la redacción o la publicación de poema alguno)” (p.78). Este hecho genera una polémica entre los intelectuales franceses y latinoamericanos, “en una abierta inculpación contra la Revolución Cubana, al dar por sentado “el empleo de métodos represivos” (p.79). Cartas van, artículos vienen (Revista Mundo Nuevo, Revista Marcha). Cortázar- gran amigo de R.F.R.- termina escribiendo que “si algo sirvió en definitiva el caso Padilla, fue para separar el trigo de la paja fuera de Cuba” (p.81). Sin embargo, señala el cubano, la Revista Mundo Nuevo “dejó sembrada en gentes muy variadas la posible desconfiada hacia la revolución latinoamericana, que entonces sólo podía ofrecer el ejemplo victorioso de Cuba.” (p.78).

Este bombardeo de acusaciones y protestas lleva a R.F.R a escribir “Caliban” “en unos cuantos días, casi sin dormir ni comer, mientras me sentía arrinconado por algunos de los hombres que más había apreciado...” (Esta premura) “…es responsable de varios cabos sueltos en el trabajo, que dieron lugar a malentendidos.”(p.85).

Náufrago de su propia tempestad escritural, R.F.R. echa amarras en los ensayos “Nuestra América y Occidente”, “Contra la leyenda negra” y “Algunos usos de civilización y barbarie”.

Con respecto a Borges y Fuentes, citados en este ensayo, el autor “dulcifica” sus antiguas apreciaciones. Borges es “aún superior de lo que me parecía hasta entonces”, y Carlos Fuentes es “uno de los más importantes narradores latinoamericanos de estos años.” (85), aunque acota que su posición política sigue oscilando entre dos aguas.


“Mi aspiración no es, no fue nunca, presentar la América Latina y el Caribe como una comarca cortada del resto del mundo, sino como una parte del mundo…, no como una mera paráfrasis de Occidente” (p.86).

Caliban en esta hora de nuestra América


Hay dos temas importantes relacionados entre sí en este ensayo: 1) El avance del capitalismo y el pendulazo derechista de los países “subdesarrollantes”, en especial, la política invasora e intervencionista de los Estados Unidos en Chile, Granada y Panamá, por citar algunos países; y 2) El modernismo literario, el diálogo entre modernismo y modernidad y el postmodernismo.


Olvidando, aunque no del todo, las contiendas pasadas, R.F.R hace un excelente análisis de la situación socio-política y literaria de Latino América. Como el amontillado, con los años el autor adquiere un temple más grueso y sus palabras tienen el sabor de una crítica más reposada. Se lo paladea sin llegar a asimilarlo con aquel personaje emparedado de E. A. Poe que, en su desesperación final, grita un “Por el amor de Dios, Montresor” inaudible ya. Nemo me impune lacessit reza la divisa del escudo de armas familiar del ofendido. Nadie me ofende impunemente. Éste podría ser el lema latinoamericano, pero no lo es. La venganza metafórica de R.F.R. es seguir escribiendo acerca de Caliban, transformado ya no en un monstruo tuerto y sin lenguaje propio, ya no en el que maldice en el mismo idioma de su opresor-enseñador, ya no en el Caliban nuevo, el hombre nuevo, sino que en uno derrocado y fragmentado por la circunstancia capitalista.

¿Podrá Caliban soñar otro mundo? ¿Tendrá R.F.R. que construir otra imagen de lo que es y será Latino América?


“Nos encontramos en un mundo unipolar, donde los Estados Unidos (…) son más arrogantes y agresivos que nunca. (…) Las consecuencias de ese cuadro para la América Latina y el Caribe disgregados son sin duda alarmantes. (…) La contradicción entre los países subdesarrollantes y los países subdesarrollados (expresión acuñada por los técnicos de las Naciones Unidas entre 1944 y 1945) por aquellos no sólo ha conservado sino que ha acrecentado su vigencia, y es hoy la contradicción principal de la humanidad.” (pp. 92-95).


Con respecto al diálogo entre modernismo y modernidad, R.F.R revisa a tres autores: Rafael Gutiérrez Girardot, Iván A. Schulman y Ángel Rama. Siguiendo dos citas de Rama, R.F.R. concluye que “lo que se ha dado por llamar modernidad en relación con nuestra América es el resultado de un proceso de modernización del capitalismo dependiente en la zona. (…) La modernidad a la cual se abría entonces nuestra América era una dolorosa realidad: entre 1880 y 1920 nuestros países son uncidos como tierras de explotación, al mercado del capitalismo monopolista.” (p.100).

En cuanto al postmodernismo, R.F.R. cita, entre otros, a Jameson y Lyotard, el cual anuncia que “saber es poder” y ‘el fin de los metarrelatos’, que dan paso a la multiplicación de las verdades parciales concretadas en mínimos discursos validados sólo parcialmente y por un tiempo finito. Ante este panorama y siguiendo, como siempre, el legado de Martí, R.F.R hace un llamado a la integración de América Latina, respetando a “las diferencias que son riquezas”. La proclama utópica –muy similar a las de Marcuse, Jameson, Eagleton (16), etc.- contempla “una etapa realmente ecuménica, generosa y fraterna, dentro de la cual se hará viable el complejo “fenómeno humano” también en el continente que honrarán tantos hombres y mujeres “desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl” hasta estos días arduos en que sería indigno arriar la esperanza.” (p.112)

El que R.F.R. hable de ‘diferencias’ y, al fin, incluya a las mujeres como parte del “fenómeno humano”, indica una evolución en su pensamiento.

Caliban quinientos años más tarde o las oleadas de sudacas


Sólo dos años de diferencia hay entre este ensayo y el anterior, dos años en que R.F.R. ya no vislumbra un futuro esplendor para Latino América y el resto del mundo. Sida, hambre, drogas, guerra, son los cuatro jinetes que aniquilan la vida, sobre todo la de esas “oleadas de sudacas (que) avanzan como marea de lava hirviente”. (p.137). También podría incluirse las oleadas de inmigrantes que recorren las calles de Londres, París o Berlin.
El propósito del ensayo, como señala R.F.R, es “hablar desde Caliban, no siempre sobre él. Esto es lo que el ojo de Caliban ve, lo que la voz de Caliban dice quinientos años más tarde. Después de todo, es la mirada y no el objeto mirado lo que implica genuinidad.” (p.116). Y esta mirada se fija en la palabra o en el conjunto de palabras que, desde 1492, vienen formando el aparato ideológico del capitalismo: Descubrimiento, Occidente, Tercer Mundo, países subdesarrollados, en vías de desarrollo.


“El término “civilización” –señala R.F.R.-, creado a mediados del siglo XVIII, implicó que el verdadero ser humano vive en la ciudad (del lat. cives), mientras que quien prácticamente no es humano vive en la selva y es un salvaje (del lat. silva provienen el ital. “selvaggio”, el fr.”sauvage”, el esp. “salvaje”, el ing. “savage”). La presunta civilización designó el estado que tenía entonces Occidente, y fue considerada la forma única de vida realmente humana, arrojando a las comunidades del resto del planeta (…) a la condición de salvajes o bárbaros…” (p.123).
Con respecto a la oposición civilización/barbarie, siempre presente en los ensayos de R.F.R, y el análisis de los países latinoamericanos le sirven “para afirmar que la contradicción entre unos países y otros…no sólo ha conservado sino acrecentado su vigencia, y es hoy la contradicción principal de la Humanidad.” (p.127).


El concepto acuñado por el autor en 1968: “países subdesarrollantes” da a entender la visión calibanesca de que esos países se desarrollan gracias a que subdesarrollan a otros países. La terminología del desarrollo y sus variables ‘sub’ o ‘en vías de’ son un modo más aséptico de nombrar a países colonizadores y países colonizados-atrasados o neocolonias. Para el autor, ésta es la terminología de Próspero y hay que objetarla: “hablar de nuestra era neocolonial llamándola poscolonial (al confundirse rasgos políticos más bien superficiales con profundas y decisivas estructuras socioeconómicas) implica la aceptación, acaso involuntaria, de otra de las resonantes falsedades de Próspero.” (p.134).

Para Zulma Palermo (17) “tales falsedades no harían sino prolongar las situaciones del colonialismo ya conocidas pero recubiertas hoy con nuevos ropajes surgidos de las tecnologías de punta…” (Palermo: 186).

En las páginas finales, la preocupación de R.F.R. es por el futuro, no sólo de Latino América, sino del mundo entero. Su proyecto utópico rebasa el latinoamericanismo y postula una cultura de humanidad, posoccidental, sin Norte ni Sur. “La imaginación es más importante que el saber”, recalca, citando a Albert Einstein. Imaginación, creación, y confianza como fuerzas vitales “para entrar sin temor en la amenazada casa del futuro.” (p.141).
Adiós Caliban y la historia se nos llueve

1993. ¿Vendrán nuevos Calibanes a repetirnos la desgastada historia de un continente solo? ¿Tendrá Roberto Fernández Retamar otra ocasión de no saber quién es el que escribe, si Caliban o él, o los dos?


“En cierta forma discuto conmigo, con el que fui, con el que me hicieron” (p.156), confiesa al borde del cierre de su último ensayo que, aparte de los agradecimientos y el reconocimiento de que las mujeres existen, expande e insta a los futuros /as teóricos /as a revisar, criticar, explorar los complejos temas del mestizaje y la diferencia étnica y sexual. Para R.F.R. su concepción de mestizaje es cultural más que étnica, basada principalmente en los postulados martianos de “Nuestra América”: “No hay odio de razas, porque no hay razas”. “En ese antirracismo martiano (…) se afinca su concepción del mestizaje. (…) El mestizaje es en Martí popular, auténtico, antirracista; y en las oligarquías y sus voceros, tramposo, señorial, otra manifestación (astuta) del racismo”. (p.151). La “transculturación” (proveniente del trabajo de su compatriota Ortiz-1940, y que posteriormente utiliza Rama en Transculturación narrativa en América Latina-1982), según el autor, “sólo se logra a plenitud cuando se ha extinguido la explotación, condición, por otra parte, necesaria pero no suficiente (…) y condición que requiere faenas de varia naturaleza realizadas en común por los distintos conglomerados que habitan en un país: lo que puede llamarse una transculturación política.” (p.153).


Hay varios aspectos importantes que Amaryll Chanadi (18) resalta de este ensayo:

1) “[…]La diversidad, en este ensayo,[…] implica una concepción teleológica del ser humano”; 2) [En “Adiós a Caliban” hay] “una actitud crítica hacia la noción de Caliban como símbolo de una América Latina “auténtica” (e indiferenciada)”; 3) “Deconstrucción del binarismo simplista entre Caliban y Próspero” al explicitar que no pueden homologarse las “sobrevivencias africanas idiomáticas […] con las de los indios”; 4) Rechazo de la concepción idealista del mestizaje y problematización de la homogeneización; 5) Rechazo a “la proletarización de los indígenas y afroamericanos”; 6) “Critica […] el no reconocimiento de los idiomas indígenas en un monolingüismo español o portugués, denunciando a los países latinoamericanos por “imponer a sangre y fuego otra civilización” […]” ; 7) “[…] Completa aquí el paradigma iluminista de los derechos humanos con una plegaria por la heterogeneidad y la diferencia. […] Fernández Retamar demuestra una concepción de la diferencia muy distinta de la que manifestaba en Caliban.” (Chanadi:248-250).


Un punto que R.F.R. omite u olvida en todos sus ensayos acerca de Caliban es que- y aquí se cita a Eisler- el capitalismo en “su énfasis respecto a la adquisición individual, la competitividad y la codicia (la motivación de la ganancia), su sentido jerárquico inherente (la estructura de clases) y su continua confianza en la violencia, […] sigue siendo fundamentalmente androcrático.” (Eisler:184). (19).
La historia se nos llueve porque Latino América no tiene un techo identitario que la cobije de las diversas teorías de la hibridez, la heterogeneidad, lo trans y metacultural. Un continente-problema con miles de piezas que no calzan en el puzzle de los estudios culturales latinoamericanos, ya sean los del Norte o los del Sur.


Conclusiones


No hay conclusión para Latino América en los ensayos revisados; el continente permanece abierto a la palabra escrita y a la oral, precaria e insegura, en términos de Ángel Rama (p.43) (20). La América inconclusa, en permanente rebelión, va gesticulando sus máscaras culturales, entremezclándose, anudándose y desanudándose en multiplicidades literarias.
Adriana Valdés (21) sostiene que “el tema de la dimensión cultural de lo latinoamericano se sitúa de lleno en la descripción de lo contemporáneo en una dimensión de futuro que no es la del deseo. […] En el contexto del Tercer Mundo “lo específicamente latinoamericano [es] hoy un rasgo cultural: una experiencia de quinientos años en la incursión constante de lo extranjero y de lo nuevo, lo que ha producido una historia llena de claves respecto de temas que, como el mestizaje, la hibridez, el sincretismo, la transculturación, trascienden hoy la problemática latinoamericana para adquirir nueva vigencia cultural en un mundo que crecientemente se internacionaliza.” (Valdés.1991:10).

Los cinco ensayos de R.F.R. son y serán importantes referencias para los estudios sobre literatura, cultura e identidad latinoamericanas. “La metáfora no se ha desgastado, señala Amaryll Chanadi (22), e innumerables trabajos siguen apareciendo sobre ella en diferentes países. (…) Su significación para América Latina mantiene su vigencia a causa de la situación desastrosa del continente dentro de la economía mundial, tema que vuelve con frecuencia en los trabajos de Fernández Retamar.” (p.252).

En la entrevista que le hiciera Magda Resik (23) a R.F.R. en 2005, él insiste en la existencia de un mundo metropolitano y un mundo colonizado, la brecha Norte-Sur sigue abriéndose con más fuerza ahora. El binomio metrópoli-colonia o civilización-barbarie, también puede ser entendido como división ciudad-campo.

Para Silvia Spitta (24), ésta se constituye como figura central del pensamiento latinoamericano:


“A diferencia de Europa y Estados Unidos donde (…) se ha constituido la identidad occidental al privilegiar el tiempo ya la historia (entendidos como lo vivo, lo fluido, lo ontológico) por sobre el espacio (lo muerto, lo inerte), América Latina ha seguido un proceso diametralmente opuesto. La ciudad, lo urbano, la división campo-ciudad, ha dominado el pensamiento latinoamericano desde la Conquista hasta nuestros días.”


Existe una gran variedad de textos literarios latinoamericanos que han adoptado este tópico con recurrencia, mitificando o deconstruyendo uno u otro espacio. Es decir, se trata de tópico canonizado. Esto también significa una lucha entre lo escrito y lo oral, el centro y la periferia, la exclusión y la inclusión, lo público y lo privado.

Escribir América nunca ha sido ni será una tarea fácil. Sin embargo, lo han hecho R.F.R., Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Elena Garro y tantos /as otros /as escritores /as que han deconstruido la canonizada lógica occidental.


Cualquier canon, sostiene Mignolo (25), depende de la comunidad. En el caso de la gran comunidad de escritores /as, pensadores /as, intelectuales y académicos /as, a ellos /as les corresponde revalorar y resemantizar las “oscilaciones pendulares del mundo de la cultura” (Valdés: 9) de este continente estriado, antes de que la puerta se abra al olvido.

NOTAS
[1] Fernández Retamar, Roberto. Todo Caliban. Concepción: Atenea. 1998.


2Fernández Retamar, Roberto. Todo Caliban. Buenos Aires: CLACSO.2004.


3 Fernández Retamar, R. “América Latina y el trasfondo de Occidente”. En: América Latina y sus ideas.1986. Siglo XXI : México. Prólogo de L. Zea. Pg.319.


4 El intelectual latinoamericano tradicional- en el sentido de Gramsci- tiene que practicar un doble ejercicio de liberación de su persona y de su conciencia: 1) Liberación de clase; 2) Romper con su dependencia de la cultura metropolitana. Ese intelectual que libera su conciencia puede convertirse en un ‘intelectual orgánico’. Tendrá que aprender a vivir con los éxitos y fracasos de la construcción socialista.


5 Prefacio a Caliban and Other Essays, traducido por Edward Baker y publicado en Minneapolis por University of Minnesota Press, 1989. Documento PDF. Pg.13. En:
www.clacso.org

6 García Márquez, Gabriel. La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982. En www.ciudadseva.com

7 Piñón, Francisco. 1 al 4 de junio de 2004. Diversidad Cultural: Los desafíos del desarrollo en América Latina. Terceros Encuentros Internacionales de las Organizaciones Profesionales de la Cultura. Seúl, República de Corea. En:
www.oei.es

8 Posse, Abel. Los perros del paraíso. 2003. Barcelona : Random House Mondadori.

9 Jameson describe la finalidad de su teoría hermenéutica en términos de una cartografía (mapas cognitivos) que se propone situar al sujeto en la realidad social problemática en la que vivimos. Para esto retoma el concepto brechtiano de "arte pedagógico", de modo tal que el trazado de mapas cognitivos le proporcione "al sujeto individual un nuevo y más elevado sentido del lugar que ocupa en el sistema global". En: El Postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. 1991. España: Paidós.

10Ver Postscriptum de Mabel Moraña. En: Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos. 2000. Elzbieta Sklodowska y Ben A.Heller Eds. Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Universidad de Pittsburg.

11“Modesto escudero de la imaginación”. Entrevista a Roberto Fernández Retamar hecha por Esteban Navarro. En: Revista Simpson siete, Vol 4, Segundo semestre, 1993.


12 El programa martiano será “impedir a tiempo con la Independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América (…), impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que nos desprecia. (…) Viví en el monstruo y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David”. En Fernández Retamar, R. “América Latina y el trasfondo de Occidente”. Pg.317.


13 Aunque vaya por otro camino, esta imagen recuerda la superposición de culturas que Martin Lienhard tan bien ejemplifica con la pirámide mexicana y una iglesia católica montada arriba de ella. Esta quimera, que para Lienhard, es algo monstruoso (siguiendo las apreciaciones de Eisenstein), compuesta de elementos diversos, heterogéneos, para R.F.R sería un imbunche, un monstruo sin posibilidad de comunicación alguna, ya que sus orificios naturales han sido cosidos. Martin Lienhard. “De mestizajes, heterogeneidades, hibridismos y otras quimeras” En: Asedios a la heterogeneidad cultural. Libro de homenaje a Antonio Cornejo Polar. 1996. EEUU: Asociación Internacional de Peruanistas.


14 Spitta, Silvia. “Desdoblamientos calibanescos: Hacia lo complejo”. En: En: Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos. 2000. Elzbieta Sklodowska y Ben A.Heller Eds. Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Universidad de Pittsburg.


15 Estos datos han sido extraídos del ensayo “Los libros: compañeros inseparables de un condotiero del Siglo XX” del escritor boliviano Carlos Soria-Galvarro. En: Al Sur de la Palabra. IV Encuentro de escritores por el fomento del libro y la lectura. 2005. Edición General: Lilian Elphick. Corporación Letras de Chile. Santiago:Mosquito.


16 Eagleton, Terry. The ideology of the aesthetic. 1990. USA: Blackwell.


17 Palermo, Zulma. “De apropiaciones y desplazamientos: el proyecto teórico de Roberto Fernández Retamar”. En: Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos.


18 Chanadi, Amaryll. “El discurso calibanesco y la conceptualización de la diferencia.” En: Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos.

19 Eisler, Riane. El cáliz y la espada. 2005. Santiago:Cuatro Vientos.

20 Rama, Ángel. La ciudad letrada. 2004. Santiago:Tajamar.

21 Valdés, Adriana. Mujeres, cultura y desarrollo (Perspectivas desde América Latina.) . Serie Mujer y Desarrollo, División de Desarrollo , Unidad Mujer y Desarrollo, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Naciones Unidas, Marzo de 1991, Santiago de Chile.

22Chanadi, Amaryll. “El discurso calibanesco y la conceptualización de la diferencia.” En: Roberto Fernández Retamar y los estudios latinoamericanos.


23 Diálogo platónico con Roberto Fernández Retamar. Entrevista hecha por Magda Resik A. En:
http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=2695

24Spitta, Silvia. Prefacio: Más allá de la ciudad letrada. Darmouth Collage. En: www.pitt.edu

25Mignolo, Walter. “Los cánones y (más allá de) las fronteras culturales (o ¿de quién es el canon del que hablamos?” En: Sullà, Enric (Compilador). El canon literario. 1998. Madrid: Arco/ Libros.

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Historia con espinas

astrophytum myriostigma
lophophora williamsii (peyote)
carnegiea gigantea (saguaro)
L.
Ivalú

He esperado muchos, muchos años, para ver el glorioso momento del desenfreno amarillo de los astrophytum y el del lophophora williamsii, cuyas flores duran sólo un día. La mínima flor rosada del lophophora williamsii tiene un olor muy afrodisiaco: huele a sexo femenino. Los astrophytum huelen a sexo masculino. Perfecta relación yin-yang.
La carnegeia gigantea (saguaro) es un bebé aún (diez años) y dudo que en vida pueda verlo florecer. Vive con él una echeveria gris azulada.
Para las que amamos los cactus, vale la pena tener los dedos con espinas encapsuladas dentro de la piel. Odio los guantes de jardinería. Claro que las doscientas especies diferentes de cactus y suculentas que ya tengo se han acostumbrado a mí y no me hacen nada. Me miran a través de sus agujas y dicen algo así como: “ámanos, ámanos”. Quizás es sólo el silbido del viento o las quenas tristes de los cactus de San Pedro que quieren volver al desierto.
Aquellos que piensen que me como los cactus, están en un profundo error. No podría devorar a mis hijos espinudos. La mejor droga es el voyeurismo: no me canso de mirarlos. Tanto los miro que Ivalú, la loba blanca, que también vive en mis lares, se pone celosa y los ataca en plena noche. Desde mi cama oigo sus gemidos lastimeros. Los cactus se han defendido por enésima vez. Entonces, debo levantarme a sacarle las espinas enterradas en su hocico.
Ha llegado el momento de tomar una decisión: la literatura o los cactus. Debo confesar que soy más feliz haciendo injertos y cristaciones .

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La vida escrita

Quien tenga o haya tenido un diario de vida (los hay de muerte) podrá decir con toda certeza que escribir, anotar, plasmar, estampar hechos cotidianos, ya sean verdaderos o falsos, es mejor que andar por ahí quejándose de la falta de una oreja amiga. En el diario de vida lo que se privilegia es el pasado y el futuro condicional. Ejemplo: “Él me amó y fui feliz” o “Si él me amara yo sería feliz”. Los hechos sucedieron en el acto mismo del presente escritural o tienen una posibilidad de ser. Yo tengo un diario de vida adentro del disco duro, en un archivo llamado Kitty, como el de Ana Frank, que murió dejando una vida escrita. En mis tiempos adolescentes tenía uno con tapas moradas, anti Hello Kitty (que es la burla moderna a la instancia de escribir cómo el tiempo se acaba en una guerra atroz), sin candado ni otros refuerzos de privacidad. Mi madre lo leyó hasta la saciedad para cerciorarse si tiraba, militaba en algún partido político, de preferencia de izquierda, o me drogaba. Era el anzuelo que ella mordía porque era incapaz de decirle que en su sillón predilecto me revolcaba con el chico de turno y esos atraques (llamados “de sillón”) eran un atentado contra el tapiz y la esencia misma del mueble que adquiría la apariencia de un nido de lauchas. Proliferaban la saliva, el lápiz labial y el colirio, los pelos y el semen; los esponjosos cojines se reducían a una cosa plana porque los usaba para elevar mis caderas y favorecer el ding dong del juego erótico juvenil. Imagino a mamá leyendo rápidamente esos polvos descritos con un detallismo tan exacerbado, sólo como yo podía hacerlo. Lo que ella jamás vio fue el sillón destruido después de esos ataques de sexo y lujuria. Me las arreglaba para dejar todo como si nada hubiese sucedido.
¿Se fue? Sí, mamá, se fue. ¿Y qué estudiaban tanto? Trigonometría, logaritmos y cómo se templó el acero, mamá. Ah…, debe ser difícil esa materia, mira que estás colorada. ¿Yo? Sí, tú, y además estás sudando a chorros. Es porque estoy nerviosa, mañana es la prueba. ¿Ordenó? Sí, mamá. Pero, déjeme ver…, tiene el chaleco al revés, sáqueselo que es mala suerte, ¿y la blusa?, ¿por qué está sin blusa? Pucha, mamá, tenía calor. ¿Y su compañero se dio cuenta que andaba así? Pa’ na’, vieja, es más volado ése. ¡Ay, es marihuanero! Nooooo, mamá, es volado porque es volado, desconcentrado. ¿Y si es desconcentrado para qué estudia con él? Capaz que le vaya mal en la prueba…,¿qué le pasó en el cuello?, venga, acérquese. Nada, me golpeé con la puerta.
Y así hasta el infinito. Por eso exageraba la escritura, y copiaba párrafos enteros de Fanny Hill en el diario y añadía historias morbosas y truculentas de El monje loco, así mamá sabría que mentía un poco porque Fanny Hill era de ella y lo tenía escondido detrás de una biblia gigante, con ilustraciones a todo color de Jesús en la cruz o resucitando a muertos o resucitando él mismo y ascendiendo a unos cielos celeste kitsch.

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Abismo de tus labios


Navegando por los intrincados laberintos de Internet me encontré con Abismo de tus labios, blog mantenido por Jesús Soler. Seleccioné cuatro textos, de los muchos que hay ahí. Se trata de una escritura fresca y sin ataduras retóricas, que busca la palabra más allá de los archiconocidos clichés del amor y sus variaciones. Van mis felicitaciones al joven escritor y le deseo que persevere en sus escritos.


Prometo que alisaré con mi mano
los rizos de tu pelo negro.
Prometo que mi guitarra sonará para ti
y tú estarás lo suficientemente cerca;
prometo que encenderemos juntos las velas
que alumbran tu noche y mi día.
Prometo que esta vez trataré de hacerlo todo un poquito mejor
o más despacio…
Prometo que te haré sonreír
y que intentaré arrancarte la pena.
Prometo que me acercaré a ti
con verdad, sin miedo,
para regalarte lo que llevo encima:
mi moneda de tres caras
mi espejo cóncavo y con besos
mi mano tendida
mis noches de fiesta
mi punto de vista
mi pluma y mi espada
y todo lo que logre sacar de aquí dentro.


No sé si te sirvió para algo todo lo que te dije
cuando las hojas todavía estaban en los árboles.
Me gustaría pensar que sí; que cuando llegues lejos
(porque vas a llegar)
una parte de lo que seas
haya nacido aquella tarde.
La herida en el costado se me haría más pequeña
al sentir que mi alma tuvo algo que ver
con tu camino.
No es egoísmo, ni dolor,
es enterrar el hacha que yo no agarré.


“Disfrutemos del paisaje”, decías, “no hay prisa por llegar”, y también, “espero que tengas un armario grande, no habría espacio para tantos fantasmas”. Mientras tanto, abrías dos botellines y me pasabas uno con la mano izquierda mientras con la derecha deshacías mil nudos que habíamos dejado olvidados. El sol nos calentaba y entrecerraba tus ojos, como las cortinas de un escenario en el que siempre había actuación. En momentos así echaba en falta una buena respuesta, habitualmente aparecían varias horas después y ya no merecía la pena, nada tenía demasiado sentido. Supongo que es una sensación común, me refiero a que no me arrepiento de ninguno de los caminos escogidos, pero reconozco que habría sido al menos interesante haber tomado un par de decisiones cuando las cosas empezaron a torcerse, y hoy en día ya casi nadie se ata al mástil cuando aparecen las sirenas. Así que a veces cierro los ojos y me traslado a otros lugares, otras situaciones: en un contexto diferente posiblemente compartiríamos frecuencia de resonancia, girando en la misma órbita; ahora nos tenemos que conformar con solsticios y equinoccios, fechas que apuntar y un cajón cargado de recuerdos. Y, sabes, tenías razón, no es lo bastante grande y estás un poco por ahí, debajo de la almohada o en el surco redondo de un vaso de cerveza. Ahora eres más niebla que lluvia, no sé muy bien si es mejor o peor, de todas formas aquí no abundan los días soleados.

parte del agua

A ella le apetece de vez en cuando buscar las orillas, sentirse uno de esos restos del naufragio, cuerpos extraños en tierra firme. Él se asoma buscándola desde cada puente, nunca sabe dónde la va a encontrar. Esta tarde, ella lo espera en el muelle, junto al ayuntamiento, y sonríe cuando lo ve acercándose por la calle Buenos Aires. Durante un momento eterno, que puede ser un minuto o un par de horas, recorren la ciudad de punta a punta, y aunque son parte de ella desde que tienen memoria, son como dos árboles que han dejado crecer sus ramas hasta entrelazarse: es ahora cuando están descubriendo cada calle, cada silueta de luz y sombra en los balcones, a través de un prisma compartido; miran a través de los ojos del otro. Y él no sabe cómo hacer para permanecer un rato más así, dibujándose de una forma nueva en cada paso que dan, ajenos al tráfico y a la lluvia. Sin embargo, tiene la certeza de que mañana sólo debe acercarse a cualquier otro puente, y podrá de nuevo respirar su sonrisa. Así que no siente dolor cuando ella se suelta suavemente de su abrazo, se sumerge en el agua y se aleja, confundiéndose su reflejo con los rayos del sol, que, como él, también parecen querer retenerla en la superficie.

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Intertextualidad, por Carolina González

Se presentan dos autores de contextos diversos pero que tienen algo en común: la intertextualidad entre unos selectos escritos que se irán especificando poco a poco.
El primer autor: Francisco de Quevedo, connotado poeta lírico, escritor político y severo moralista; quien perteneció al período barroco conformando una tendencia estilística de nombre: conceptismo, el cual tenía como base romper el equilibrio de la forma y el contenido haciendo que este se desarrolle a costa de aquella. El ideal de los escritores conceptistas es decir mucho con pocas palabras; éstas significan, a veces, dos o tres cosas a la vez. El resultado suele admirar por la
agudeza del ingenio.
Pese a ser Quevedo un desenamorado y misógino, es considerado uno de los mejores poetas amorosos. Si bien no cantó a mujeres concretas, lo hizo a la honda pasión del amor, a los efectos que esto produce en quién lo siente. Entonces toma este sentimiento del amor como la razón de vida, tomando a la muerte como su contrario, su rival.
El siguiente soneto de corte petrarquista en donde la muerte no vence al amor, quedará evidente en el último terceto.

Amor constante más allá de la muerte (Francisco de Quevedo)

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


La siguiente autora es chilena, Lilian Elphick, quien nace en Santiago en el año 1959. Su obra cuentística ha sido considerada entre múltiples antologías aparecidas en nuestro país y en el extranjero. Además fue distinguida como finalista en el premio Juan Rulfo. Se ha desempeñado como directora de talleres literarios y guionista de televisión. Hasta el año pasado presidía la corporación cultural Letras de Chile.
Esta autora además de crear cuentos, crea microcuentos, los que en nuestro país han tenido un gran auge, ya que se han creado varios concursos en lugares tan cotidianos como en el “Metro” de la capital. Es así que el avance de las tecnologías ha logrado que los microcuentistas chilenos puedan acceder a festivales virtuales sobre este subgénero. Durante el primer festival virtual el año 2004 (
www.letraschile.com), auspiciado por la corporación cultural de Letras, es que las editoriales autorizaron a la publicación de algunos textos y allí en donde se ha encontrado el siguiente microcuento perteneciente a la señora Lilian Elphick.

MAS POLVO ENAMORADO
(Lilian Elphick)

Soñé contigo, Pelá.
Soñé que te hacía
polvo
y que tú me lo agradecías.

Entre ambos textos existe una intertextualidad de tipo continuo, ya que comenzando con el título del microcuento “Mas polvo enamorado”, notamos que guarda similitud con el último terceto del soneto de Quevedo. Entonces esto nos da un sentido de continuidad, y se puede tomar de varias formas: qué ocurrió con ese amor después de la muerte, qué pasa con los amores en la muerte, o qué le pasa a la muerte con el amor, que es lo que resalta mayormente el microcuento y esto también provoca y causa un sentido de continuidad, es decir, es el tratado del microcuento con la muerte. Ocurre que el hablante lírico juega con la muerte quevedesca, esa muerte que separó lo físico pero no el sentimiento, y es así que se demuestra que hasta la muerte es capaz de amar, esta representación de la “Pelá” agradeciendo por un “polvo” demuestra que la muerte también siente y también ama.
Pero agregado a esto, el microcuento tiene un tono burlesco de este amor sublime quevedesco ya que el amor presentado por Elphick es de corte sexual.
En segundo lugar, y lo más interesante del fenómeno intertextual, es que ambos autores juegan con el lenguaje connotativo. En primera instancia, Quevedo asume ese “polvo” enamorado como huesos desechos (cuando los humanos morimos sólo queda el polvo del rastro físico de lo que alguna vez fuimos) y que aún siguen amando. Pero la autora del microcuento, toma también el elemento connotativo sólo que lo aterriza a su sociedad contextual: la chilena. Entonces la palabra “polvo” como la mayoría de los chilenos la utiliza, ella la usará también para nombrar una relación de tipo sexual.
Además la otra connotación de idiosincrasia chilena es la utilización de la palabra “Pelá” aludiendo a la muerte.
Todo esto me lleva a pensar que el microcuento de Elphick es una concreta asimilación de cómo el lector chileno toma lo clásico. Es un elemento casi cultural y masivo el burlarse, el tomar el doble sentido en las apreciaciones y buscarle otras denotaciones a las palabras, es nuestra forma de descansar y relajarnos con respecto a lo clásico, es no tomarse tan en serio lo serio y reír de lo que otros no harían. El chileno es así… serio cuando quiere y burlón todo el tiempo.

En:
Resurrección
***
Nota: Agradezco a Carolina su interesante análisis sobre mi microcuento, incluido en el volumen Ojo Travieso, pronto a ser publicado con el apoyo del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Santiago de Chile.

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