El canon literario

Por Lilian Elphick


Traicionando nuestro texto. Desafíos feministas al canon literario. Lillian Robinson.[1]

Robinson parte de la premisa de que el canon literario es básicamente masculino y falocéntrico, donde la mujer escritora (se refiere principalmente a escritoras inglesas y norteamericanas) ha sido sistemáticamente excluida u olvidada, y en cuyo imaginario se puede detectar su ‘pasividad’ y ‘victimización’. Como contradice Robinson, la mujer no es “imagen”, es un agente activo.

“Desde hace más de una década, las estudiosas feministas han llamado la atención sobre el abandono, en apariencia sistemático, de la experiencia de las mujeres en el canon literario, abandono que se manifiesta en la lectura distorsionada de las pocas escritoras reconocidas y en la exclusión de las otras.” (Ibíd:117).

Parte de la crítica feminista ha hecho esfuerzos para incorporar “las obras de mujeres al canon establecido. […] Consiste el caso en demostrar que a una autora ya reconocida le ha sido negado su lugar legítimo, es de presumir que debido al poco valor que por lo común se concede a los sujetos femeninos y a sus esfuerzos.” Sin embargo, para la autora, “este acercamiento no cuestiona la noción misma del canon.” (Ibíd:122).
Robinson evidencia el surgimiento de “un contra-canon femenino formado por integrantes que eran en gran parte inasequibles hace tan sólo una docena de años” (Ibíd:123), como alternativa a la tradición masculina hegemónica, y que vendría a desmentir la idea de que “no ha habido mucha literatura seria escrita por mujeres.” (Ibíd: 124). (Mi cursiva).
Se puede hacer una analogía entre lo “serio” y lo “no-serio” con la literatura y la sub- literatura o literatura popular. Véase al respecto la opinión de I. Even-Zohar. (1).
Siguiendo con este punto, Robinson precisa que el feminismo erudito se ha preocupado de analizar y revisar textos ‘menores’ escritos por mujeres, v.g., “cartas, diarios, periódicos, autobiografías, historias orales y poesía privada, […] como prueba de la conciencia de las mujeres y de su expresión.” (Ibíd:135). La crítica feminista, agrega la autora, reconoce que “las condiciones que dieron a muchas mujeres el ímpetu de escribir son precisamente las mismas que no hicieron posible que su cultura las definiera como escritoras.” (Ibíd:135).
Es importante para la autora la visibilidad y reconocimiento de una tradición femenina y confrontar “‘el’ canon, examinándolo como una fuente de ideas, temas, motivos y mitos sobre ambos sexos.” Los estudios feministas, señala, “no sólo pueden plantearse mediante el valor manifiesto de la obras de las mujeres”, sino que también abocarse al estudio y análisis de problemas “tales como la eterna verdad de los criterios heredados de grandeza o incluso calidad.” (Ibíd:137).
*
Desde una mirada latinoamericana, Darcie Doll Castillo[2], propone una diferencia entre tradición y genealogía en la escritura de mujeres, prefiriendo este último concepto (extraído de Foucault (2)):

[…] “un primer paso es el trabajo por construir un corpus que recupere las escrituras de mujeres, - que es también construir un canon -, y establecer genealogías de mujeres escritoras.”

Otros pasos son:
“Reconstruir un mapa mucho más complejo que lo que podría significar un listado de obras y autoras. Además de establecer filiaciones y afinidades entre textos, se trata de re-visar, volver a mirar, bajo otro foco, las relaciones en varios sentidos, establecidas por la actividad escrituraria de las mujeres, incluyendo sus lecturas, sus interrelaciones en general.”
Abandonar la idea de tradición entendida como un conjunto de obras canonizadas es un paso previo para abocarnos a la construcción de “genealogías” de la escritura de mujeres y de mujeres que escriben.” ( Doll Castillo.2002:86-87).

Retomando el aspecto de la invisibilidad de la mujer dentro de la cultura latinoamericana y también de la cultura letrada, asociada al término ‘tradición’, Valdés[3] señala que ésta proviene de la época colonial:
[…] “El ‘poder oculto’ de las mujeres latinoamericanas tuvo justamente esa característica: la de ser un contra-poder.
Las culturas latinoamericanas comparten con algunas de sus culturas de origen una visión del mundo cuyos rasgos comienzan a configurarse desde el período colonial en el discurso escrito. En esa época, “la antítesis se utilizaba como un modo significativo de conceptualización y de conocimiento”. Los valores de la cultura eran masculinos, caballerescos y cristianos, y desde ellos se definían por oposición todos los “otros”, sobre todo los amerindios. “El paradigma de las características femeninas se empleaba con mucha frecuencia para representar lo culturalmente deficiente”: la vulnerabilidad, “la torpeza femínea” de los nativos americanos, la falta de desarrollo de las facultades racionales, la entrega a la emoción y la inclinación sensual, todo lo cual justificaba la constante necesidad de supervisión y de instrucción por parte de sus conquistadores. Al escribir, “el sujeto colonial americano borraba los retratos ajenos que lo identificaban con la naturaleza, la pasión, lo femenino, lo doméstico, lo rústico y lo pagano, para identificarse con los valores contrarios: la cultura, la razón, lo varonil, lo público, lo cortesano o caballeresco, lo cristiano.” La enumeración es elocuente para ubicar el lugar simbólico desde el cual comienza a construirse en la región del discurso de la cultura letrada sobre el sujeto mujer, desde la perspectiva de “lo otro” y lo inferior.” (Valdés.1991:18-19).

Robinson cita a Hawthorne, cuyo verso también es elocuente: “la multitud de mujeres que garabatean” , y en esta ‘multitud’ se encuentran Virginia Woolf, las Brontë, Jane Austen, y las sureñas Gabriela Mistral, María Luisa Bombal, Marta Brunet, Alfonsina Storni, las Ocampo, por nombras a algunas ‘garabateadoras’. La letra con sangre entra, no sólo para las escrituras de mujeres. Es impensable seguir denominándolas ‘minorías’, así como a los textos producidos por nativos (as) de la tierra, sean éstos (as) negros (as), amarillos (as) o de cualquier color y con una determinada preferencia sexual.

Las obras del Amo: sobre la formación del canon y la tradición afroamericana. Henry Gates, Jr. [4]

El debate continúa con Gates, que analiza el estado pasado y actual de la literatura afro-norteamericana en los Estados Unidos y su inserción en los programas de literatura en universidades y otras instituciones. Para él es imposible abrir el canon para la literatura afro-norteamericana desde el punto de vista de Bennet y A. Bloom, propiciadores de “la estética de antes de la guerra, cuando los hombres eran hombres, y los hombres eran blancos, cuando los críticos eran hombres blancos y cuando las mujeres y las personas de color no tenían voz, eran sirvientes y trabajadores que preparaban té y llenaban las copas de brandy en las dependencias de los clubes de la gente de orden.” (Ibíd:161-162).

Ante el retorno de lo que Gates llama “lo reprimido”, su desafío es el de redefinir el canon y crear nuevos programas literarios. Como la crítica feminista que abordó ‘géneros menores’, ya sea la carta, la autobiografía y otros, Gates cita a Calverton como el primero en tratar de formar un canon de la literatura negra, incluyendo el dialecto negro y otras formas como los spirituals, blues y canciones de trabajo que constituyen “cada uno un género de la literatura negra.” (Ibíd:172).
Gates afirma que “la mayoría de compiladores de antologías negras han tratado de incluir todos los autores y textos (especialmente extractos) que han podido, con el fin de preservar y “resucitar” la tradición" (Ibíd:177), en contraposición a la idea de un canon jerárquico y patriarcal.
Sin embargo, Gates acota que “nuestros ensayos de definición de un canon de la literatura negra americana [ se diría ‘norteamericana’ para diferenciarla de otras literaturas ‘americanas’, como la centro y sur-americanas, por ejemplo] […], han sido con frecuencia desacreditados por racistas, separatistas, nacionalistas o ‘esencialistas’”. (Ibíd:183). (3)
Citando a Hortense Spillers, Gates ve la necesidad de que el hombre afro-nortemericano recupere a su mujer interior: “que el discurso del amo pase por una voz con la cadencia y el timbre de la voz de la Madre Negra”. (Ibíd:185) y , finalmente , centra su programa en “ reformar el núcleo del plan de estudios, dar cuenta de la elocuencia comparable de las tradiciones africana, asiática y de Europa del Este”, para educar a los estudiantes “a través de una noción verdaderamente humana de “ las humanidades ”, y no, como preferirían Bennet y Bloom, como centinelas del último baluarte fronterizo de la cultura masculina blanca occidental, los Guardianes de las Obras Maestras.” (Ibíd:187).

Los cánones y (más allá de) las fronteras culturales (o ¿de quién es el canon del que hablamos? Walter Mignolo.[5]

Mignolo escribe su ensayo como latinoamericano y profesor de literatura latinoamericana en los Estados Unidos y establece que :
“Una de las funciones principales de la formación del canon (literario o no) es asegurar la estabilidad y adaptabilidad de una determinada comunidad de creyentes” que, relacionándose con una tradición, “se adapta al presente y se proyecta al futuro.”(Ibíd:237).
“Mediante la formación del canon una comunidad define y legitima su propio territorio, creando y reforzando o cambiando una tradición.” (Ibíd:252).
“El canon hispanoamericano se construyó sobre la base de un lenguaje “estándar” y de un conjunto de criterios estéticos implícitos en los conceptos de “poesía” y “literatura” del colonizador.” (Ibíd:268)

La distinción y tensión entre cánones vocacionales (personales) y cánones epistémicos (académicos) se ilustra con la situación del canon latinoamericano, bajo las preguntas de ¿quién investiga y enseña, dónde y para quién?, y ¿cómo se forman y transforman los cánones, qué esconde el canon, etc.?, respectivamente.

“En Latinoamérica, […] la formación oficial del canon se basó en la lengua y en los valores de las culturas colonizadoras más importantes (española y portuguesa) y ocupó el lugar del canon silenciado (pero no suprimido) de las culturas amerindias. [El relato testimonial de Rigoberta Menchú y el Popol Vuh maya-quiché] atestiguan la formación del canon en las comunidades amerindias, ejemplifican la formación de un canon más allá de las fronteras y revelan la gran lejanía entre culturas “centrales”, que han desarrollado un discurso académico sobre el canon, y culturas “periféricas”, para las que el canon es un elemento de cohesión y no de debate académico.” (Ibíd:241).

Basándose en dos ejemplos (Historia de la literatura hispanoamericana de Anderson Imbert e Historia de la literatura náhuatl de Angel María Garibay ), Mignolo propone una hermenéutica diatópica ( que vaya más allá de las fronteras lingüísticas y culturales) que permita “disociar el sujeto vocacional del epistémico y […] entender que “nuestro” canon vocacional (como sujeto vocacional) no debería ser la medida de todos los cánones (literarios) como nos invitan a creer […] las historias de la literatura. (Ibíd: 243).
El concepto de literatura como “un mecanismo autoorganizado”(definición de Lotman)“debería ayudarnos, dice Mignolo, a concebir la literatura como una práctica discursiva regional y la formación y transformación del canon como un subsistema dentro del sistema. […] Esta distinción permite describir personas y comunidades que han interiorizado el concepto de literatura vocacionalmente en tanto que participaban en un sistema de interacciones que ellos mismos aceptan como literarias.” (Ibíd:246).
Con respecto a la enseñanza, Mignolo señala que “la necesidad de incluir la literatura no occidental, del tercer mundo, de mujeres, etc., en el canon refleja […] la existencia de un grupo de investigadores que sienten, a nivel vocacional, que el canon debería transformarse para representar a una población plural como la americana.” (Ibíd:261).
Personalmente, según Mignolo, el Popol Vuh, como ejemplo de literatura no occidental y periférica, “no tiene, para un estudioso de la literatura latinoamericana, los mismos valores canónicos que tiene para la comunidad quiché. Mientras que, [para el primero], representa un conjunto de valores relacionados con la identidad latinoamericana, los valores de tal estudioso serían ajenos a la comunidad quiché para la que el Popol Vuh representa, precisamente, una forma de conservar sus propias tradiciones segregadas de las del mundo hispanohablante.” (Ibíd:265).
Enseñar el Popol Vuh es, para Mignolo, descolonizar la literatura latinoamericana.

*

En su ensayo sobre el canon chileno y/o hispanoamericano, Iván Carrasco9 sostiene que el canon puede definirse como una estructura mutable, histórica y plural:

“Una postura […] contemporánea consiste en considerar el canon no como una unidad o estructura inmutable, sino histórica, plural, según factores individuales, culturales, políticos o ideológicos, conformada por heterogeneidades, complejidades y contradicciones y, por ello, algo inseparable de nuestro trabajo de creación, crítica e investigación literarias, del que formamos parte y que contribuimos a conformar, ratificar o modificar. Desde la perspectiva del canon como un sistema variable, que se puede aceptar, rechazar o alterar pero en ningún caso ignorar, perceptible o concebible en distintos niveles de abstracción, podemos hablar de un canon literario chileno y/o hispanoamericano.” (Carrasco.2002:9)

Como Mignolo, para Carrasco es importante nombrar las escrituras testimoniales en tanto textos que realmente han descolonizado y re-definido el canon.

“El estudio de las transformaciones recientes del canon de la literatura hispanoamericana ha sido realizado fundamentalmente en relación con el discurso narrativo, considerando que a mediados de los 70 se inicia un abandono parcial de algunas claves escriturales del llamado "boom" latinoamericano. La introducción de nuevas formas de realismo frente a las complejidades metaliterarias o fantásticas (Rama 1982), el auge del testimonio, la nueva novela histórica, la literatura feminista, la disminución del interés por el problema de la identidad americana, la aceptación acrítica de modelos provenientes de la globalización y del neoliberalismo, entre otros aspectos, han sido vistos como parte de este proceso de transformación. Pero ha sido la introducción de formas testimoniales "no literarias" o ensayísticas (Miguel Barnet, Rigoberta Menchú, Oscar Lewis, Gustavo Gutiérrez) lo que ha permitido hablar de descolonización y redefinición del canon literario, en el sentido de que a él se ha incorporado la voz del "otro" (Beverly y Achugar 1992) a través del testimonio, las historias de vida, las biografías y autobiografías. Se puede, así, hablar de un eclecticismo radical que vuelve difusa o no significativa la procedencia de los discursos para ser considerados como literarios (Pastor 1988) ”. (Ibíd. 12-13).

La inestabilidad, interdisciplinariedad e interculturalidad –como fenómenos contemporáneos- son aspectos relevantes para el estudio y re-definición de este canon. Advierte también una subversión de los géneros (indeterminación genérica o mutación disciplinaria, como el autor la denomina), dando origen a textos como las non fiction novels de T. Capote, G. García Márquez y Patricia Verdugo, por ejemplo; y un hibridismo cultural, ejemplificado con la poesía etnocultural.

[…] “A fines del siglo XX han aparecido espacios de inestabilidad, crisis y modificación del canon, generados principalmente por procesos de interdisciplinariedad e interculturalidad característicos de la discursividad contemporánea. Los espacios de inestabilidad e indeterminación literaria de índole genérica y textual están dominados por dos fenómenos singulares, y relativamente originales: la mutación disciplinaria y el hibridismo cultural.” (Ibíd:14).
*
Finalmente, como ejemplo de mutación genérica, se puede citar al micro-cuento, mini-cuento, cuento ultracorto, o cualquiera de sus múltiples denominaciones. Este género - aún marginal- se relaciona con la poesía en prosa, el haikú, la viñeta, el chiste, y otras formas menores o simples (André Jolles), aunque, al decir de J.A. Epple10, “no es simplemente una afición secundaria, apta para la nota humorística, el ingenio verbal o la relación anecdótica.” (Epple.1990:12).
Precisamente, la relevancia del micro-cuento se ha gestado en las antologías de Epple, en los trabajos de Lauro Zavala (México), y en los de Francisca Noguerol (España), por citar a algunos (as).


Notas
1.- “En el (poli)sistema, la canonicidad se manifiesta con mayor concreción en el repertorio. Mientras que el repertorio puede estar canonizado o no, el sistema al que pertenece un repertorio puede ser central o periférico. Naturalmente, cuando un sistema central es sede de repertorios canonizados, puede hablarse abreviadamente de sistemas canonizados frente a sistemas no-canonizados, a pesar de la imprecisión que ello introduce en nuestra terminología. El repertorio se concibe aquí, como el agregado de leyes y elementos (ya sean los modelos aislados, ligados o totales) que rigen la producción de textos. Mientras que algunas de estas leyes y elementos parecen ser universalmente válidos desde las primeras literaturas del mundo, es claro que gran cantidad de leyes y elementos están sujetos a condiciones cambiantes en diferentes períodos y culturas. Este sector local y temporal del repertorio es la fuente de las luchas en el sistema literario (o en cualquier otro sistema semiótico). Pero no hay nada en el repertorio mismo capaz de determinar qué sección de él puede ser (o volverse) canonizada o no, del mismo modo que las distinciones entre "estándar", "elevado", "vulgar" o "argot" en la lengua no están determinadas por el repertorio lingüístico mismo, sino por el sistema lingüístico, esto es, el agregado de factores que operan en sociedad implicados en la producción y consumo de enunciados lingüísticos. Así pues, son estas relaciones sistémicas lo que determina el status de ciertas unidades (propiedades, rasgos) en una lengua dada. La selección de un cierto agregado de rasgos para el consumo de un cierto grupo de status es, por tanto, externa al agregado mismo. De modo semejante, el status de cualquier repertorio literario está determinado por las relaciones que existen en el (poli)sistema. Obviamente, un repertorio canonizado es apoyado por elites conservadoras o innovadoras y, consecuentemente, está limitado por las pautas culturales que rigen el comportamiento de aquéllas. Si la elite reclama sofisticación y excentricidad (o lo contrario, esto es, “sencillez” y conformismo) para satisfacer su gusto y controlar el centro del sistema cultural, el repertorio canonizado se adherirá a estos rasgos tan firmemente como le sea posible”.

Itamar Even –Zohar. Teoría del Polisistema.
En:http://www.tau.ac.il/~itamarez/works/papers/trabajos/psth_s.htm

2.- Para Foulcault el concepto de genealogía significa “un acoplamiento de los conocimientos eruditos y de las minorías locales que permita la constitución de un saber histórico de la lucha y la utilización de ese saber en las tácticas actuales. […] Se trata de hacer entrar en juego los saberes locales, discontinuos, descalificados, deslegitimizados, contra la instancia teórica unitaria que pretende filtrarlos, jerarquizarlos, ordenarlos en nombre del conocimiento verdadero y de los derechos de una ciencia que está regentada por unos pocos…”

Citado por Darcie Doll Castillo.
“Escritura/Literatura de Mujeres: Crítica Feminista, Canon y Genealogías ”. 2002. Revista Universum Nº 17. Universidad de Talca.

3.- “La llamada literature of abolition no era estudiada en el pasado ya que los textos de la esclavitud y la abolición eran percibidos por los críticos como textos culturales y políticos y, por lo tanto, exentos de legitimidad literaria.”

Gisela Heffes. "Gabriel García Márquez y la crítica, o la construcción de un clásico". Yale University. Artículo encontrado en:
http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v12/heffes.html#1
Revista Ciberletras Nº12/Enero 2005.


[1] En: Sullà, Enric (Compilador). El canon literario. Madrid:Arco/ Libros, 1998.
[2] Doll Castillo, Darcie. “Escritura/Literatura de Mujeres: Crítica Feminista, Canon y Genealogías”. 2002. Revista Universum Nº 17. Universidad de Talca.
[3] Valdés, Adriana. Mujeres, cultura y desarrollo (Perspectivas desde América Latina). 1991. Serie Mujer y Desarrollo, División de Desarrollo , Unidad Mujer y Desarrollo, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Naciones Unidas. Santiago de Chile.

[4] En: Sullà, Enric (Compilador). El canon literario. Madrid:Arco/ Libros, 1998.
[5] En: Sullà, Enric (Compilador). El canon literario. Madrid:Arco/ Libros, 1998.
9 Carrasco, Iván. “Interdisciplinariedad, interculturalidad y canon en la poesía chilena e hispanoamericana actual”. Estudios Filológicos 37 (2002): 199-210.
10 Epple, Juan Armando. Brevísima Relación. Antología del micro-cuento hispanoamericano. 1990. Santiago , Mosquito Eds.

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Sarabande por los Hermanos Vergara Toledo

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Día del joven combatiente


El 29 de marzo del año 1985, Carabineros asesinó a dos hermanos: Rafael y Eduardo, de 18 y 20 años. El lugar: la calle Miguel de Cervantes con 5 de abril, cerca de la Villa Francia. Desde entonces, este día es recordado año a año en las calles como el Día del joven combatiente, fecha en la cual se conmemora la lucha que costó la vida a los hermanos.


Carta de los Padres de los Hermanos Vergara Toledo, Chile, 29 de marzo del 2007
Por: Luisa Toledo y Manuel Vergara

"Tenemos que aprender a ser generosos, dejar las trabas atrás; ser sencillamente consecuentes con nuestros principios, con nuestro ser; seguir adelante sin mirar atrás, sin mirar lo perdido. Porque más adelante, en un futuro no muy lejano, tendremos la felicidad de estar juntos, de ser uno solo y seremos felices; seremos tan dignos de la felicidad".
(Rafael Vergara, Carta a su familia, 1984).


Querida amiga, Querido amigo,
Un año más ha pasado en nuestra historia como pueblo y ha habido malas y buenas noticias o hechos en esta porción de tiempo. Un año que a nosotros, como familia, nos ha acercado a marzo, la fecha del asesinato de nuestros amados Rafael y Eduardo Vergara Toledo. Reconocemos que estamos un año más cansados, un año más desalentados, un año más tristes que el año anterior, un año más viejos, sin ninguna certeza de ser más sabios. Ha sido un año duro y difícil, y nos imaginamos que para muchos de ustedes también, en lo que respecta a la situación laboral, económica, social; hay muchos amigos y amigas con enfermedades largas y dolorosas y, nosotros, adicionalmente, con la tremenda carga de hacer que el proceso del asesinato de los hijos se mueva algo en los Tribunales de Justicia (¿?). Es cierto que también ha habido momentos alegres, tranquilos, en los que nos hemos sentido de nuevo seres humanos, pero son los menos. Y, por supuesto que a muchos les ha ido bien y nos alegramos, pero esperamos, sinceramente, que eso no les haga olvidar que es la mayoría de nuestro pueblo la que está sufriendo las consecuencias de marginación del sistema económico que nos aplasta.
Compañera, compañero, a pesar de este panorama un poco desesperanzador que acabamos de describir, nos atrevemos a contarte lo que hemos avanzado en el caso del asesinato de nuestros hijos. La verdad ya está establecida por el juez Sergio Muñoz, que confirmó la forma cómo fueron asesinados y quienes son los responsables directos de estos crímenes, cuyos nombres son: Alex Vicent Ambler Hinojosa, Capitán ( R ), Francisco Nelson Toledo Puente, Cabo 1ro ( R ), Marcelo Segundo Muñoz Cifuentes, Sargento 1ro (activo), Jorge Segundo Marín Jiménez, Cabo 2do (Dado de baja). Después de esto el caso pasó a manos del juez Carlos Gajardo, a quien le correspondió encargar reos a estos asesinos, acusándolos de cometer crimen calificado con la agravante de premeditación y alevosía en las personas de Eduardo y Rafael. Estos sujetos estuvieron una semana presos en lugares de la institución de carabineros y dejados en libertad bajo fianza pagando $200.000.- Hasta ahí llegó la primera etapa de este proceso que se alargó desde el año 2003, fecha en que el caso llega a manos del Juez Muñoz, hasta la encargatoria de reo que se dictó en el año 2006.
En diciembre del año pasado fuimos llamados por los abogados que llevan el caso de los niños para informarnos de que ahora entramos en una segunda etapa del proceso que puede durar todo el año 2007 y es la etapa de la sentencia, o sea, cuántos años de cárcel les estaría dando el juez Gajardo a cada uno de los criminales. Y, por otro lado, la posibilidad de una querella civil que tendríamos que entablar nosotros pidiendo el pago por la vida de nuestros hijos en dinero.
Respecto de la sentencia que el juez Gajardo dicte, nosotros como padres es poco lo que podemos hacer, salvo apelar si encontramos que es injusta, a través de nuestros abogados. También pueden apelar los abogados de los criminales y en este tira y afloja puede pasar mucho tiempo. Además, todo esto se agrava, porque los asesinos pueden apelar a una instancia que la ley les otorga que es la prescripción media, lo que significa que si el juez los sentenciara a 5 años de cárcel esta pena se rebajaría a la mitad, o sea, a dos años y medio, esto a manera de ejemplo.
Referente a la querella civil, todos ustedes saben desde siempre que nosotros no vamos a recibir nunca un peso por nuestros hijos, lo que queremos es que se haga justicia. Estamos convencidos que recibir dinero es un tapaboca, una coerción y, además, la preciosa vida de nuestros amados hijos no tiene precio. Nosotros no juzgamos a nadie que haya recibido el dinero, pero tampoco vamos a permitir que se nos juzgue a nosotros de ilusos, de puritanos, de orgullosos. Nada ni nadie nos convencerá de lo contrario. ¡Sólo queremos justicia!
Queremos contarles también que los abogados nos manifestaron su aprobación respecto de esta decisión nuestra y nos aseguraron su apoyo incondicional, lo que les agradecemos de corazón.
Bueno, amigas y amigos, esperamos no haberlos cansado mucho con toda esta información, pero siempre les hemos contado todo lo que pasa con el caso de nuestros hijos y nos parecía correcto que supieran en qué punto se encuentra.
Esperamos que nos puedan acompañar, una vez más, en esta fecha terrible, a pesar de las amenazas que ya han empezado a enviar por los medios de comunicación las autoridades de este gobierno, que para nosotros es el gobierno más cercano a la dictadura en muchos aspectos, pero sobre todo en el uso de la represión de sus policías contra las manifestaciones legítimas del pueblo.
Gracias por su cariño y cercanía.


Luisa Toledo S. Manuel Vergara M.
Santiago, Villa Francia, Marzo 29 de 2007.

Revista Punto Final

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Apuntes sobre "Macario", de Juan Rulfo


MACARIO (HOMBRE AFORTUNADO (OR. GRIEGO)

NARRADOR: MACARIO: INOCENTE, HUÉRFANO, MARGINAL, HAMBRIENTO,CASTIGADO, ALIENADO. AHIJADO, ALLEGADO. PUEDE SER UN ADOLESCENTE U HOMBRE JOVEN.

OTROS PERSONAJES:
FELIPA (OR.GRIEGO, VAR.FELIPE= AMANTE DE LOS CABALLOS) Y LA MADRINA= MUJERES SOLAS, MARGINADAS, ALIENADAS POR LA RELIGIÓN CATÓLICA.

TIPO DE NARRACIÓN
MONÓLOGO INTERIOR: REPETITIVO, ONDULANTE, ARRULLADOR. CUENTA.
1.- ESTÁ ESCRITO EN PRIMERA PERSONA EN TIEMPO PRESENTE.
2.- NO ESTÁ DIRIGIDO A NADIE (PLATICA PARA NO QUEDARSE DORMIDO).
3.- SU PUNTO DE VISTA ES LIMITADO.
4.- DISCURSO BASADO EN ASOCIACIONES DE CONTIGÜIDAD (EXIGEN MENOS ENERGÍA AL CEREBRO).

ESPACIO = ADENTRO - AFUERA, LUZ – OSCURIDAD, CIELO- INFIERNO.

ADENTRO= CASA DE LA MADRINA : EL SUEÑO.

ADENTRO= IGLESIA: –VIOLENCIA -MANOS AMARRADAS=LA PRÉDICA DEL CURA. "El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro."

AFUERA= CUARTO DONDE VIVE MACARIO: –OSCURO – SUCIO-REPLETO DE INSECTOS- EL INSOMNIO- SE GOLPEA LA CABEZA PARA OÍR EL TAMBOR QUE VIENE CON LA CHIRIMÍA:FIESTA RELIGIOSA.

AFUERA= CALLE – LUMINOSA - LLUEVEN PIEDRAS-->ENGAÑO.

LEITMOTIV: = EL HAMBRE-->LECTURA SUPERFICIAL
EL MIEDO--> LECTURA PROFUNDA: “REPLETO POR DENTRO DE DEMONIOS.”
BOCA: EXPELE PALABRAS; INGIERE ALIMENTO=HABLA Y COME PARA VIVIR.

ALIMENTOS MARGINALES
FLOR DEL OBELISCO, LECHE DE FELIPA, GRANADAS, ARRAYANES, RANAS, SAPOS, GARBANZO PARA CERDOS, MAIZ PARA CERDOS, LECHE DE CHIVA, SU SANGRE, SOBRAS (MONTONCITOS DE COMIDA QUE HACE LA MADRINA).

MACARIO Y SUS RELACIONES CON EL EXTERIOR

RELACIÓN CON LA IGLESIA ES NEGATIVA: Va a misa y le atan las manos, teme morirse e ir al infierno, cree estar lleno de demonios, le gusta más la chirimía que las palabras del cura, los grillos cantan para anegar los lamentos de las ánimas en pena, él no mata a los grillos, si la madrina no duerme, por su influencia con los santos, lo mandará al infierno, no tendrá la oportunidad de ir al purgatorio y ver allí a sus padres.

RELACIÓN CON LA CALLE ES NEGATIVA: Dicen que está loco, si sale de día lo apedrean, lo llaman a comer y le tiran piedras, dicen que trató de ahorcar a una señora.

FELIPA= SIRVIENTA DE COCINA. SITUACIÓN DE MARGINALIDAD PARECIDA A LA DE MACARIO. SI TIENE LECHE EN SUS PECHOS (CHORROS) ES PORQUE RECIÉN HA PARIDO. ESE HIJO PUEDE SER DE MACARIO.
RELACIÓN DOBLE VINCULAR CON MACARIO.
RELACIÓN DE PODER = SI SE SIGUE GOLPEANDO LA CABEZA IRÁ AL INFIERNO; PIDE A DIOS POR LA MALDAD QUE LLEVA ADENTRO.
RELACIÓN MATERNAL = LO ALIMENTA (MAMAR- EN LA COCINA), ES BUENA CON ÉL, LE DA CALOR.
RELACIÓN ERÓTICA = DUERME CON ÉL Y TIENE SEXO CON ÉL (COSQUILLAS POR TODAS PARTES- GANAS DE ESTAR CON ÉL).

MADRINA= DUEÑA DE CASA ANTI-MADRE (PADRE) FANÁTICA RELIGIOSA.
RELACIÓN DOBLE VINCULAR CON MACARIO .
RELACIÓN DE PODER: NO LE PERMITE DORMIR, NO LO DEJA SALIR A LA CALLE (PROHIBICIÓN), LO ASUSTA CON EL INFIERNO, LO LLEVA A LA IGLESIA Y LE AMARRA LAS MANOS (RESTRICCIÓN), LE DA SOBRAS DE COMIDA, LO HACE VIVIR EN UN GALPÓN, SI LAS RANAS LA DESPIERTAN ÉL IRÁ AL INFIERNO (AMENAZA).
RELACIÓN MATERNAL= LE REGALA UN ESCAPULARIO, LE DA LECHE LOS DOMINGOS, LE PERMITE VIVIR EN EL CUARTO.

Algunas apreciaciones

El cuento nos presenta una imagen de México violenta y devastada; hombres y mujeres marginales y sin futuro. La iglesia aparece como entidad poderosa que rige totalmente la vida de sus fieles, llevándolos al fanatismo extremo y al engaño de una mejor vida en el más allá. (GUERRAS CRISTERAS 1926-1932).
La estructura familiar está degradada y condena a Macario a la imposibilidad del retorno al origen. La nueva tríada delata la transformación negativa de una estructura patriarcal. Felipa, madre sustituta y amante; Madrina sustituye al padre.
Macario es un sobreviviente, un huacho loco que posiblemente engendrará otros huachos locos. Como Felipa y la Madrina, Macario es hijo de la Chingada, una sociedad ‘rajada’, abierta, violada y violadora, donde el tiempo vivido parece eterno, inmóvil, una repetición eterna de lo mismo. Macario es ‘apalcuachado’ por esta sociedad mexicana, que lo enajena, es decir, que lo obliga a estar fuera de sí, ajeno a sí mismo. Expulsado del centro, Macario sólo cuenta con su palabra laberíntica y circular para no sucumbir al terror y a la soledad.

“El mexicano venera al Cristo sangrante y humillado, golpeado por los soldados, condenado por los jueces, porque ve en él la imagen transfigurada de su propio destino. Y esto mismo lo lleva a reconocerse en Cuauhtémoc, el joven Emperador azteca destronado, torturado y asesinado por Cortés.” (Octavio Paz. El laberinto de la soledad. pg.75).

Para Rulfo la esperanza es una huérfana más en el entorno de la sociedad mexicana violentada. Él sufrió en carne propia los coletazos de la Revolución y el fanatismo extremo de la Cristiada:
“Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades.
Yo procedo de una región donde se produjo más que una revolución -la Revolución Mexicana, la conocida -, en donde se produjo asimismo la revolución cristera. En ésta los hombres combatieron unos en contra de otros sin tener fe en la causa que estaban peleando. Creían combatir por su fe, por una causa santa, pero en realidad, si se mirara con cuidado cuál era la base de su lucha, se encontraría uno que esos hombres eran los más carentes de cristianismo”.
“[…]Hay que entender la historia para entender este fanatismo de que hemos venido hablando. Yo soy de una zona donde la conquista española fue demasiado ruda. Los conquistadores ahí no dejaron ser viviente. Entraron a saco, destruyeron la población indígena, y se establecieron. Toda la región fue colonizada nuevamente por agricultores españoles. Pero el hecho de haber exterminado a la población indígena les trajo una característica muy especial, esa actitud criolla que hasta cierto punto es reaccionaria, conservadora de sus intereses creados. Son intereses que ellos consideraban inalienables. Era lo que ellos cobraban por haber participado en la conquista y en la población de la región. Entonces los hijos de los pobladores, sus descendientes, siempre se consideraron dueños absolutos. Se oponían a cualquier fuerza que pareciera amenazar su propiedad. De ahí la atmósfera de terquedad, de resentimiento acumulado desde siglos atrás…”
[1]


Los temas de la pobreza, la expoliación de la tierra, el caciquismo, y otros, ya habían sido tocados en novelas como Los de abajo (Cuadros y escenas de la Revolución) de Mariano Azuela (1915, publicada primeramente en folletines semanales); El águila y la serpiente y La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán (1928 y 1929 respectivamente, ambas publicadas en Madrid); El resplandor de Mauricio Magdaleno (1937). En la década siguiente se publican las novelas El luto humano de José Revueltas (1943) y Al filo del agua de Agustín Yáñez (1947). “En una y otra –señala Marta Portal- se abandonan casi totalmente los procedimientos del realismo objetivo, para incorporar técnicas literarias y reflejar la versión interiorizada de los problemas sociales que plantean, proyectando esta más profunda contemplación del hombre a un contexto universal.” (Portal. 1984: 24)
[2]
Junto a Rulfo están Juan José Arreola (Confabulario,1952) y Carlos Fuentes (Los días enmascarados, 1954), cuyas primeras obras –según Portal- “se muestran más vanguardistas, más “escapistas”, o más semejantes a los otros hispanoamericanos coetáneos que Rulfo.” (Portal. 1984: 25).
Es importante citar también a Elena Garro, en cuya novela Los recuerdos del porvenir (1962) se trata el concepto de la culpa femenina en el contexto de la Revolución Mexicana y la guerra cristera.
Rulfo trabaja profundamente la imagen del ser mexicano, tanto en sus cuentos como en Pedro Páramo. No sólo retrata la problemática de la injusticia social, la violencia, la locura, las pulsiones eróticas y tanáticas desde una vertiente puramente criollista, sino que –como señala Portal- “procederá a la simbolización de este tiempo histórico mexicano y a la mitificación de personajes y conductas.” (Portal.1984:26). (2)

“¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú? ” J.M.Arguedas.
[3]





[1] Joseph Sommers. Entrevista."Los muertos no tienen tiempo ni espacio (un diálogo con Juan Rulfo)"
Publicado originalmente en Siempre! La cultura en México, núm. 1,051 (15-VIII-1973), pp. VI-VII. En:
http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/juanrulfo/entrevista.htm
[2] Marta Portal. 1984. Rulfo: dinámica de la violencia. España, Eds.Cultura Hispánica. Instituto de Cooperación Iberoamericana.
[3] Cita encontrada en Presencia de la fiesta en El llano en llamas de Juan Rulfo. Claudia Macías Rodríguez. Universidad de Guadalajara. En http://fuentes.csh.udg.mx/CUCSH/Sincronia/fiesta.htm

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Nina Simone / If You Knew

...palabras, palabras -un poco de aire movido por los labios-...
Jorge Teillier.

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El mapa literario de América Latina


1.-Aspectos generales del canon

El canon, como agrupación de textos, pertenece a la historia de la literatura; articula y relaciona los textos individuales (interdiscursividad, intertextualidad). Entendido como un sistema o conjunto que se desarrolla en el tiempo, el canon genera una relación dinámica entre centro y periferia. Se trataría, entonces, de un proceso constante, histórico, heterogéneo y mutable de articulación y rearticulación, de presencia y ausencia, de memoria y olvido, de lo culto y lo popular. Para Bajtín, el canon es una lucha entre fuerzas centrífugas y fuerzas centrípetas. Lo centrípeto unifica y centraliza el mundo verbal e ideológico. Lo centrífugo quiebra el orden canónico, contribuye a su desunión. Sin embargo, estas dos tendencias conviven en el ámbito de la literatura y de la vida.
Entendido como noción semiótica, el canon es un subconjunto de signos que proceden a crear un corpus de múltiples significaciones. A partir del predominio de una tendencia determinada, Bajtín propone dos grandes cánones: El clásico y el grotesco. El canon clásico presenta el mundo como un todo organizado, determinado, con un destino irrevocable. La existencia discursiva es algo serio y concluido. Se privilegia lo bello, lo sublime y lo armónico. Se trataría de un canon monológico, con un lenguaje idealizado que no diferencia según el emisor. En el canon dialógico, al contrario, existe una multiplicidad de voces que confluyen en un mismo discurso, generando una verdad bivocal. Lo dialógico interrumpe la monología que no acepta el lenguaje del otro.

1.1.- Antecedentes del Canon Latinoamericano

1.- El canon latinoamericano está signado desde la metrópoli, posee resabios europeístas e hispanistas.
2. Los sistemas literarios escogidos confirman el canon español o europeo. Los sistemas que no confirman el canon han sido marginados o borrados.
3. En el proceso de canonización influye la lengua dominadora y predominante. El libro traducido refuerza el canon hegemónico.
4. El canon opera más en algunos géneros que en otros. El canon hispanoamericano ha privilegiado la ficción sobre lo mimético o documental. Actualmente, la novela es el discurso hegemónico imperante.
5. El canon también puede ser entendido como el vaivén entre lo culto y lo popular. Por ejemplo, Nicanor Parra incorpora lo popular y la oralidad a sus textos. En este sentido, se configura como propiciante de un texto dialógico.
6. El canon se define por lo que excluye. La relación presencia-ausencia va unida a la noción de centro y periferia. (Literaturas precolombinas, indígenas, negras, de mujeres, de homosexuales; en la periferia.)
7. El canon revela una base ideológica y una construcción de poder. (Canon hispanoamericano patriarcal y falocéntrico).

1.2.- Épocas más canonizadas en América Latina

- Crónicas de descubrimiento y conquista.
- Período colonial.
- Período de Independencia.
- Siglo XX: 1) Vanguardia: ruptura con el modernismo, sobre todo la lírica. (Rubén Darío).
2) Boom: Novela latinoamericana. Según la tesis de Idelbar Avelar, el boom termina con el bombardeo al palacio de La Moneda, en Santiago de Chile el año 1973.
[1]
3) Postmodernidad: Década del ’90.

Estos tres grandes momentos contribuyen a la configuración del canon latinoamericano.

1.3.- Algunas particularidades

1.- Problemas para la construcción del canon:
- Marginación de la ejecución del canon.
- Nominaciones que el canon puede tener: “hispanoamericano” o “latinoamericano”.
- La productividad sobre el canon se da en Estados Unidos, no en Latino América. Los materiales (libros y otros tipos de documentación) están en ese país, que es la metrópoli.
2.- El canon hispanoamericano está centrado sólo en países con un peso colonial importante, como México y Perú. Éstos contribuyen más que otros países.
3.- El canon hispanoamericano está más focalizado en el presente que en el pasado. El interés del canon está en el siglo XX; se tiene una menor distancia histórica. Habría que fundar este presente en el pasado.
4.- Las estéticas latinoamericanas son de origen europeo. Por ejemplo, Fernando de Rosas no leyó a Aristóteles, por eso escribió La Celestina.
5.- En América Latina el canon es el predominio de una entonación sobre otra (Bajtín). La idea no es reemplazar un signo por otro en el canon, sino que éste implica una diferente modalidad de entonación o acentuación.

1.4.- El mapa de América
La línea monológica comienza en España
[2]. Colón (1492) niega totalmente al otro en su Diario y diversas cartas a los Reyes Católicos; Hernán Cortés (1520) entra en lo que hoy se conoce como México, destruye la ciudad de Cholula y a sus habitantes en una sangrienta matanza, monta iglesias arriba de pirámides aztecas, y destrona al último rey azteca Cuáhtemoc o Guatimozín. Sus cartas a Carlos V son informes escritos con un lenguaje aristocrático y también de obnubilación. Utiliza mucho el tópico de “no poder dar cuenta de las maravillas”, entonces recurre a la comparación del imaginario árabe: “…muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos como de mezquitas …” (Segunda Carta-Relación de Cortés a Carlos V). (Mi negrita).
El padre Bartolomé de Las Casas (1553) argumenta la importancia del otro frente al sí mismo. Con él nace el indigenismo latinoamericano y la línea dialógica. Sor Juana Inés de la Cruz (1691) ingresa a un convento para poder estudiar y escribir. En su escritura utilizó lo que Josefina Ludmer denomina ‘las tretas del débil’. Tanto Sor Juana como la Mistral tocan el tema de estar fuera de lugar, descentradas, desde el terreno propio de las mujeres: “la cocina y la huerta doméstica”. (Valdés.1990: 13).
Fernández de Lizardi (1816) escribe la primera novela latinoamericana, el Periquillo Sarniento, donde se dialoga con los géneros picarescos y con Cervantes. Don Andrés Bello (1823) es de formación clásica. Su poema “América” es de orden monológico. Lo mismo sucede con Sarmiento (1845) y su Facundo que es una sociología de la pampa desde la dupla racista civilización-barbarie. En cambio, Martín Fierro (1872) de José Hernández, incorpora totalmente lo popular.
La novela romántica en Chile, ejemplificada con Martín Rivas (1861) de Blest Gana es monológica en cuanto muestra personajes arribistas. En María (1867) de J. Isaacs no hay gestos de rebeldía; el lenguaje es altisonante y el yo es romántico y autocentrado. Azul (1880) de Rubén Darío se aparta de las fórmulas europeas y busca un lenguaje propiamente latinoamericano, sustentado en su hibridez. Lo mismo para los Versos Sencillos (1891) del cubano José Martí. Desolación (1922) de Gabriela Mistral y Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) de Pablo Neruda no alcanzan el dialogismo que tendrán sus obras posteriores.


Para el análisis de estos los siguientes textos se privilegiará la propuesta de Manuel Jofré
[3] (C. Santander y P. Lastra) acerca de la Superrealidad como una unidad estética de las obras literarias contemporáneas latinoamericanas. Manuel Jofré señala que:

“ …La noción de superrealidad, al oponerse en el texto, a la realidad que la rodea (que se puede denominar realidad cotidiana), establece las normas del esquema de preferencias del periodo surrealista (1935-1980) de la literatura hispanoamericana. […]
La superrealidad aparece dentro de la estructura de la obra literaria hispanoamericana contemporánea como unidad lingüística que por sí misma se aísla – por oposición y diferencia, generalmente – del contexto intratextual que la rodea. Su participación es siempre estructural, es decir, está ubicada o en el nivel de la expresión, narración o discurso, o en el nivel de lo expresado, el mundo o la historia, o ya sea de ambos.
[La superrealidad] es caracterizable en general como el deber ser de la realidad o como su verdad última. Se evidencia de una diversidad de maneras, tales como sueño, locura, utopía, delirio, etc.), permitiendo la definición de la superrealidad como un lugar de síntesis, anulación o contradicción, o como espacio de felicidad, de lo irracional o del saber. […]
La presencia de la superrealidad permite la realización de dos fenómenos característicos de la literatura contemporánea. El primero de ellos consiste en una ampliación de los niveles de realidad., más allá de una imagen causalista, mecánica y cientificista de la realidad, y esta ampliación se manifiesta mediante yuxtaposiciones temporales, quiebres de la identidad, aperturas de espacios mágicos, etc. Segundo, la superrealidad permite la constitución de conciencias, lenguajes, modos narrativos muy variados que configuran perspectivas míticas, poéticas, oníricas, existenciales, patológicas, sociales, etc.
[…] Siendo la superrealidad un estrato del texto, tiende a contener en su interior todos los estratos del mundo (espacio, acontecimiento, personaje).” (Jofré.1990:52-53).

La superrealidad tiene tres vertientes: Una realidad aspirada o anhelada, postulada, auténtica, plena, natural; una realidad rechazada, degradada, inauténtica, deficitaria, inhumana, social. El tercer momento corresponde a la ironización, que es la victoria de la realidad rechazada por sobre la superrealidad. Para Cedomil Goic, en la Generación Superrealista se destruye el lenguaje y el mundo. En la segunda generación -Neorrealismo-, la superrealidad es destruida, se destruye el ser humano (Ironización).
En suma, la superrealidad tiene diferentes formas y contenidos:
1) La superrealidad tiene dos momentos: Percepción (fragmento, vislumbre, momento) y Experiencia (intención, visión, acción e integración).
2) Es un lugar de síntesis.
3) Se anulan los contrarios.
4) Unión de tiempo y espacio.
5) Se manifiesta la hibridez cultural.
6) Es un conjunto supervalorado.
7) Es un ámbito de felicidad, de comunicación que lleva a una dignidad ontológica.
8) Se amplían los niveles de realidad.
9) La superrealidad contribuye a la literatura fantástica, realismo mágico y lo real maravilloso.
10) Incluye experiencias oníricas, delirios, estados alterados.
11) Contiene los tres estratos característicos de la obra literaria: Tiempo-espacio, acción y personajes.


Los de abajo (1915), de Mariano Azuela, es una novela dialógica en cuanto presenta personajes campesinos y modos de vida rurales. Su carácter testimonial da inmediatez a los eventos y da inicio a una tradición novelesca específica que tiene que ver con la situación mexicana, pero también con la latinoamericana, nacida con el colonialismo y el latifundismo. La novela deconstruye la Revolución Mexicana, es decir, muestra la pérdida de los ideales de la revolución. Los personajes se desorientan por no lograr darle sentido al mundo, así se genera una degradación total. Las diferentes concepciones de la Revolución por parte del curro Cervantes, Solís, Macías y de parte del mismo autor, representado en la pluralidad, asignan a esta novela un carácter dialógico; asimismo su circularidad y la concepción sin barreras de la vida y de la muerte, muy propia de la cultura mexicana. Los sujetos se fusionan con la muerte, aspecto que Rulfo rescatará para darle características de leitmotiv dentro de un marco de ambigüedad. La revolución es una fuerza indomable que altera al ser humano, es energía entrópica, caotizadora. Se la representa ya sea como un huracán, fuerza telúrica o como energía cósmica. En este sentido, la Revolución Mexicana sería un espacio superreal.
[4]

Galope Muerto (1925), de Pablo Neruda, problematiza el asunto del tiempo y su lucha constante con la materia. Neruda es el poeta del tiempo, un observador activo. En Galope Muerto el tiempo cósmico (realidad rechazada) lleva a la materia a la destrucción, el mundo se degrada. Sin embargo, la materia se resiste, es rebelde, como el océano, una superrealidad. La materia se regenera y se transforma. La lluvia, como imagen, da origen a un proceso de caída que culmina en el fondo de la tierra. Las cosas se pudren pero vuelven a nacer, activando el ciclo de muerte y nacimiento. La imagen del zapallo, como emergencia de lo vegetal, plantea la gran victoria sobre el tiempo destructivo; redondo y femenino, cuajado de semillas, el zapallo es una entidad todopoderosa y superreal. La raíz es una conexión entre el universo de la destrucción y el universo del fundamento, que establece una dialéctica constante. En suma, el dinamismo (el molino, la polea loca), los espacios de transición (los limbos), la integración del sujeto con la naturaleza, el mismo título del poema (lo vital, lo inmóvil) hacen de este texto un ejemplo de dialectismo y dialogismo, que ya abriga la larva del postmodernismo.

Sensaciones (1935, Revista Nueva Nº 1) de Nicanor Parra forma parte del origen de la antipoesía, junto con el cuento Gato en el camino y el fragmento teatral El Ángel (1935, Revista Nueva Nº 2). Sensaciones está constituido por tres poemas: Ensueño, Nostalgia y Silencio, y rompe con el canon tradicional instaurado por Neruda. Manuel Jofré
[5] señala que “[…] Parra descentró la poesía de Neruda. Reconvirtió a Neruda a una inexorable historia e instaló lo festivo, lo carnavalesco, lo absurdo, como elemento desmantelador, en el centro de la escritura. […] Su obra combina la poesía y la física.” (Jofré. 2002: 131).
La antipoesía emerge de un proceso de hibridación, de una confluencia de matrices antagónicas: Lo popular y lo culto, lo científico y las humanidades, lo trágico y lo cómico, la escritura y la oralidad, lo citadino y lo campesino. En el poema “Ensueño” se reduce la voz hablante (en la capacidad cognitiva, en la visión, en su movimiento o gestión física); el sujeto no entiende su presente y pierde toda capacidad de conocimiento sobre sí mismo. En “Nostalgia” prevalece el espacio rural, el nivel de realidad es pobre, desprotegido, un lugar limítrofe; la infancia es un espacio protector, en comparación con un presente vacío donde la familia no existe [mundo burgués-realidad rechazada]. El poema “Silencio” la imagen de la aldea desaparece y se define la postmodernidad [Ironización] en el “empañado cristal” “que caracteriza tanto a las tazas desiertas como a la noche serena” (Jofré.2002:136). Junto con la aldea, la infancia, como locus amoenus [superrealidad], se destruyen para dar paso a “un espacio de soledad y silencio, del ahora.” (Ibíd:136).

Las corrientes literarias en la América Hispánica (1949), de P. Henríquez Ureña, es una historia literaria que incluye a todos los países de habla hispana y portuguesa. También integra la literatura antillana. Además determina la historia, antologías, folklore, datos arqueológicos, arte y arquitectura propias de cada país. Sin embargo, no incluye la literatura precolombina, lo mismo que Anderson Imbert en su Historia de la literatura Hispanoamericana (1954). A diferencia de Henríquez Ureña que establece un canon autorial donde prima el registro histórico (lineal, unidireccional, no mosaico), Anderson Imbert sitúa su Historia… desde un punto de vista estético, estructuralista, es decir, se centra en obras no en los autores.
El libro de Henríquez Ureña está basado en nueve conferencias pronunciadas en los Estados Unidos entre 1940 y 1941; su publicación es póstuma; el original en ingles [Literary currents in Hispanic America, 1945. Harvard University Press], luego la versión española, ya mencionada.
Hay que dilucidar varios puntos acerca de esta Historia: 1) Su origen son las conferencias dictadas a un público norteamericano, ajeno a la cultura hispanoamericana, 2) Los títulos de los ocho capítulos que la componen aluden a períodos históricos, no a situaciones literarias, 3) Henríquez Ureña esquiva la expresión “América Latina” y prefiere “América Hispánica”, por lo tanto está más cerca de España, lugar y eje de la dominancia. En este sentido, los capítulos dedicados al descubrimiento y conquista de América tienen un sesgo anti-lascasiano, 4) Henríquez Ureña declara la igualdad de la literatura hispanoamericana frente a la norteamericana y europea, 5) La metáfora esencial en esta Historia es la de la fluidez (las corrientes). La literatura es una corriente que fluye. El criterio del autor es la idea de la búsqueda de la originalidad en la expresión propia y esto hay que verlo en las corrientes literarias. Su obra o plan de escritura es cómo América forjó una cultura y una identidad gracias a las corrientes. En este sentido, instituye un canon por primera vez dentro del marco de las historias literarias 6) Hay un examen de una diversidad de géneros literarios, sin priorizar un género por sobre otro. Los diferentes géneros renuevan la búsqueda de la expresión, como referente principal o centro, 7) El autor utiliza diferentes discursos, el literario, el histórico literario, el político, etc. El mimetismo aristotélico decae con la intervención de la narratividad, 8) Henríquez Ureña no le de importancia a la Revolución Mexicana, ni al marxismo o Revolución Rusa, tampoco rescata la literatura de mujeres. Sí le da mucha importancia al período colonial, como etapa central en la búsqueda de la expresión. El escritor juega un gran rol como agente histórico y propulsor de cambios. Éste es un sujeto público, partícipe activo de la gesta de la expresión americana.

El poema Los heraldos negros (1918), de César Vallejo, instaura una poética del canon dialógica desde la visión del fracaso y fractura del discurso colonizador. El discurso del otro, lo prehispánico, se vislumbra en la muerte, en lo no asumido y en aquello que también se espera. El poema posee dos entonaciones: un tono bajo (la justicia) y un tono alto (la noche órfica) insertos en un lenguaje arruinado que ha perdido el nexo con el contenido espiritual; el lenguaje sagrado cae para dar paso al dolor como entidad superreal (experiencia comunitaria) que anula la expresión religiosa (los Cristos del alma, las caídas). El yo poético, traducido en la expresión “yo no sé”, inaugura un sector oscuro, un anuncio de la muerte en la vida. El tema de la culpa (ser mortal) se opone al espacio donde se sitúa el contacto con el otro; la solidaridad se expresa vivamente en la expresión “¡Pobre… pobre!” El hablante lírico se duele por ese otro que es igual a él. El dolor funda lo superreal por ser unidad con el otro y con el cuerpo, se trata de una experiencia de fundamento. “Los ojos locos” propone una desorbitación, un descentramiento de la mirada culposa, pero también un posible intersticio desde donde habla el poeta.
En suma, en este poema desaparece el lenguaje religioso y modernista. El lenguaje de la belleza está cuestionado y transgredido. Desaparece el alto lenguaje y prevalece lo bajo, el lenguaje popular. El dolor es fundante de la humanidad y apunta a una superrealidad incásica perdida y a la ausencia de lo infantil y lárico.

El Gesticulador (1938), de Rodolfo Usigli, propone una imagen del proceso histórico mexicano basado en la figura arquetípica de César Rubio, que representa la desvalorización y falsedad histórica que se vive. El discurso dramático se propone deconstruir la historia. Esto es fundamental para entender por qué El gesticulador abre paso a una concepción nueva del teatro latinoamericano. Al deconstruir un paradigma previo enfrenta la literatura y el presente político en una estructura artística compleja. Se trata, entonces, de un teatro crítico y antihistórico que presenta otra historia subyacente. En la obra, el sujeto histórico mexicano (todos los personajes) es un gesticulador, un simulador, cuyos gestos son vacíos e inauténticos. Desde el punto de vista de la teoría de la superrealidad se pueden distinguir tres momentos: 1) Realidad rechazada: apariencia; insatisfacción (los personajes no tienen proyecto); carencia física y espiritual; la Historia en su violencia, en la usurpación, en la falsificación; inautenticidad; apropiación falsa de identidad; la gesticulación; la mentira. 2) Realidad Aspirada->Superrealidad: César Rubio es el sujeto superreal, en él se unen dos tiempos y dos identidades. Hay tres César Rubio, el histórico, César Rubio en México, César Rubio en San Miguel de Allende. Con esto aparece el tema del doble (triple en Usigli), recurrente en Borges y Cortázar. 3) Ironización: Acumulación de las propias mentiras; la muerte de César Rubio; la traición. Para Usigli la Superrealidad es también falsificable, generando una poética del espejismo. La destrucción de la superrealidad es aprovechada por el asesino Navarro que erige a César Rubio como mártir, héroe y víctima.

La ciudad letrada (1980), de Ángel Rama
El modelo de este libro es la ciudad y la letra con sus variaciones desde el siglo XVI hasta el siglo XX. Las tres primeras ciudades (ordenada, letrada y escrituraria) corresponden a los siglos XVI, XVII y XVIII, respectivamente. La ciudad modernizada equivale al periodo de la Independencia; la Polis al siglo XIX y la ciudad revolucionada, al XX. Se trata de un libro de antropología o sociología literaria, también es un libro de historia de la cultura y una reescritura modélica de otras historias de la literatura (Henríquez Ureña, Anderson Imbert, Goic, etc.). En suma, La ciudad letrada es un texto metahistórico
[6] e inaugura una serie de estudios que tienen que ver con la ciudad como enclave de absorción o lugar de procesamiento de lo cosmopolita al exterior y también de lo criollo hacia lo interior. La doble función se manifiesta en la escritura (exterior) y la oralidad (interior), pero la escritura captura y reconvierte a la oralidad.
Este libro está centrado en la escritura, no en torno a los escritores y las generaciones, fechas o períodos artísticos. La escritura está vista en su posicionamiento cronotópico: en el espacio y tiempo de la ciudad. En su estructura interna, Rama toma elementos del estructuralismo y marxismo, sin embargo tiende mayormente a la preocupación por la lengua (lo filológico) y por las significaciones (lo semiótico).

En términos de la superrealidad, ésta se encuentra inmersa en la escritura, como utopía diferenciada de la ciudad real que no puede generar una ciudad ideal. La superrealidad también es el mundo utópico que genera la palabra en América Latina. Cuando surgen los mecanismos de censura y represión, el pensamiento conservador, en la escritura, la superrealidad se destruye. La ciudad letrada basada en una escritura ‘ordenada’, rígida y permanente venida de Europa, en oposición a la oralidad, precaria e insegura de los pueblos indígenas, supone un aplastamiento y una imposición. El orden es la suma del orden y el desorden o el caos.
En conexión con la idea del orden/desorden, Rama muestra que en América Latina los escritores han estado y siguen estando al servicio del poder (en Chile, sin ir más lejos, hay varios ejemplos).
La escritura no es sólo crítica al poder, es también la subordinación al poder. Actualmente, la escritura, atragantada por el neoliberalismo, también es un negocio, se planetiza o alfaguariza. Mayor desencanto aún.

La soledad de América Latina. Discurso de aceptación del Premio Nóbel, 1982. Gabriel García Márquez.

Este texto contiene un proyecto utópico para la América Latina de realidades descomunales. “La interpretación de nuestra realidad –dice Márquez- con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios”. La utopía es construir una unidad lingüística donde los aspectos paradojales de la realidad americana queden capturados.
No somos las Indias ni Cipango, somos América la innominada, pareciera decir el escritor, y el lenguaje es insuficiente para describirla. Sin embargo, América se escribe y se poetiza como “energía secreta de la vida cotidiana”. Así lo cree Márquez, a pesar de tanta injusticia, queda la poesía, el arte, la escritura, no como consuelo sino como cimiento de esa realidad desbordante que es Latinoamérica. La escritura hace creíble esta superrealidad.

Por un país al alcance de los niños. (Discurso en la ceremonia de entrega del informe de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, Bogotá, Julio de 1994).

Como en el discurso de aceptación al Nóbel, García Márquez busca en los hechos del descubrimiento y la conquista el origen de la identidad latinoamericana. “Cinco siglos después, los descendientes de ambos no acabamos de saber quiénes somos”, señala. Sin embargo, “era un mundo más descubierto de lo que se creyó entonces”. Incas, aztecas y mayas, así como los antiguos habitantes del país de Colombia, eran pueblos con una identidad propia. La superrealidad, lo fantástico y excepcional estaba en la vida cotidiana, en la naturaleza, antes que la escritura. Lo acontecido en América es superior a los productos de la imaginación.
La historia de América Latina está surcada por la violencia, la discriminación y la injusticia, pero también por una gran capacidad creativa. Se trata de una realidad desmesurada que aúna todos los órdenes de la vida.
La proposición de García Márquez es desarrollar una educación “inconforme y reflexiva, que nos inspire a un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma”. La integración de las ciencias y las artes debe incluir a la comunidad total y no sólo a una elite privilegiada con la educación privada. El desarrollo de la creatividad encauzada en la construcción de una nación (de todas las naciones de América Latina) que logre comprender y aprehender el complejo tema de la identidad, y así romper el sentimiento atávico de la soledad.

La fiesta del chivo (2000), de Mario Vargas Llosa, es una novela que mezcla la ficción e historia, y ha sido catalogada por la crítica académica como “novela histórica”. El narrador cuenta las últimas semanas del dictador Rafael Trujillo que oprimió durante treinta años a la República Dominicana. (Véase La fiesta del Rey Acab, de E. Lafourcade, 1959). Hay tres sectores bien diferenciados en la novela:
1) La llegada al país de Urania Cabral (1996), hija de Cerebrito Cabral, uno de los esbirros de Trujillo, 2) La preparación del asesinato de Trujillo por los siete conjurados, 3) Vida, falsa pasión y poder del mismo Trujillo y sus perros guardianes, como Johnny Abbes, jefe del SIM y otros sicarios.
De estos tres sectores, la historia ficticia de Urania cae invariablemente en el estereotipo degradado y victimizado de la mujer, tópico recurrente en todas las novelas de Vargas Llosa. En este caso se trata de la estigmatización judeo cristiana de la virginidad que viene desde María, sin pecado concebida. La violación de Urania por parte del Padre de la Patria se convierte así en tema y fiesta central de la novela, indicando, una vez más, la caída del personaje que no podrá reponerse de la mácula –hecha por su padre y por Trujillo- sino hasta sus 49 años, cuando retorna a desarchivar, al mismo padre –invalido y ausente- y a sus parientes mujeres, la violación y pérdida irreversible de su adolescencia. La rememoración o confesión como un hecho liberador no la exime, sin embargo, de seguir siendo una mujer descorporalizada, que ha anulado la conexión entre cuerpo y placer/deseo, exacerbando su condición intelectual (abogada recibida en Harvard, no es cualquier cosa). Es decir, Urania, como el mismo Trujillo, guardando las distancias entre víctima y victimario, son sujetos impotentes y disociados. Urania también odia todo lo que sea ‘fluido corporal’, como el dictador, no suda, llora ni tiene orgasmos. El tirano no puede controlar su próstata enferma y se orina, acto que refleja su propia impotencia sexual. Urania inventa un amante ante las preguntas de su prima, pero rechaza de inmediato cualquier acercamiento varonil conectado, además, con el hecho de beber alcohol en la escena del ascensor.
La ausencia o presencia de la tela sagrada o himen en el mundo occidental masculino lleva a la mujer al binomio irreductible puta-virgen, la maculada y la inmaculada. Dentro de los mitos de la ley del padre, están la sangre menstrual como fluido impuro (conversación Trujillo y chofer del auto) y la sangre proveniente de la ‘desfloración’, aunque sea la comprobación de que la tela se ha roto o perforado. Aún se practica la ‘composición de himen’ a las mujeres que deben demostrar su virginidad ante el matrimonio. Este ‘costureo’ (también los párpados al General Román en el Trono) se relaciona con la normalización de la pureza donde ya no la hay, estableciéndose así un mundo esquizofrénico.
El narrador presenta personajes maniqueos, sin progresión, condenados a la cárcel de la caricatura. Urania- Huraña es una caricatura de mujer mártir ‘descoñada’ y arrojada a los tiburones de un mundo falocéntrico. La reiteración del verbo ‘tirar’ tiene que ver con posesión y poder, pero también con arrojar, verter o botar. Y Urania, con 49 años, la misma que vive en Madison Ave. y la 70, en un Upper East Side elitista y burgués, no logró superar el trauma. Esto, en vez de enaltecerla, la degrada: no hay acceso a la superrealidad en la confesión a manera de exorcismo luego de 35 años de mudez castigadora. Lo que puede desprenderse es que los roles de la mujer (la solterona, la casada, la Prestante Dama menopáusica, la Excelsa Matrona, haitiana escondida, etc.) acondicionados una y otra vez por la cultura patriarcal, colapsan en el estereotipo.
El mundo entero en esta novela postmoderna es sólo realidad degradada (o superrealidad falsificada), carnavalización de la máscara y los clichés sexuales y de poder. La casa del viejo Cabral - la cabra también violada por el chivo- es símbolo de un país que se cayó y se cae a pedazos, inválido y mudo, descolorido y agotado.
Mario Rodríguez
[7] , siguiendo las coordenadas de Foucault en Vigilar y Castigar, señala que:

“El registro, el archivo y la anotación emparientan a la novela realista con la ciudad apestada descrita por Foucault en Vigilar y castigar. En forma similar a la ciudad apestada la novela es un espacio ficticio cerrado, recortado, vigilado en todos sus puntos, en el que todos los movimientos se hallan controlados y todos los acontecimientos registrados y en el que un trabajo continuo de escritura une el centro con la periferia.
En La fiesta del chivo el dictador Trujillo ha impuesto en Santo Domingo un modelo compacto de dispositivo disciplinario propio de la ciudad apestada.
La vigilancia se apoya en un registro permanente en el que los informes de la policía, de los soplones, de los ministros y los chismes de los vecinos son primordiales. Se toma nota de todo para informar al dictador: visitas, muertes, viajes, enfermedades, reclamaciones, irregularidades y se vigila, se aprisiona, se encierra, se sitia (el caso de los obispos) a los desobedientes, a los que complotan, a los insumisos, en síntesis, a los "apestados" que infectan la ciudad.”

Según Rodríguez, el narrador omnisciente se sitúa como vigilante principal del panóptico o cárcel narrativa, también encierra o sitia a sus personajes. Es el guardián que clasifica y ordena la materia novelesca, desacralizando la historia oficial y mostrando personajes “apestados” que detentan ideales de pureza y sanidad.


Sintetizando, el mapa literario de América Latina (el corpus seleccionado) –mirado desde la concepción del panóptico- se articula como una lucha entre saberes y poderes, leyes y penalidades, encerrado en un mundo de características patriarcales. La formación del canon latinoamericano está íntimamente ligada a la idea de la penetración forzosa, a partir del descubrimiento y conquista. Los textos revisados, de una u otra manera, muestran esta idea, revelando también la pérdida de las utopías y de las identidades. Y este canon continuará formándose, o re-formándose, según el favor del viento. Es de esperar que prevalezca el cáliz y no la espada.



[1] “Pensando en el esquema de Habermas de las tres esferas y las varias funciones, en Latinoamérica la literatura cumple cualquiera de esas funciones. Ahí, esa intercambiabilidad, esa operación metafórica que es propia del boom, la tesis del libro es que el bombardeo a La Moneda le pone punto final, en el sentido de que el bombardeo a La Moneda pone el punto final al último proyecto de modernización alternativa que había en Latinoamérica. Y que ahí ya no estaba dada la posibilidad de armar desde la literatura un proyecto de redención por las letras.” Idelber Avelar. Alegorías de la derrota:la ficción postdictatorial y el trabajo del duelo. 2000. Santiago, Cuarto Propio. Extracto encontrado en www. elmostrador.cl
[2] El canon español está compuesto de dos subcánones: el superior, monológico y el inferior, dialógico: A la línea monológica pertenecen los Cantares de Gesta (Siglo XII), Mester de Clerecía, (S.XIII), Novelas de caballerías y Don Juan Manuel, (S. XIV), Jorge Manrique que toca el tema de la muerte de modo sublime (S.XV), Amadís de Gaula, Garcilaso, San Juan, Fray Luis (S.XVI), Lope de Vega, Tirso de Molina, Góngora, Calderón de la Barca, período barroco (S.XVII). En la línea dialógica se incluyen las Jarchas (Siglo XI), Libro del Buen Amor (S.XIV), texto multidiscursivo, heteroformal; Romances (se mantiene la oralidad) y La Celestina de Fernando de Rosas, texto transgenérico (S.XV), El Lazarillo de Tormes (1554) acepta completamente la palabra del otro, hay parodia, sátira, un doble lenguaje. La palabra es bivocal. Alonso de Ercilla y Zúñiga con La Araucana que muestra episodios cortados, héroe colectivo, la biografía del mismo Ercilla en el texto (S. XVI), Cervantes y Quevedo en el Siglo XVII. Cervantes deconstruye el canon monológico (las novelas de caballerías) con El Quijote. Hay una interacción en los discursos diferenciados: El discurso trágico sublime sería inútil; el discurso marginal, campesino rural prevalece. De la interacción de estos discursos emerge la verdad bivocal. El Quijote no tiene distancia con respecto a la historia y reúne discursos altos y bajos (sátira menipea). Se ironizan las obras aristocráticas previas. Lo mismo sucede con Quevedo en sus poemas y en El Buscón, que ironiza y burla totalmente las novelas picarescas anteriores. Con Quevedo se cierra el ciclo picaresco español.
[3] Jofré, Manuel. “Teoría y práctica de la superrealidad en la literatura latinoamericana contemporánea: Borges, Cortázar y Neruda”. 1990.Revista Logos Nº 2, Universidad de La Serena.
[4] “ En Los de abajo Azuela representa el mundo de lo ‘no escrito’ - la revolución popular - y lo somete a la lógica cultural de otro discurso, cuya función es desautorizarlo. En las acciones de los personajes revolucionarios, sin embargo, en su peregrinar, o bien en su lenguaje directo y coloquial, o a través de las acotaciones del narrador, se perciben las huellas de una política alternativa que gira en torno a la experiencia histórica villista. En el vitalismo revolucionario de este mundo ‘otro’ residen los elementos de la novela que garantizan su credibilidad, su perdurabilidad, aun cuando en el acto de representar subjetividad política popular el autor proceda simultáneamente a suprimirla.” Parra, Max. VILLA Y LA SUBJETIVIDAD POLÍTICA POPULAR: UN ACERCAMIENTO SUBALTERNISTA A LOS DE ABAJO DE MARIANO AZUELA. University of California, San Diego. Documento PDF. En: www.ingentaconnect.com/content/ rodopi/foro/2002/00000022/00000001/art00002
[5] Jofré, Manuel. “El cristal empañado. Modernidad y postmodernidad en la obra de Nicanor Parra”. En: Ciclo homenaje en torno a la figura y obra de Nicanor Parra. Coloquio internacional de escritores y académicos. 2002. Santiago de Chile, AntiParra Productions y Ministerio de Educación, División de Cultura.
[6] Hayden White en el Prefacio a Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, sostiene que …” la obra histórica …es una estructura verbal en forma de discurso en prosa narrativa. Las historias (y también las filosofías de la historia) combinan cierta cantidad de “datos”, conceptos teóricos para “explicar” esos datos, y una estructura narrativa para presentarlos como la representación de conjuntos de acontecimientos que supuestamente ocurrieron en tiempos pasados. …Además tienen un contenido estructural profundo que es general de naturaleza poética, y lingüística de manera específica, y que sirve como paradigma precríticamente aceptado de lo que debe ser una interpretación de especie “histórica”. Este paradigma funciona como elemento “metahistórico” en todas las obras históricas de alcance mayor que la monografía o el informe de archivo.” White, Hayden. 1992. Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México D.F., F.C.E. Pg.9.
[7] Rodríguez Fernández, Mario. “Novela y poder: El panóptico. La ciudad apestada. El lugar de la confesión”. Atenea (Concep.). [online]. 2004, no.490, p.11-32. Disponible en la World Wide Web: . ISSN 0718-0462.

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Tardes tristes y otros trastos


Cuando la tristeza repleta la tarde con su copón de crema ácida no hay nada mejor que recordar películas famosas o leer historias de Corín Tellado en antiguas Vanidades apiladas en la ducha de cajón que jamás se usa, salvo para guardar esas revistas, una enceradora manual, que mi abuela llamaba “el chancho” y otros artefactos caseros. Después de leer las palabras “alberca”, "pechos turgentes” y "cabello caoba”, y que ella toma el auto y va a cien por hora a decirle a él que sí, sí, mi amor, hazme tuya, voy a la cocina a tostarme un pan, y mientras como y me relamo pienso en esa escena de El último tango en París cuando Marlon Brando usa mantequilla para introducir su dedo (no recuerdo cuál) en el culito jovial de la Maria Schneider. Creo que antes se corta la uña, en un acto de gran caballerosidad. Luego Marlon masca un chicle, sumergido en su spleen setentero de gringo acabado, mientras la Schneider orina parada. Retazos de imágenes, espejos quebrados de una película que estuvo prohibida en Chile durante muchísimos años, como Cristo nuevamente crucificado en donde Judas habla con acento de Brooklyn. Films inocentes después de todo, no como esta época en que pudimos ver por la televisión la guerra de Irak en vivo y en directo, la más obscena de las guerras en su destello de fuegos genocidas. Un dedo metido en un ano femenino no es nada comparado con las imágenes de presos irakíes torturados por soldados norteamericanos. La guerra, el hambre, la violencia nos ciegan con sus flashes, no así A streetcar named desire, la película de E. Kazan basada en la obra de T. Williams, C'eravamo tanto amati de Ettore Scola, con Nino Manfredi, Vittorio Gassman y Stefania Sandrelli, o Ladri di biciclette, 1948, De Sica.
Con especial cariño vuelven a mí las seriales de mi infancia: Los vengadores, El fugitivo, El túnel del tiempo, Misión imposible, Perdidos en el espacio, Los invasores y, por supuesto, Bewitched o La hechizada. Odiaba a Darrin, Samantha y Tabatha y enloquecía por Endora y Serena. Si vieron el remake, olvídenlo, por favor.
La tele que había en mi casa era una pequeña Motorola en blanco y negro, y había que darle de puñetazos para que funcionara. Entonces, partía donde mi vecina que tenía una Westinghouse gigante y ahí disfrutábamos de las andanzas de sangre melancólica de Barnabas Collins (Dark Shadows), serial inglesa de los años ’70.
Más atrás aún: el radioteatro. Yo escuchaba
El siniestro doctor Mortis en una radio que tenía un ojo verde hipnotizador que se dilataba cada cierto tiempo. El aparato en cuestión era un mueble de madera noble que ocupaba un sitio de honor en la sala de estar, con los parlantes forrados de tela y el tocadiscos con una aguja que siempre había que soplar. La marca era alemana y no he podido recordarla; las letras estaban grabadas en metal arriba de la perilla de sintonización (¿Grundig?).
El siniestro doctor Mortis significaba ingresar sin peaje a otro mundo. Un mundo sin imágenes, pero que lograba echar a correr la imaginación. Cascos de caballos golpeando la noche, risotadas siniestras y una puerta de goznes oxidados cerrándose o abriéndose al horror, gritos, jadeos, el viento soplando fuerte y azotando los postigos. Esa recreación me paraba los pelos, pero resistía el miedo mientras pensaba que yo también podía escribir historias así. Lo único que logré garabatear fue un pequeño cuento sobre ovnis. La nave madre era comandada por el mismísimo diablo, cuya misión era destruir a todos los que creían en Dios. Y el diablo no tenía cola ni patas de cabra. Me lo imaginé a lo James Bond, con mirada más siniestra eso sí. Esa historia sólo está en mi cerebro; puede que invente, lo cual no es nada de raro.

Y, como un aluvión, desemboco en mi propia película donde pensé que él me destrozaría a dentelladas; por un momento lo pensé, qué licantrópica, sólo porque mordió una oreja erizada y caliente, la mía, y paseó la lengua por la trompa de Eustaquio hasta llegar al lecho del cerumen, porque en esos instantes supremos todo se idealiza, hasta los mocos que sorpresivamente afloran después de un beso de dos bocas y cuatro manos lascivas.
Nunca nos amamos tanto, dirá él a algún amigo, mientras beba una cerveza en algún restorancito cualquiera, de una ciudad cualquiera. Fue puro sexo, y del bueno, rectificará al cuarto pitcher. Y al recibir el aletazo frío de la calle, borracho y sentimental, eructará algo ininteligible, pero que tiene que ver con el maldito amor y las pérdidas irreparables. Un trasto viejo arrumbado en la ducha sin uso de una casa con fantasmas.

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Bajo nivel, de Julio Cortázar


Cortázar y Cthulhu, el de nombre impronunciable, unidos en las profundidades del metro. Al pulpo llamémosle Xuxu, y no nos hagamos más problemas. Recomiendo La petite Claudine que celebra a Lovecraft y al verdadero e inigualable octopus de ventosas negras y rojas.



Puede ser que, una vez más, todo empiece por las palabras y entonces, claro, con ellas. Puede ser que el vocabulario del metro sea en parte la raíz de ese contacto de por vida que tengo con él, y que de ahí provengan tantas páginas que le he dedicado o que él me ha dictado en relatos y novelas, bumerang del verbo que retorna a la mano y a los ojos.
Correspondencias, por ejemplo: en París es el término que indica los cambios que puedan hacerse entre las diferentes líneas, pero como en casi toda la nomenclatura de nuestros Hades urbanos, es un término cargado. Cuando llegué a París en 1949, trayendo como brújula la literatura francesa, Charles Baudelaire era mi gran psicopompo; el primer día quise conocer el Hôtel Pimodan, en la isla Saint-Louis, y al preguntar por el metro que me llevaría a orillas del Sena, el hotelero me indicó la línea y agregó: "Es fácil, no hay más que una correspondencia." En ese mismo momento mi memoria volvía una y otra vez al célebre soneto de Baudelaire, y de golpe sentí que todo estaba bien, que entre París y yo no habría rupturas. Veintinueve años han pasado y las correspondencias entre nosotros persisten y se ahondan.
En Inglaterra y Estados Unidos, las correspondencias se llaman cambios, y en mi país combinaciones. Cualquiera de las tres palabras contiene cargas análogas, insinúan mutación, transformación, metamorfosis. El hombre que baja al metro no es el mismo que vuelve a la superficie; pero, claro, es preciso que haya guardado el óbolo entre los dientes, que haya merecido el traslado, que para los demás no pasa de un viaje entre estaciones, de un olvido inmediato.
En el principio fueron los olores. Yo tenía ocho o nueve años y desde el suburbio bonaerense donde vivíamos, mi abuela me llevaba de visita a la casa de unos amigos. Primero un tren local, luego un tranvía y por fin, desde el centro de la ciudad, el subterráneo, que los porteños llaman subte casi como si le tuvieran miedo a la palabra completa y quisieran neutralizarla con un corte desacralizador. Hoy sé que el trayecto en subte no duraba más de veinte minutos, pero entonces lo vivía como un interminable viaje en el que todo era maravilloso desde el instante de bajar las escaleras y entrar en la penumbra de la estación, oler ese olor que sólo tienen los metros y que es diferente en cada uno de ellos. Mi abuela me llevaba de la mano (su traje negro, su sombrero de paja con un velo que le cubría la cara, su invariable ternura), y había esos minutos en el andén en que yo veía la hondura del túnel perdiéndose en la nada, las luces rojas y verdes parpadeando en la profundidad, y luego el fragor progresivo, el tren dragón rugiendo y chirriando, los asientos de madera que yo rechazaba para quedarme de pie contra una ventanilla, la cara pegada al vidrio. Porque cuando el tren tomaba velocidad las paredes del túnel se animaban, se convertían en una pantalla móvil con cables como serpientes negras ondulando, con el paso instantáneo de las luces, y siempre ese olor en el aire espeso y lento que nada tenía que ver con el de fuera, con el de arriba. En algún momento que cada vez tenía algo de milagroso, el tren ascendía a la superficie, las ventanillas se llenaban de sol y de copas de árboles; algo como alivio, como rescate de esa breve temporada en el infierno, y a la vez la monotonía de recuperar la normalidad, las calles y las gentes y el té con pasteles que nos esperaban invariables a cada visita mensual, decirse entonces que el viaje no había terminado, que al caer la noche volveríamos a tomar el subte, de nuevo el túnel y las serpientes y el olor, de nuevo ese interregno excepcional que de alguna manera me condenaba ya a cosas como ésta, a escribirlo aquí cincuenta y tantos años después.
Por cosas así puede llegarse a mantener un comercio furtivo con el metro, una relación de la que no se habla pero que un día asoma en los sueños y en esa otra manera de soñar que son los cuentos fantásticos. Allí y en pasajes de novelas he ido coagulando a lo largo de los años ese sentimiento de pasaje que nada tiene que ver con el traslado físico de una estación a otra. Ya en Buenos Aires y en la juventud, el subte Anglo me había llevado a la escritura, y recuerdo que al subir a la superficie mi primer impulso era entrar en alguno de los viejos y sombríos cafés del centro donde de alguna manera se mantenía ese clima de extrañamiento con relación a lo que me estaba esperando en el resto del día. Era entonces mi sola experiencia en ese terreno, y no podía imaginar que alguna vez otras ciudades del mundo habrían de darme, como sin duda le ha ocurrido a Siet Zuyderland, diferentes aproximaciones a un centro común; porque hoy sé que el metro, el subte, el underground, el subway, no sólo se asemejan obligadamente en el plano funcional, sino que todos ellos crean a su manera un mismo sentimiento de otredad que algunos vivimos como una amenaza que al mismo tiempo es una tentación. Si bajar al metro representa para mí una leve angustia, una crispación física que pasa en seguida, no es menos cierto que salir de él significa cada vez una indefinible renuncia, un regreso a la seguridad cobarde de la calle; como haber soslayado una indicación, un sistema de signos acaso descifrables si no se prefiriera casi siempre lo superficial.
Como en el teatro y en el cine, en el metro es de noche. Pero su noche no tiene esa ordenada delimitación, ese tiempo preciso y esa atmósfera artificialmente agradable de las salas de espectáculos. La noche del metro es aplastante, húmeda de un verano de invernáculo y además infinita; en cualquiera de sus puntos o de sus horas la sentiremos prolongarse en los tentáculos de los túneles, en cualquiera de las estaciones a las que bajemos estará latiendo uno de los muchos corazones del inmenso pulpo negro que subtiende la ciudad. La noche del metro no tiene comienzo ni fin, allí donde todo se conecta y se transvasa, donde las estaciones terminales son a la vez llegada y partida; llamarlas terminales es una de las muchas formas de defensa contra ese temor indefinido que espera en la penumbra del primer corredor, del primer andén.
El metro como intercesor entre el condicionamiento rutinario de la calle y el momentáneo despertar de otros estados de cenestesia y de conciencia. A diferencia de la marcha en la calle, donde las opciones y la vigilancia son incesantes, basta iniciar el descenso para que una mano invisible se apodere de la nuestra y nos lleve sin la menor posibilidad de elección hacia el destino prefijado. No se va de dos maneras diferentes de la estación Etienne Marcel a la estación Panelagh: flechas y pasajes y carteles y escaleras anulan todo margen de capricho, todo zigzag de superficie. Pasajeros y trenes se mueven dentro de la misma relojería predeterminada, y es entonces cuando las potencias de la superficie se adormecen y puede suceder que accedamos a otros niveles; al liberarnos de la libertad, el metro nos vuelve por un momento disponibles, porosos, recipientes de todo lo que la libertad de la superficie nos priva, puesto que ser libres allá arriba significa peligro, opción necesaria, luz roja, cruzar en las esquinas mirando del buen lado.
De vivir en nuestro tiempo, poetas como Gérard de Nerval y Baudelaire hubieran amado el metro; Nerval por su lado alucinatorio, cíclico y recurrente, y Baudelaire por la artificialidad total de una micrópolis en la que no hay plantas ni pájaros ni perros. (Ratas sí, pero la rata está del lado del poeta, lucha contra el sistema, lo mina y contamina en una batalla sin cuartel que dura desde la primera ciudad de los hombres y sólo acabará con la última.)
La primera vez que bajé a la estación Saint-Michel y vi las enormes estructuras metálicas, las escaleras y los ascensores de hierro, la luz mortecina y estancada en la que toda idea de sombra es inconcebible, medí hasta qué punto Baudelaire hubiera aprobado ese congelado infierno moderno. Desde hace unos años, la renovación de las estaciones del metro de París intenta "humanizar" el ambiente, pero nada parece haber cambiado en la conducta de quienes las usan. Ya a medias robotizados por los mecanismos de la superficie, el descanso los fija en una total desmultiplicación de la vitalidad, de la comunidad, de la comunicación incluso en sus formas más embrionarias. Sólo los grupos, las bandas se agitan y hablan porque poseen y transportan su propio microclima que los defiende de la soledad exterior; los otros, incluso las parejas, se encierran en un mínimo de movimientos, de gestos y de miradas. Las caras de los pasajeros de un autobús reflejan siempre algo de lo que los rodea y los invade viniendo de las ventanillas; sus ojos siguen el dibujo o las leyendas de los carteles publicitarios, el cruce de los autos, el ritmo de las vitrinas y las gentes en las aceras. Pero aquí todo es rígido y como intemporal, y no hay nada que ver ni oír ni oler porque todo es recurrente y periódico y forzoso y casi idéntico en cualquier estación de metro. Los carteles de publicidad duran interminablemente, y acaso nadie se da demasiado cuenta de su renovación periódica. La luz y el aire tienen siempre la misma consistencia, todos hemos leído cientos de veces las mismas leyendas, advertencias, prohibiciones y consejas municipales, y las seguiremos leyendo porque los ojos se mueren de hambre en el metro, buscan un empleo, un asidero que los arranque de ese ir y venir en la nada. Este asiento está reservado a: 1)los mutilados de guerra, 2) las mujeres embarazadas, 3) los ancianos, etcétera./ Está prohibido descender a las vías en caso de interrupción de la marcha, a menos que así lo indiquen los empleados responsables, etcétera. (Menos mal que la política, la estupidez y la sexualidad llenan de inscripciones un poco más cambiantes los corredores y los vagones; el ojo salta sobre ellas, las devora contento, las entrega al cerebro para que apruebe o rechace. El Shah asesino/ Mueran los judíos/ Mao o Brejev/ Me gusta chupar/ Sea macrobiótico/ Abajo Pinochet.)
Paradójicamente, la codificación congelada del metro favorece en algunos viajeros la irrupción de lo insólito. Sé de la disponibilidad, de la porosidad que crea la rutina, de la somnolencia favorable dentro de la colmena de indicaciones y recorridos infalibles. Lo sólito es allí tan manifiesto que la más mínima transgresión o fisura se da con una fuerza que no tendría en la superficie. El día en que me tocó viajar de pie en un vagón atestado, y una mano de mujer joven se apoyó sobre la mía y permaneció allí durante una fracción de tiempo que rebasaba lo normal antes de retirarse al otro extremo de la barra mientras su dueña se excusaba con un gesto y una sonrisa, ese mínimo episodio alcanzó una intensidad de la que hubiera carecido totalmente en un autobús, por la simple razón de que los protagonistas habrían estado más ocupados por su entorno, el roce de sus manos no habría tenido esa sutil transmisión de fuerzas, esa electricidad musgosa que me llegó tan a lo hondo y dio días después un relato que se llama Cuello de gatito negro.
En otro plano, la fisura dentro de la monotonía puede nacer de ese estado de desocupación mental que el metro favorece como pocas otras cosas. Pienso en un relato mío que sigue inédito, y que nació de un comentario humorístico sobre el número de pasajeros que habían bajado en un cierto día al subte Anglo en Buenos Aires, y el número de los que habían vuelto a la superficie (faltaba uno). Broma, error de control, todo quitaba importancia y seriedad a algo que sin embargo me pareció grave, quizás horrible, y que en su proyección imaginativa se volvió el preludio de un descubrimiento abominable.
Y luego, como una fascinación que el viajero presuroso y funcional rechaza, hay la llamada más profunda, la invitación a quedarse, a ser metro. Es una vez más la atracción del laberinto, recurrente mäelstrom de piedra y de metal. Lo insólito se da allí como un reclamo que exige la renuncia a la superficie, la recodificación de la vida. Pobres Elíseos atenazados por la urgencia de los horarios y las citas, los viajeros se tapan los oídos con cualquier cosa, el diario que leen entre las estaciones, las tiras cómicas, la contemplación vacua del vagón o del andén. Algunos sin embargo oyen el canto de las sirenas de la profundidad, y yo he aprendido a reconocerlos; son los que mientras esperan un tren dan la espalda a la estación y miran perdidamente la hondura tenebrosa del túnel. Entre ellos podría estar el protagonista de Manuscrito hallado en un bolsillo, alguien capaz de comprender y acatar el implacable ritual de un juego de vida o muerte con el que buscará a una mujer dentro de un sistema de claves implacables que él piensa haber inventado pero que vienen del metro, de la fatalidad de sus itinerarios, de su posesión total del viajero apenas se bajan los peldaños que nos alejan del sol y de las otras estrellas.
Pero si en todo esto lo insólito se proyecta en la consecuencia literaria más que en los hechos tangibles, también vale por sí mismo, aunque luego llegue a ser un tema de escritura. Antes de narrar el viaje imaginario de Johnny Carter en el metro, yo había vivido muchas veces esa fuga fuera del tiempo o ese acceso a otra duración que Johnny, en El perseguidor, habría de explicarle a su manera a Bruno. En 62, Modelo para armar, muchos episodios fueron vistos y escritos alucinatoriamente, y el metro instiló también allí su aura de excentración y de pasaje; eso me explica ahora el episodio del descenso de Hélène y su contemplación de los carteles publicitarios antes de su encuentro con Delia. En esos días yo había sentido con mayor fuerza que nunca el efecto del cambio de escala en esas caras y esas manos enormes que desde las paredes del andén de la estación Vaugirard proponían muros de quesos o vacaciones en México. Ya en la superficie seguía viéndolos como una especie de corrección de la realidad que pretendía rodearme y moldearme y someterme a su pretendida escala de formas y valores; de golpe esas imágenes monstruosas, esas uñas y esos dientes agigantados por el ansia de la sociedad de consumo, se me volvían positivos, me ayudaban a desconfiar de lo usual y lo fácil y lo presabido; de golpe yo era un pigmeo entre pigmeos, allí en la esquina podía estar esperándome, terrible y definitiva, la enorme niña que amaba el queso Babybel, y esa niña podía ser de hidrógeno o de cobalto, su zapato me aplastaría contra la acera sin odio y sin razón como nuestros zapatos aplastan hormigas a lo largo de gratas excursiones dominicales. Sentí que vivíamos por casualidad, que nuestras reglas tranquilizadoras estaban rodeadas y amenazadas por incontables excepciones, azares y demencias; todo eso busqué decirlo luego en la novela, todo eso le ocurrió a Juan, a Hélène, a los que de alguna manera tenían que pagar el precio de haber bajado al metro de sus propios corazones, de haber asumido los códigos de la noche bajo tierra.

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Círculo del aire



Ángulos del amor imposible

El fantasma me escribe día a día; cuando yo respondo, él es mi reflejo. Y así han pasado estos meses de permanente vacío. El silencio es lo que más nos gusta y si pudiéramos no escribirnos lo haríamos, sólo que siempre hay un espejo que nos devuelve las palabras que nosotros mismos hemos desechado, como el mar arroja un cadáver a la orilla de la playa.

Ángulos del amor posible

Y el fantasma vino corriendo y me atravesó. Cuando quise verlo, ya no estaba. Ahora, dos pulsos me habitan y mi sombra algunas veces me besa en plena boca.

Volver al punto de partida

Un fantasma soñó que era una sábana, amarillenta, seca y tiesa. Cuando despertó nadie escuchó sus gritos, salvo la tierra y los gusanos que por tanto tiempo lo habían acompañado.

En algún lugar del desierto chileno

El cementerio se encuentra en pleno desierto, demasiado lejos de la ciudad. Los fantasmas recogen flores de cactus para adornar sus tumbas.

En algún lugar del Cementerio General

En el patio 29 los fantasmas se bañan en un hermoso lago hecho con las lágrimas vertidas.

En Auschwitz

Donde los fantasmas aún tienen un número tatuado en la memoria.

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Volver, de Pedro Almodóvar



En su comentario a la película “Volver”, de Pedro Almodóvar, Mario Roberto Morales señala lo siguiente: “La fórmula de convertir a Penélope Cruz en una evocación de la Sofía Loren que inventara Vittorio de Sica en "Matrimonio a la italiana" y otros filmes, le funcionó bien a Almodóvar para instaurar en el imaginario mundial la efectiva ficción de una personaje-tipo de Castilla en su película "Volver".”
Creo que, en cuanto a voluptuosidad y fuerza actoral, Cruz no le llega ni a los talones a la gran Sofia Villani Scicolone. Le falta madurez escénica.
Almodóvar está situado de lleno en el postmodernismo que se vale de la cultura de masas para perpetuar una historia. En “Volver” se historiza, es decir, el director presenta determinadas imágenes de una sociedad y de una cultura. ¿Cómo lo hace? Redundando. ¿Quieren un ejemplo claro y simple? Raimunda llora lágrimas negras. Negras porque tiene toneladas de rimel en las pestañas y delineador en los párpados. Esta es la propuesta del director. Almodóvar refuerza el cliché melodramático con estas imágenes de Raimunda con los ojos siempre llorosos, mucha ojera y exagerado maquillaje “corrido”. Raimunda no es una heroína y jamás lo será. La Loren siempre fue heroína. Representó el papel de la mujer eterna, una especie de pachamama italiana. Raimunda no. Es débil, a pesar del escote y el brillo del cuchillo en el agua del fregadero. Aquí, Almodóvar nos dice: “Esto es mentira”.
Más fuerte es la hija que se carga al padrastro degenerado. Raimunda es una fugitiva, no huye del mundo, huye de sí misma y de su historia personal. La hija es hija de su padre, o sea, su hermana. Un buen cruce y refrote familiar. Cosa de todos los días por estas tierras.
Raimunda es una chica empeñosa y trabajadora y si hay que meter el cadáver de Paco en la heladera, ¿cuál es el problema? Nuevamente, el director nos hace un guiño. Porque la estética melodramática exige que Raimunda accione de este modo. Ésta es una película que habla de mujeres: desde la adolescente hasta la más vieja.
Recuerdo “Tomates verdes fritos”, dirigida por Jon Avnet (Fried green tomatoes at the Whistley stop cafe, 1991), donde el abusador es hervido en un caldero que está en un patio. Después se lo comen, claro. Hasta el policía que busca al “desaparecido” prueba el estofado. Y harto que le gusta. Redundancia.
Lorca no está en “Volver”. Puede que esté Artaud, en la seducción de la crueldad a través de la mirada de Almodóvar. Y, mucho más cerca, Manuel Puig. Todas las historias que se presentan son las del uso y abuso de la mujer. También son las historias de la oblicuidad: las lloronas, las que rezan, las que lavan tumbas, las que fingen, las “adúlteras”. Todas íbamos a ser reinas, pero no lo fuimos. A pesar de eso, somos fuertes. Ese es el lema de “Volver”. Y qué mejor que un tango para Almodóvar: la mezcla ideal que aleja al personaje Raimunda de Sofía Loren. Ella le canta a la madre que está escondida en el auto. No le canta a un hombre. La madre es la que vuelve con las sienes plateadas a teñirse y (a) cortarse “los años”, porque las mujeres de Almodóvar siempre serán coquetas y dignas. Aquí hay pastiche, melodrama y kitsch, y también dignidad en todos los personajes. Esto, que puede sonar tan sobredimensionado, o tan de mina, dependiendo del ojo, impacta y emociona. Una se corta el pelo; la otra no tiene pelo: tiene cáncer. El corrillo de mujeres cree en las apariciones, pero al final, la madre, la que vuelve, la que estuvo escondida, se encarga de refutar esas creencias. De este modo, las mujeres de esta película escapan del estereotipo, siendo estereotipo.
Los elementos externos: el viento, la amarillez del paisaje, por ejemplo, funcionan como signos temporales: significan un tiempo pretérito degradado, al igual que el presente que vuelve para intentar una mejora.

Es cierto: Raimunda tiene aires de Sofia. Pero su imagen kitsch, como copia inferior de un estilo que ya no existe, se encarga de borrar los retazos superficiales, es decir, lo meramente físico.
Ella es la anti-Sofia. La imitación es tan inverosímil que el espectador se forja otra imagen, que no es precisamente la del escote y la del delantalito que realza la figura perfecta de Penélope Cruz.

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