Andando, corriendo, ladrando III
Contaré la historia de Galileo, el pointer que cazaba mariposas y no los habituales ratones que a veces bajaban del parrón a enfrentarse descaradamente conmigo y la escoba. Galileo llegó solo a casa. Otro perro perdido. De pelo muy corto, siempre la pasó mal en los fríos inviernos santiaguinos. Salía de su casa exclusivamente para beber agua y hacer sus necesidades. Su escudilla con comida caliente (no aceptaba los pellets) había que colocarla adentro de su habitáculo. Cuando terminaba la sopa de arroz y huesos, con la pata empujaba el plato hacia fuera y se ovillaba feliz, con la panza llena, a dormir y a soñar –supongo- con perras de suave pelaje. En las mañanas asomaba la punta de la nariz y olfateaba el aire. Si estaba tibio, salía, sin antes arquear el lomo y estirarse, siempre tiritando.
Era un perro muy fiel y bueno. De chica, Natalia jugó interminables horas con él. Ella se subía a su lomo y Galileo, sin chistar, la paseaba creyéndose un caballo enano. También cumplía funciones de acompañante en los muchos funerales que Natalia efectuó de sus mascotas: Lazo de Oro, el hamster que vivió dos años y tenía pelos blancos en el mentón; los peces del acuario, amortajados en una caja de fósforos pintada con crayones y con pétalos de flores pegados con cola fría. Cuando Natalia no estaba en casa y algún pez moría de modo natural o era devorado por otro, yo simplemente botaba los restos al W.C. y asunto arreglado. Hasta ahora ella no sabe esta verdad horrorosa porque yo volaba a la tienda de acuarios y compraba un pececito para la reposición. Nunca se dio cuenta.
Galileo, entonces, oficiaba de llorón, mientras Natalia cantaba unas letanías tristísimas a sus mascotas enterradas en el sector del limón y del gran agave. Cuando el jardín se sumía en el silencio, el perro obedecía a sus instintos milenarios: desenterraba a los muertos. No se los comía, sólo jugaba con ellos. Así encontré en el camino de piedra a Lazo de Oro, Lacito para los amigos, tieso y mordisqueado, con sus bigotes más blancos y más lejanos. Tomé al ratoncillo, lo envolví en papel, y no fui capaz de enterrarlo nuevamente. Reparé las pequeñas tumbas exhumadas, y boté a Lazo a la basura. Qué iba a hacer. Galileo me miraba con esos ojos divertidos que tenía, siempre riendo o burlándose. Tuve una seria conversación con él: lo exhorté a que no volviera a cometer esos actos de necrofilia. En caso contrario, tendría que comer los fríos y secos pellets.
A Galileo no le gustaban la noche ni las estrellas. Era un callejero de día. Gracias a su excelente olfato, salía todas las mañanas a ver a una afgana vecina y regresaba con unos tiritones de amor que ni la cazuela caliente le aliviaba. Suspiraba y entraba a su casa, callado y soñador.
Un día, Galileo fue a visitar a su amiga y no volvió. Lo buscamos por el barrio, pusimos carteles, Natalia y Paulina lo llamaban a viva voz por las noches: ¡Galileo, Galileo! A veces, Leo venía corriendo, preguntando lo de siempre: ¡¿Qué pasó, por qué me llaman?! Y las niñas respondían: “No te llamamos a ti, llamamos a Ga-li-leo, quizás nos escuche y vuelva”. Pero el perro no volvió y las chicas lo lloraron tanto: pena, penita, pena. Natalia escribió una oda magnífica de título “No volberás”, y le hizo una ceremonia en el sector del limón y el gran agave. Allí enterró su escudilla y su hueso de goma, junto al fantasma de Lazo de Oro y los escalares tropicales, los celosos beta, y otros peces cuyos nombres no recuerdo.
En esa misma época, perdimos a la pequeña Elisa, nuestra preciosa niña que no alcanzó a ver el mundo. Todos nos sumimos en un silencio de meses; quizás, años. No fueron necesarias las lágrimas para definir la tristeza y el vacío de la cuna forrada en género amarillo, de los zapatitos de lana, del móvil de gorriones de cartulina que yo le había hecho. Elisa vive en mi corazón, mínima y dulce, en su infancia eterna.
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Era un perro muy fiel y bueno. De chica, Natalia jugó interminables horas con él. Ella se subía a su lomo y Galileo, sin chistar, la paseaba creyéndose un caballo enano. También cumplía funciones de acompañante en los muchos funerales que Natalia efectuó de sus mascotas: Lazo de Oro, el hamster que vivió dos años y tenía pelos blancos en el mentón; los peces del acuario, amortajados en una caja de fósforos pintada con crayones y con pétalos de flores pegados con cola fría. Cuando Natalia no estaba en casa y algún pez moría de modo natural o era devorado por otro, yo simplemente botaba los restos al W.C. y asunto arreglado. Hasta ahora ella no sabe esta verdad horrorosa porque yo volaba a la tienda de acuarios y compraba un pececito para la reposición. Nunca se dio cuenta.
Galileo, entonces, oficiaba de llorón, mientras Natalia cantaba unas letanías tristísimas a sus mascotas enterradas en el sector del limón y del gran agave. Cuando el jardín se sumía en el silencio, el perro obedecía a sus instintos milenarios: desenterraba a los muertos. No se los comía, sólo jugaba con ellos. Así encontré en el camino de piedra a Lazo de Oro, Lacito para los amigos, tieso y mordisqueado, con sus bigotes más blancos y más lejanos. Tomé al ratoncillo, lo envolví en papel, y no fui capaz de enterrarlo nuevamente. Reparé las pequeñas tumbas exhumadas, y boté a Lazo a la basura. Qué iba a hacer. Galileo me miraba con esos ojos divertidos que tenía, siempre riendo o burlándose. Tuve una seria conversación con él: lo exhorté a que no volviera a cometer esos actos de necrofilia. En caso contrario, tendría que comer los fríos y secos pellets.
A Galileo no le gustaban la noche ni las estrellas. Era un callejero de día. Gracias a su excelente olfato, salía todas las mañanas a ver a una afgana vecina y regresaba con unos tiritones de amor que ni la cazuela caliente le aliviaba. Suspiraba y entraba a su casa, callado y soñador.
Un día, Galileo fue a visitar a su amiga y no volvió. Lo buscamos por el barrio, pusimos carteles, Natalia y Paulina lo llamaban a viva voz por las noches: ¡Galileo, Galileo! A veces, Leo venía corriendo, preguntando lo de siempre: ¡¿Qué pasó, por qué me llaman?! Y las niñas respondían: “No te llamamos a ti, llamamos a Ga-li-leo, quizás nos escuche y vuelva”. Pero el perro no volvió y las chicas lo lloraron tanto: pena, penita, pena. Natalia escribió una oda magnífica de título “No volberás”, y le hizo una ceremonia en el sector del limón y el gran agave. Allí enterró su escudilla y su hueso de goma, junto al fantasma de Lazo de Oro y los escalares tropicales, los celosos beta, y otros peces cuyos nombres no recuerdo.
En esa misma época, perdimos a la pequeña Elisa, nuestra preciosa niña que no alcanzó a ver el mundo. Todos nos sumimos en un silencio de meses; quizás, años. No fueron necesarias las lágrimas para definir la tristeza y el vacío de la cuna forrada en género amarillo, de los zapatitos de lana, del móvil de gorriones de cartulina que yo le había hecho. Elisa vive en mi corazón, mínima y dulce, en su infancia eterna.
Nomen est omen:
Historias tristes
Aviso de extravío
“Así que voy a hacer lo que creo mejor…”Nota de Virginia Woolf
He perdido mi imagen, la palabra, ese amor feble y fugaz; he perdido lo que nunca perdí: la sombra y la luz. También se han extraviado algunos granos de arena que guardaba en mis zapatos.
A quien los encuentre, por favor, no los devuelva.
Nomen est omen:
Microcuentos
Rayuela, Capítulo 7
"Y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar..."
Nomen est omen:
Imágenes
Índice del Ojo
Querido /a Lector/a: Al lado derecho del Ojo no encontrás el rabillo ni una lágrima que insiste en salir a recorrer el mundo de una mejilla. No, ni siquieras hallarás la córnea ni el iris ni una pestaña cargada de sueños malos. Al lado derecho y arriba sólo está el ÍNDICE DE ESTA BITÁCORA.
Nomen est omen:
Estética del bla bla y/o blo blo
Líbrame de todo mal
Ella grita para llamar a su mamá que la dejó aquí botada. Ella es vieja, tirillenta, ella tiene piojos. Está bien rayada. La Mamita.
-¡Iiiiiiiiiii!
La boca se abre. Horrible, negra. Los dientes bailan en las encías, la lengua es muy fea.
- ¡No grites más!
No escucha, ella no escucha a nadie. No tiene quién la saque de aquí, nadie la viene a ver. Entonces, viene el grito mayor, el que se nos mete al cerebro.
-¡Ayyyyyyy!
Pronto se la llevan a otro patio. Ella va riendo porque cree que ha llegado la mamá. Le dan una moneda para que se compre un chocolatín.
¿Por qué cuento esto?, ¿quién soy yo para hacerlo? Si ya me quitaron los cordones de los zapatos y el cinturón, si ya me quitaron el nombre y me pusieron otro. Y sigo vivo.
¿Por qué cuento esto?, ¿quién soy yo para hacerlo? Si ya me quitaron los cordones de los zapatos y el cinturón, si ya me quitaron el nombre y me pusieron otro. Y sigo vivo.
Cuando llegué pensé que no iba a resistir. Los demás me agarraron a golpes y me quitaron la ropa. En la noche tuve que compartir la pieza con otros treinta y cinco. Oí ronquidos y gargajos lanzados al suelo, oí llantos de hombre solo y correderas de paja. Quizás hice lo mismo, pero no me acuerdo. Cuando es de día los miro y somos todos iguales. Tenemos la misma cara de nada.
-Vas a terminar como la Mamita, pa’llá vamos todos.
-Al principio te vienen a ver, pero después se olvidan de uno.
-Nadie quiere a los locos.
- No estamos locos.
-Al principio te vienen a ver, pero después se olvidan de uno.
-Nadie quiere a los locos.
- No estamos locos.
Cosas que aquí dicen. Palabras que se convierten en susurros, en alaridos entrecortados, en refunfuños. A mí se me han olvidado muchas palabras, hablo poco, casi nada. El Mudo. Así me pusieron. Por eso, perdonen esto que escribo. Quisiera que fuera de otra manera, más ordenado. Y el lápiz comienza a fallar, lo chupo, intento la “H” con vuelta, como me la enseñaron en la escuela y no sale porque esta mierda de lápiz ya no escribe aunque lo cargue fuerte en el papel, aunque las rayas lo hundan hasta convertirlo en algo que ya está roto, algo que no se puede arreglar, a pesar de mi saliva y de las bolitas de cerumen que uso de pegamento. No sirve. Hundo el lápiz en el dorso de mi mano para sacar la sangre. Chug Chug. El lápiz succiona la sangre y puedo escribir nuevamente: No me siento muy bien hoy día. Dos auxiliares me rodean.
-¡Qué estás haciendo, Mudo!
-Hmm.
- Mira como tienes la mano.
- ¿Hmm?
- Tu mano.
-No le converses más y llévalo a Enfermería.
-¡Hmm!
-Entonces te quedas sin postre.
-Hmm.
- Mira como tienes la mano.
- ¿Hmm?
- Tu mano.
-No le converses más y llévalo a Enfermería.
-¡Hmm!
-Entonces te quedas sin postre.
Arrastran un saco de harina. Yo me dejo llevar para que ellos se puedan deslomar más rápido. Sin postre. La jalea es tembleque y roja. No tiene gusto a azúcar, no le echan rodajas de plátano ni gajos de naranja. Me recibe una enfermera bien bonita, amable.
-¿Qué le paso en la manito?
-Hmmmm.
-¿Le comieron la lengua los ratones?
-Hmmmm.
-¿Le comieron la lengua los ratones?
Miro sus caderas, hasta que me ametralla con sus ojos de rimel.
- Listo.
La estúpida se da media vuelta y me deja solo. Puta, eso es lo que es. Debe acostarse con todos los auxiliares y los doctores. Ayayai, ayyyyy, muge la enfermera detrás de las puertas.
Mano vendada, la sangre sube para teñir la venda.
-Hmm, hmm -le muestro la mano a la enfermera para que haga algo.
Se ríe. Es un pajarito que sale volando por la ventana, es un chincolito, ¿has visto a mi tío Agustín?
Se ríe. Es un pajarito que sale volando por la ventana, es un chincolito, ¿has visto a mi tío Agustín?
La sangre tiñe la venda, TODA LA VENDA.
También me quitaron el lápiz, pero puedo escribir desde adentro.
Voy al patio a contar piedras. Me encuentro con la Mamita. Reza.
Voy al patio a contar piedras. Me encuentro con la Mamita. Reza.
- ...Y líbrame de todo mal. Amén.
Comienza de nuevo el rezo murmurado, voz de niñita.
-Dios te salve María, llena eres de gracia...
-Dios te salve María, llena eres de gracia...
Me mira, interrumpe la oración, se rasca la cabeza bien fuerte; después, con delicadeza, abre los manojos de pelo para deslizar una liendre con la uña. Por encima de los faldones hediondos se rasca el pubis.
-¿Dónde estará mi mamita? - pregunta.
-Hmm -contesto.
-¿Tú la has visto?
-Hmm hmm.
-Hmm -contesto.
-¿Tú la has visto?
-Hmm hmm.
La tomo de la mano y la llevo al cuarto de los orinales oxidados. Querría decirle que su mamá debe estar muerta, que se olvide de ese contacto tibio y seguro que alguna vez tuvo, que perdone el abandono.
-Y líbrame de todo mal- dice de repente, en medio de la oscuridad asfixiante.
Lo dice con fe, con fuerza. Es su talismán. Me acerco hasta sentir su aliento, la abrazo, mis brazos se pegan a su cuerpo flaco.
-¡Mamá! -llora, escondiendo su cara en mi pecho. Le hago cariño en el pelo, y me olvido de su mugre. Me gusta sentir su cuerpo pegado al mío, es como un sólo cuerpo que aún restalla calor y deseo. Le busco las mejillas para besarlas y encuentro la piel rasposa, la lija desangrada...
La dejo sola y salgo, desde aquí aún oigo su llantina insistente. El sol me ciega. Ella alguna vez fue mujer, ahora es pellejo suelto, desarmado. Al abrazarla sentí sus tetas de casi nada y quise que ellas fueran paraditas, dos peras jugosas para lamerlas de a poco, como se lamen las heridas los perros huachos. La Mamita se asustó cuando las toqué. Ella no sabe que me dio pena no encontrar lo que yo quería.
¿Quién me contó que a ella la preñaron aquí mismo?, ¿quién me dijo que le desaparecieron la criatura porque aquí no se permiten infantes? Y nunca ha buscado a ese hijo, no lo ha nombrado, no ha llorado por él ni le tejió un chalcito, sólo busca a la mamá que la vino a dejar un día de primavera, jueves o viernes, no importa, y se fue prometiendo comprarle un chupete helado, ella la vio irse, sin más agua que la de sus ojos, sin más mueca que la de su sonrisa. La esperó hasta que se hizo de noche y tuvieron que trasladarla tiesa de muerte, abrazada de recuerdos. La tuvieron en una cama fría, con otras loquitas que se sacaban los mocos y miraban por los estrechos ventanales embarrotados. Todas gritaban: ¡Mamá! cuando era necesario y todas chocaron contra las paredes cuando no hubo respuesta.
En cambio yo no recuerdo quién me vino a dejar, no guardo memoria de este hecho tan importante. Un día, simplemente, estaba aquí.
La Mamita sale del cuarto, desorientada, mira a todos lados hasta que me ve, se acerca a mí con su rengueo silencioso, se acerca de a poco como si quisiera asustarme. Así lo hacen los gatos cuando quieren cazar su presa. Me mira fijo con sus ojos de vinagre. No me muevo. Cuando está a un centímetro mío, grita. Su grito se escuchará para siempre en este recinto. Será la marca, el distintivo.
Un día, simplemente, estaba aquí. No me sometieron a grandes exámenes, nadie pronunció un diagnóstico.
-¿Qué tengo? -pregunté.
- Aún no lo sabemos.
- Aún no lo sabemos.
Creo que ya ha pasado mucho tiempo. No volví a insistir. Para qué. Me acostumbré al sistema hospitalario, a ciertas reglas que hay que cumplir. A veces, como hoy, las rompo. Lo hago para escapar de la rutina. Una mano vendada es una mano vendada, algo nuevo. Después veré cómo crece la costra arriba de la sangre vieja, la herida cerrándose lentamente. Mirarla es oler una naranja, es escuchar a un grillo por la noche.
Dijeron que me fuera y yo no quise. Faltan camas dijeron. Dormí en el suelo. Tuve días de salida, pero me negué. Salga, salga, váyase, ordenaron. Pero yo no oí. Adónde ir, a quién visitar, en qué casa vivir. No podría reconocer el mundo de allá afuera. Es tan enorme. No le hago daño a nadie, soy casi inexistente. Me miran poco, poco me hablan.
Ahora, qué raro, quiero estar con esta vieja llorona. Es el rezo lo que me ha atraído o sus uñas comidas. No lo sé.
-Hmmm - la llamo.
Ella está en su jerigonza, no la oigo bien, acerco mi oído hasta su boca. No dice nada: murmuraciones, susurros, sonidos entrecortados. El lenguaje de la indigencia, la palabra hecha ovillo, el serrucho y el martillo que no cortan ni clavan sino que sirven para destrozar los sueños. Pero algo querrá decir la Mamita, a mí, yo que me he acercado por primera vez a ella. Pienso que podría hacerle cariño pero me arrepiento. Después tendría que hacerlo a diario y todo sería igual: ella no dejaría de buscar a su madre ni yo volvería a hablar. Cierro los ojos. No tengo más recuerdos que los de ahora: esto que miro, los edificios de concreto, los pasillos siempre helados y, por supuesto, los hombres y mujeres que aquí habitan. Los de la sangre extraviada.
Hogar dulce Hogar.
No sé qué hacer con esta vieja al lado mío. Me tiendo de espaldas en el pasto y miro el cielo; quieto, sin moverme, los ojos muy abiertos. A mi cuerpo le llega todo el sol. Ella deja de rezar, se tiende junto a mí, en la misma posición. Y no se mueve. Y yo no me muevo. Y estamos muertos.
***
“Líbrame de todo mal” fue publicado en el volumen de cuentos El otro afuera. Santiago: Cuarto Propio, 2002.
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Nomen est omen:
Cuentos
A la opinión pública
La carta que leerán a continuación la escribió un (a) cobarde que no da la cara ni el nombre. Se esconde bajo el alias de “Pobre pero honrada”. Su e-mail: pobreyhonrada@gmail.com. Yo no pretendo contestarle, sino hacer público mi parecer con respecto a este tipo de cadenas de envidia literaria, porque es evidente que la persona que escribió este engendro sangra por su propia herida que no es roja, sino verde esputo.
Se nota que él o ella hace años que intenta ganar algunos de los premios que el Consejo del Libro ofrece, sin buenos resultados. Es una lástima que exista en el ambiente literario chileno gentuza enferma que dedica su tiempo a denostar a escritores y escritoras de alta calidad, como los nombrados aquí abajo. Todos estos escritores, y me incluyo, no se preocupan, se ocupan de la literatura y de la cultura en Chile, de modo permanente y consecuente.
A modo personal, sostengo que el año 2006 sí gané una beca de creación literaria del Consejo del Libro, y a mucha honra. Diego Muñoz no evaluó mi proyecto. Esta información es pública. La penúltima vez que fui beneficiada con una beca fue el año 1998, para que "Pobre pero honrada" saque cuentas, si es que puede. Jamás he ganado un premio a costa de pitutos y coimas. Los tres únicos premios que se me han otorgado, en el transcurso de doce años, han sido gracias a mi dedicación y excelencia. Así de simple.
La corporación Letras de Chile, de la cual soy directora, este año (2007) NO ganó ninguno de los tres proyectos presentados. Sin embargo, esto no es ningún impedimento para que nuestra corporación los ejecute. Las cosas se hacen igual, con o sin dinero del Consejo del Libro y la Lectura. Ejemplos claros: Encuentro de Minificción, y viaje a La Paz, Bolivia, para agosto; Congreso de Escritores en San Felipe, para octubre. Para estas actividades, trabajan ad honorem Rolando Rojo, Poli Délano, Martín Faunes, Diego Muñoz V., Cristian Cottet, la que escribe, etc.
Por último, yo doy mi nombre completo. Soy Lilian Karen Elphick Latorre, magíster (t) en Literatura Hispanoamericana y Chilena, escritora, editora de www.letrasdechile.cl y directora de talleres literarios.
Roguemos que "Pobre pero honrada" salga del analfabetismo y aprenda de una vez por todas a escribir:
"Escritores La mafia del Consejo del Libro, los nombres (sic)
La corrupción sigue en el Consejo del Libro, por todos lados hace agua. Son muy pocos los que se salvan de tener tejado de vidrio. Muy pocos. ¿No es raro que la Teresa Calderón y sus amigos tuvieran todos 100 puntos, igual los Brodskys y su clan? Cuando Alfonso Calderón fue del Consejo del Libro (representante del presidente) recuerden que en un año los Calderón y Tomás Harris se echaron al bolsillo más de 40 millones de pesos en premios, ahora sus amigos evaluadores le pusieron los 100 puntos para asegurarlos, pero no contaban con el reglamento de Montealegre hecho para favorecer a otros amigos esta vez. El año pasado siendo jurado la Brito, la Berenguer, la Fariña y esa cofradía en muchos concursos, Malú Urriola ganó todos los premios posibles al igual que la Nadia Prado. Está además la mafia de la Fundación Neruda encabezada por Floridor Pérez y Jaime Quezada. José María Memet encabeza a Chile-Poesía, a él el Consejo del Libro le ha dado recursos fuera de concurso además de los que le daba la esposa de Ricardo Lagos. Letras de Chile es otra mafia, Diego Muñoz ganó 4 millones este año y el anterior fue jurado, así lleva varias temporadas. Si leen las listas de ganadores cuando Muñoz fue jurado verán que los socios de Letras de Chile ganan, Poli Délano, la Elphick, Cottet, Rojo, Rivas, etc. Ahora ganaron Muñoz, Rojo, Faunez, etc. Y todos han ganado varias veces. Por otro lado la SECH manipula para ganar proyectos que son muy malos. En la SECH ya no hay escritores verdaderamente. La Cámara Chilena del Libro se lleva millones todos los años y tiene un consejero en el Consejo del Libro, juez y parte. Hay hipócritas que reclaman y se hacen los santurrones como Cristían Cruz y otros que dicen que la plata no sirve para escribir, pero es porque ellos ya ganaron los 4 millones una vez. Más de una vez han ganado Sergio Rodríguez Saavedra, Guillermo Riedemann, Óscar Barrientos, Juan Cameron, José Ángel Cuevas, Carmen Soria, Teresa Calderón, Tomás Harris, etc. Porque no revisan las listas de años anteriores minuciosamente? ..................... Algunos evaluadores incluso coimean...." (sic).
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A modo personal, sostengo que el año 2006 sí gané una beca de creación literaria del Consejo del Libro, y a mucha honra. Diego Muñoz no evaluó mi proyecto. Esta información es pública. La penúltima vez que fui beneficiada con una beca fue el año 1998, para que "Pobre pero honrada" saque cuentas, si es que puede. Jamás he ganado un premio a costa de pitutos y coimas. Los tres únicos premios que se me han otorgado, en el transcurso de doce años, han sido gracias a mi dedicación y excelencia. Así de simple.
La corporación Letras de Chile, de la cual soy directora, este año (2007) NO ganó ninguno de los tres proyectos presentados. Sin embargo, esto no es ningún impedimento para que nuestra corporación los ejecute. Las cosas se hacen igual, con o sin dinero del Consejo del Libro y la Lectura. Ejemplos claros: Encuentro de Minificción, y viaje a La Paz, Bolivia, para agosto; Congreso de Escritores en San Felipe, para octubre. Para estas actividades, trabajan ad honorem Rolando Rojo, Poli Délano, Martín Faunes, Diego Muñoz V., Cristian Cottet, la que escribe, etc.
Por último, yo doy mi nombre completo. Soy Lilian Karen Elphick Latorre, magíster (t) en Literatura Hispanoamericana y Chilena, escritora, editora de www.letrasdechile.cl y directora de talleres literarios.
Roguemos que "Pobre pero honrada" salga del analfabetismo y aprenda de una vez por todas a escribir:
"Escritores La mafia del Consejo del Libro, los nombres (sic)
La corrupción sigue en el Consejo del Libro, por todos lados hace agua. Son muy pocos los que se salvan de tener tejado de vidrio. Muy pocos. ¿No es raro que la Teresa Calderón y sus amigos tuvieran todos 100 puntos, igual los Brodskys y su clan? Cuando Alfonso Calderón fue del Consejo del Libro (representante del presidente) recuerden que en un año los Calderón y Tomás Harris se echaron al bolsillo más de 40 millones de pesos en premios, ahora sus amigos evaluadores le pusieron los 100 puntos para asegurarlos, pero no contaban con el reglamento de Montealegre hecho para favorecer a otros amigos esta vez. El año pasado siendo jurado la Brito, la Berenguer, la Fariña y esa cofradía en muchos concursos, Malú Urriola ganó todos los premios posibles al igual que la Nadia Prado. Está además la mafia de la Fundación Neruda encabezada por Floridor Pérez y Jaime Quezada. José María Memet encabeza a Chile-Poesía, a él el Consejo del Libro le ha dado recursos fuera de concurso además de los que le daba la esposa de Ricardo Lagos. Letras de Chile es otra mafia, Diego Muñoz ganó 4 millones este año y el anterior fue jurado, así lleva varias temporadas. Si leen las listas de ganadores cuando Muñoz fue jurado verán que los socios de Letras de Chile ganan, Poli Délano, la Elphick, Cottet, Rojo, Rivas, etc. Ahora ganaron Muñoz, Rojo, Faunez, etc. Y todos han ganado varias veces. Por otro lado la SECH manipula para ganar proyectos que son muy malos. En la SECH ya no hay escritores verdaderamente. La Cámara Chilena del Libro se lleva millones todos los años y tiene un consejero en el Consejo del Libro, juez y parte. Hay hipócritas que reclaman y se hacen los santurrones como Cristían Cruz y otros que dicen que la plata no sirve para escribir, pero es porque ellos ya ganaron los 4 millones una vez. Más de una vez han ganado Sergio Rodríguez Saavedra, Guillermo Riedemann, Óscar Barrientos, Juan Cameron, José Ángel Cuevas, Carmen Soria, Teresa Calderón, Tomás Harris, etc. Porque no revisan las listas de años anteriores minuciosamente? ..................... Algunos evaluadores incluso coimean...." (sic).
Carta a Isabel anunciando el descubrimiento de unas nuevas tierras
Preclarísima y Bienamada Reina: Le escribo desde alta mar y recuerdo al genovés circuncidado, Almirante de la Mar Océana, Descubridor de las Indias Erróneas, cuando dijo que a eso de las dos de la mañana divisó, entre las brumas habituales del trópico, una línea de tierra, arrebatándole así la gloria a Rodrigo de Triana que gritó dos veces ¡Tierra, tierra! y no fue escuchado por nadie, salvo por los hermanos Pinzones que eran unos maricones.El crucero se mece bajo las tibias aguas que ha sobrepasado la línea del Ecuador, y los vientos son favorables para mi piel extremeña, que poco a poco adquiere el tono adecuado de la canela y el verzín. La latitud me es desconocida, pero huelo a mangos y a papayas y también a sudor de negros cimarrones, conocidos por sus vergas azulosas y cómo os ven y no os cubren, Dios mío.
La tierra debe estar cerca porque me acaba de reventar en la espalda un cagonazo de algún paxarico colombino. Sin embargo, Reina Mía, como bien sabéis, el producto deglutido y eliminado de las aves es mucha maravilla para proteger la epidermis de los rayos solares, así es que suelto las amarras del cubretetas y taparrabo de verano y esparzo el suave mojoncillo por mi pecho y brazos.
Los otros tripulantes de esta nao de lujo me miran con asco y se alejan arriscando la nariz, dejándome sola y a mis anchas solazarme con este espléndido día, desnuda tal cual NSJ y su Madre, NSV, me echaron al mundo un día jueves, como es hoy, de otoño, y aunque no sea otoño, V. M., no puedo evitar traer a la memoria aquellos versos del poeta Vallejo que murió en París con aguacero.
Aburrida debéis estar, Bella Reina, jugueteando con vuestra almejilla mientras leéis esta humilde carta. Perdonadme, seguiré la narración sin irme por las velas que allá arriba se azotan con la danza del merecumbé y el cha cha chá.
Decía que el viaje me ha sido placentero y que los perricos de Abel Posse, que él asegura son del Paraíso, han venido a lamerme los senos con tanta delicadeza y buen talante que los moros con que yací en Granada, antes de que V.M. la hiciera suya, son zapatos viejos comparados con las lengüitas juveniles que evangelizan mis pezones con sus nervaduras rasposas. Lo mejor de todo, Reina Sagaz, es que no hablan ni dicen boberías propias de los hombres. Quien calla, otorga, dice el dicho, y los perrillos sólo otorgan, dan, dan, hasta que les duele, y a mí me llena de satisfacción que ellos muevan sus colas y yo la mía, al compás del palo mayor que ingresa en mis costas de delirio porque es otra cosa; así le dijo la yegua al burro.
Pronto avisto tierra y ante mis gritos jubilosos los canes huyen asustados. El concurso lo he ganado yo y recibo de parte del Contramaestre del crucero una suma de U.S.$ 0.50 y una canasta con bonetes colorados, espejos y cuentas de colores que, dada mi habitual generosidad, os haré enviar lo antes posible. Sin nada más que agregar, se despide SSS, Isabela la Loca, nieta de Américo Prepucci y bisnieta de Antonio de la Pijafetta.
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Nomen est omen:
Aprendiendo con Isabella
Apuntes sobre "El camino de Santiago", de A. Carpentier
Por Lilian ElphickEn el cuento “El camino de Santiago” [1], de Alejo Carpentier, nuevamente nos encontramos con el tópico del Viaje, en este caso, el camino de peregrinación a Santiago de Compostela (Campus Stellae= campo de estrellas).
Listado de incidentes del cuento:
Cap. I.-
-Lugar:Amberes; personaje: Juan soldado.
-Barco: tristeza, peste.
- Descripción de los otros mundos “exóticos”.
Cap. II.
- Lugar: Flandes
- Personaje: Juan soldado
- Peste.
- Enfermedad
- Castigo por haberse dedicado a tambor.
- Reconoce la vía láctea como el camino a Santiago.
-
Cap. III
- Caminos de Francia.
- Se descubre la promesa.
- Descripción de la miseria y de lo que ve en los caminos.
-
Cap. IV
- Juan Romero
- Encuentro y conversación con el Indiano
- Esa noche el camino a Santiago se nubla.
Cap. V
- Caminos de España.
- San Cristóbal de la Habana
- Juan el Romero -->Juan de Amberes.
- Cambia de ropas y no es soldado ni romero.
- Se une a la flota que va a la Nueva España.
- Recuerda su promesa no cumplida (al no poder bajar en México).
- Llega a San Cristóbal de la Habana.
Cap.VI
- San Cristóbal de la Habana
- Juan.
- Caos donde todos se recriminan.
- Comentarios negativos --> clima, animales.
- Maldice al Indiano por su suerte.
- Escapa.
- Encuentro con un calvinista.
Cap. VII
-Playa de la isla.
- Juan de Amberes.
- Convive con sus compañeros pacíficos --> realidad superreal.
- Juan el Estudiante.
-Sueño con Santiago --> Catedral de Compostela.
-Juan el Romero.
Cap. VIII
-Viaje rumbo a España.
-Desembarco en Sanlúcar.
-Juan el Indiano.
Cap. IX
-Valladolid.
-Puerto.
- Los Juanes --> se vuelve al capítulo IV.
-Juan el Romero abandona la peregrinación y parte con Juan el Indiano.
En Carpentier, la superrealidad es lo vital, lo sagrado, no así en Borges, por ejemplo, que significa una letra, una visión. Para el cubano, la superrealidad se vive, se experimenta, se goza. Importa la vida de los personajes, la experiencia compartida con otros seres; y se articula un mundo sin tiempo, donde los principios masculinos y femeninos están integrados. Se trata, también, de un mundo sin dinero.
Para Carpentier, el tiempo es histórico, un periodo de lucha y conflicto, y es espiral, asciende; para Borges, es circular (todos los hombres son Shakespeare).
El personaje en “Camino de Santiago”, está tensionado por dos espacios, dos épocas históricas, un pasado y un presente que se abren y se construyen.
La superrealidad está en el centro de la Isla (lugar marginal, pero centro a la vez), no está en Europa. Es decir, el centro está en la periferia. La identidad americana es metaforizada por los cambios de nombre. Un mismo hombre puede ser muchos hombres.
El camino de Santiago es el camino de América. Lo desconocido es lo extraordinario, lo excepcional. América es el renacimiento, lo humanista, lo profano; Europa es lo medieval, es la exploración de un nuevo destino, es lo religioso.
El viaje va del continente a la isla, como en los cuentos “Reunión” y “La isla a mediodía”, de Cortázar. La diferencia es que en el texto de Carpentier, la realidad ‘maravillosa’ es especular, por ejemplo, lo de arriba es igual a lo de abajo.
Otro cuento que muestra el paso de una época a otra es “Los funerales de la Mamá grande”, de García Márquez (Gen. ’57-Irrealista). La primera época es dominada por el poder feudal, poder individual, de círculos concéntricos, donde la Mamá Grande está en el centro de Macondo. El relato cuenta la desaparición del poder feudal, es decir, la muerte natural de María del Rosario Castañeda y Montero, la Mamá Grande. Se abre un nuevo espacio para el sujeto latinoamericano que contará la historia de lo previo. El cronista interpreta el mundo libremente, se apropia de un lenguaje.
Viajes a la muerte son “A la deriva”, de Horacio Quiroga” y “Talpa”, de Juan Rulfo. Ya hablaremos de estos dos cuentos.
***
[1] Carpentier, Alejo. “El camino de Santiago”. En: La guerra del Tiempo. México:Compañía General de Ediciones, 1968.
Nomen est omen:
Desde la otra orilla
Andando, corriendo, ladrando II
Winnie llegó a nuestras vidas cuando Arturo aún estaba vivo, y Merlín insistía en ser el macho alfa, sabiendo que los verdaderos machos alfa eran los hombres de la casa que marcaban el territorio arriba de sus orines. Costumbres masculinas, al fin y al cabo. La cachorra abusaba de la paciencia de Merlín y Arturo: les mordía las orejas, aunque no osaba a robarles la comida ni a ingresar sin permiso en sus respectivas casas. Winnie era muy alocada y un día se cayó de la escalera. Resultado: una pata quebrada. Fueron dos meses de vendas y cartón-yeso, que la perra lamía y mordisqueaba hasta la destrucción total de la valva. El hueso soldó sólo por milagro, pero Winnie quedó con el hábito de la cojera. Exageraba los movimientos lastimeros, en actos de gran manipulación. Siempre lograba lo que quería: una galleta, o dormir a los pies de mi cama, oliendo mis sandalias (o comiéndoselas).
Al año y medio, Winnie se cruzó con Merlín y Arturo. De toda esa camada –lindísima, para qué vamos a decir una cosa por otra-, quedó Merlina en casa, también llamada “Tocineta”, por su gran tamaño y voraz apetito.
Los machos desaparecieron y quedaron la madre y la hija, muy territoriales y bravas; de verdad, muy bravas. A Winnie le gustaban los talones de la gente; y a Merlina, las pantorrillas. Los múltiples pololos de Natalia, Paulina, Francisca y Alejandra, pueden dar fe de la veracidad de estas palabras.
El año 2000 mi casa-mansarda se incendió. Esa casa la hicimos nosotros, a pulso, y nos costó años terminarla, aunque quizás una casa nunca se termina de hacer. Todas las ventanas y puertas de mi mansarda fueron sacadas de una iglesia viejísima; el piso lo compré en una casa que iba a ser demolida, piso de una madera nativa chilena: raulí. De la misma casa compré a precio de huevo la puerta de cocina y dos ventanas de vitral, maravillosas.
Parte del comedor lo forramos con unos listones de madera labrada (también vieja). De México (Puebla) nos trajimos una lámpara de vitral, que iluminó muchas noches nuestras farras y comilonas. También de Puebla me traje unos platos espectaculares que colgué de la pared.
Al fondo, estaba mi escritorio- algo caótico que sólo yo entendía- y, a un costado, un mueble alacena donde guardaba las “copas finas” y otras chucherías.
Los libros estaban repartidos por toda la mansarda. Había en mi escritorio; en el hall de entrada estaba la gran biblioteca vidriada, heredada del padre de Leo, en el pasillo estaba la otra biblioteca, con los libros que yo consideraba más modernos. En cada dormitorio (tres) teníamos estanterías con libros y fotos.
Libros, libros, más libros. Dos mil libros quemados y/o mojados.
Días después del incendio, soñé con un libro muy antiguo que compré en upstate New York, en el campo, en una especie de sale de libros en un granero. Desperté llorando y corrí a la mansarda. Entremedio de los escombros y las cenizas y después de quebrar un vidrio, rescaté el famoso libro de poesía inglesa. Estaba intacto…pero mojado.
Han pasado siete años del incendio de la mansarda de calle Nevería. Tengo una casa amarilla, y Winnie, vieja ya, sigue con nosotros, cada vez más coja y con artritis. La acompaña Ivalú, la loba blanca, de cinco años. Loba loba no es, pero casi. Es una pastora canadiense rebelde e indomable. Jamás ha soportado la cadena ni el baño sanitario. Lo que mejor hace es aullar. Los niños del barrio le temen, sin sospechar que es tremendamente cariñosa y juguetona. Mi nieto León juega mucho con ella. La asusta, e Ivalú le sigue la corriente: hace como que se asusta, y se echa al suelo y se tapa los ojos con las patas delanteras. León le dice: ¡Valú! , y se larga a reír de nuevo, mostrando esos cuatro dientes chicos que tiene. Después murmura un “Ii” y alza sus bracitos para que lo tome y juguemos al avión.
Al año y medio, Winnie se cruzó con Merlín y Arturo. De toda esa camada –lindísima, para qué vamos a decir una cosa por otra-, quedó Merlina en casa, también llamada “Tocineta”, por su gran tamaño y voraz apetito.
Los machos desaparecieron y quedaron la madre y la hija, muy territoriales y bravas; de verdad, muy bravas. A Winnie le gustaban los talones de la gente; y a Merlina, las pantorrillas. Los múltiples pololos de Natalia, Paulina, Francisca y Alejandra, pueden dar fe de la veracidad de estas palabras.
El año 2000 mi casa-mansarda se incendió. Esa casa la hicimos nosotros, a pulso, y nos costó años terminarla, aunque quizás una casa nunca se termina de hacer. Todas las ventanas y puertas de mi mansarda fueron sacadas de una iglesia viejísima; el piso lo compré en una casa que iba a ser demolida, piso de una madera nativa chilena: raulí. De la misma casa compré a precio de huevo la puerta de cocina y dos ventanas de vitral, maravillosas.
Parte del comedor lo forramos con unos listones de madera labrada (también vieja). De México (Puebla) nos trajimos una lámpara de vitral, que iluminó muchas noches nuestras farras y comilonas. También de Puebla me traje unos platos espectaculares que colgué de la pared.
Al fondo, estaba mi escritorio- algo caótico que sólo yo entendía- y, a un costado, un mueble alacena donde guardaba las “copas finas” y otras chucherías.
Los libros estaban repartidos por toda la mansarda. Había en mi escritorio; en el hall de entrada estaba la gran biblioteca vidriada, heredada del padre de Leo, en el pasillo estaba la otra biblioteca, con los libros que yo consideraba más modernos. En cada dormitorio (tres) teníamos estanterías con libros y fotos.
Libros, libros, más libros. Dos mil libros quemados y/o mojados.
Días después del incendio, soñé con un libro muy antiguo que compré en upstate New York, en el campo, en una especie de sale de libros en un granero. Desperté llorando y corrí a la mansarda. Entremedio de los escombros y las cenizas y después de quebrar un vidrio, rescaté el famoso libro de poesía inglesa. Estaba intacto…pero mojado.
Han pasado siete años del incendio de la mansarda de calle Nevería. Tengo una casa amarilla, y Winnie, vieja ya, sigue con nosotros, cada vez más coja y con artritis. La acompaña Ivalú, la loba blanca, de cinco años. Loba loba no es, pero casi. Es una pastora canadiense rebelde e indomable. Jamás ha soportado la cadena ni el baño sanitario. Lo que mejor hace es aullar. Los niños del barrio le temen, sin sospechar que es tremendamente cariñosa y juguetona. Mi nieto León juega mucho con ella. La asusta, e Ivalú le sigue la corriente: hace como que se asusta, y se echa al suelo y se tapa los ojos con las patas delanteras. León le dice: ¡Valú! , y se larga a reír de nuevo, mostrando esos cuatro dientes chicos que tiene. Después murmura un “Ii” y alza sus bracitos para que lo tome y juguemos al avión.
Pronto todos se marchan. Vuelvo al escritorio. El silencio es insoportable. Entonces, escribo. Winnie me acompaña.
Nomen est omen:
Historias tristes
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